Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

FREUD Y LACAN Hablados -2-

PSICOANÁLISIS Y PSICOSIS
Madrid, julio 1988

«Algunos delirios en su persistencia, pueden,
con el tiempo, transformarse en proyectos
sociales.»

Por haber sido encargado por los organizadores del Congreso a exponer mis ideas sobre el tema Psicoanálisis y Psicosis en la ponencia inaugural, soy el que os dice:

Para el Grupo Cero Madrid, la clínica en psicoanálisis es el tiempo del concepto y teniendo en cuenta que el psicótico padece aunque de manera muy singular la estructuración edípica, la clínica de la psicosis será el tiempo de la teoría de la psicosis y la clínica de la psicosis incluye como tratamiento psicoanalítico, dentro del tiempo transferencial de la cura, a la familia del psicótico y a todas las instituciones en las que se articula.

Es decir, que para traer mi novedad, lo digo rápidamente, para que haya psicoanálisis de la psicosis (de la familia, del estado) tendríamos que contar con una teoría de las ideologías.

Antes del psicoanálisis, antes que el psicoanálisis se ocupara de la locura (más o menos desde 1907) los tratamientos de la misma se dividían en dos: los que maltrataban al paciente psicótico, haciéndole responsable directo y total de sus padecimientos y los que bien trataban al paciente psicótico, haciéndole irresponsable de todos sus padecimientos.

Tanto en una como en otra forma (de manera diversa) el paciente quedaba aislado. Si era culpable, se lo condenaba a la soledad, con lo cual se ahondaba uno de sus problemas (el rechazo primordial de lo Otro). Y si era inocente, se lo acompañaba demasiado, con lo cual se ahondaba otro de sus problemas (no poder discriminarse del Otro como otro).

Debemos decir que es el psicoanálisis el que viene a plantear las cosas de tal manera que no habría tratamiento psicoanalítico de la psicosis antes que el paciente establezca un lazo (de cualquier signo o color) con el que de esa forma habría sido su psicoanalista. Si hay psicoanalista, decimos, aunque sea uno, el loco ya no está solo. Ha comenzado, también, para la locura una conversación.

No hay crueldad más cruel que la locura. Ni hay bondad ni amor que puedan contenerla. Es, sencillamente la palabra, la que tocada por el lazo establecido quitará al psicótico lo que le sobra.

Ya que es precisamente por no faltarle nada, que lo único que se significa en él es el deseo de una madre totipotente y sin fallas, ya que es él, precisamente, el colgajo que la completa.

En el psicótico el Otro no está fuera del cuerpo de su madre, él mismo no está fuera del cuerpo de la madre. En el psicótico hay algo único, completo, inmortal. Es esa unidad, ese paraíso casi sin voz, lo que el psicótico defiende con uñas y dientes y no ha de ser tarea fácil arrancar al psicótico del cuerpo de su madre, porque eso significa, exactamente, arrancar al sujeto de los brazos de la especie y herirlo de tal manera, que por esa herida abierta al inconsciente será sexuado y morirá.

No se trata de la forclusión (rechazo) del tres edípico, que hasta los animales tienen de eso representación, sino de la condición de mortal del ser humano. Aquel vacío que introduce en el sujeto cuarto como muerte. Esa rajadura que anuncia que todo ha de terminar algún día, eso es lo que el sujeto forcluye (rechaza). No al Otro, porque del lenguaje se sigue tratando, sino la metáfora que al sustituir el deseo de la madre por el nombre del padre o bien la inmortalidad por el goce, desprende al sujeto psíquico de la especie y lo mata.

Y esto tal vez plantee uno de los problemas más importantes en la clínica de la psicosis ya que todo hombre, por más psicoanalista que sea, o que lo pretenda, queda atrapado de una u otra manera en la promesa de la psicosis, que no es otra que la promesa de la inmortalidad que, además, transcurriría en plena libertad.

El psicótico nos propone ser un potro salvaje en plena libertad para siempre y ¿quién no quiere ser un potro salvaje en plena libertad para siempre?

Alguien que pueda contestar, yo soy ese potro salvaje, que no quiero serlo. Tengo plena libertad de hablar pero estoy dispuesto a perderla para escucharlo.

Alguien que pueda decirle al psicótico que no hay nada que dure tanto como las estrellas y, sin embargo, no siempre son las mismas.

Ese ha de ser el psicoanalista de la locura y no vengo a deciros que ha de ser un poeta el que lo consiga, sino la poesía misma (como función poética) al borde mismo de la locura, podrá descifrarla y darle un destino dentro de los destinos de la palabra.

Quiero decir que es como psicoanalista que me presento en el territorio de la locura, ya que no es del saber que no se consume. Lo que parece no consumirse en el territorio de la locura es un psicoanálisis que arrase no sólo la vida del psicoanalista, sino también la vida del paciente. Un psicoanálisis donde el psicoanalista, más allá de su condición de asalariado, no se someta hasta el límite de no poder cumplir ya con la función.

Función que de devenir como tal, tendrá mi deseo en eso, porque sólo el deseo de quien se ocupa de eso, es la función.

Y si eso de ser la función invade eso de no ser nada en mí, mi deseo será social cada vez que le cuadre expresarse. Y cuando digo social, quiero decir que en su expresión no me dará el ser que ambiciono en el movimiento sino, por el contrario, aquel otro ser temido por ser deseo de Otro y que de ustedes ha partido, porque la función no habla, sólo desea. Y sordo es el desear de la función, ya que ella nada desea para sí, sino para la retórica que la crea como tal.

Que los poetas legislen con sus versos la vida de los hombres y que los psicoanalistas interpreten los mecanismos intrínsecos de dicha legislación no son, todavía, pruebas suficientes para que sigamos recluyendo a nuestros locos en los manicomios o sus sustitutos, no siempre diferenciados de la fuente de la cual provienen.

Una manera de pensar inhumana genera una manera de pensar humana y esto, sin embargo, no le da al asunto criterio de verdad. Porque debemos decirlo: no es en la verdad de la locura; donde anida la humanidad y, por tanto, no es, precisamente, humanidad lo que ambiciona el discurso psicótico sino, más bien, una palabra que por su brusquedad interrumpa el flujo de lo que teniendo que ser deseo, todavía, es necesidad en él.

Palabra que por su imposibilidad de ser reducida a cosa alguna (si ustedes quieren: falo, significante de falta) sirva como ejemplo (porque ¿de qué otra cosa se trata que de un proceso de identificación?) para que el habla del psicótico pueda, para dejar de ser psicótico: separar la cosa de la palabra que nombra la cosa o bien, en otro nivel, separar lo bueno de lo bello o bien, si se trata de hablar de los diferentes niveles de la locura, una palabra que le permita al hombre separar lo bello de lo divino.

Y si para semejante transformación habrá de ser necesario el cuerpo del psicoanalista, no nos pondremos a tratar de saber si es demoníaco o divino que el psicoanalista oficie de madre, pero diremos que la verificación del cuerpo no da más garantía al símbolo sino, por el contrario, pone en cuestión, precisamente, al símbolo porque el poder de curar está en el cuerpo. Porque si se tratase de curar, es de la eficacia simbólica de lo que se trataría y de ella, de la eficacia simbólica, es más capaz el cuerpo que la propia palabra.

Y si totalmente faltase el cuerpo no tendríamos, tampoco, el símbolo en su belleza pura o, mejor dicho, no habría símbolo posible en esa debilidad.

Esta manera de no poder no estar y, tampoco, poder estar, hace del cuerpo del psicoanalista una nube de polvo ardiente y helada a la vez que, en todos los casos, envuelve a quien por su boca habla, en esa pasión.

A nada temo, dice el sujeto, sólo a mis propias palabras.

Y sujeto, quiero estar diciéndolo, también está el loco. Ya que se trata de falta de significante, es decir, que forclusión significa que se trata de un sujeto como efecto del significante pero, singularmente, del significante que falta.

Lo que aparece desde el principio comprometido en la psicosis es la representación del sujeto por el significante. Ocurre una dispersión de los significantes que representan al sujeto. Porque no se trata de represión que permite que el otro significante funcione como referente de la representación del sujeto, sino del mecanismo de forclusión (rechazo) que se caracteriza por impedir la representación significante del sujeto.

Esta pequeña disgresión teórica es para permitirme decir que si el neurótico habita el lenguaje, el psicótico es habitado, poseído por el lenguaje.

Esa luz que debería iluminarlo, lo ciega.

Le di una patada al teclado de la máquina y conseguí, acto al fin, olvidar todo mi pasado y, sin embargo, no tuve ningún trastorno de la memoria (según Freud), es decir, ningún trastorno del lenguaje.

Esto quiere decir, según Lacan, que yo no he rechazado (a pesar de ser tan rechazante y de haber utilizado una negación para decirlo) ningún significante primordial o, según Freud que, todavía, no me ha llegado la hora. El trauma, el gran amor que lo destruya todo.

La psicosis podría ser ese «ha llegado tu hora».

Más allá de la represión, previo a la negación, algo existía.

Algo hubo de ser rechazado. No como en la neurosis, no realizado, sino no habido, no rememorable. Imposible de ser estructurado como lenguaje a menos que, subvirtiendo las propias leyes del lenguaje, aparezca no como significante atando al sujeto a otro significante, sino propiamente como un agujero en la cadena.

Una ausencia que ni siquiera se dialectiza en el fort-da, ya que su partida doble o su otra posibilidad no es ninguna presencia sino otra ausencia.

Lo que de lo primordial fue condenado como ajeno (nada se abre y se cierra en ese lugar, lo que fue agujero en la cadena de los cuerpos es ahora agujero en la concatenación significante) no retorna como lo reprimido envuelto en hojarasca y ni siquiera podemos decir que retorna como en la represión lo que, precisamente por haber sido rechazado de manera primordial, se vanagloria de estar allí sin posibilidades de representación.

Lo rechazado, debemos por ahora pensarlo así, al tiempo, se cobra su tributo y por ser desde un más allá de la represión no será neurosis lo que pida sino psicosis, así de fácil.

Los delirios son fantasías habladas y este hablar de las fantasías, Lacan, entre otros, lo hace partir del yo ideal aunque preguntándose aún ¿quién habla cuando habla el yo ideal?

¿Quién habla en ese yo ideal? Yo, de cualquier manera, ya que el yo ideal no deja de acompañar esa soledad donde el yo cuando no da más (y esto ocurre más a menudo de lo que se piensa) se enamora de ese ideal como la imagen, pero que más que anticiparlo lo acompaña. Que más que someterlo a la agresividad primitiva de la dialéctica de la identificación, lo consuela.

Colgajo de ser que sólo habla por boca de lo que no fue necesario reprimir porque primordialmente fue ser forcluido, rechazado, puesto fuera, fuera de toda marca posible de simbolización.

Trozo de ser que ya no pertenece ni ha lugar, por eso al querer representar al sujeto en la cadena significante rompe, desarticula, agujerea.

La ansiedad por deciros algunos pensamientos producidos en mi actividad clínica, me hace temer no poder hilar mis pensamientos en el sentido de una exposición general que a todos refresque el modo en que la psicosis y el psicoanálisis encontraron sus destinos.

Hubo, debemos decir, antes de un pensamiento terapéutico sobre la psicosis, una tendencia a la segregación social, a la incapacitación jurídica, a la injuria, a la burla, al castigo y/o a la reclusión en verdaderas fortalezas como infinitas cárceles.

Pero también es cierto que casi desde principio de siglo, surgen tendencias psiquiátricas moderadas que comienzan a dar al paciente psicótico, si no una solución, por lo menos otro trato. Sin haber comprendido todavía el proceso psicótico, se intentaba comprender al loco. En esta dirección hubo hallazgos y excesos, entre los hallazgos podemos mencionar no sólo algunas frases de Lacan, sino toda la corriente psiquiátrica que permite pensar al loco como un ser del lenguaje como nosotros, los psicoanalistas, los psiquiatras, los neuróticos, los perversos. Entre los excesos, para no perdernos, podemos mencionar la confusión de la locura con la creación o peor aún hablarle al psicótico en su mismo lenguaje, con lo cual muchos llegaron a volverse locos y, ni aun así, consiguieron hablar el mismo lenguaje que los locos.

Es bueno poder esclarecer en este momento de mi exposición que cuando hablo de psicosis, de locura, no estoy hablando de los pacientes que aparecen como casos en los libros más modernos. Sencillamente no se puede considerar psicótico o loco a quien me ha llamado por teléfono para pedirme una entrevista y luego viene y luego, aun, acepta seguir viniendo y paga a fin de mes o consigue que alguien pague a fin de mes. Y no lo puedo considerar loco aunque algunos problemas del lenguaje tenga o bien, delire con alguna cosita o alucine, sin más. Estos pacientes no presentan otra dificultad al tratamiento psicoanalítico que cualquier otro paciente, aunque sea el psicoanálisis de un candidato en formación psicoanalítica.

Otros pacientes son los que plantean la cuestión, a mi entender, estrictamente ética. Estos pacientes que además de tener trastornos del lenguaje y algún delirio, alguna alucinación, no pueden hacer todo lo otro, llamarme por teléfono, cumplir con el contrato y además, tienen todavía una negatividad por todo, también, por un tratamiento psicoanalítico. Y es aquí donde en lugar de afirmar o negar algo me gustaría hacerme junto con ustedes algunas preguntas:

¿Cómo imponer un tratamiento que sólo es posible por el lazo que la palabra establece entre el paciente y el psicoanalista, a quien no habla? O bien, si habla, habla con una lengua que no es la lengua que hablamos y no que sea un idioma diferente, sino que es otra dimensión del lenguaje donde eso de la locura, habla, aunque el sujeto en apariencia no hable.

¿Qué atributos debemos concebir en nosotros como psicoanalistas para suspender con nuestra voz, nuestra presencia, nuestro cuerpo interpretante, ese paraíso, esa completud donde el psicótico ha decidido refugiarse? ¿Bajo qué deseo intentaríamos rescatar y dar significación a un sujeto que quiere ahogarse en su propia mierda, cuando el espectáculo inhibe cualquier significación? Cómo atreverse, teniendo en cuenta que la mierda ajena es la que tiene el peor olor a menos que un profundo amor (valga la palabra como transferencia) haya aniquilado los receptores olfativos.

¿Cómo atreverse a danzar frente al inmóvil, movimientos posibles?

Cómo decirle al psicótico de buenas a primeras:

Es una vertiente iluminada lo que te detiene.

Ningún vacío es, ningún horror de las negruras.
Lo que te da miedo y bruscamente detiene tu camino
es simplemente, una luz, una clara visión del futuro, te detiene.

Es una catarata ardiente de palabras, lo que te matará.
Ningún puñal, ninguna daga antigua y misteriosa.
Lo que te llama a morir, lo que te mata, no es natural.
Es, simplemente, por haber gozado, que un día del futuro,
                                                                                [morirás.

Me alegra saberte vivo y muerto, al tiempo que te hablo.
Iluminado como un gran poeta por fulgurante luz
y al mismo tiempo, enceguecido, quieto, petrificado.
Ya nadie robará tus amores porque será el deseo.
Ya nadie robará tu pensamiento porque será palabra.
Y ya nadie podrá ser inmortal, porque será el poema.

A medida que van pasando los años y sin poder decir que fue aumentando mi experiencia, me resulta cada vez más fuerte poder diagnosticar a una persona como psicótica. Y no quiero decir con esto que no hay psicóticos (los hay, pero como las brujas, sólo para quien las busca, sólo para quien cree en ellas) sino que digo peor, digo que me resisto al diagnóstico de psicosis aunque esté hecho por alguno de mis colegas más apreciados.

Trastornos del lenguaje tenemos todos y la esquizia fundante en el proceso psicótico, también, lo dice Lacan, es constitutiva del sujeto psíquico.

Cuando más joven, hasta tenía en cuenta, para hacer el diagnóstico, las llamadas relaciones sexuales. Los locos, con esta mirada, se multiplicaban a mi alrededor, infinitamente.

Después, aún, fui comunista y evaluaba a las personas según tuvieran o no «buenos» lazos sociales. Ahí, bajo esos ojos, la locura era total; el que no era loco, era un cabrón.

Hoy día me pregunto ¿quién no está loco
     allí, donde el tiempo arrasa la memoria?

En esto de la locura siempre se tienen maestros. Yo tuve por lo menos tres: Pichón Rivière, David Cooper, Armando Bauleo.

Pichón Rivière fue el maestro del cuerpo. Cuando una tarde serena de noviembre le conté que una paciente me había besado, él me dijo rápidamente: Mire, Menassa, alguien lo quiere matar.

David Cooper fue el maestro de la discreción. Cuando se lo llevaban encerrado en una ambulancia para internarlo, por la ventana con rejas de la parte de atrás de la ambulancia, cuando yo intenté forcejear para que no se lo llevaran, él me dijo: ¡Discreción! Miguel, ¡Discreción! Años después, David Cooper pagaría con su vida no haber escuchado lo que a mí me pudo transmitir: El problema del siglo con la locura no era la locura, sino la discreción.

Armando Bauleo fue el maestro de lo posible. Cuando me hablaba de los locos, nunca los llamaba locos. Siempre me decía «esa gente nerviosa» y nerviosos, yo lo entendía perfectamente bien, éramos todos, no sólo los locos.

Tal vez por eso ya han pasado más de veinte años de mi vida ocupándome de la locura, como si la locura fuera una cosa mía.

No sólo llegué a estar rodeado de locos, sino que yo mismo vivía como los locos. Hasta que una mañana me levanté y me dije: vivir como un loco es una vida alucinante y yo no me veía así, por eso que a partir de ahí busqué alguna diferencia entre yo mismo y los locos. Yo mismo tenía un mundo fantasmático, el loco era el que tenía un mundo alucinado.

Y si bien esa no era en apariencia una gran diferencia, para mí fue fundamental. El psicótico entonces no tenía fantasías y las palabras que decía o escuchaba no tenían polisemia.

En su momento, hasta me daba risa darme cuenta que las diferencias estribaban en que la fantasía estaba en el psicótico reemplazada por la alucinación y la polisemia de las palabras quedaba anulada porque en el delirio cada palabra quiere decir una sola cosa.

No éramos iguales, pero tampoco se podía decir que éramos diferentes. Ya que no sólo lo dicen otros investigadores, sino que también los psicóticos atendidos por mí atravesaban en algunos momentos del tratamiento períodos de una lucidez, aun, envidiable por mí. Períodos donde toda la locura, también, era el sesgo de esa inteligencia.

Había frases que salían de su boca puntuadas como si fueran poesía (sin que por esto el discurso llegara a ser poético o sencillamente más coherente) y esto, para mí por lo menos estaba claro, no pasaba nunca en el paciente llamado neurótico, pero sí en mí.

Estos pensamientos, esta vecindad de mí con el psicótico me resultaba escalofriante.

¿Una vez más se agotaban las diferencias?

¿O esta vez se marcaban definitivamente las diferencias?

La puntuación me hacía pensar que tanto creación como locura provenían de la «libertad» de la propia pulsación del inconsciente. Es decir, algo más allá de la represión, más allá del placer, repite. Y esto es verdad, pero mientras que en el creador lo que pulsa es un universo Otro, en el psicótico lo que pulsa es el rechazo a ese Otro universo. Y no es que luego no lo comparta con nosotros como otro ser más del lenguaje sino que, sencillamente, no puede concebirse como posterior al lenguaje. Ni puede, como dice el poeta, yo es Otro. En mí, dirá el poeta, lo que me puntúa, es una falta. En el loco lo que puntúa y eso no lo puede decir el loco sino un psicoanalista, es el rechazo de esa falta. Soy, como sujeto del lenguaje, dice el poeta, ese ser desaparecido por ser representado por un significante para otro.

Soy invadido, diría el loco, por el lenguaje. Soy una aparición en forma de rechazo. Un agujero presente que no puede ser representado.

Como Director de la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero no debería concluir mi exposición sobre el psicoanálisis y la psicosis sin antes hablar de la formación a la cual debe aspirar un candidato a psicoanalista que se fuera a dedicar al tratamiento psicoanalítico de la psicosis.

Primero he de decir que durante mucho tiempo, hasta hace unos pocos años, yo pensaba que era imposible formarse completamente como psicoanalista y de la locura, al fin y al cabo, no pensaba que debiera extirparse del mundo.

Así que, con esos pensamientos donde cohabitaban un psicoanalista formado por la mitad o incompletamente y un psicótico constituido como tal, se hacía evidente que la locura no podía tener el tratamiento adecuado.

El segundo paso fue pensar que, tal vez, varios analistas formados incompletamente pudieran encarrilar el discurso psicótico. De ahí a los grupos analizadores de contención estábamos a un paso. Pero hubimos de esperar un tiempo más frente a la pregunta ¿quién se resiste? y si bien Freud y Lacan llegaron a enunciar, y hoy seguramente algún trabajo versará sobre eso, que en el tratamiento de la psicosis el paciente será toda la resistencia y el psicoanalista, por tanto, será el que tenga que poner en juego su propia transferencia para que sea posible el tratamiento, sin embargo, lo que veíamos no era exactamente eso. En todos nuestros casos siempre fue la familia del psicótico el núcleo de todas las resistencias a la curación. Además pudimos comprobar, lamentablemente, que la sociedad en su totalidad se resiste a que el loco cure como para volver a inscribirse, en la matriz social de materializaciones.

El tercer paso fue darnos cuenta que además de utilizar varios analistas en el tratamiento de la psicosis, varios habrían de ser, también, los pacientes y varios y diferentes los niveles de análisis que un psicoanalista tendrá que poder para aspirar a cierto éxito en el tratamiento de la locura.

Y si desde Freud sabemos que de la palabra se trata, el psicótico anuncia en su decir que pertenece a una raza de hombres que no se reproducen por sexuación y que, por tanto, son criaturas inmortales. Su decir, por otra parte, no puede en ningún caso separarse del decir de la familia. Institución ésta encargada de humanizar al cachorro de hombre y puesta estos últimos siglos por los cielos como matriz privilegiada de todo proceso de civilización, en realidad fuego surgido directamente de la selva, ya que los animales antes de la palabra, en los estadios presimbólicos, se organizaban en familias para reproducir y cuidar sus especies. Quiero decir que la familia, también la familia del psicótico, sólo por el hecho de ser familia, guarda en algún registro del discurso que transmite los mismos inconvenientes con el lenguaje que luego padecerá o se harán evidentes en el psicótico.

Vi nada ni vacío ni altura.
Oí lo que ya no hablaba.
Bebí con desesperación la sed.

Toqué lo muerto. Todo lo inacabado.

 

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