Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LABERINTO III
EL LABERINTO ROTO

LA TRANSFERENCIA Y LA NEUROSIS OBSESIVA

La significación nunca remite sino a otra significación, por eso que la pregunta, ¿a qué realidad pertenece? no ha lugar.

En psicoanálisis el método para buscar la significación de una palabra consiste en catalogar la suma de sus empleos. Lacan nos dice que si queremos buscar la significación de la palabra mano debemos hacer el catálogo de sus empleos, y no sólo cuando representa el órgano de la mano, sino cuando figura en «mano de obra», «mano dura», «mano muerta», etc. No se trata, entonces, de agotarnos en la búsqueda de referencias suplementarias.

Todo uso es siempre metafórico, y la metáfora no debe distinguirse del símbolo mismo y de su uso. El surgimiento del símbolo crea, literalmente, un orden de ser nuevo en las relaciones entre los hombres. Por eso cuando estamos en el mundo del símbolo no podemos salir del mundo del símbolo.

Cuando estamos en el orden de la palabra todo adquiere sentido en función de ese mismo orden. Es a partir del orden simbólico que los otros órdenes, imaginario y real, ocupan su puesto y se ordenan.

No podemos olvidar que para que una palabra sólo sea palabra es necesario que alguien crea en ella. No es necesario que lo que ella dice sea verdadero, pues siempre se trata de una presentación, siempre un espejismo, un intento de representar lo no representable, pero este primer espejismo nos asegura que estamos en el dominio, en la dimensión de la palabra. Sin esta dimensión una comunicación no es más que algo casi igual a un movimiento mecánico, pero a partir del momento que hay alguien para comprenderlo puede haber lenguaje hasta en los animales.

La palabra se instituye en la estructura del mundo que es el del lenguaje.

La palabra no tiene nunca un único sentido, ni el vocablo un único empleo.

Toda palabra sostiene varias funciones, envuelve varios sentidos, a no ser que lleguemos a decir que la palabra tiene una función creadora y que es ella la que hace surgir la cosa misma. No su forma, ni su realidad, sino que hace que la cosa esté allí. Se trata de una identidad en la diferencia, en el sentido que Hegel plantea que el concepto es el tiempo de la cosa.

El elemento tiempo es una dimensión constitutiva del orden de la palabra. Así en la relación transferencial se trata de la palabra del sujeto frente al analista, es su relación existencial ante el objeto de su deseo. Situación que no tiene nada que sea actual, emocional o real, pero que una vez alcanzada, cambia el sentido de la palabra, en tanto el sujeto se da cuenta que su palabra no es más que palabra vacía, pues carece de efecto. Pero también es cierto que en psicoanálisis somos remitidos al acto mismo de la palabra, y es el valor de este acto actual el que hace que la palabra sea vacía o plena. En análisis se trata de saber en qué punto de su presencia la palabra es plena.

Por eso la transferencia, la palabra Übertragung, en Freud no aparece en los Escritos Técnicos, o a propósito de relaciones reales, imaginarias o simbólicas con el sujeto, es decir, no es en el caso Dora, o en algún otro caso que aparece, sino en el capítulo VII de La Interpretación de los sueños (Traumdeutung), en el capítulo que Freud titula, "Psicología de los procesos oníricos". Aquí Freud nos muestra cómo la palabra, o sea la transmisión del deseo, puede hacerse reconocer a través de cualquier cosa, con tal de que esa cualquier cosa esté organizada como sistema simbólico. Así como durante mucho tiempo no se supieron entender los jeroglíficos, lo mismo pasó con los sueños. Así como nadie se daba cuenta que una pequeña silueta humana podía querer decir un hombre, pero también el sonido hombre y entrar en una palabra como sílaba, así el sueño está formado como los jeroglíficos.

Freud nombra la transferencia como un fenómeno constituido por el hecho de que no existe traducción directa posible por el sujeto para un cierto deseo reprimido. Lo que no es decidible puede ser expresado y para ello Freud cuando nos quiere hablar de transferencia, Übertragung, nos habla de Tagesrestre, de restos diurnos, estos insignificantes restos, destituidos de su sentido propio y retomados en una nueva organización a través de la cual logra expresarse otro sentido.

El deseo inconsciente imposible de expresar, encuentra un medio para expresarse en los restos diurnos.

Freud nos señala que los sueños, en el transcurso de un análisis, se van haciendo más claros y analizables, porque tienden a dirigirse al analista.

Aquí es necesario que aclaremos que lo mismo que hemos diferenciado la transferencia del automatismo de repetición, también debemos distinguir el acting-out o acting-in del acto de la palabra.

Se califica de acting-out cualquier cosa que ocurra durante el tratamiento cuando el paciente tiende a realizar acciones, es decir que cualquier acting-out se hace dirigiéndose al analista. Pero en psicoanálisis no se trata del análisis del acting-out, sino del análisis de la transferencia, es decir encontrar en un acto su sentido de palabra, ya que un acto es una palabra. Por eso la función de la transferencia sólo puede ser comprendida en el plano simbólico.

Por eso decimos que toda significación remite a otra significación, no a una realidad, ya sea real, simbólica o imaginaria.

El lenguaje no está hecho para designar las cosas, la función de la palabra es creadora. La palabra no como palabra vacía o plena, plena como la palabra en el neurótico obsesivo o vacía como la palabra en la histeria, sino la palabra como función significante. Si partimos de su función significante, los gestos de un sujeto están del lado del lenguaje y no del lado de la manifestación motora.

Apenas instaurada la palabra se desplaza en la dimensión de la verdad, pero la palabra no sabe que es ella quien hace la verdad.

Frente a las palabras que oímos no sabemos si son verdaderas o falsas, si refutarlas o aceptarlas, o bien dudar de ellas. Sin embargo la significación de todo lo que se emite se sitúa en relación a la verdad. Por eso Freud necesitó de la Verneinung, la Verdichtung y la Verdrángung (la negación, la condensación y la represión) porque lo que habla en el hombre llega más allá de la palabra, llega hasta sus sueños, incluso a su organismo.

Para Freud la estructura de la transferencia es el motor del análisis y el motor de su progreso es la palabra, pues la transferencia no puede ser explicada por una relación dual, imaginaria, no se puede recurrir a la proyección ilusoria, ni hacer intervenir la relación de objeto, o la relación entre la transferencia y la contratransferencia, pues todo lo que tiende a una relación dual es inadecuado, y es para que la relación transferencial no se conciba en espejo que se introduce ese tercer término que es el acto de la palabra. Lacan llegará a decir que la transferencia es la puesta en acto de la realidad inconsciente, realidad que siempre es sexual reprimido.

El psicoanálisis entonces es una técnica de la palabra y la palabra es el ambiente mismo en el que se desplaza, no se trata de comprobar si el paciente dice o no la verdad, pues siempre dice la verdad, lo que ocurre es que la verdad se produce y por tanto la realidad también. La realidad no estaba esperándome ahí antes de que yo llegara, la realidad no es lo que parece, sino que lo que parece también es una representación, una de las máscaras de la verdad.

Palabra entonces más allá de que sea engañadora pues para quien habla el engaño mismo exige primero el apoyo de la verdad que se quiere disimular. A medida que la mentira se organiza emite sus tentáculos, pues le es necesario el control de la verdad. Se dice que hay que tener buena memoria para saber mentir, incluso un refrán señala que es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo.

Hay una idea acerca de que la verdad se propaga en forma de error, incluso se dice que las vías de la verdad pueden ser las vías del error. Pero el error no puede detectarse mientras las definiciones no hayan sido planteadas, por eso el error siempre culmina en una contradicción.

Sin embargo toda palabra está siempre en una necesidad interna de error. Por eso decimos que el discurso del sujeto, para el psicoanálisis, se desarrolla entre el error y la mentira, pero irrumpe una verdad que no es la contradicción, la verdad surge por el representante de la equivocación, el lapsus, el acto fallido, que son actos que triunfan.

El sujeto siempre dice más de lo que quiere decir, siempre dice más que lo que sabe que dice, y mediante este algo, el sujeto manifiesta algo más verídico que todo lo que expresa con su discurso de error.

En psicoanálisis se trata de un discurso pero distinto al discurso del error, se trata de una palabra verídica que detectamos no por observación sino por interpretación, en el síntoma, el sueño, el lapsus, el chiste. Podemos decir que la palabra auténtica tiene otros modos que el discurso corriente.

Cuando Freud explica al paciente la causa ocasional de su enfermedad, ésta no es reconocida por el Hombre de las Ratas.

El Hombre de las Ratas está entre dos pares de personajes: por un lado el teniente A y el teniente B, y por otro lado, la empleada de correos y la hija del posadero.

Todo ocurre, nos dice Lacan, como si los atolladeros propios de la situación original, eso que no está resuelto en ninguna parte, se desplazaran a otro punto del esquema de la red mítica, reproduciéndose siempre en algún punto.

La deuda del padre es la que se va a repetir a nivel del hijo, pues lo que se repite es lo que no ha tenido lugar. Por esto la deuda con la empleada de correos, circuito simbólico del intercambio, ha quedado como deuda detenida. En el lugar del Otro surge la voz del Superyó: debes pagar al teniente A, pues a nivel parental, existe falta a la palabra dada, al ejército y a una mujer. El padre ha cometido una falta con el ejército que ha pagado un amigo a quien no puede restituir y además se ha casado por interés con una mujer rica cuando amaba a otra linda pero pobre. La deuda tiene que ser pagada a nivel significante, por eso es una deuda inagotable pues el significante tiene la última palabra. Así podemos interpretar ese pensamiento que tiene cada vez que paga a Freud: «Tantos florines, tantas ratas».

Cuando Freud le interpreta que la enfermedad surge cuando se ve obligado a casarse por interés, el Hombre de las Ratas, dirige a Freud las peores injurias, se levanta del diván y se pasea por la consulta como rata enjaulada, como rata «acorralada». En definitiva pone a Freud a prueba.

¿Cómo puede usted soportar todo esto? le dice a Freud. Pero Freud resiste.

El Hombre de las Ratas produce entonces el famoso sueño de transferencia, donde Freud quiere desposarle con su hija que en lugar de ojos tiene basuras. Freud le interpreta que quiere casarse con su hija no por sus lindos ojos, sino por su dinero. El Hombre de las Ratas asocia que así es pues una vez cuando esperaba en la puerta de la consulta se encontró con una joven que tomó por la hija de Freud e inmediatamente imaginó que Freud quería casarla con él, imaginó además que era rica y que el matrimonio iría en contra de su Dama, una mujer pobre.

Podemos decir que el Hombre de las Ratas retoma a su cargo el deseo de su padre: quiere casarse con una mujer rica.

Lacan escribe un artículo que titula Función y campo de la palabra y del lenguaje, donde nos indica que la palabra es una función del lenguaje que es un campo, donde la palabra revela la estructura del lenguaje que le preexiste. El sujeto no es un ser sino un supuesto a eso que habla.

«Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha» nos dice Lacan en L'Etourdit.

Lo que cuenta es lo dicho, sabiendo que en psicoanálisis no sirve dar marcha atrás. Recordemos el ejemplo de ¿por qué me mientes al decirme la verdad? ¿por qué me dices que vas a Cracovia cuando vas a Lemberg? cuando en realidad el billete que se expende en la estación decide, de todos modos, el asunto. Por eso que la función de lo escrito, nos dice Lacan, no está entonces, en la guía sino en la propia vía férrea.

Freud nos dice que la relación analítica está fundada sobre el amor a la verdad, y el reconocimiento de la realidad, sabiendo que la verdad no puede sino semidecirse y que la realidad es la realidad psíquica que está en juego, es decir donde lo real imposible también tiene su lugar. Sabemos también que Freud, ya en 1913, nos habla de tareas imposibles, como gobernar, educar y analizar, y que Lacan formula la topología de los cuatro discursos, añadiendo la cuarta tarea imposible: desear. Así hablará del discurso del Amo, de la Universidad, del Análisis y de la Histeria.

Freud diferencia entre el lenguaje de la histeria que para él coincide con el lenguaje figurado de los sueños, de los productos idiomáticos, o dialectos de la neurosis obsesiva y de las parafrenias (demencia precoz, conocida también como esquizofrenia y la paranoia).

Así podemos ver que aquello que la histeria representa por medio de «vómitos» se exteriorizará en las enfermas de neurosis obsesivas por medio de penosas medidas preventivas contra la «infección» y en las parafrénicas por medio de la acusación o la sospecha de que se trata de envenenarlas. Y lo que todas ellas expresan no es sino un deseo reprimido y rechazado a lo inconsciente de engendrar un hijo, o bien, la defensa de la paciente contra ese deseo.

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