Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LABERINTO III
EL LABERINTO ROTO

EL LABERINTO Y EL COMPLEJO DE EDIPO

En las obras policíacas siempre nos muestran que la solución del misterio es inferior al misterio.

En la leyenda los laberintos siempre son lugares donde acecha la muerte, recuerdan a las telarañas donde siempre está surgerido el crimen.

De cómo el obsesivo invierte en la construcción del laberinto todo su tiempo, incluso el tiempo que tendría que dedicar a su trabajo, a sus estudios, a sus amores, y todo por un crimen que ya ha sido cometido (como deseo no realizado), y todo porque necesita una coartada.

Todos sus movimientos son por temor a su propio odio, no lo mueve la codicia. Aunque pareciera que el dinero es esencial para él, no es porque vale como dinero, sino porque el dinero entra en una nueva circulación, incluso tiene equivalentes, así el caso ejemplar que es el Hombre de las Ratas, cada vez que pagaba a Freud pensaba: tantos florines, tantas ratas. Su dinero no es como el de otros, puede llegar a pensar que su dinero daña a quien lo recibe, incluso que el psicoanalista quiere precisamente «su dinero». Algunos pacientes obsesivos firman todo billete que pase por sus manos, otros llegan a lavar y planchar los billetes, padeciendo conscientemente un temor al contagio y, sin embargo, hay una falta de temor en sus quehaceres sexuales, su propia masturbación, o bien, una indiferencia en aprovechar situaciones de gratificación sexual un tanto inmorales. Esto es debido a que el mecanismo de desplazamiento es propio de sus operaciones mentales.

Freud nos habla de un caso de un sujeto muy escrupuloso con las cuestiones del dinero, necesitado siempre de billetes a estrenar, y sin embargo, sin culpa alguna para ser el encargado de la iniciación sexual de todas las jóvenes hijas de sus amigos.

Es habitual, en el obsesivo, permitirse cualquier mal pensamiento sobre el prójimo, el próximo, el vecino, para inmediatamente pasar al cálculo mental de contar las esquinas de un rincón de la habitación donde se encuentra, o bien, calcular sin descanso el número de baldosas recorridas cada minuto, o buscando su nombre entre los nombres de los muertos que ese día publica el diario, o acusándose de ser el asesino de cada uno de los casos que ese día son noticia, o de ser la causa de la muerte de todos los muertos que descansan en el cementerio más próximo a su lugar de trabajo.

Los temas de la muerte y del padre son cuestiones que ponen en jaque al obsesivo.

Así como la histérica y el histérico se preguntan ¿qué es ser una mujer?, el obsesivo se pregunta ¿por qué está ahí? ¿De dónde sale? ¿Qué hace ahí? ¿Por qué va a desaparecer?

Preguntas que el significante es incapaz de darle respuesta, por la sencilla razón de que las preguntas lo ponen precisamente más allá de la muerte.

El significante lo considera muerto de antemano, es decir lo inmortaliza por
esencia.

La pregunta de los neuróticos sobre el padre nunca se refiere al padre real, sino al padre simbólico o bien al padre imaginario, preguntas que son consideradas preguntas significantes, en tanto el significante cuanto menos signifique, mejor. En cambio en la psicosis es sobre la función real del padre en la generación.

Las fórmulas de Einstein son puro significante, no tienen la menor significación, y es por eso, gracia a él, que tenemos el mundo en la palma de la mano.

Los números llamados naturales y no por eso menos artificiales, introducen al hombre en un mundo nuevo. Podemos decir que el número cinco es una conquista, y que es un significante, en tanto todo verdadero significante es, en tanto tal, un significante que no significa nada.

Mientras más no signifique nada, más indestructible es el significante.

EL COMPLEJO DE EDIPO

Es el complejo que pone en funcionamiento el significante en el organismo.

Hay una disimetría fundamental del Edipo en ambos sexos. Esta disimetría no se debe a la relación de amor con la madre, ni tan siquiera es debido a que para la niña en principio los dos sexos sean idénticos. Freud mismo escribe varios artículos intentando esclarecer el tema: Consideraciones acerca de la diferencia anatómica entre los sexos. El declinar del complejo de Edipo. La sexualidad femenina. Para decirnos que la razón de esta disimetría está a nivel simbólico, se debe al significante.

No hay simbolización del sexo de la mujer en cuanto tal, no tiene el mismo modo de acceso que la simbolización del sexo del hombre, en tanto lo imaginario sólo proporciona una ausencia donde en el sexo masculino hay un símbolo muy prevalente.

Es esta prevalencia fálica la que fuerza a la mujer a tomar el rodeo de la identificación al padre y seguir durante un tiempo los mismos caminos que el varón.

Es porque el falo es el elemento simbólico central del Edipo el que hace que el acceso de la mujer al complejo de Edipo sea mediante una identificación imaginaria al padre. Sin olvidar que es en función del padre, el padre como portador del falo, para que el falo no sea un meteoro, porque el falo es un símbolo que no tiene correspondencia ni equivalente.

Esta disimetría significante determina las vías por donde pasará el complejo de Edipo, y en ambos sexos estas vías llevan por el mismo sendero, el sendero de la castración. Castración del falo imaginario, es decir asesinato de la cosa por la palabra, funcionamiento del significante en tanto no significa nada, en tanto puro significante, es decir sin significación previa sino como generador de la significación, generando la cosa misma. Por eso decimos que porque el hombre tiene palabras conoce cosas y el número de cosas que conoce corresponde al número de cosas que puede nombrar.

Volverse mujer es algo muy distinto que preguntarse qué es una mujer, incluso se pregunta porque no se llega a serlo, y hasta cierto punto preguntarse es lo contrario de llegar a serlo. Esta es la pregunta de la histérica, mientras que en el histérico se trata también de la pregunta por la posición femenina, pero es en torno al fantasma del embarazo que se hace la pregunta.

¿Podré engendrar? Es una pregunta sobre la procreación, y esto porque tanto la paternidad como la maternidad no son cuestiones que se sitúen a nivel de la experiencia, sino a nivel significante, en tanto todo está hecho para afirmar que la criatura no engendra a la criatura, que la criatura es impensable sin una creación. Como nada explica que unos seres mueran para que otros nazcan. Hay algo radicalmente inasimilable al significante.

Por esto decimos que el modo obsesivo de la pregunta va siempre más allá del padre real, va más allá de la muerte real, por eso su pregunta es ya coartada, en tanto lo inmortaliza por esencia, y hace del padre muerto un padre absoluto, pues constituye un padre mediante el deseo de muerte del padre.

Genio y figura hasta la sepultura o criminal sin mesura, inteligente o necio, son los dilemas que atraviesan cada paso, cada avance o retroceso, del obsesivo.

Soy o no soy, quiero o no quiero, me quiere o no me quiere, no soy hombre ni mujer, ni sueño ni realidad, son cuestiones que mantienen al obsesivo dentro de su armadura de hierro, donde se detiene y se encierra, para impedirse acceder a un horror que él mismo desconoce. Petrificado, matando con su indiferencia cualquier sentimiento que acontece en el otro, ese otro imaginario que forma parte de sí mismo.

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