CONFERENCIA SEMANAL
LA HISTERIA Y LOS SUEÑOS
Capítulo I
HISTERIA CASO DORA
CLAVES DEL TEXTO PARA UNA POSIBLE LECTURA
Este escrito es el intento de encontrar ciertos hilos conductores en el Caso Dora que nos permitan un abordaje de sus claves de lectura.
En este caso clínico Freud nos presenta una experiencia breve e intensa en la que trata diversos temas de la histeria y la sexualidad de la mujer.
La paciente, Dora, aparece en relación a ciertos personajes con los que jugará el desarrollo de su enfermedad y su tratamiento con Freud.
Cuatro de ellos, su padre, su madre, el sr. K y la señora K, cuarteto que va a intervenir en las asociaciones de Dora en su conversación con Freud donde ella re-vive su despertar amoroso.
En la relación que sostiene en su pubertad con la señora K, Dora va poniendo los primeros sentimientos surgidos en la relación de su primera infancia con su madre.
En los comienzos de la relación con los señores K, ella sentía intensos impulsos amorosos y de protección hacia la señora K. Comienzo donde podemos decir que los hombres no estaban presentes, pasando inadvertidos para ella.
Cuando Dora se da cuenta que la señora K no la ama a ella sino que es a él a quien ama, a su propio padre, comienza un desdoblamiento significante donde Dora, ser sujeto de una metáfora interrumpida: mujer, se desliza sin saber, por un mundo más complejo y turbio que el de su primer amor, hacia alguien de su mismo sexo.
En aquella temprana época de las pulsiones infantiles, la niña, constitucional y biológicamente bisexual, es sujeto de amor y odio, pertinaz ambivalencia que le es inspirada en ese esfuerzo de coordinación con dos amores, de distinto sexo, ambos padres.
Desde aquí podemos reconstruir sobre la relación con la bella señora K, aquella hostilidad y rivalidad, aquel enamoramiento insondable del que prevalecerán en su adolescencia la intensidad de los encuentros y la agitación, la furia de los desengaños, el odio, la sospecha.
En la escena del beso, vemos su apertura al mundo de lo distinto. En esta escena vivida a los catorce años con el sr. K., en la tienda de la pequeña localidad donde vivía con sus padres, Freud reconstruye la significación de uno de los síntomas, la opresión en el pecho como percepción del órgano masculino presionando sus propios genitales y que Dora desplaza de abajo hacia arriba, hacia esa sensación en el pecho que luego describe en el tratamiento.
En ese desplazamiento corporal y en su repetición, aparece la percepción de las diferencias y también su negación.
Decimos que el significante de la diferencia no alcanza su categoría de tal y Lacan afirma «No hay significante para la diferencia sexual».
En la Carta de Almor sobre la sexuación, atribuye a lo masculino el goce fálico y a la mujer, tachada, atribuye el goce fálico y un goce más, goce plus, goce otro. Este a su vez se relaciona con el dolor y con el éxtasis y pareciera a la luz del desplazamiento que el dolor confinara con el deseo y que el síntoma como máscara del deseo nos llevara al dolor; el deseo excéntrico a toda satisfacción tiene su afinidad con el dolor, como si en su forma pura y sin pie el deseo confinara con el dolor de existir.
En lo distinto, en lo masculino aparece el humo. El olor del humo que liga a Freud con el Sr. K y con su padre.
Seguramente, lo que no está dispuesta a sobrellevar Dora una vez más es esa percepción dolorosa de lo distinto que se ha resuelto antes del tratamiento en conversión corporal, síntoma histérico, que en el sueño resuelve con algo errante y evanescente como el olor a humo.
Freud ha podido levantar las manifestaciones sintomáticas, también se ha hecho amar por ella como su padre y el Sr. K. Pero cuando reconstruye los planes de la paciente se olvida de incluirse él.
Quizás en esa falta está el futuro de la interrupción, quizás porque Freud no pudo decirle que era mucho para ella, Dora sintió que ella como su madre para su padre «no era nada para él». Y huye de esa figura de mujer deteriorada que no puede modificar.
Freud aborda en «Análisis terminable e interminable» los innumerables escollos del tema de la castración. Roca que debe ser atravesada múltiplemente en el tratamiento clínico, Roca que se presenta en la demanda excesiva de Ferenczi, insostenible por mantenerse en el nivel de la necesidad para no acceder a la resta que desnudará el deseo separándolo de la demanda. Necesidad ficticia, demanda ininterrumpible, insostenible, de amor infantil... Presente también en el pedido de amparo y protección revelado por Freud a Dora en el primer sueño.
Roca de la parálisis, envidia y castración, detiene el sentido a través de la acción: huida, interrupción.
VENGANZA DESAMPARO DOLOR
Con la interrupción del tratamiento se interrumpe el viraje a la femineidad de Dora, su aceptación de lo distinto.
En su historia y en el encuentro con Freud, tras ella haberse encontrado con lo diferente y negarlo. Ante la interrupción se nos abre un interrogante, Freud la atribuye a su deseo de venganza. ¿De quién tenía que vengarse Dora? ¿De los hombres, como Freud, como K, como su padre a quienes reprocha ser usada como objeto de intercambio masculino o sea como «algo» que no es ni tiene, algo que de lo humano existente sólo obtiene el dolor de no ser ni tener?
Antes de interrumpir el tratamiento Dora manifiesta que la cura se le hace larga.
El acto de rechazar la ayuda de Freud y continuar su camino sola tenía el sentido de aquella venganza, ya que también se le omite la interpretación de su amor por las mujeres, también la que ella es.
Un tiempo después Dora vuelve a la consulta de Freud pidiendo nueva ayuda.
En el paréntesis ha habido un nuevo acercamiento a los sres. K en el cual Dora consuma la venganza: le manifiesta a la Sra. K que está al tanto de sus relaciones ilícitas con su padre y obliga a K a confesar la escena del lago.
Después no reanuda la relación con ellos. Consulta a Freud en esta nueva ocasión por una neuralgia facial que Freud interpreta en relación con una noticia sobre él aparecida en los periódicos. Correspondía a un autocastigo.
Freud no desaprovecha esta segunda oportunidad que le da su paciente y en la frase en que se despide de ella: «Le aseguré que la había perdonado haberme privado de la satisfacción de haberla liberado más profundamente de sus dolencias» se implica transferencialmente y pone sobre su persona los afanes de venganza. Dora, una vez interpretada queda libre de su triste tarea. Se une al joven al que alude en las asociaciones del segundo sueño que revela el futuro desligamiento de Dora de su padre.
Lo simbólico, en boca de Freud interrumpe el retorno de lo real, quebrando la disyunción entre cuerpo e imagen. La permanencia de lo simbólico anuda la imagen al cuerpo sosteniendo el desconocimiento entre lo semejante y lo mismo. Asomada al espejo de la señora K, Dora se ha visto como otra. «Una mujer que no es nada para él» nos muestra más que el juego de las apariciones su propia irrealidad.
Falta el padre a la forma del padre. No hay apoyo que sostenga la falta. No hay anclaje para la palabra. Y en esa inconsistencia se apoya la venganza, como un destino al que se le niega la vida.
Y el dolor alucinado ocupando el lugar inexistente de una ausencia primordial. Madre ausente más que extraña, extranjera a todo lo que del lado del hombre se pueda decir de ella.
La interpretación final de Freud proporciona a Dora el anclaje necesario del lado hombre de la significación fálica para desde allí dirigirse a la extranjeridad que habita, más allá, una mujer.
MOTIVO Y PROPÓSITO DE ENFERMAR
Cuando Dora va a la consulta de Freud tenía dieciocho años y vivía con su familia, su padre, su madre y su hermano mayor. Su padre era la personalidad dominante del grupo familiar y pasaba de los cuarenta años. Dora profesaba un gran cariño a su padre aunque su espíritu crítico no dejaba de estar presente ante ciertos actos y singularidades del mismo. Desde los seis años. Dora había visto a su padre afectado de graves dolencias que intensificaron ese amor especial que Dora sentía por él. Un problema de salud, la tuberculosis, hizo que la familia se trasladase a otra ciudad que era beneficiosa para la salud del padre debido a su clima. Allí es donde conocen al matrimonio K. y donde residen durante diez años. A los diez años el padre sufre un desprendimiento de retina, dos años después un acceso de confusión mental con un síntoma de parálisis y ligeros trastornos psíquicos. Es Freud quien lo trata de alguno de estos síntomas, luego trae a su hija. La familia del padre de Dora aparece como sobrellevando variados trastornos: la hermana padecía una grave psiconeurosis, otro hermano era hipocondríaco. La historia de Dora se ve afectada por sus simpatías hacia la familia de su padre. De alguna manera veía su destino en el destino de esa tía infortunada.
La madre de Dora era poco ilustrada, poco inteligente, presentaba un amplio cuadro de la psicosis del ama de casa. Casos que se caracterizan por un desconocimiento absoluto de la enfermedad, con lo que se cumple uno de los caracteres esenciales de la neurosis obsesiva.
Dora comienza a mostrar síntomas a los ocho años, una disnea permanente que se atribuyó a fatiga. Dora narra que su hermano contrae primero las enfermedades levemente y luego ella con mayor gravedad. A los doce años comienza con jaquecas y ataques de tos; luego las jaquecas desaparecen alrededor de la primera consulta del padre a Freud. La tos continúa a los dieciocho años cuando llega a tratarse, esos ataques le imponían una afonía completa. Freud comenta que la medicina había fracasado con sus síntomas, ella era una desahuciada por la medicina, por ello Dora se había acostumbrado a despreciar la intervención médica. A la consulta de Freud llega empujada por su padre. Luego de la muerte de la tía, Dora enferma, se le diagnostica apendicitis y es el momento en que la familia retorna a Viena.
Dora preocupaba mucho a su padre y comenzaba a sentir una depresión constante y alteraciones de carácter, prefería actividades sociales, conferencias y estudios serios a las tareas de la casa que le proponía su madre.
Sin embargo se alejaba del trato social alegando fatiga. Sus padres encuentran un día una carta donde Dora se despide de ellos para siempre, esto unido a un acceso de inconsciencia, del que no quedan rastros en la memoria de Dora, decide a su padre a confiar el tratamiento a Freud. Hasta aquí el caso entra en los contornos de la «petit histerie» con los síntomas somáticos y psíquicos más vulgares.
Freud cuestiona en este texto los postulados de la época de Los estudios sobre la histeria basados en el trauma psíquico y el conflicto de los afectos. Atribuye la ignorancia de los más expertos especialistas a la falta de indagación de los mismos sobre la sexualidad de los pacientes, debido a los prejuicios sobre el tema de los pacientes y de los especialistas.
En la conversación entre Dora y Freud aparece la relación de la familia con los señores de K.
Cuando dos años antes de comenzar el tratamiento el padre de Dora pasa y consulta a Freud coincide con un encuentro entre la familia y el matrimonio K.
En dicho encuentro, la joven anticipa su partida y vuelve con su padre, antes de lo previsto. Luego le relata a su madre, para que ella enterara a su padre, que el señor K le había hecho proposiciones amorosas en un paseo que hicieran a solas.
Esto luego es negado por K, quien aduce la hiperexcitabilidad de Dora, su curiosidad por todo lo concerniente a lo sexual que ejemplifica aludiendo a sus lecturas, como la Fisiología del Amor de Mantegasa (un texto que también tiene su interés en la relación con la señora K.).
Ante la exigencia que le hace Dora a su padre de abandonar la relación con el matrimonio K, éste pone en duda lo narrado por su hija y lo atribuye a una fantasía. De allí provendrán luego los duros reproches que ella le hace a su padre. El padre le dice a Freud lo que sucede, admite ante él sus relaciones con la señora K. -se confirma así la sospecha de Dora, y en esa conversación le dice a Freud que su mujer, no es nada para él, por otra parte el padre atribuye a un suceso «fantástico» la depresión de Dora.
Freud le da más veracidad a lo que dice su paciente. Aparece en la conversación con ella otro suceso anterior acaecido a los catorce años, también con K.
En una fiesta religiosa en la que se encuentran K y Dora a solas, él la abraza y la besa. Esta situación, de excitación sexual, genera en ella una violenta repugnancia.
LOS SÍNTOMAS
De este hecho surgen tres de los síntomas: repugnancia, alucinación sensorial de la opresión y la resistencia a acercarse a las personas que imagina mantienen un diálogo amoroso.
La reciprocidad entre los tres signos hace posible entender el proceso de formación de los mismos, en la repugnancia reconstruye una represión de la zona oral viciada por el chupeteo. En la alucinación de la opresión ha sido desplazada la excitación del clítoris a la presión simultánea en el tórax.
En el tercero de ellos desarrolla mecanismos fóbicos para asegurarse que no emerja la sensación que intenta reprimir.
La repugnancia pasa de ser originariamente la reacción al dolor y después a la visión de las heces; los genitales masculinos pueden recordar las funciones excrementales; la repugnancia queda así incorporada a las manifestaciones afectivas de la vida sexual. La amplia relación entre lo excremental y lo sexual sirve de base a gran número de fobias histéricas. Por otra parte la relación erótica entre la señora K y su padre está enlazada con la anécdota en la cual la señora K había hecho desistir a su padre del suicidio. Así su pretensión suicida aparecía como un anhelo de un amor del mismo tipo del que supo inspirar su padre a la señora K.
Durante todo el tratamiento Dora criticaba duramente a su padre y se le imponía la idea de que ella entregaba a K. como compensación por la tolerancia de sus relaciones. No había un pacto formal pero el padre de la paciente era de esos individuos que saben eludir un conflicto falseando arbitrariamente su percepción de la más evidente realidad. Cada uno de esos dos hombres intentaba evitar deducir del comportamiento del otro aquellas conclusiones que estorbarían la satisfacción de sus propios deseos.
K le había hecho costosos regalos todo el tiempo y sin embargo no había habido ninguna sospecha de parte de sus padres.
Una serie de reproches contra otros nos hace pensar en la existencia de reproches sobre el propio sujeto. Estos reproches parecen muy razonables por lo que el terapeuta reconstruye en el discurso de la paciente un mecanismo algo automático que tiene su modelo en la conducta de los niños pequeños, al estilo del «mentiroso eres tú». Este mecanismo es el productor de delirios paranoicos, el reproche parte de una base real, de un algún defecto del adversario, comprueba entonces Freud que los reproches que la sujeto hace a su padre se superponen, en toda su extensión, a los reproches que la sujeto se hace a sí misma.
Ella misma había protegido la relación de su padre con la señora K; su última institutriz no había conseguido apartarla de esa situación y cuando Dora, ciega para algunas cosas y muy lúcida para otras, descubrió que el interés de la institutriz era para su padre y no amor por ella, hace que la despidan.
A través de ella, Dora comprendió que su conducta con los hijos de K. llevaba la misma trayectoria; su interés, su tolerancia silenciosa supone, su enamoramiento de K.
La paciente lo admite, diciendo que se ha sentido enamorada de K en la época en que vivían fuera de Viena, la época del primer suceso, la escena del beso que he mencionado antes.
El reproche de que su padre utilizaba sus enfermedades para sus propios fines encubre su historia secreta.
Una de las reglas psicoanalíticas pretende que toda manifestación interna se manifiesta por contigüidad en la asociación. Freud se pregunta por la presencia -ausencia del síntoma: la tos, la afonía tenían la misma duración que las ausencias de K, demostraba así su amor por él. Cuando cree necesario encubrir la significación, los ataques se mantienen, su duración conserva el signo de la significación, pero lo que no mantiene es la coincidencia con los viajes de K, para que no sea tan evidente.
En el caso de Dora había sucedido con la escritura lo que sucede en el mutismo histérico; en la afonía le era fácil y grato escribir, constituía la manifestación fisiológica sustitutiva creada por necesidad. Sin embargo la correspondencia con K. le permitió a Freud otra interpretación: cuando el hombre amado estaba ausente se negaba ella a hablar ya que el habla no servía para comunicarse con él, la escritura aparecía con mayor importancia para poder seguir en relación directa con el ausente.
Todo síntoma histérico necesita colaboración de ambos lados, no puede formarse sin cierta aportación somática facilitada en un proceso normal o patológico, no surge más de una vez si no tiene significación psíquica. Ese sentido, esa dimensión psíquica no lo trae en sí el síntoma sino que le es prestado, puede ser diferente cada vez según la composición de las ideas reprimidas que pugnan por abrirse paso.
COLABORACIÓN DEL CUERPO
También pasa con los síntomas de la tos y la afonía de Dora. Yendo más allá de la interpretación psicoanalítica, dice Freud, se podrá buscar el factor orgánico del que partió la colaboración somática que facilita la expresión de un amor reprimido por un hombre ausente.
Freud dice que solucionando los síntomas con la interpretación, podemos construir nuevas bases somáticas, por lo general orgánico funcionales de los síntomas. El enigma de la histeria no queda así desplazado sino disminuido cuando apelamos a la colaboración del cuerpo.
El fragmento del enigma que integra el peculiar carácter de la histeria que la diferencia de las otras psiconeurosis, donde la colaboración somática no aparece encontraremos algo diferente al síntoma histérico, se encontrará síntoma psíquico: fobia, idea obsesiva. Los procesos psíquicos en todas las psiconeurosis son los mismos y solo luego ha de tenerse en cuenta la colaboración somática.
Sobre el reproche de simulación, Freud le presenta a la paciente los enlaces entre su enfermedad y la de la señora K, pensando que si el padre no cedía a abandonar a la señora K, Dora no iba a renunciar a la enfermedad.
Los motivos se agregan secundariamente a la formación de síntomas, pero con su aparición queda constituido el estado patológico. Una corriente psíquica cualquiera encuentra cómodo servirse del síntoma y éste llega a una función no exactamente propia, quedando ahí, fijado a la vida anímica.
Los motivos de la enfermedad actúan desde la infancia, la niña ansiosa de cariño descubre la utilidad de la enfermedad para llamar la atención de sus padres.
Toda enfermedad es intencionada. Una histérica paralítica saltaría de la silla de ruedas si se declarara un incendio en su habitación, la lucha, entonces contra los motivos de la enfermedad o beneficios secundarios es el punto débil de toda terapia de la histeria. La desaparición espontánea del síntoma en su investigación demostraría que lo que ha desaparecido es el motivo que lo haría útil en la vida del sujeto. Por lo menos un sentido del síntoma se refiere a una fantasía sexual, un síntoma tiene más de un sentido y sirve simultáneamente de expresión a varios procesos.
Esa tos periódica de Dora originada con un cosquilleo de garganta, expresaba la satisfacción de las dos personas cuya relación amorosa le estaba preocupando continuamente.
También en este texto, como luego en el de 1905, dice Freud que las psiconeurosis son el negativo de las perversiones y las corrientes que tropiezan con un obstáculo en su curso, refluyen a lechos antiguos.
La energía de la producción de síntomas histéricos no es aportada solamente por la sexualidad normal reprimida sino también por los impulsos perversos inconscientes.
EL PRIMER SUEÑO
El texto del primer sueño que Freud incluye en este caso clínico dice: «Hay fuego en casa, mi padre ha acudido a mi alcoba a despertarme y está en pie al lado de mi cama. Me visto a toda prisa. Mamá quiere poner aún a salvo el cofrecillo de las joyas, pero papá protesta. No quiero que por causa de un cofrecillo ardamos los chicos y yo. Bajamos corriendo, al salir a la calle, despierto».
Este sueño soñado por Dora tres veces durante el verano junto al lago y que luego se repite en Viena, Freud lo relaciona con la escena con K, en el lago.
El final del sueño «al llegar a la calle, despierto». Expresa inversamente su falta de tranquilidad mientras duerme, ella asocia con la habitación cerrada del hermano, diciendo que por la noche puede ocurrir algo que la obligue a salir de su cuarto, vinculado con su vestirse aprisa por no tener la llave.
Sosteniendo lo que ya ha desarrollado en La interpretación de los sueños, a Freud le interesa mostrar que lo que al principio parece un resto diurno, continuado en el sueño nos confirma la regla general de que el sueño es una realización de deseos.
Trae un recuerdo de Dora sobre unas perlas que la madre deseaba que su padre le regalara. Cuando el padre le regala una pulsera a la madre, ésta la desecha. Ante la manifestación de Dora, ella hubiera querido esa pulsera que su madre rechazaba, Freud ve allí la antigua rivalidad por el amor de su padre, sustituye aceptar por dar y rechazar por negar y le dice a su paciente que ella desea dar a su padre lo que su madre le niega. Desde el cofrecillo que K le regalara a Dora, Freud sustituye a la madre por la Sra. K y al padre por K e interpreta desde aquí que quiere dar a K lo que esta mujer le niega. Esta es la idea que Dora quiere reprimir y surgen las antítesis con ese fin. Este primer sueño confirma que Dora quiere despertar su antiguo amor por su padre para defenderse del peligro actual que significa su amor por K.
Un sueño se sustenta doblemente en un punto actual y otro infantil, entre la situación infantil y la actual el sueño pone un enlace para transformar el presente según el modelo del pasado. El deseo del sueño procede de un tiempo originario al que se quiere retornar para acceder al nuevo deseo con aquellos primeros modelos.
El agua y el fuego del texto manifiesto se ramifican en las asociaciones hasta el amor que también moja y desde allí a los genitales femeninos. A los niños se los despierta para que no mojen la cama y en su lugar aparece el padre intentando despertarla. Es en ese suceso donde sustituye a K. despertándola de su siesta, como lo hacía su padre en su temprana edad, de lo que surge el recuerdo de Dora sobre su enuresis nocturna, antes del asma nerviosa.
En el humo, producto del fuego, aparecen ya no sólo el padre y K sino también su terapeuta, Freud. El humo es como un apéndice del relato del sueño, porque se refiere a la idea más reprimida y más oscuramente representable, el deseo de ser besada por el terapeuta, un fumador.
En el momento del relato del sueño, el tratamiento llevaba a la confesión de la masturbación infantil. Dora culpaba a su padre por ello, ya que su padre, según la paciente, habría enfermado por su vida libertina y así le había transmitido hereditariamente la enfermedad.
Por unos días Dora se identifica con los síntomas de la madre y afirma estar aquejada de una enfermedad genital, el flujo blanco.
Al mismo tiempo Dora niega la masturbación aunque Freud le observa un acto sintomático en su jugueteo con un bolso de piel que trae a la sesión.
Freud, dice que la repugnancia de la paciente a consultar otros médicos se debe al temor de que descubran lo que ella piensa que es la causa principal de su enfermedad, la masturbación.
Freud relaciona la masturbación, la enuresis y el comienzo de la disnea.
En los historiales previos a 1900 ya afirma que la disnea y las palpitaciones de la histeria y la angustia son trozos aislados del acto sexual que los niños sospechan u oyen entre sus padres. Por la excitación sustituye su tendencia a la masturbación por su tendencia al miedo.
La palabra catarro como denomina su enfermedad genital, es un término ambiguo y equívoco que permite su exteriorización en la tos. Por un lado era una imitación de la enfermedad de su padre y exteriorizaba algo de lo que la sujeto no tenía conciencia aún: «soy hija de mi padre, tengo como él, catarro, me ha contagiado como antes lo ha hecho con mi madre, pero también me ha transmitido sus malas pasiones de las cuales es castigo mi enfermedad». En las determinaciones de los accesos de tos y de la afonía encuentra que quedan fijados a expensas del estímulo orgánico condicionado, por imitación compasiva del padre, sus propios autoreproches y el catarro es el primer disfraz psíquico de los mismos.
El sueño que viene analizando Freud, lo lleva a la siguiente traducción del contenido manifiesto: «tengo que salir de esta casa en la cual, corre peligro mi virgnidad. Partiré con mi padre y mañana mientras me visto tomaré mis precauciones para que nadie me sorprenda».
Pertenece a una corriente que ha alcanzado predominio en la conciencia y aparece claramente en el sueño. Pero un sueño expresa un deseo precedente. Ella desea huir con su padre, se ampara en él, del hombre que la persigue. Reanima una pretérita inclinación hacia su padre para protegerse de su inclinación hacia el otro hombre; el pensamiento, la fantasía sería: cuánto mejor hubiera sido que su padre no hubiera querido a nadie más que a ella y se hubiera consagrado a salvarla de sus propios deseos amenazadores y peligrosos.
El poder capaz de producir el sueño es el deseo de colocar al padre en el lugar de un enamorado.
Si Dora es incapaz de ceder a su amor es por el enlazamiento con su prematura actividad sexual y los síntomas consecuentes.
Esta prehistoria sirve para dos actitudes distintas ante el amor: La entrega sin resistencias hasta la perversión o la repulsa a la sexualidad (neurosis).
La elaboración del sueño se inicia en la tarde del segundo día después de la escena en el lago con K al advertir Dora que ya no puede cerrar la puerta del cuarto «corro aquí un grave peligro».
El sueño transforma el propósito inconsciente de ampararse en el padre en una situación en que se muestra cumplido el deseo, ya que en el sueño el padre ya ha advertido el peligro que corre y la está amparando.
EL SEGUNDO SUEÑO
El contenido manifiesto es: Voy paseando por una ciudad y veo calles y plazas, totalmente nuevas para mí, entro luego en una casa en la que resido.
Voy a mi cuarto y encuentro una carta de mi madre, me dice que habiendo yo abandonado el hogar familiar sin su consentimiento, no había ella querido escribirme antes para comunicarme que mi padre estaba enfermo, ahora ha muerto y si quieres puedes venir. Voy a la estación y me pregunto cien veces dónde está la estación. Me responden siempre lo mismo: cinco minutos. Veo entonces ante mí un bosque muy espeso. Penetro en él y encuentro un hombre al que dirijo de nuevo la misma pregunta. Me dice: todavía dos horas y media, se ofrece a acompañarme. Rehuso y continuo andando sola. Veo ante mí la estación pero no consigo llegar a ella y experimento la angustia que siempre se siente en estos sueños en que nos sentimos como paralizados.
Luego me encuentro ya en mi casa, en el intervalo debo haber ya viajado en tren pero no tengo la menor idea de ello. Entro en la portería y pregunto cuál es nuestro piso. La criada abre la puerta y me contesta: su madre y los demás están ya en el cementerio.
La interpretación de este sueño trajo dificultades a Freud, circunstancias enlazadas a su contenido provocaron una interrupción en el tratamiento de Dora. En el momento en que se produce este sueño, Dora intentaba relacionar sus actos con los hechos que los motivaban, el terapeuta ve un primer sentido, un sentimiento patológico de venganza aparece sobredeterminado, el «vagar por una ciudad desconocida» conduce a uno de los motivos diurnos ocasionales del sueño en la asociación de la paciente que recuerda un paseo por Viena con su primo, luego aparece la ciudad de Dresde y allí la visión de la Madonna.
Estas asociaciones tienen que ver con el material productor del sueño y la imagen de la Madonna da un punto de apoyo a nuevas deducciones. En la primera parte del sueño se identifica con un hombre joven, el fin perseguido puede ser la posesión de una mujer, la posesión de su propio cuerpo. Freud luego sustituye estación por caja y caja le lleva a mujer. En el texto del sueño pregunta cien veces. Dora trae un recuerdo del día anterior en el que su padre le pide cognac, le pide las llaves a su madre para abrir el mueble donde se guarda la bebida, como su madre no la atiende le dice «te lo dije unas cien veces». ¿Dónde está la llave? ¿Dónde está la caja? , son preguntas sobre su genitalidad. Freud relaciona la carta del sueño con otra escrita por ella donde se despedía de sus padres amenazando con el suicidio como venganza y es en esto en que insiste la fachada del sueño. La fantasía es: Ella se marcharía al extranjero, su padre moriría de pena y ella cumpliría su venganza.
Dora comprende qué le falta a su padre hasta el punto de no poder conciliar el sueño sin su copa de cognac: la satisfacción con la mujer amada.
Aquí el terapeuta recuerda lo que el padre le confiara al traer a su hija a la consulta: que su mujer no era nada para él.
La carta del sueño tenía una interrogación fuera de lugar, decía ¿quieres? venir. Dora recuerda algo similar en una carta que le dirigiera la señora K.
Aparecen nuevos recuerdos sobre la escena del lago con K; una frase en que él le dice: usted sabe que mi mujer no es nada para mí. El bosque del sueño coincide con el del lago y con cuadros vistos en una exposición el día anterior en los que también había ninfas.
Hasta aquí lo genital femenino aparece con sentidos oscurecidos: estación, cementerio, hasta que Freud enlaza los terminales de estas palabras al terminal de vestíbulo: hof que también es usado para designar una región de los genitales femeninos, como también ninfas es utilizada para designar anatómicamente, los pequeños labios del genital femenino. Estas adiciones le confirman a Freud que detrás de la primera escena del sueño se oculta una fantasía de desfloración: como un hombre se empeña en penetrar el genital femenino. Estas consideraciones impresionan a la sujeto y hacen surgir otro trozo del sueño, al final cuando están todos en el cementerio. Es «voy a leer tranquilamente a mi habitación» sin que nadie la moleste.
Una de las causas de sus deseos de venganza era la rebeldía que en ella despertaba, la coacción ejercida sobre ella por sus padres, podía amar y leer libremente.
La paciente recuerda una secuela extraña después de una operación de apendicitis, una dolencia en el pie. Freud le hace una pregunta sobre el tiempo de la afección pero relacionándola con la escena del lago. Ella le responde «nueve meses después»; si los síntomas de Dora nueve meses después, transferían a la realidad de la conversión la fantasía del parto, quería decir que en esa fecha anterior la joven había dado un «mal paso», «pisado en falso».
Freud aclara que manifestaciones como la del pie no surgen cuando la vida infantil del paciente no integra un suceso que pueda servir de antecedente y modelo. Obtiene la confirmación en un recuerdo que trae la paciente sobre una caída de una escalera lesionándose el mismo pie. Tenía ocho años y fue anterior al primer acceso de asma. El descubrimiento de la fantasía inconsciente provoca la siguiente construcción: el hecho de que nueve meses después de la escena a la orilla del lago simule usted inconscientemente un parto y arrastre hasta hoy las consecuencias de aquel paso en falso demuestra que en su inconsciente lamenta usted el desenlace de aquella escena, sentimiento que la ha llevado a rectificarlo de manera inconsciente; su fantasía de un parto exige como premisa la condición de que por entonces hubiera usted vivido y experimentado lo que después tuvo que buscar en las enciclopedias. Sabe usted como su amor por K no termina en aquella escena y continua vivo hasta hoy como desde un principio sostuve yo en contra de su opinión, aunque no tenga usted conciencia de ello».
La sesión inmediata a esta última la paciente le anuncia que no seguirá concurriendo al tratamiento. Confiesa que hace quince días que lo piensa.
Freud le dice que parece tratarse del despido de una criada o una institutriz. Dora asocia con otra institutriz que trabajaba con los K y quien un día le hiciera confidencias sobre K, el cual le había dicho también a la institutriz que su mujer no era nada para él. Cuando K le dirige las mismas palabras que a la criada, se dijo: se atreve a tratarme como a una institutriz y esa fue la causa de la bofetada propinada a K.
Freud le dice: para demostrarle lo identificada que está usted con la institutriz y su historia, se despide usted de mí como una institutriz tomándose un plazo de quince días; la carta del sueño permitiéndole volver con los suyos es la contrapartida de la que recibió la institutriz prohibiendo ese retorno. También para vengarse de K se tomó Dora quince días como para darle la oportunidad de reafirmar sus intenciones y tener ella la seguridad de no ser tratada como una institutriz.
Como si su matrimonio con K no hubiera sido imposible, ya que a raíz de las relaciones de la señora K con su padre, relaciones que ella misma protegiera, se podía presumir que la mujer consintiera el divorcio. Estos son los planes que Dora interrumpe.
Lamenta que su enamorado la calumniase en lugar de renovar sus pretensiones y lo corrige con la fantasía del embarazo; ante las revelaciones que le hace el terapeuta ella muy impresionada no dice nada. Se despide de Freud y no vuelve por un tiempo. Freud dice que preveía esa reacción en la paciente, la interrupción constituye una venganza y satisface el deseo de dañarse a sí misma. La espera que había en el segundo sueño, se había exteriorizado unos días antes, el tratamiento se le hacía largo.
El acto de rechazar la ayuda y seguir su camino tiene para ella una significación: Puesto que todos los hombres son tan asquerosos prefiero no casarme, esa es mi venganza.
Freud omite también decirle que su impulso amoroso hacia la señora K era la más fuerte de las corrientes inconscientes de su vida psíquica.
La transferencia es el mayor obstáculo y el mejor auxiliar del tratamiento. Freud no consigue apropiarse adecuadamente y a tiempo de la transferencia. Lo engaña la buena disposición que le muestra la paciente; le hace olvidar los primeros signos de la transferencia. Ccon la adición del olor a humo ya le hace la primera advertencia. Freud no interpreta sobre su persona. La venganza sobre K. cae en parte sobre el analista merced a ese desliz. Lo abandona como ella se creyó abandonada. Actúa así un fragmento esencial de su recuerdo y fantasías sin poder verbalizarlas en la cura.
Este primer fragmento de la cura se anuda en el fragmento que le sigue cinco trimestres después, Dora llega nuevamente a la consulta de Freud demandando ayuda y diciendo que quiere terminar de contar su historia.
En el intervalo había habido un acercamiento a los K donde consuma su venganza, le explicita a la mujer que estaba perfectamente al tanto de las relaciones que mantenía con su padre, relaciones ilícitas que no motivan ninguna protesta por parte de la señora K. Obliga al marido a confesarle a su padre la escena del lago y termina con la relación con ambos. En el momento de llegar a la consulta vivía entregada a sus estudios y no pensaba casarse.
Acude a Freud por una supuesta neuralgia facial que la atormenta de día y de noche. Al ser preguntada por el tiempo de su dolencia dice que quince días. El analista lo relaciona con la fecha de aparición en los diarios de Viena de una noticia en la que se anuncia su promoción a catedrático.
Freud piensa que era un autocastigo, el dolor, facial, por remordimientos sobre K y el mismo Freud.
Por lo tanto no descuida esta vez la ocasión que le da su paciente de interpretar lo que antes eludiera y le dice que él ya le ha perdonado que lo haya privado de la satisfacción de haberla liberado más profundamente de sus dolencias.
Estas palabras marcan el final de la cura. Dora se libera también de sus deseos de venganza. Así como el primer sueño significaba el desligamiento del hombre amado y prohibido y el retorno al padre en busca de protección, el segundo sueño anunciaba el desligamiento de Dora de su padre; el abandono del refugio de la enfermedad por la vida. La muerte de su padre en el segundo sueño significa para ella la posibilidad de unirse a un joven como el de las asociaciones iniciales del sueño.
LOS BORDES DE UN FINAL
En sus primeras reflexiones sobre lo sucedido Freud dice que casi al final del tratamiento, cuando el analista le interpreta sobre sus planes con respecto al señor y la señora K y a su padre, Dora no parece reaccionar con demasiado interés, sino con una actitud amable y social. Lamenta que hayan pasado esos hechos y aduce que para ella es un doloroso desengaño; a pesar de esto no contradice al terapeuta, se despide cortesmente de él y no vuelve por un tiempo.
Freud acota, que él sabía, a pesar de la opinión interesada del padre de Dora, que la paciente pensaba dejar de acudir al tratamiento.
Este desenlace así de imprevisto que opone Dora a las esperanzas de Freud, es interpretado por él como un golpe, una venganza de Dora en la que la paciente satisface el deseo de dañarse a sí misma. Freud se interroga sobre su propia sinceridad, si su afán no le ha llevado demasiado lejos, pero luego reflexiona y añade «con todo mi interés teórico y mis mejores deseos profesionales de ayudar a los enfermos, no veo nunca que el influjo psíquico tiene necesariamente sus fronteras y respeto como tales el juicio y la voluntad de mis pacientes. La incapacidad de satisfacer una demanda real de amor, es uno de los rasgos específicos esenciales de la neurosis. Los enfermos se hayan dominados por la antítesis entre la realidad y la fantasía, cuando encuentran en la realidad, aquello mismo que desean en su fantasía, huyen presurosamente de ello, entregándose con tanto mayor abandono a su fantasía, cuanto menos tienen que temer por sus realizaciones. Desde luego la barrera de la represión puede caer al ataque de violentas emociones de origen real».
La escasa duración que tuvo el tratamiento -esos tres meses- y ciertas circunstancias intrínsecas del caso, impidieron que la cura terminara con un alivio reconocido.
Podemos ver en este fenómeno de la transferencia que puede actuar por sustitución a una persona anterior, en la del terapeuta.
Sucesos anteriores volviendo a cobrar vida, no ya como hechos del pasado, sino como actuales y en relación con el analista. Puede haber sustitución de persona por el terapeuta, a veces también hay modificación de contenidos y a veces incluso pueden hacerse conscientes por alguna singularidad, hábilmente aprovechada y utilizada en la persona del terapeuta, por el paciente.
Lo que no se puede hacer con respecto a la transferencia es eludirla, pues sobre la transferencia se apoyarán los obstáculos que hacen inaccesible el material para la cura. Para ilustrar esto, Freud alude a lo que se dice habitualmente de las enfermedades que son curadas por la persona del médico y que eso debía ser por la transferencia librada por el enfermo sobre la persona del médico. El psicoanálisis no crea la transferencia, sino que es algo que descubre. Durante el psicoanálisis son despertados todos los impulsos también los más hostiles, utilizándolos, haciéndolos convenientes a los fines del análisis; la transferencia que puede ser el peor obstáculo también puede ser el mejor auxiliar cuando es posible traducirla.
Sólo teniéndola en cuenta es posible atender a la singularidad del análisis.
La cualidad que la hace más apropiada, transparente, se haya ligada a su mayor defecto. Freud manifiesta «no conseguí adueñarme a tiempo de la transferencia», la buena disposición de Dora, le hacen descuidar los primeros signos de transferencia, que se preparaba con una parte aún desconocida del material.
En el primer sueño, Dora le advierte que va a abandonarlo y esa advertencia que es ignorada por Freud en el momento que interpreta el primer sueño, estaría en lo que le interpreta sobre el olor a humo. Si hubiera interpretado la transferencia sobre él y no solamente sobre el señor K... hubiera orientado hacia algún detalle de sus relaciones amorosas y, entonces, quizás hubiera podido aparecer nuevo material. Por esto es que Freud considera que la transferencia lo toma desprevenido. Y dice que a causa de un algo en que él le recordaba a K, Dora hace recaer sobre ella venganza que pensaba ejercitar contra K y lo abandona como ella misma se cree abandonada. La paciente actúa así con el analista un fragmento esencial de su recuerdo y fantasías sin que éstas sean de alguna manera verbalizadas durante la cura.
Freud dice que no sabe a ciencia cierta cual pudo ser el punto de partida para esa situación transferencial e imagina que es el dinero o quizás los celos que ella tenía de otra paciente.
En los casos en que la transferencia se deja integrar tempranamente en el análisis, éste se hace más lento, menos transparente, pero su desarrollo queda asegurado contra ciertas resistencias incoercibles.
La espera que había en el sueño se había exteriorizado unos días antes en la transferencia; la cura -había dicho Dora en ese momento- se le hacía larga, no tenía paciencia para esperar tanto tiempo. El acto de rechazar la compañía ofrecida y continuar sola el camino tenía la siguiente significación: «puesto que todos los hombres son tan asquerosos prefiero no casarme, tal es mi venganza».Freud omite también manifestarle que su impulso amoroso homosexual hacia la señora K era la más fuerte de las corrientes de su vida anímica.
Cinco meses después de la interrupción del tratamiento, Freud vuelve a tener noticias de ella. Aparece Dora en la consulta diciéndole que quería terminar de relatar su historia y demandando nueva ayuda. A mediados de octubre padece un nuevo ataque de afonía y preguntada por sus causas, recuerda un atropello en la calle de la que fue víctima K, el cual salió ileso y que casualmente ella vio. En este momento Dora vivía consagrada a los estudios y no pensaba en casarse. La neuralgia facial correspondía a un autocastigo: al remordimiento por la bofetada propinada a K, por la transferencia a Freud de los sentimientos de venganza que había sentido en aquella situación. La energía utilizada en la producción de síntomas histéricos, no es aportada sólo por la sexualidad normal reprimida sino también por los impulsos perversos inconscientes.
Freud trata también en este caso la oralidad de la histérica y dice que la primicia somática de tal creación autística de una fantasía inconsciente habría sido constituida en ella por una circunstancia personal: la costumbre del chupeteo hasta épocas muy tardías. Se refiere al síntoma de la tos y al de la afonía, a los órganos excitados que proveían la materialidad al síntoma.
La fantasía con la que se enlazaba era la de que su padre era impotente, y ella fantaseaba que la relación sexual entre la señora K y su padre era el coito oral. Las mucosas labiales son una zona erógena primaria. Carácter que conserva permanentemente en el beso, considerado como un acto normal. La intensa actividad temprana de esta zona constituye la premisa indispensable de la colaboración somática ulterior de toda mucosa.
De esta manera la fantasía perversa de la satisfacción sexual tiene un origen inocente: la autosatisfacción. Al respecto, en un diálogo Dora trae un recuerdo de autosatisfacción: está jugando con la oreja del hermano, mientras el hermano mama y ella se chupetea el dedo. Esto es una transformación prehistórica de la manera de mamar, de la sensación de mamar y luego se vio reforzada por la visión de otro niño mamando en el recuerdo. Es decir de aquel momento de la imagen originaria donde la privación lo transforma, momento de pasaje en la constitución del sujeto entre subsistente y existente.
Se puede advertir ya la relación entre ese síntoma faringeo de Dora y su limitación a la presencia-ausencia del hombre amado.
No es necesario que las diferentes significaciones de un síntoma sean complementarias, basta que la unidad sea dada por un solo e igual tema que da origen a una diferente fantasía. Hemos visto que un síntoma puede expresar sucesivamente varias significaciones; pues puede cambiar por otra a través de los años, puede cambiar uno por otro sus sentidos, incluso el sentido más capital y la importancia más fundamental de ese sentido queda transferido a cualquier otro. Por eso se dice que la neurosis es conservadora con respecto al síntoma, una vez constituido tiende a perdurar aunque haya transferido su significación. El proceso de conversión es tan arduo, esa transferencia de la excitación puramente psíquica al cuerpo, se haya fijada y ligada a tantas condiciones favorables, es tan difícil de obtener colaboración somática, que lleva al estímulo a satisfacerse, si es posible con lo que ya existe. Más fácil que una nueva conversión, es el establecimiento de nuevas relaciones asociativas sobre una idea antigua que ya perdió esa necesidad. En ese camino así abierto, dice Freud, fluye la excitación procedente de la nueva forma de estímulo, hasta la antigua salida.
ESTRUCTURAS SIMBÓLICAS Y SIGNIFICACIÓN
Una significación remite siempre a otra significación. La significación sería dada por la suma de sus empleos y usos... Todo uso es en cierto sentido metafórico. En las estructuras simbólicas que analiza Freud en el caso Schereber, se captan las transformaciones que se producen a nivel preconsciente.
El símbolo crea un orden de ser en las relaciones entre los humanos. No se trata de una dialéctica propia del registro afectivo, solamente en función del orden simbólico que las captura al inscribirlas ya que las emociones se desplazan, se invierten o se inhiben. Sino que responden a la dialéctica del orden simbólico a partir del cual los otros dos órdenes se ordenan y toman su puesto, real, imaginario. La palabra sólo es palabra en la medida en que haya alguien que crea en ella. Una palabra se sitúa ante todo en esa dimensión, es esencialmente, un medio para ser reconocido. Por ello, por su ambigüedad la palabra es un espejismo que adjudicamos a ciertas emociones, ciertos sentimientos. Hay gente que sostiene que hay lenguaje de los animales, mi perro dice tal cosa, mi gato está pensando no sé qué otra... y es verdad, el perro habla y el gato también, pero ¿a través de quién? , del que está leyendo un sentido en ese ruido. El inconsciente, según Freud, se sitúa fuera del tiempo.
Para Lacan, el inconsciente, fuera del tiempo como el concepto, es tiempo en sí mismo, «tiempo puro de la cosa», por lo que puede reproducirse en cierta modulación cuyo soporte material puede ser cualquier cosa. Sobre esto trae a colación Lacan y sirve el ejemplo como extensión de lo dicho anteriormente: se describe un efecto transferencial y el analista habla de una situación analítica donde se da cuenta que el paciente está en una situación con él (analista) muy parecida a una situación que tenía con su madre. Una situación muy placentera, no de muy niño, sino de joven. El analista dice que proyecta en la relación con el analista, aquella relación con la madre. El analista le interpreta que él, paciente, está con el analista como en aquella situación con su madre. Lacan dice que el efecto de la interpretación es válido, en tanto el analista con esa palabra actual que pronuncia, evoca la antigua, que está implicada en esa situación que ya había advertido el analista que lo explica como proyección, sin embargo, las palabras del analista en la sesión y aquellas que el paciente hablaba con su madre en la situación anterior evocada, están en el interior de un paréntesis en el tiempo, la palabra actual del analista se modula en idéntico tiempo y tiene el mismo valor que la palabra vieja modulada en otro tiempo. Esto es porque el valor es el valor de la palabra. No es una proyección imaginaria. Lo que aquí nos dice Lacan es que está dentro del registro completo de la palabra: real, imaginario, simbólico.