Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

LOS NOMBRES DEL GOCE
-Real: Simbólico: Imaginario-

CUESTIONES LACANIANAS O LA FUNDACIÓN DE UN NOMBRE PROPIO

CAPÍTULO XI

ANUDAMIENTOS: a-NUDAMIENTOS

1. GOCE, SABER Y VERDAD
2. ALIENACIÓN, VERDAD Y TRANSFERENCIA
3. DESEO DEL ANALISTA, AGALMA Y SUJETO SUPUESTO SABER

El objeto "a" es efecto del Discurso Analítico, es sólo artificio creado por el D.A. Y es el punto que se designa como función del analista, pues si el analista mismo no fuera este efecto, ese síntoma que resulta de una cierta incidencia en la historia, que implica transformación de la relación del saber con el enigmático goce, de la relación del saber en tanto determinante para la posición del sujeto, no habría ni Discurso Analítico, ni función del objeto "a".

Si los síntomas neuróticos no existieran no habría habido Freud, si las histéricas no hubieran facilitado la cuestión no habría habido ninguna posibilidad de que la verdad apuntara al borde de la oreja. En el psicoanálisis se trata de desenmascarar eso que en el síntoma está en relación al goce. Es alrededor del síntoma que se ordena el discurso de la histérica.

El síntoma tiene valor de verdad pero la verdad no es síntoma.

El sentido del síntoma es lo real, lo real en tanto impide que las cosas marchen de un modo satisfactorio para el significante amo. El sentido del síntoma depende del porvenir de lo real, es decir del resultado del psicoanálisis.

No existe más que un síntoma social: cada individuo es un proletario, es decir no tiene ningún discurso del cual hacer lazo social, del cual hacer semblante.

Para tratar un síntoma hay que jugar con el equívoco, para no nutrir al síntoma de sentido, pues el síntoma es irrupción de esa anomalía en la que consiste el goce. El síntoma es lo que no anda en lo real, es el efecto de lo simbólico en lo real.

El cuarto decíamos que era el síntoma, en tanto perversión no quiere decir sino versión hacia el padre y el padre no es más que un síntoma. La existencia del síntoma está implicada por el lazo de lo imaginario, de lo simbólico y lo real. El complejo de Edipo es, como tal, un síntoma.

A nivel del síntoma existe relación, esa que no existe. Sabemos que lo real está desprovisto de sentido y el síntoma es lo que conserva un sentido en lo real; es por esto que el psicoanalista tiene que intervenir simbólicamente para disolverlo en lo real. Lo que el analizante dice no es la verdad, es la verdad del síntoma.

Es en la medida en que una interpretación extingue un síntoma, que la verdad se especifica por ser poética.

El análisis no consiste en que uno sea liberado de esos síntomas; el análisis consiste en que uno sepa en qué está enredado, implicado.

El deseo en psicoanálisis sólo está presente bajo la demanda. Si sólo el relato del sueño es admitido en análisis quiere decir que la estructura del relato no sucumbe al dormir. Esto define el campo de la interpretación analítica. Es por esto que no es sorprendente que el acto, en tanto sólo existe por ser significante, sea apto para sostener el inconsciente. Por esto decir que el acto fallido sea el que se verifique logrado, no es más que su corolario, y es suficiente para que el status del acto sea distinguido del de hacer. Jugados por el decir, la risa estalla por el camino ahorrado, nos dice Freud, al haber empujado la puerta más allá de la cual ya no hay nada que hallar. Deseo que se reconoce de un puro defecto, se revela porque la demanda sólo opera al consumar la pérdida del objeto, su drama sólo se representa en esa que Freud llama la Otra escena, allí donde el Logos se revela en ella como el cuchillo que hace entrar en el mundo la diferencia.

La realidad del intervalo freudiano hace barrera al saber; del mismo modo en que el placer defiende el acceso al goce.

Nos podemos preguntar a qué se reduce el cuerpo en esta economía. Descartes lo redujo a la extensión y el psicoanálisis nos dice que sólo disponemos de él al hacerlo ser su propia fragmentación, al ponerlo en disyunción con el goce. Más allá, en sus relaciones con el goce y con el saber, el cuerpo, por la operación del significante, forma el lecho del Otro. Pero de este efecto queda un insensible pedazo al derivar de él como voz y mirada, carne devorable o bien su excremento; esto es lo que de él llega a causar el deseo, que es nuestro ser sin esencia.

La dualidad de los dos principios nos divide como sujetos al ponerse en juego: goce, saber y verdad. Así, la verdad halla en el goce cómo resistir al saber. Esto es lo que el psicoanálisis descubre en lo que llama el síntoma, verdad que se hace valer en el descrédito de la razón. Los psicoanalistas sabemos que la verdad es esa satisfacción que, por exiliarse en el desierto del goce, el placer nos obvia. La realidad por esto está comandada por el fantasma en tanto el sujeto se realiza en él en su división misma. La satisfacción sólo se libra al montaje de la pulsión, es decir a ese rodeo.

El acto analítico se define en el anudamiento de tres operaciones lógicas que lo estructuran. Estas tres operaciones son: alienación, verdad o castración y transferencia. De estas operaciones, alienación y verdad establecen que ni hay Otro del Otro, ni se puede decir lo verdadero de lo verdadero, es decir que no hay Otro del Otro implica que la verdad tenga estructura de ficción, y como consecuencia de esto no hay transferencia de la transferencia.

Freud en Introducción al narcisismo afirma que se ama lo que posee lo que le falta al yo para alcanzar un ideal; podemos decir que es por medio de la idealización que introduce la falta que instaura la posibilidad de amar, es decir que no se ama si no es con el deseo. El amor es un efecto del deseo.

El amor narcisista se produce entre tres términos: Yo, Ideal del Yo y objeto "a".

En El banquete hemos visto que Sócrates desempeña la función de objeto "a" en el amor, y Sócrates sabe que el objeto que Alcibíades le exige, él no lo tiene. Sócrates desvía la demanda de Alcibíades al mismo tiempo que reconoce su deseo, y al no darse por enterado del agalma que le requiere, indica que, como todo hombre, está condenado a desconocer ese objeto.

Este desconocerse ahí donde existe nos lleva a la presencia del analista. Lo que antes era para el sujeto presencia del pasado pasa a ser presencia del analista; lo que era obstáculo, el amor de transferencia, es ahora nódulo organizador del tratamiento; ahora los síntomas no poseen el mismo significado en tanto se organizan alrededor de otro núcleo como nuevos síntomas.

Momento de destitución del sujeto supuesto saber al lugar de objeto "a". Podemos decir que aunque el psicoanalista garantiza la instauración del sujeto supuesto saber, no se confunde ni olvida que lo que da fundamento a la transferencia es el objeto "a". Esto permite al analizante el paso por la castración, es decir por la imposibilidad del sujeto para toda subjetivización del sexo.

En cuanto a la interpretación decimos que es el deseo, pero nunca se interpreta fuera de la transferencia, pues el deseo se halla en su fundamento y la función de corte de la interpretación aísla al objeto "a".

En Los cuatro conceptos, libro XI del Seminario, en las últimas páginas Lacan plantea que el paciente entra en el análisis buscando una cura por el amor, intentando alcanzar un punto en el Otro que funcione como Ideal del Yo, pero el deseo del analista funciona separando el Ideal del objeto "a", cuyo aislamiento se produce por la interpretación y con el objeto "a" construye su fantasma inconsciente. El deseo del analista permite franquear el plano de la identificación y aislar el objeto "a", algo que va a permitir que el sujeto establezca otra relación con la Demanda, restableciendo la demanda a la pulsión, es decir produciendo una transformación del goce pulsional, en lugar de un goce del penar, goce con beneficios primarios y secundarios, un goce que no le pide nada a nadie.

La operación de alienación va a permitir la identificación, un hacerse semejante, y la operación de separación va a producir el objeto "a", instaurando un hacerse diferente.

Freud nos dice: "Comprobamos ante todo que el enfermo, al que sólo la solución de sus dolorosos conflictos debiera preocupar, manifiesta un particular interés por la persona del médico", y ante esta constatación de este amor presente, no lo descarta por ilusorio, sino que lo presenta como fundamento de la práctica analítica. Podemos decir que la transferencia puso al amor en el banquillo y Freud lo puso en suspenso hasta instaurar la operación analítica, donde descubre el drama humano del deseo.

Es diferente la función de objeto "a" que tiene el partenaire sexual y la función de objeto "a" en el lugar del analista. También distinguiremos entre transferencia como fenómeno espontáneo y la neurosis de transferencia; en general podemos decir que una función produce un efecto distinto según la ubiquemos en lugares diferentes.

Podemos decir que para que se realice la operación estará la tríada: el deseo del analista, el agalma y el sujeto supuesto saber.

En el campo del sujeto el objeto es sustituido por el agalma transferencial y en el del significante introduce el sujeto supuesto saber entre el par aislado de significantes.

Freud plantea que "el conocimiento que el sujeto posee de su propio inconsciente no equivale al que nosotros hemos llegado a adquirir"; es decir que la lógica del analista no coincide con la lógica del sujeto, que el discurso del analista no coincide con el del amo.

Lacan distingue entre la lógica aristotélica como lógica de la privación y la lógica de la castración; la primera es la lógica del sujeto, por ejemplo la lógica de Juanito cuando establece la premisa universal del pene, premisa sobre la que se basan las fantasías de castración. La segunda es la lógica del fantasma, la del analista, que teoriza la alienación, la verdad o castración y la transferencia como una triple operación que configura el acto analítico.

Lacan nos dice que la transferencia es amor al Saber, y Freud en El Yo y el Ello nos dice que el Yo, antes de separarse del Ello, se entrega a éste como objeto de amor, para compensarle de su pérdida esencial, y esta identificación configura el pasaje al acto de la alienación. El sujeto, cuando imagina a posteriori la causa de su malestar, no puede saber que se trataba de una elección forzosa y si deduce que el amor lo enfermó, imagina que sólo éste podrá curarlo.

Es por medio del acting -lo podemos ver en Recuerdo, repetición y elaboración, trabajo freudiano de 1914- que Freud pone a la transferencia en el banquillo y es lo que permite a Lacan construir la noción de deseo del analista. El recuerdo produce la compulsión asociativa, que la repetición limita como modo de recordar con sus dos vertientes, el pasaje al acto y el acting instalando el agalma y el sujeto supuesto saber, pero sólo habrá elaboración o trabajo si actúa el deseo del analista.

En Lecciones introductorias al Psicoanálisis hemos dicho que Freud planteaba que "el conocimiento que el sujeto posee de su propio inconsciente no equivale al que nosotros hemos llegado a adquirir, y añade que cuando le comunicamos este último, no lo sustituye al suyo, sino que lo sitúa al lado del mismo".

El objeto "a" es el representante de la pulsión sobre el cual se ejerce la represión y Lacan nos dice que designa el punto de represión. Por eso que el objeto "a" es guía en la búsqueda de la represión y es esencial definir su función en la transferencia.

En lugar de la sustitución de un saber por otro, nos hallamos ante la sustitución de una neurosis por otra, pero la nueva, nos dice Freud, "ha nacido frente a los ojos del médico, el cual se encuentra situado en el propio núcleo central de la misma". En cuanto a los síntomas, "pierden su primitiva significación y adquieren un nuevo sentido dependiente de la transferencia". "La curación de esta nueva neurosis artificial coincide con la de la neurosis primitiva, objeto verdadero del tratamiento". "Los síntomas son satisfacciones libidinosas sustitutivas" y "el factor que decide el resultado no es ya la introspección intelectual del enfermo, facultad que carece de energía y de libertad suficientes para ello, sino únicamente su actitud con respecto al médico...". Unos párrafos más adelante nos dice que además "los argumentos que no tienen por corolario emanar de personas amadas, no ejercen ni han ejercido jamás la menor influencia en la vida de la mayor parte de los seres humanos...el hombre no es accesible por su lado intelectual, sino en proporción a su capacidad de revestimiento libidinoso de objetos" y así la influencia del análisis "depende por completo de la medida de su narcisismo, barrera contra tal influencia".

Lacan nos dice que no se aprende sino en transferencia, y plantea el estudio del narcisismo para aquellos casos que, sin tratarse de psicóticos, también plantean problemas de índole similar para la acción analítica.

El narcisismo no se confunde con el amor de transferencia. En Dinámica de la transferencia plantea el lugar del analista como objeto de transferencia y señalando su distinción con el objeto erótico, mientras que en Amor de transferencia nos muestra que cuando los dos términos coinciden por el enamoramiento no permiten la operación de separación; por eso que va a ser el deseo del analista el que mantenga la distancia entre los tres puntos.

La transferencia no es un fenómeno intersubjetivo sino una composición triádica, formada por el Ideal, el sujeto y el objeto "a" y en el campo del significante un par de significantes y un sujeto.

El psicoanálisis como el revés de la hipnosis, en tanto la causa de la hipnosis en la mirada del hipnotizador es una causa perdida y en el análisis sitúa al analista como el hipnotizado, en tanto ante sus ojos se desarrolla la neurosis de transferencia, pero estando la mirada en el campo del Otro.

El deseo del analista es entonces el deseo de máxima diferencia entre Ideal y objeto.

Freud plantea no sólo la identificación primordial donde el Yo, antes de separarse, se entrega como objeto de amor al Ello, sino que esto comporta que el Yo toma prestada energía de la libido de objeto para construir su propio reservorio libidinal, pues Freud coloca en el Ello las cargas de objeto. Sin Ello, sin efectos de agujeros no se puede pensar el inconsciente: efectos de lenguaje.

El pasaje al acto de la alienación, en tanto todo sujeto nace como "a", en tanto es producto, como ser parlante. El pasaje al acto de la alienación es connotado como "dejar caer", mientras que la otra rama de la repetición, el acting, aparece como el modo privilegiado de aferrarse a algo, que entonces adquiere función de "a", para no caer.

El neurótico se figura que el Otro demanda su castración, mito del padre primitivo. En el acting se trata del segundo tiempo del mito, el de los hermanos que por efecto de la alienación, por saber que no hay Otro del Otro, implica que la verdad tendrá estructura de ficción. Es por oponerse al pasaje al acto que el acting se constituye como llamado al Otro en oposición a la evidencia de la alienación, e incluso ofrece su propia castración antes que reconocer la del Otro.

La alienación y la castración conforman la transferencia, único modo de suponer un sujeto al par aislado de significantes o dar consistencia amalgámica al objeto que carece de ella pues es inespecularizable. El agalma no es i(a) que es el revestimiento narcisista con que se llena el vacío, sino que el vacío ya debe estar allí para que la imagen vaya a ese lugar y el agalma comporta la caja vacía, lo que permite ubicar dónde "a" falta. El objeto del Bien es el amor, el objeto metonímico es el del deseo y el agalma es un objeto más allá de todos los Bienes. Comprender que no es poseíble es correlato de saber que no hay sujeto supuesto saber, pero ésta es ya la operación analítica. Saber que el sujeto supuesto saber es un significante más que se articula en un análisis.

Se ama con la falta, nos decía la homosexual femenina, es decir se ama con el inconsciente, y el órgano real que el falo representa no es el pene sino el goce femenino. El amor de transferencia es amar con la falta.

Cuando Freud nos dice que la cura de la neurosis de transferencia es la cura de la neurosis, no quiere decir que el discurso del analista es el reverso del discurso del amo, no quiere decir que el imperativo del Ello, de lo real, sea el reverso del imperativo del significante. Sería caer en la vieja idea de pensar que analizando al Yo se analiza. No es lo mismo la clínica de lo Real que la clínica del síntoma. No es lo mismo la clínica del sinthome que la clínica del symptôme.

Lo irreductible de la falta que está en el origen del inconsciente hace que en psicoanálisis esa falta insista de tal modo que no hace más que repetirse en los productos más acabados de todos los desarrollos. La dirección misma de la cura está regida por esta falta.

Esa falta que en la operación transferencial se pierde, en tanto para que exista como vacío, como falta, tiene que perderse lo que era falta.

La insistencia del deseo indestructible no se enmascara en la renovación de la demanda de amor.

El amor al acomodarse en la dialéctica del principio del placer, lleva al otro a un comercio de dones y bienes ofreciendo al deseo una vía cerrada, en tanto allí no podrá haber deseo en tanto sabemos que el deseo es el deseo del Otro.

En cuanto a la presencia del analista es interna al campo de la transferencia y Lacan lo relaciona con el cierre del inconsciente.

La transferencia como significante está sostenida por una articulación significante donde lo presente no es sino presencia significante.

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