Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

IDENTIFICACIÓN EN PSICOANÁLISIS

Capítulo VII (3)


Hay temor de perder el falo porque sólo el falo puede dar su campo propio al deseo. El sujeto demanda el falo y el falo el deseo.

El campo de la demanda "humaniza" por la ley, el modo de relación del deseo a su objeto. El peligro para el sujeto es "no sin",el peligro no consiste en ningún abandono del Otro, sino en su abandono como sujeto a la demanda. Es en la medida que se constituye su relación al falo en el campo de la demanda, es allí, que esta demanda no tiene término, es allí que se instala la re-petición, pues ese falo no está en poder del Otro hacer de él un don en el plano de la demanda.

Respecto a esta cuestión la terapia no resuelve más que el fin de análisis, o viceversa, es decir no llega a hacerlo salir del círculo propio de la demanda, que tropieza, que termina en esta forma insaciable, que Freud define en Análisis terminable e interminable como angustia de castración no resuelta en el hombre y como penisneid en la mujer.

En realidad, dice Lacan, ¡quiera el cielo que lleguemos allí, aún si se trata de un impasse! probaría al menos hasta donde podemos llegar cuando se trata de saber si llegar allí nos conduce a un impasse o si se puede pasar más allá.

Nos podemos preguntar qué hace el neurótico: el histérico, el obsesivo y el fóbico en el lugar del deseo del Otro.

La histérica no necesita asistir a ningún seminario sobre esta cuestión para saber que el deseo del hombre es el deseo del Otro, para saber que el Otro puede suplantarla a ella, por eso que la histérica vive su relación al objeto fomentando el deseo del Otro, por este objeto.

Recordemos el caso Dora, intriga refinada que vemos en todo comportamiento de histérica, consistente en mantener en su entorno inmediato el amor de tal por cual otro, que es su amigo y verdadero objeto último de su deseo, permaneciendo por supuesto esa profunda ambigüedad de saber si la situación no debe comprenderse en el sentido inverso.

Y esto porque la función del falo puede pasar de uno a otro de los dos "partenaires" de la histérica.

En cuanto al obsesivo y lo que hace respecto al deseo del Otro, es más astuto ya que el campo del deseo está constituido por la demanda paterna en tanto es ella la que preserva, la que define el campo del deseo como tal, es decir, al prohibirlo.

El que está encargado de sostener el deseo en el lugar del objeto en la neurosis obsesiva es el muerto.

El sujeto tiene el falo, puede incluso servirse de él, pero es el muerto a quien se le ruega servirse de él. Recordemos la hora nocturna de El hombre de las ratas, en que después de contemplar su erección en el espejo, abre la puerta al fantasma de su padre, le ruega constatar que todo está listo para el supremo arte narcisístico que es para el obsesivo ese deseo.

Con tales medios la angustia no aflora más que de tiempo en tiempo, aunque menos en la histérica que en el obsesivo, siendo la complacencia del Otro mucho mayor en la histeria que aquella de un muerto que es siempre más dificil de mantener presente para complacencia del Otro.

Así en el obsesivo, de tiempo en tiempo, cuando no puede repetir hasta la saciedad todo el arreglo que le permite arreglárselas con el Otro, ve resurgir el afecto de angustia.

En cuanto a la historia fóbica marca el primer paso en esta tentativa que es el modo neurótico de resolver el problema del deseo del Otro. Sin embargo, no es sino de una manera precaria que esta angustia es dominada, por intermedio de este objeto cuya ambigüedad está entre la función del objeto "a" y la función del falo "j ".

Podemos ver a partir de la fobia en qué consiste la función del falo.

Así el sujeto demanda el falo y el falo el deseo. La relación del sujeto al falo puede provocar ese surgimiento de angustia ligado al temor de una pérdida, la pérdida del falo.

No hay temor de perder el deseo, hay temor de perder el falo porque sólo el falo puede dar su campo propio al deseo.

Tampoco podemos hablar de defensa contra la angustia. Uno no se defiende contra la angustia como tampoco hay temor de la afanisis de la desaparición del deseo.

La angustia está en el inicio de la defensa, pero uno no se defiende de la angustia.

Si la angustia puede convertirse en signo, quiere decir que transformada en signo ella no es lo mismo que lo que parece angustia.

Hay también un simulacro de angustia. Cuando el sujeto se envía a sí mismo signos de angustia, pero no es tampoco de allí que podemos partir para definir la función de la angustia.

Freud nos dice que la angustia es una señal que se desarrolla a nivel del yo, pero es una señal ¿para quién? No para el yo, ya que es a nivel del yo que se produce, sino para el sujeto.

 

 

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