Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LABERINTO III
EL LABERINTO ROTO

LA LIBIDO Y EL FANTASMA

La libido no se reparte ni se acumula, debe concebirse como un órgano, como un órgano en el sentido de formar parte del organismo y como un órgano-instrumento, un órgano de relación.

El sujeto por estar dividido por efectos del lenguaje, está en la incertidumbre, pues sólo se realiza en el lugar del Otro, lugar de la palabra, donde su deseo cada vez más dividido deja que él tenga que arreglárselas, que salir airoso de toda situación, y sabe que el Otro también se las tiene que arreglar respecto a las vías del deseo.

Freud pone de un lado las pulsiones y de otro lado el amor, y esto es porque la pulsión genital no está articulada como las demás pulsiones, en tanto está sometida a la circulación del complejo de Edipo, tiene que conformarse en el campo del Otro, es decir en el campo de la cultura.

Por eso que Freud nos dice que para concebir el amor hay que referirse a otro tipo de estructura que el de la pulsión. La estructura de la pulsión Freud la divide en tres niveles:

Nivel de lo real: lo que interesa y lo que es indiferente.

Nivel de lo económico: lo que da placer y lo que da displacer.

Nivel de lo biológico: la oposición actividad-pasividad u oposición amar-ser amado.

En el primer tiempo, el estadio del Real-Ich, estadio de autoerotismo o de criterio de surgimiento y repartición de los objetos, en el segundo tiempo, el económico, consiste en que el segundo Ich, el segundo de un tiempo lógico, es el Lust-Ich, donde se produce la diversidad de las pulsiones parciales, donde su actividad proviene de sus propias pulsiones, por eso en el tercer nivel introduce Freud, el de la actividad-pasividad.

Una concepción del amor cuyo carácter es quererse su bien, un altruismo que se satisface preservando el bien de quien nos es necesario.

Para Freud el amor es una pasión sexual, sólo con la actividad-pasividad entra en juego lo tocante a la relación sexual. Para Freud actividad-pasividad sirve para metaforizar lo que en la diferencia sexual sigue siendo insondable. Como tal la oposición masculino-femenino no se alcanza nunca. Es el Otro entre esos dos mundos opuestos que la sexualidad designa con lo masculino y lo femenino, es el Otro el que introduce el ideal viril y el ideal femenino y que se designa con el término mascarada, tanto para uno como para otro, aunque en algún momento de la historia se le asignó solamente a la actitud sexual femenina.

Mascarada que no es sólo lo que se pone en juego en el apareamiento, sino que la mascarada en el dominio humano no se da en lo imaginario sino en lo simbólico.

Y aunque parezca paradójico la sexualidad se muestra por intermedio de las pulsiones parciales, en ese movimiento circular del empuje que emana del borde erógeno para retornar a él como a su blanco, después de haber contorneado el objeto a. Así es como el sujeto llega a alcanzar la dimensión del Otro.

Podemos distinguir entre amarse a través del otro, donde el otro está incluido en el campo narcisista y la circularidad de la pulsión, donde entre la ida y la vuelta se produce una hiancia en el intervalo. Pues entre ver y ser visto está la pulsión escópica. Entre mirar un objeto extraño a ser mirado por una persona extraña surge el otro.

Entre el ir y el venir de la pulsión está el hacerse ver. La actividad de la pulsión se concentra en ese hacerse.

Después de hacerse ver, uno quiere hacerse oír, y mientras el hacerse ver retorna al sujeto, el hacerse oír va hacia el otro, pues los oídos son orificios que no pueden cerrarse, es por eso que la razón de que hacerse oír va hacia el otro, es estructural.

La otredad de la pulsión oral es hacerse engullir, de ahí los fantasmas de devoración que dominan al niño en este estadio. Como la lactancia es la succión, la pulsión oral es el hacerse chupar, es el vampiro y lo que chupa es el organismo de la madre. Por eso en toda reivindicación está subyacente que lo que el sujeto pide es algo que está separado de él, pero que le pertenece y con el cual puede completarse: es el organismo de la madre.

La pulsión al invaginarse a través de la zona erógena, tiene por misión ir en busca de algo que, cada vez, responde en el Otro. Por eso a nivel de la pulsión anal, hacerse cagar quiere decir que se está en relación con el gran cagador, el gran molesto. Por eso en el obsesivo la caca es un regalo, pero también es polución, purificación, catarsis, en cierto sentido para el obsesivo es como si entregase su alma, de aquí nace la función de oblatividad.

Órgano de la pulsión en el sentido de órgano-instrumento, como falso órgano que se sitúa en relación al verdadero órgano, órgano inmortal que subsiste a todas las divisiones y su carrera no se detiene, órgano cuya característica es no existir y que no por ello deja de ser órgano, órgano que denominamos como libido. Sus representantes, sus equivalentes son todas las formas enumerables de objeto a, objeto a que lo es cuando se pierde, pues el pecho es objeto a cuando representa lo que el individuo pierde al nacer, igual que todos los demás objetos.

Si el sujeto está determinado por el lenguaje y la palabra, quiere decir que el sujeto, in initio, empieza en el lugar del Otro, en tanto es el lugar donde surge el primer significante. Un significante es significante porque está relacionado con otros significantes, lo mismo que el sujeto es sujeto en relación con el campo del Otro. Relación con el Otro que hace surgir la libido, esa relación del sujeto viviente con lo que pierde por tener que pasar por el ciclo sexual para reproducirse. Pulsión que presentifica la sexualidad en el inconsciente y representa en su esencia a la muerte. Por eso decimos que el inconsciente es algo que se abre y se cierra, porque su esencia consiste en marcar el tiempo en que por nacer con el significante, el sujeto nace dividido. El sujeto es ese surgimiento que justo antes de nacer, no era nada, y que apenas aparece queda fijado como significante.

Es por esta cuestión que la relación sexual no existe, pues está expuesta a los azares del campo del Otro, expuesta a las explicaciones que se le dan, expuesta a las teorías sexuales infantiles, como mitos, como estructuras de ficción, siempre en relación con la verdad.

La libido es la que enlaza con el inconsciente a la pulsión oral, anal, escópica, invocante. A nivel pulsional todo es actividad del sujeto, el sujeto suda la gota gorda, hacerse chupar, hacerse cagar, hacerse ver, hacerse oír, mientras que a nivel del amor, campo narcisista, hay reciprocidad entre amar y ser amado. Es lo mismo amar que ser amado, todo es amor, incluso Freud habla de relación anaclítica o masculina donde todo se hace para ser amado y de relación narcisista o femenina donde todo consiste en permitirse amar-se.

El niño depende del amor del Otro, de la presencia esencial del Otro exterior, de ese gran Otro primordial, lugar donde se constituye; y por otro lado y como consecuencia de lo anterior, de la constitución imaginaria y alienante de su yo, constitución que le convierte en el primer objeto privilegiado, objeto sobre el cual recae el amor, amor por la imagen de sí mismo, en tanto no es ningún objeto sino una imagen de sí mismo, que produce lo que conocemos como narcisismo.

En "Introducción al narcisismo", Freud nos dice que en toda relación amorosa uno se dirige al otro porque a través del otro uno se dirige a sí mismo, que la relación de amor está fundada en un movimiento de idealización del objeto, movimiento por el cual el sujeto ama en primer lugar lo que uno es, en segundo lugar lo que uno ha sido, en tercer lugar lo que uno quisiera ser y en cuarto lugar la persona que ha sido parte de su yo.

Freud plantea en el amor una equivalencia absoluta entre el objeto de amor y el Ideal del Yo, por eso en las elecciones amorosas del tipo neurótico siempre se llevan a cabo en una sobreestimación y una idealización máxima del objeto, indicando con ello que el narcisismo determina ineludiblemente la relación de objeto.

Freud distingue entre este tipo de elección amorosa y la elección anaclítica o conforme a la imagen de la mujer nutriz y el padre protector.

El individuo, nos dice Freud, tiene dos objetos sexuales primitivos; él mismo y la mujer nutriz, es decir dos tipos de elección amorosa: un amor al otro semejante, como otro imaginario, amor a lo mismo y un amor al Otro en su condición de gran Otro primordial, en su dimensión simbólica, el gran Otro como alteridad radical, que es siempre nuestra primera pareja.

La Ley actúa sobre la Cosa, que al mismo tiempo que pone distancia con la Cosa, funda la palabra y permite al sujeto el ingreso al mundo del lenguaje. Esto opera antes del Edipo, das Ding estaba ahí en el comienzo, pero sólo funciona con la Ley.

El niño por su prematuración necesita del Otro omnipotente que se encarna habitualmente en la madre, quien calma sus necesidades, satisfacción que queda inscripta como una experiencia mítica de satisfacción absoluta, experiencia de satisfacción, dirá Freud, que se transformará en el sujeto en el modelo de aquello que tratará de alcanzar en el futuro. Surge la imposibilidad de reencontrar ese objeto mítico originario. No pudiendo encontrar este das Ding el sujeto trata de repetir la experiencia dirigiéndose a otros objetos, las cosas, no la Cosa. Esta primera huella, este primer trazo de la satisfacción inolvidable, pierde su calidad de objeto y lo que queda de ella es la inscripción. Este Otro inolvidable, este Otro que en ese momento es completo y omnipotente permite el surgimiento del objeto del deseo como diferente al objeto de la necesidad.

Freud en Psicología de las masas y análisis del yo, nos dice que la identificación primaria es la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona, identificación que no es del orden del tener sino del ser, pues el sujeto quiere ser como el padre y se lleva a cabo a través de un único rasgo, donde lo que está en juego es el sujeto no el objeto, por eso esta identificación es posible antes de toda elección de objeto. Este padre, nos dice Freud, como es previo al reconocimiento de la diferencia sexual, equivale a los dos padres, pues sólo en la identificación secundaria, después de la elección de objeto que recae sobre el padre y la madre, se resignifica. Esta identificación por un único rasgo prepara el camino de la elección de objeto.

El campo del Otro se constituye como soporte del sujeto y lo que llamamos identificación primaria es intrínsecamente simbólica, pues está estructurada de una manera original por la presencia del significante, pues este único rasgo, que Lacan denomina rasgo unario, es en definitiva un significante, identificación que forma el Ideal del Yo. El sujeto se identifica con un Otro que es el Otro en tanto hablante, formación simbólica más allá del espejo, polo de identificación en tanto no es objeto de necesidad, ni de deseo, y que como nos dice Freud es del orden del amor. Esta necesidad de ser amado ya no abandonará jamás al ser humano.

En "El malestar en la cultura" Freud nos dice que al no haber una facultad original que dé cuenta del bien y del mal de sus actos, el ser humano requiere de la participación de un elemento exterior que ejerciendo sobre él una gran influencia lo ayude a tal determinación. Freud se formula la pregunta de por qué el sujeto se subordina a esta influencia extraña y la respuesta es por su desamparo y su depedencia de los demás, por su miedo a la pérdida de amor. Textualmente nos dice: "Cuando el hombre pierde el amor del prójimo de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo".

Podemos distinguir entonces el amor como pasión imaginaria y el amor como don activo, amor que apunta a la particularidad, más allá del cautiverio imaginario, y que se constituye en el plano simbólico, que no apunta al otro imaginario, al sí mismo, sino al Otro, ese amor que trata de conseguir del Otro una respuesta, respecto a qué objeto soy para el Otro, amor del orden del dar lo que no se tiene a quien no es, amor no para reinventar el amor sino como posibilidad de creación, como posibilidad de invención. Amar para seguir siendo amado, en la posición masculina se está inmerso en la relación anaclítica, en la relación con el Otro, en la necesidad de ser amado, mientras que en la posición femenina, que también es la posición perversa, se está inmerso en el narcisismo, en la relación con el otro imaginario, en la necesidad de amar, amarse, es decir amar para amarse a sí mismo. Y decimos posición masculina y posición femenina porque pueden ser posiciones propias tanto de hombres como de mujeres, en tanto son posiciones del sujeto.

Freud nos habla de organización pregenital de la libido y Lacan va a matizar esta cuestión marcando que en cuanto a la constitución del deseo al registro oral, anal, fálico, escópico e invocante le corresponden determinados objetos que serían el seno, el excremento, el falo, en tanto no está, en tanto ha operado la castración, tiene un status diferente a los demás, como (-fi), la mirada y la voz. Cada uno de estos objetos en su nivel funcionaría como causa del deseo, como causa de la desaparición del sujeto, como causa de la división del sujeto, pero Lacan señala que mientras la voz correspondería al registro del sadismo y el masoquismo, es decir sería soporte del deseo del Otro, el objeto anal que corresponde al erotismo anal, estaría determinado por la prevalencia de la demanda del Otro. Hay un antes y un después de la castración.

El sujeto para constituirse en el significante necesita situarse en el lugar dle Otro, por eso en el Otro el sujeto puede constituir sus ideales, puede identificarse a significantes, puede hacerse Otro, puede encontrar allí su Ideal del Yo. También el sujeto puede identificarse con imágenes, es decir con el otro con minúscula, puede encontrar en el otro sus imágenes ideales, su Yo Ideal. Pero siempre va a haber una parte real del sujeto, el objeto a, esa parte que no puede incluirse como significante, ni como imagen, fuera del espejo y fuera del significante. Objeto a que como causa del deseo nos va a dar a cada sujeto la singularidad, algo que es privado en última instancia, algo que es inalienable, algo que por razones de estructura es imposible que sea del otro, o del Otro.

En la cuestión de la neurosis obsesiva el excremento entonces entra en la intersubjetividad por la demanda del Otro, cuyo lugar es ocupado en principio por la madre, con lo cual entra en esa dialéctica entre madre e hijo en la que la madre le pide que haga caca en tal momento, que no lo haga en tal otro, que va acompañado de un ceremonial donde el aroma y la limpieza, donde la aprobación o la desaprobación hace que el objeto excremento se coordine con la demanda del Otro, con la demanda de la madre, y es el excremento en tanto es perdido, en tanto objeto que es solicitado por el Otro. La satisfacción de una necesidad, la necesidad de defecar, deja de ser necesidad para entrar en la dialéctica de otra satisfacción, la satisfacción de la demanda del otro. Hay algo más importante que la satisfacción de la necesidad: la demanda del Otro. La necesidad en el humano está trastornada por la demanda del Otro y es el deseo lo que aparece como resistencia a la demanda del Otro.

La necesidad por un lado queda articulada con la satisfacción de la demanda y por otro con el deseo, por eso Lacan nos dice: "el deseo es aquella parte de la necesidad que no se articula en la demanda". Lo que no se articula en la demanda surge como deseo, y surge una necesidad transformada porque el deseo de retener no tiene nada que ver con la necesidad originaria de defecar.

La caca exigida por la demanda del Otro, comienza por ser objeto maravilloso y cobra un valor máximo como objeto, pues además, como nos dice Freud, es el primer objeto de producción propia del sujeto, una parte del cuerpo propio que el sujeto cede a Otro. Esta relación del sujeto al objeto anal es la matriz de todas las relaciones futuras del sujeto a los objetos valiosos, incluso a él mismo, en tanto el sujeto llega a situarse como objeto valioso.

Pero también está la otra cara de la cuestión, pues no tiene que deleitarse en exceso con esto, no tiene que tocarlo, no tiene que ensuciarse, tiene que limpiarse, es decir, un objeto relevante, digno de admiración pero también es maravilloso y por otro lado objeto perdido, por eso que en la medida que el sujeto es este objeto anal, es o no es, vale o no vale, puede ser requerido o desechado por el Otro.

Si recordamos que el obsesivo vive bajo la teoría del parto anal, bajo la idea de que los niños se desarrollan en el intestino y son paridos por el ano, este objeto puede valer por el hijo, y también por todas las demás equivalencias simbólicas: pene, dinero, regalo.

Podemos decir que el objeto oral y el objeto anal entran en la fórmula del fantasma de la Demanda del Otro, es decir (S/<>D), pero mientras en el objeto oral la demanda que prevalece es la demanda del sujeto dirigida al Otro, en tanto es el Otro el que interpreta que es una demanda del sujeto dirigida al Otro, en el registro anal aparece la inversión de la demanda, en tanto es el Otro el que demanda, podemos decir que para el paso del registro oral al registro anal es necesaria la inversión de la demanda. El objeto anal, el excremento, puede funcionar como sustituto, como metáfora del falo ausente, del falo que no hay, en la estructura del obsesivo, y es por eso que en el análisis en los obsesivos el analista se ve llevado a aprobar el deseo del sujeto, algo que en realidad refuerza su neurosis obsesiva pues el sujeto desea a partir de este momento, podríamos decir, desea a pedido, sólo después de que su deseo haya sido aprobado y autorizado. Es por eso que Lacan nos dice que hay un más allá de la relación con el objeto anal, en tanto una cosa es analizar en el sentido freudiano y otro analizar en el sentido de la psicología del Yo, donde el obsesivo acaba teniendo un yo más fuerte, es decir se volvería más anal.

Es por eso que es necesario pensar otros registros en la organización pregenital de la libido, en la constitución del deseo. El objeto escópico e invocante entrarían en la fórmula del fantasma del deseo del Otro, es decir (S/<>a).

El neurótico necesita encontrar un punto donde fijar su deseo, e interpretar el deseo del Otro, pero así como la histérica lo hace a partir de los signos que encuentra del deseo del Otro, el obsesivo no quiere saber nada con los signos del deseo del Otro, incluso los evita, pues él no necesita de la intermediación del Otro para subsistir como deseante, él sostiene su deseo en un fantasma sólidamente constituido.

A <> falo imaginario.

El objeto a en función de cierta equivalencia erótica. Erotización de su mundo, especialmente el mundo intelectual. El falo imaginario como unidad de medida, por ejemplo en el Hombre de las ratas la medida era la rata.

Y sabemos que el objeto a tiene que ser un objeto sin imagen especular, no especularizable, nos dice Lacan, pues es diferente el objeto a que la imagen especular y el yo del sujeto, es diferente el objeto a, que i(a) e i'(a), en tanto el objeto a pertenece al registro de lo real.

Así decimos que nuestro campo escópico está en orden en la medida que nuestra propia mirada está de allí excluida, extraída. Cuando nuestra propia mirada, que es el objeto a causa del deseo en este registro, no está extraída del mundo visible, éste se desorganiza, pasamos a ese estado en que otro nos mira con nuestros propios ojos, recordemos lo siniestro.

El obsesivo es ese sujeto que le resulta imposible pensar que el otro busca de él un sujeto deseante, un sujeto viviente, cree que el otro ama de él esa imagen de "yo mismo", por eso vive en un mundo de imágenes, y donde él se encuentra representado por cada una de las imágenes, en todos los ideales que encuentra, incluso puede encontrarse representado por tal o cual compañero más exitoso que él mismo, puede amar exclusivamente una imagen del otro. Él está en todos los lugares interesantes del mundo, pero en ninguno juega auténticamente su deseo. Él ha desaparecido no se juega en su deseo, de aquí la modalidad imposible del deseo. Es por eso que mediante la contemplación el obsesivo calma su angustia, porque es en el registro escópico que el otro no es un deseante, es una imagen y para el obsesivo el otro del registro escópico es su semejante, donde nada de él es enigmático.

Así como en la histeria son los síntomas los que le permiten solucionar su angustia, en el obsesivo no es por el nivel sintomático, no es por la duda, ni por la representación obsesiva, sino en el registro del narcisismo, lo cual le permite sólo instantes de tranquilidad pues el deseo irremediablemente va a romper el espejismo, pues sabemos que el obsesivo es altamente deseante, aunque como deseo retenido, como defensa contra otro deseo, como defensa ante la posibilidad de la emergencia del deseo sexual.

Decimos que el obsesivo no llega al acto, duda, y en lugar de ser un acto preparatorio lo sustituye.

No hay relación sexual pero hay deseo sexual y el obsesivo permanentemente intenta reprimirlo, intenta borrar todas las huellas que puedan quedar de eso. Es como Lady Macbeth lavándose las manos, queriendo borrar la mancha de sangre que imagina que le ha quedado después del asesinato del rey Duncan.

Lavarse las manos como la pantomima del intento permanente del obsesivo de borrar su relación con la experiencia del goce, su relación con la experiencia donde se constituyó su deseo. Intentar borrar sus huellas también tiene relación con el erotismo anal, y por mucho que se lave siempre queda un poco de olor.

Para cubrir el deseo del Otro el obsesivo tiene una vía, nos dice Lacan, que es el recurso a la demanda del Otro, por eso queda condenado a no alcanzar nunca su objetivo, y siempre le es necesario que le autoricen, que el Otro le demande eso, que se lo pida. Es por eso que las interpretaciones metafóricas pueden ser entendidas por el obsesivo como pedidos y hacer un uso de obediencia de esas interpretaciones del analista.

El obsesivo es ese personaje que necesita autorización, por eso pregunta ¿te parece que está bien? ¿lo hago o no lo hago? Incluso si se siente autorizado puede cometer un acto perverso pero más que un acto perverso se trata de obediencia debida.

Es por esto que cuando lo que el analista dice puede ser entendido por el paciente, cuando puede creer saber lo que el Otro quiere es cuando en analista puede ser reducible a una demanda del Otro y donde no hay margen para el deseo del Otro. El efecto de ese decir entra en la dialéctica de la sugestión. Por esto que si queda un margen de incomprensión, un margen que deje al sujeto en una interpretación angustiante; ¿qué me quiso decir? ¿qué quiere de mí? ¿qué me quiere?

Entonces sí puede aparecer algo del orden de lo que tiene que ver con el deseo del Otro, cuyo soporte es la voz, aunque no la voz del Otro. Pues la voz es objeto a, es decir exterior al Otro.

La interpretación del analista opera sobre el cuerpo y es sensible al decir porque entra por algún lado, por los orificios del cuerpo, y el oído es el orificio que no puede cerrarse. Voz que no es un hecho laríngeo, sino un estremecimiento del cuerpo, voz como objeto silencioso y estremecedor, voz que es áfona, que no se escucha, aunque esté articulada con la materialidad fónica del significante.

Recordemos la voz del superyó que es angustiante para el sujeto, pero no para el obsesivo que traduce el mandamiento loco en demanda inteligible y luego la cumple, en el Hombre de las Ratas encontramos numerosos ejemplos de esto.

Este Otro interior que comanda al obsesivo pero sólo existe en su fantama, pues el único soporte real que hay para el deseo, el deseo que viene del Otro, es el a, en este nivel la voz. Pero la voz que busca hacerse oír en el decir, no en el pensar, en el decir que invoca el Otro real, no el Otro fantasmático.

(S/<>a), no (A<>fi)

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