Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

LABERINTO I
CON FREUD Y LACAN

LA NATURALEZA DE LA CURA: SUS PRINCIPIOS

En este libro, como el título indica, vamos a trabajar la cuestión de la neurosis obsesiva. Y lo vamos a hacer desde el psicoanálisis, es decir en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica.

Freud en 1900 ya era médico neurólogo, ya había estudiado en La Salpêtrière con Charcot, donde había escuchado hablar de la histeria en términos más específicos que el sentido de perturbaciones uterinas, es decir más allá de una enfermedad considerada como padecimiento propio de sujetos femeninos sino como una estructura clínica padecida también por sujetos masculinos. Freud ya se había percatado de que la dirección de la cura pasaba por la sugestión y sus aplicaciones en la terapéutica, pues para él no se trata del ejercicio de un poder sino de cuáles son los principios de su poder, llegando a decir que el primero de los principios es que funciona a condición de no utilizarla.

Podemos decir que sus investigaciones acerca de la sugestión y los principios de su poder le llevaron a conceptualizar la transferencia como obstáculo y motor de la cura.

En 1900, ya ha hecho el estudio comparativo de las parálisis motrices orgánicas e histéricas, por pedido de Charcot, y en el que concluye que las parálisis histéricas no tienen en cuenta la anatomía del sistema nervioso, sino que siguen las rutas de una anatomía de la palabra, en tanto cuando se trata de la parálisis del brazo no tienen en cuenta lo que el brazo es para la anatomía del sistema nervioso sino en términos profanos lo que vulgarmente conocemos como brazo, es decir que un sujeto con padecimientos histéricos puede llegar a paralizar una mano sin necesidad de paralizar el brazo, o bien el brazo sin la necesidad anatómica de una semiparálisis corporal. Descubre así que para un sujeto histérico un insulto que metafóricamente es «una bofetada», puede llevar a ese sujeto a una parálisis del rostro.

Freud descubre que el ser humano habla con palabras y también con su cuerpo. Incluso el grito de un niño que todavía no habla pero que porque su ambiente es entre seres hablantes, por estar inmerso en el orden simbólico, no es sino para ser tenido en cuenta, pues el grito desde el origen, es un grito para que se tome en cuenta e incluso para rendir cuentas a un otro. El niño desde el principio está sumergido en un medio de lenguaje y es por esto que puede aprehender y articular estos primeros esbozos. Es por esto que tanto las madres o cuidadores de los niños, como los terapéutas deberían estar atentos a lo que tanto niños como pacientes intentan decir, tanto con sus gritos como con sus síntomas, de eso que para ellos es indecible.

Sabemos que ellos hablan, pero también sabemos que ellos no lo saben, por eso que no es una respuesta la que hay que exigirles, sino que aprendan a hablar en nuestro lenguaje. Por eso que Freud lo que hace es hacer que hablen en su gramática.

En 1900 Freud ya había escrito sobre un caso de curación por la aplicación de la técnica hipnótica, un caso que diagnostica como histeria de ocasión en términos de Charcot, y sobre la génesis de los síntomas histéricos por voluntad contraria. También había discriminado entre neurosis de transferencia (histeria, neurosis obsesiva y fobias) y neurosis actuales (neurastenia y neurosis de angustia). Incluso había escrito sobre los mecanismos de defensa en juego en la histeria, en la neurosis obsesiva y en la paranoia, con lo que por primera vez relacionará etiología y mecanismos psíquicos, planteando el mecanismo de conversión como lo propio de la estructura histérica para no saber nada de lo reprimido, la represión y su forma de desplazamiento como mecanismo propio de la neurosis obsesiva y la forclusión, actuar como si nada hubiera acontecido, como el mecanismo acontecido en la formación de la paranoia.

Antes de la obra de «La interpretación de los sueños», Freud había separado de la neurastenia, las obsesiones y las fobias, que incluye entre la neurosis de transferencia y la neurosis de angustia que incluye entre las neurosis actuales. Había dedicado gran parte de su trabajo en la clínica y en los textos al tema de la histeria, su psicoterapia, planteando una etiología que elimina la posibilidad de considerarla de carácter hereditario, en tanto una histeria como cualquier otra enfermedad denominada psíquica, como el mismo sujeto humano, no nacen sino que se hacen. Y la forma de nacer en un momento determinado de la vida del sujeto psíquico y su formación y tratamiento es lo que a Freud le ocupa durante largos años, hasta 1900. Y no es que en 1900 deje de ocuparse de estas cuestiones sino que Freud nos dice que a partir del estudio acerca de los sueños ya no se encuentra solo ante los padecimientos de sus pacientes, en tanto considera que es en esta obra que él formula por primera vez la teoría del inconsciente.

Antes de «La interpretación de los sueños» podemos decir que Freud trabajaba con la teoría del trauma, donde la articulación de teoría, método y técnica se refiere a la teoría de la abreación, afectos que debiendo acontecer no acontecieron, la técnica de la hipnosis y el método catártico o descarga de afectos. Después de «La interpretación de los sueños», ya no se trata de lo traumático como acontecido, como experiencia vivida, sino de lo real imposible, inasible, como lo inconsciente que nunca llegará a ser consciente, es decir pasa de la teoría del trauma a la teoría del inconsciente, teoría de la cual se desprende un método que tiene las características del inconsciente, método de interpretación-construcción, inconsciente y productor del deseo, y cuya técnica será: asociación libre y transferencia.

La palabra tiene en la dirección de la cura, y decimos dirección de la cura porque se trata de esto y no de la dirección del paciente, se trata de la dirección de la cura y no del deseo de sanar al paciente que Freud denomina furor sanandi, la palabra tiene todos los poderes, los poderes especiales de la cura, por eso que en psicoanálisis estamos lejos de dirigir al sujeto hacia la palabra plena, ni hacia el discurso coherente, sino que lo dejamos libre de intentarlo. Y sabemos que esa libertad es la que más cuesta tolerar, por eso que la demanda se pone en el análisis entre paréntesis puesto que está excluido que el psicoanalista satisfaga la demanda que el paciente plantea referida a ¿de qué quiere que le hable doctor? Y es porque no se pone ningún obstáculo a la confesión del deseo, que surge la resistencia a esa confesión, y esto es porque hay una incompatibilidad del deseo con la palabra, pues el deseo siempre será inaccesible, siempre imposible de ser representado, es decir que sólo puede ser interpretado.

Deseo inconsciente, permanente e indestructible que Freud nos presenta, planteado y formulado, en 1900, en su obra «La interpretación de los sueños». Un deseo que determina al sujeto en su viaje por la vida desde que nace hasta que muere, un deseo que se sigue aún en contra de la voluntad, pues se trata de un deseo inconsciente, la estructura de la relación con cierto saber, por eso Freud nos dice que la estructura no da su brazo a torcer, y es durante toda la vida siempre la misma, por eso decimos que el sujeto está determinado en cuanto a su deseo, desde el comienzo al fin. Es por eso que se trata de ser incauto de la estructura, pues se trata de ajustarse a ella, de no ceder en cuanto al deseo.

Freud fue un hombre de deseo, de un deseo al que siguió contra su voluntad por los caminos donde se refleja en el sentir, el dominar y el saber, pero del cual supo revelar, el significante impar: ese falo cuya recepción y cuyo don son para el neurótico igualmente imposibles, ya sea que sepa que el otro no lo tiene o bien que lo tiene, porque en los dos casos su deseo está en otra parte: es el de serlo, y es preciso que el hombre, masculino o femenino, acepte tenerlo y no tenerlo, a partir del descubrimiento de que no lo es.

Freud cuando nos dice que los sueños se expresan preferentemente en imágenes, lo dice para indicar que se trata de una escritura, es decir que algunas de las imágenes estarán allí, no para ser leídas sino para aportar un exponente a lo que debe ser leído. Es por eso que habla del lenguaje de los sueños como semejante a la escritura jeroglífica, donde la figura de un hombre no solamente es un hombre sino que es el sonido hombre, es decir debe ser leído en el registro fonético.

Nos habla también del lenguaje de los síntomas, indicando lo específico de la estructuración significante en las diferentes formas de neurosis y psicosis, llegando a comparar, en 1913 en su obra «Múltiple interés del psicoanálisis», las tres grandes neuropsicosis: histeria, neurosis obsesiva y paranoia. Y nos dice que la forma de expresarse del histérico es semejante a los sueños, de forma figurada, es decir que lo que el histérico expresa vomitando, un obsesivo lo expresará tomando medidas protectoras sumamente penosas contra la infección, mientras que un parafrénico se verá llevado a quejas y sospechas acerca de un posible envenenamiento. En los tres casos, serán diferentes representaciones del deseo reprimido y rechazado a lo inconsciente de embarazarse, o bien la reacción defensiva contra este hecho.

La procreación, la muerte, lo masculino, lo femenino, no son datos deducibles de la experiencia si antes no funcionan en nosotros como significantes. Para el ser humano el único modo de acceder a la realidad es mediante significantes, sólo conoce aquello que sabe nombrar, por eso cuando aumenta nuestro vocabulario aumenta el tamaño del mundo, pues tantas palabras tantas cosas son conocidas. No es como decía Boileau: que lo que se concibe bien se enuncia claramente, sino que es como nos indica Lacan: lo que enunciamos bien lo concebimos claramente.

No hay realidad aprehensible fuera de los significantes que la aislan, y cada realidad con la que nos enfrentamos está sostenida, tramada, constituida por una trenza de significantes. Por eso cuando decimos que en la psicosis algo falta en la relación del sujeto con la realidad, estamos marcando que algo falta en la relación del sujeto con el significante. Y la realidad se estructura por la presencia de cierto significante que es heredado, tradicional, transmitido, por el hecho de que alrededor del sujeto, se habla.

Es por esto que decimos que no haber atravesado la prueba del Edipo deja al sujeto con cierto defecto, con cierta impotencia para precisar esas justas distancias que llaman realidad humana, pues la realidad implica la integración del sujeto a determinado juego de significantes.

Decimos que lo que caracteriza la posición histérica es una pregunta que se relaciona con lo masculino y lo femenino, y es una pregunta que la formula no con palabras sino con todo su ser o más precisamente su falta de ser: ¿cómo se puede ser hombre o ser mujer? Pregunta en la que el histérico se introduce y conserva con su identificación fundamentalmente al sexo opuesto al suyo, a través del cual interroga a su propio sexo.

A la manera histérica de preguntar o... o... se opone la respuesta del obsesivo, la denegación, ni... ni..., ni hombre ni mujer. Esta denegación se hace sobre el fondo de la experiencia mortal y el escamoteo de su ser a la pregunta, que es un modo de quedar suspendido en ella. El obsesivo precisamente no es ni uno ni otro, por lo cual puede decirse también que es uno y otro a la vez.

El sujeto debe habitar el lenguaje para poder habitar el mundo, y además de habitar el lenguaje debe tomar en él la palabra, con todo su ser, quiere esto decir, en parte sin saberlo. Por eso en psicoanálisis decimos que el neurótico habita el lenguaje mientras que el psicótico es habitado, poseído por el lenguaje.

Cuando decimos lenguaje tomamos la noción misma de estructura, pues no es simplemente un mecanismo. Es decir que tenemos que concebirlo en términos de estructura interna del lenguaje. Por eso cuando hablamos de la relación del sujeto con el significante nos referimos a su aspecto más formal, en su aspecto de puro significante.

Por eso que tomar la palabra quiere decir la suya, que es justo lo contrario a decirle sí, sí, sí a la del vecino. Y no se trata simplemente de expresarse en palabras. Se trata de la entrada en la relación intersubjetiva, en la estructuración misma de la situación analítica, ahí donde claramente vemos que hay una relación con el otro con minúscula y otra con el Otro absoluto.

El otro con «a» minúscula (con a porque es Lacan quien introduce esta terminología, y refiere a «autre»), es el otro imaginario, la alteridad en espejo, que nos hace depender de la forma de nuestro semejante. El Otro absoluto es aquel al que nos dirigimos más allá de ese semejante, aquel que estamos obligados a admitir más allá de la relación de espejismo, aquel que frente a nosotros acepta o rechaza, aquel que en ocasiones nos engaña, del que nunca podemos saber si no nos engaña, aquel a quien siempre nos dirigimos.

Desconocer estos dos otros en el análisis, donde están presentes por doquier, está en el origen de todos los falsos problemas, principalmente cuando se habla del análisis en términos de relación de objeto.

Cuando distinguimos el otro imaginario como el lugar donde se estructura para el recién nacido humano una multiplicidad de objetos y el Otro absoluto, como de la no existencia, en el origen, de ningún Otro, en tanto este Otro está todo en sí, pero a la vez está enteramente fuera de sí. Lacan llega a hablar de una relación de extimidad con el Otro, en relación a la palabra intimidad, pero con un Otro que está fuera. Es por eso que el Otro debe considerarse como un lugar, el lugar donde se constituye la palabra. Lacan nos dice: el Otro es el lugar donde se constituye el yo je) que habla con el que escucha, pues siempre hay un Otro más allá de todo diálogo concreto. Esto, nos dice, es un punto de partida, se trata de saber dónde nos conduce, pero lo que sabemos es que nos conduce a otro lugar que si partimos de que el otro es un ser viviente.

El paranoico es alguien que relaciona todo consigo mismo, es alguien cuyo egocentrismo es invasor, pero yo, dice Schreber en sus «Memorias», soy completamente diferente, es el Otro quien relaciona todo conmigo. Hay un Otro, y esto es decisivo, estructurativo.

Pero va a ser el complejo de Edipo el que ponga en marcha el funcionamiento significante en el sujeto. Complejo de Edipo que tiene que ver con la castración simbólica de un objeto imaginario.

El objeto fálico para Freud tiene un lugar central dentro de la economía libidinal, tanto en el hombre como en la mujer. Y el tema de la castración gira en torno a la pérdida del objeto fálico.

La función del padre y el complejo de castración son fundamentales y no son simplemente elementos imaginarios, pues lo que encontramos en lo imaginario en forma de madre fálica no es homogéneo al complejo de castración, y el padre tiene un elemento significante, irreductible a toda especie de condicionamiento imaginario.

La exigencia de una madre es proveerse de un falo imaginario, y el niño le sirve como soporte real para esta prolongación imaginaria, pues Freud interpreta que el niño es un equivalente del falo. En cuanto al niño, varón o hembra, desde muy temprano localiza el falo, y se lo otorga generosamente a la madre. La relación madre-niño que debería ser regulada por la función fálica, se encuentra en una situación de conflicto, pues cada quien por su lado está en posición de alienación interna, y esto es porque el falo se pasea.

En la teoría psicoanalítica el padre es el portador del falo, por eso que es en torno a él que se instaura el temor a la pérdida del falo en el niño y la reivindicación, la privación o la nostalgia del falo en la madre.

Es en torno a la falta imaginaria del falo que se establecen intercambios entre madre e hijo, el padre en la dialéctica freudiana ni lo cambia, ni lo dona, no hay ninguna circulación, pues la única función del padre en el trío es representar el portador, el que detenta el falo, por eso que el padre en tanto padre tiene el falo y nada más. Por eso que la función del padre es aquello que debe existir para que en la dialéctica imaginaria se produzca la significación fálica, y para que el falo sea otra cosa que un meteoro.

En la concepción freudiana del complejo de Edipo, lo que está en juego no es el triángulo padre-madre-hijo, sino un triángulo (padre)-falo-madre-hijo. El padre está en el anillo que permite que todo se mantenga unido.

La noción de padre está provista de toda una serie de connotaciones significantes que le dan existencia y consistencia. Por eso que citar al padre es totalmente diferente que referirse a la función generadora.

Por eso decimos que los neuróticos no tienen problemas con el padre real, sino con el padre simbólico o bien con el padre imaginario, es decir con la cuestión de qué es un padre, mientras que en la psicosis la cuestión es con el padre real, con el padre como función generadora.

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