Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LABERINTO III
EL LABERINTO ROTO

LAS DEFENSAS, LA RESISTENCIA Y LA TRANSFERENCIA
EN EL ANÁLISIS

En la relación del amo y el esclavo, el esclavo puede esperar la muerte del amo, puede pasar de vivir en la angustia a vivir en la esperanza. Mientras que el amo está en una relación mucho más abrupta con la muerte. Está en una posición desesperada: nada tiene que esperar sino su propia muerte, pues nada puede esperar de la muerte del esclavo sino algunos inconvenientes.

El esclavo tiene mucho que esperar de la muerte del amo, pero más allá de la muerte del amo, será preciso que afronte la muerte, en el sentido heideggeriano, su ser-para-la muerte. Precisamente el obsesivo no asume su ser-para-la muerte, está en suspenso.

Esto es lo que hay que mostrarle en el análisis. Ésta es la función de la imagen del amo como tal, que se encarna en el analista en el tratamiento del obsesivo. Sólo después de haber intentado varias salidas imaginarias fuera de la prisión del amo, de acuerdo a ciertas escansiones, a cierto timing, sólo entonces podrá el obsesivo realizar el concepto de sus obsesiones, es decir, lo que ellas significan. En cada obsesión hay cierta cantidad de escansiones temporales, e incluso de signos numéricos. El sujeto pensando el pensamiento del otro, ve en el otro la imagen y el esbozo de sus propios movimientos. Pero cada vez que el otro es exactamente el mismo sujeto, no hay más amo que el amo absoluto, la muerte. Pero el esclavo necesita cierto tiempo para percibirlo, ya que está demasiado contento con ser esclavo, como todo el mundo.

Decimos más de lo que decimos, en tanto podemos decir en un movimiento de rechazo, en un movimiento de negación.

El sujeto se compromete cuando se realiza simbólicamente en la palabra en las vías de realización del ser, no en su realización sino en sus vías, en la vía del amor, del odio o de la ignorancia.

Sin palabra hay fascinación imaginaria pero no amor. Ocurre lo mismo con el odio. Existe una dimensión imaginaria del odio en tanto la destrucción del otro es un polo de la estructura misma de la relación intersubjetiva.

El odio no se satisface con la desaparición del adversario. Si el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contrario, a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio, su subversión, en este sentido el odio y el amor son una carrera sin fin.

El odio ya no lo vemos desarrollarse tan libremente, pero somos una civilización del odio.

El odio y el amor como las vías de la realización del ser; no la realización del ser, únicamente sus vías.

Cuando el sujeto se compromete en la búsqueda de la verdad es porque se sitúa en la dimensión de la ignorancia; poco importa que lo sepa o no. Esto es lo que llamamos disposición a la transferencia. Existe una disposición a la transferencia por el solo hecho de colocarse en la posición de confesarse en la palabra y buscar su verdad.

El psicoanalista no debe desconocer al ser de la dimensión de la ignorancia, por eso que no se trata de guiar al sujeto hacia un saber, sino hacia las vías de acceso a ese saber. No se trata de decirle al paciente que se engaña sino mostrarle que habla sin saber, como un ignorante, pues lo que cuenta son las vías del equívoco.

El arte de Sócrates en el MENON consiste en enseñar al esclavo a dar su verdadero sentido a su propia palabra. Este arte es el mismo en Hegel. Mientras que en psicoanálisis la posición del psicoanalista debe ser la de una ignorancia docta, que no quiere decir sabia, sino formal y que puede ser formadora para el sujeto. No se trata de transformar la ignorancia docta en ignorancia docens. Apenas el psicoanalista cree saber algo, comienza su perdición.

Lo que el psicoanalista debe saber es ignorar lo que sabe, nos dice Lacan en su artículo sobre Variantes de la cura tipo.

Decir yo soy psicoanalista como decir yo soy rey, no depende de la medida de las capacidades. Las legitimaciones simbólicas en función de las cuales un hombre asume lo que otros le confieren escapan por entero al registro de la habilitación de capacidades.

Negarse a ser rey no es lo mismo que aceptarlo, pues por el hecho de rehusar ya no es rey. Cuando un hombre dice yo soy rey, no es simplemente la aceptación de una función. En un instante cambia todo el sentido de sus calificaciones psicológicas. Sus pasiones, sus designios, incluso sus tonterías, adquieren un sentido diferente. Por el mero hecho de ser rey todas estas funciones se vuelven funciones reales. En el registro de la realeza, su inteligencia se convierte en algo distinto, incluso sus incapacidades empiezan a estructurar alrededor toda una serie de destinos que serán profundamente modificados por el hecho de que la autoridad real sea ejercida de tal o cual modo por el personaje con ella investido.

Todos los días vemos cómo un señor de cualidades mediocres, que presenta todo tipo de inconvenientes cuando ocupa un cargo inferior, cuando es elevado por una investidura soberana, cambia totalmente, donde el alcance de sus fuerzas y sus debilidades se transforma.

Por eso el psicoanálisis está contra los exámenes pues cuando se trata de una calificación simbólica no puede tener una estructura totalmente racionalizada y no puede inscribirse en el registro de sumas de cantidades.

La transferencia cuando no se reconoce funciona como un obstáculo. Una vez reconocida se convierte en su mejor apoyo. Freud antes de percatarse de la existencia de la transferencia ya la había designado.

Hay quienes quieren comprender el fenómeno de la transferencia en relación a lo real, en tanto fenómeno actual. Donde se habla de aquí y ahora, donde se trata de enseñar al sujeto cómo comportarse con lo real. Como una forma de educación.

Otra forma de abordar el problema de la transferencia es hacerlo a partir de ese nivel imaginario cuya importancia no dejamos de subrayar. La teoría psicoanalítica no desconoce la función de lo imaginario, pero es algo que no sólo encontramos en la transferencia también lo podemos encontrar en la identificación, entonces no se trata de emplearla de cualquier manera.

Hablamos del individuo capturado en una situación dual, en la que se establece mediante la intervención de la relación imaginaria, una identificación momentánea. También se habla de lucha imaginaria entre adversarios. Los adversarios evitan una lucha real, que conduciría a la destrucción de uno de ellos y la transforman en una lucha imaginaria. En el hombre lo imaginario está reducido, especializado, centrado en la imagen especular.

La imagen del yo que por el hecho de ser imagen el yo es ideal, resume toda la relación imaginaria en el hombre. Se produce en un momento que las funciones no están desarrolladas, y es en la asunción jubilosa del estadio del espejo que se expresa, quedando por su prematuración con una hiancia a la que su estructura queda ligada. Esta imagen el sujeto volverá a encontrarla como marco de su aprehensión del mundo, teniendo de intermediario al otro.

Es en el otro siempre donde volverá a encontrar su yo ideal, a partir de allí se desarrolla la dialéctica de sus relaciones con el otro.

Si el otro colma esa imagen se convierte en objeto de una carga narcisista que es el enamoramiento y si el otro frustra al sujeto en su ideal y en su propia imagen, genera la tensión destructiva máxima. Por un pelo la relación imaginaria con el otro vira en un sentido o en otro, por eso la súbita transformación del amor en odio.

Este fenómeno de carga imaginaria juega el papel pivote en la transferencia. La transferencia aunque se establece en y por la dimensión de la palabra, sólo aporta la revelación de esa relación imaginaria cuando alcanza ciertos puntos cruciales del encuentro hablado con el otro, en este caso el analista.

Se abre para el sujeto la vía de esa fecunda equivocación en la que la palabra verídica confluye con el discurso del error. Pero también cuando la palabra huye de la equivocación fecunda, y se desarrolla en el engaño, se descubren esos puntos, en la historia del sujeto, que no fueron asumidos sino reprimidos. De aquí la importancia en la historia de los puntos reprimidos.

El sujeto desarrolla en el discurso analítico su verdad, su historia, pero en esa historia hay huecos, allí donde se produjo lo que fue forcluido o reprimido, que llegó al discurso y luego fue rechazado. En el análisis se abre una memoria, cuyo acceso le estaba cerrado, pues ella se abre por la verbalización, por la mediación del psicoanalista. A través de la asunción hablada de su historia, el sujeto se compromete en la vía de la realización.

No se trata de ir deprisa, pues cuando la transferencia se hace demasiado intensa se produce la resistencia en su forma más aguda: el silencio. La transferencia se convierte en un obstáculo cuando es excesiva.

Hay otros silencios que valen como más allá de la palabra. Por eso que no se trata del análisis de las resistencias o de las defensas, sino de levantarlas, pues ellas son el obstáculo para alcanzar un más allá, un más allá que no es nada, que como es un más allá, poco importa entonces lo que en él se coloca. Si lo consideramos como defensa sólo podemos pensar algo detrás de lo cual se esconde otra cosa, una máscara tras la cual se esconde otra cosa. Cuando nos centramos en querer levantar los patterns que ocultarían ese más allá, el analista no tiene otra guía sino su propia concepción del comportamiento del sujeto. Pero aquí vemos el modelado de un ego por otro ego, por lo tanto por un ego superior. Pero el ego del analista no es un ego cualquiera.

Se dice que la buena voluntad del ego del sujeto debe convertirse en aliado del ego del analista, incluso se plantea el fin normal de todo tratamiento en la identificación con el ego del analista.

Podemos hablar de diferentes concepciones con este punto de vista sobre la transferencia, que han llegado a tener relevancia en la historia del movimiento psicoanalítico y como variantes de la concepción de transferencia que Freud propone. Entre estas concepciones están: Introyección en Ferenczi, Identificación con el Superyó del analista en Strachey, Trance narcisista terminal en Balint.

Para Freud la transferencia es el concepto mismo del análisis porque es el tiempo del análisis. El análisis de las resistencias no permite un solo paso, por eso cuando acontecen las resistencias en el paciente es preciso esperar.

Esperar porque no se trata del análisis de las resistencias, ni se trata de abreviar el tratamiento.

Freud en un texto de 1918, Los caminos de la terapia psicoanalítica plantea que en el camino de su investigación, donde tratamiento e investigación eran lo mismo, en uno de sus casos más conocidos, El Hombre de los Lobos, se vio conducido a comunicar a dicho paciente que el tratamiento tendría un fin determinado para que su posición obsesiva de espera se tornara más activa respecto a su propio análisis. Para ello, nos dice, tuvo que esperar a que la relación con él, la relación transferencial, fuera lo suficientemente fuerte como para que no abandonara el tratamiento ante los inconvenientes que eso generaba en el sujeto.

Es por eso que en este texto Freud nos dice que en los tratamientos de los obsesivos hay que esperar a que la cura se convierta en una obsesión para así dominar «violentamente» con ella la obsesión patológica. Y nos indica «violentamente» en el sentido que pareciera que el obsesivo es violentado por el goce, en tanto está sumergido en la encrucijada del erotismo anal y sólo alcanza la satisfacción acompañada del horror que ello le produce.

Si partimos de que la neurosis es una de las estrategias destinadas a no querer saber nada de la castración del goce del A, donde todo el empeño del neurótico es mantener la consistencia del A para no encontrarse con su castración simbólica, nos encontramos con que todo lo que esté destinado a abreviar el tiempo del análisis, que decíamos era la transferencia misma, todo lo que anticipe el fin, produce la imposibilidad de terminar con la transferencia.

El obsesivo vive en la novela familiar, esto podría querer decir que él mismo es un personaje de ficción pero en realidad todo es para mantener vivo al padre idealizado, pues el obsesivo más que padre simbólico tiene padre idealizado, por eso que abreviar el tratamiento, mantener al obsesivo en transferencia, es mantener al sujeto en las páginas de su novela familiar, haciéndonos olvidar que toda novela, para serlo, tiene que tener un fin.

Lacan nos dice que la transferencia es la puesta en acto de la realidad inconsciente, por lo tanto si tenemos que pensar la dilución de la transferencia, será diluir la idea de que el saber lo tiene alguien, la idea de un sujeto supuesto al saber, tendremos que dejar de amar a alguien a quien suponemos el saber para pasar a desear saber, y eso es someterse al método.

MAS ALLÁ DEL LABERINTO

Más allá de las encrucijadas de la estructura obsesiva como necesidad estructural para el sujeto que para serlo padece una neurosis obsesiva, más allá de ese laberinto o de la ausencia de laberinto, más allá del desierto que sería otra forma de laberinto, sólo el análisis, el tratamiento psicoanalítico es alternativa.

Y digo sólo porque el psicoanálisis es la única disciplina que propone la necesidad de ser sujeto del inconsciente para que el principio de realidad se instale en el sujeto y así acceder a la realidad, esa realidad cuya historia está avalada por siglos de producción y creación, avalada por el sujeto hablante y por la escritura como lo que permanece del lenguaje, fundamentalmente en forma de poesía.

La enfermedad como una forma solitaria de resolver una problemática que se hace humana cuando se establecen relaciones, cuando el lenguaje se usa más allá de la comunicación, cuando la intención va más allá de comunicarse con otros, cuando las palabras no sólo son dichas sino que se usan para establecer un contrato, donde las palabras no sean para estar de acuerdo, especular ilusión, sino para acordar, es decir para mantener la ilusión humana por excelencia, donde el goce no será del orden del beneficio o ganancia sino del usufructo, pues cuando se trata del lenguaje no hay que despilfarrarlo, no hay que usarlo sin ton ni son, sino que bajo contrato se produce un nuevo sentido, donde se diga lo que se diga ya no hay arbitrariedad, nada será del orden del azar, sino que si el contrato es un contrato psicoanalítico habrá una determinación tal que se establecerá el deseo del psicoanalista y donde todo lo que diga el paciente será denominado asociación libre que estará determinado por la transferencia, orden donde entra en juego el deseo inconsciente del paciente que por principio no puede expresarse en palabras, en tanto no puede acceder a la conciencia, pues su condición es permanecer inconsciente, pero que en esa relación transferencial podrá ser interpretado.

Podríamos decir que se trata de que el obsesivo salga de su laberinto en tanto lo ha construido él, y en él se gasta todas sus energías, esperando que algún día caiga la presa en su telaraña, sin darse cuenta que la araña cazadora se acerca y que la presa es él mismo.

Murió de espera
más allá de la eternidad
su resurrección nunca aconteció
sin embargo invirtió sus años
renunció a los placeres
vivió siempre
al otro lado del espejo.

Esperando vengarse
construyó un laberinto.
Olvidó cumplir las reglas
por eso se aconsejó
destruir las paredes.
Fue entonces
cuando se perdió en el desierto.

Sólo el diván
sólo con otros
la posibilidad de lo imposible
no deja de serlo.

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