Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

FREUD Y LACAN Hablados -2-

LA FAMILIA COMO ESTRUCTURA SEXUAL
Euskadi,1979

Los pormenores de un destino me llevan por sus avatares siempre incontrolables a  ponerme frente a ustedes en posición de levantar lo que, para mí, ya ha caído: la familia, la estructura, lo sexual.

Quiero decir que en los tiempos que corren si es familia, es cristiana; si es estructura, es dogmática y si es sexual, es psicoanálisis.

Y donde las matemáticas fueron el paso sin retorno donde el hombre rompe por primera vez, en su historia como hombre, el círculo imaginario que sobre él determinaba la religión; el cristianismo (será la posibilidad dramática desde la cual el hombre podrá matematizar los restos de aquel círculo).

Y si bien el siglo pasado y la Coca-Cola han matado a Dios, debemos decir que todavía su palabra es verdad, síntoma, mutilación.

Lo que acabo de decir puede resultar sólo la sugerencia de una guerra interminable y desoladora entre la religión y sus dioses y las ciencias y sus ejércitos. Donde una y otra no se cansan de repetir que de triunfar, harán que las ciencias o bien la religión, según el resultado, dominen definitivamente los bajos y misteriosos instintos del hombre.

Yo preferiría, entonces, quedar excéntrico de vuestra mirada para poder deciros que Dios es a la religión como la Ley a la estructura y el Nombre del Padre a la sexualidad.

Y no será necesario en esta exposición hacer una apología de la idea de Dios, ya que ella misma es su apología por ser palabra entre nosotros que estamos reunidos y del hombre se trata.

Una vez escrita la palabra dudé de mí al sentir que intentaba dar cuenta y gracias a la posibilidad brindada por ustedes, a los 38 años, de lo que creía superado a los 14 años.

¿Dios existe?

Yo soy Dios, contesta el ser humano, porque con mi propio cuerpo, produzco el nombre que lo nombra. Y el lenguaje es Dios porque su materialidad práctica, la escritura, es materialidad histórica de todo lo vivido. Y por la irrupción brusca del lenguaje en el propio centro de la biología, en las propias entrañas de las leyes físicas (y no hablo de ninguna otra cosa que de las ciencias contemporáneas y para no entrar en discusión las nombro: la Teoría del Valor y la Teoría del Inconsciente) la escritura será materialidad de todo lo soñado.

La existencia de Dios se sobrelleva en condiciones lamentables.

¿Dios existe?

Sí, pero en las entrañas del oro. Sí, existe, pero en la posibilidad misma de la carne porque Dios es deseo.

Todo lo que no toco con mis manos, todo lo que no puedo con mi sexo, es Dios.

Sésamo ábrete y sésamo se abrió porque hubo un hombre capaz de llevar su propia razón hasta límites impensables para el hombre y habló con una piedra.

Y fue, como sabemos, en el principio el Verbo y no hubo después de ese momento ningún hombre sobre la tierra sin su nombre. Y así el hombre va por la vida asustado de su supremacía sobre los otros reinos y hace divino (proveniente de Dios) lo que no puede soportar como animal humano, sus diferencias: el lenguaje sobre todo lo otro.

Y hasta tal punto, del lenguaje, su tiranía actual, que hay en mí, y en doble sentido de cromosómico y también de inconsciente, los efectos de sus leyes: semejante y distinto, crezco humano, precisamente, en el tiempo donde las letras se combinan en la palabra «humano».

Y sin entrar todavía en tema quiero decir que, con dos meses y días de anticipación, fui notificado de la participación del Grupo Cero, de mi participación, en LA PRIMERA SEMANA DE ESTUDIOS SEXOLÓGICOS DE EUSKADI y que, exactamente, una semana después nos pusimos a trabajar en el tema unas 30 personas. Estando de acuerdo en la ansiedad que nos provocaba el título del tema encomendado: la Familia como Estructura Sexual. Ya que algunos de nosotros -llevados en el intercambio grupal a la comprensión de la familia como estructura sexual- estamos intentando en la actualidad, al mismo tiempo que vivimos, formas de convivencia que sin alterar claramente los modelos tradicionales muestren las fisuras por las cuales, en tanto estructura, sea posible la transformación de la sexualidad familiar.

Comenzamos a trabajar el tema, contentos, diría yo, de que nos hubiese tocado en suerte no sólo exponer acerca de lo que creemos saber sino también, y a modo de presentación, hablar en ese saber de nuestros antecedentes. Un tema que por haber sido casi nuestra única preocupación en los últimos 12 años, tanto sabíamos de él o, por lo menos, tanto tendríamos que saber.

Ya que el grupo, con su propia vida e instrumentos teóricos mediante y operando un descentramiento casi demencial (ya que cada uno es su propia familia y su condena es formar una familia igual) pudo ver en la familia, más allá de todo lo que Ella propone como desvío para no ver, simple y sencillamente una estructura sexual desvariada de tanto querer repetir en el hombre (nosotros mismos) los precisos estados que por sexuales, ella, la familia, como estructura genera y legisla.

Este descubrimiento, y debo decirlo porque de la familia se trata, es el motor que con su ilusión de una posible transformación de los modelos familiares determina nuestra vida actual. Y sin embargo, después de las primeras alegrías, nos dimos cuenta que nuestra experiencia vivida era sólo eso, experiencia vivida. Es decir, que las marcas, las señales del proceso estaban, o bien en nuestro propio cuerpo (de donde sabemos es absolutamente imposible encontrarle sentido) o bien, sin llegar a tener miedo, estaríamos anonadados por la ruptura estrepitosa del espejo donde Edipo, antes de nacer, ya había sellado su destino.

Y queremos pensar que a pesar de la fragmentación especular a la cual nos había llevado nuestra manera de vivir, donde cada cual era otro y otro no podía ser sí mismo, el silencio marcaba el lugar de la estructura donde una vez más cada uno, uno mismo, padecía la ilusión de ser el centro del sistema y que, mirándose en uno cualquiera de los fragmentos del espejo, violentamente y sin llamar la atención de nadie (en silencio) conseguiría, ahora por autoprocreación, coronar su soledad y su silencio en un espejo de tales dimensiones como para que en él pueda volver a aparecer Edipo y nos dicte, antes de nacer, una vida ya vivida: la vida de nuestros padres.

Alrededor de la invariante Edipo pululan los olores de una familia.

Un padre muerto, una madre partida en dos y un hijo ciego. Y por si fuera una metáfora, diría, un hijo generalmente extraviado.

El niño tendrá que recibir de la misma persona, su madre, los cuidados alimenticios y los cuidados sexuales que en prácticas de limpieza y manipuleo de las zonas genitales, en ciertos casos, se extienden hasta muy avanzada la primera infancia. Y entre tanta carne, sudor y leche que recibe de Ella tendrá que recibir, también de ella, y por un mecanismo análogo de reflexión, el símbolo que lo hará hombre para el símbolo.

Ella nunca es translúcida a su propia palabra. Del espesor de esa opacidad y de la dependencia extrema del pequeño niño en esos instantes, el símbolo impartido por Ella (y en todos los casos impartido ya que Ella tiene como función reproducir) llega al niño de esta manera siempre resquebrajado. Y en los pliegues de ese símbolo resquebrajado se inscribe, a falta de otro escenario, la verdad del sujeto: su síntoma, su impotencia, su mutilación.

Si es varón, podrá pero no podrá.

Si es mujer, directamente no podrá.

Llevado ahora por un viejo vicio de cuando estudiante del psicoanálisis pretendo continuar este trabajo tratando de ver cuáles son los bordes más adecuados para el encuentro. Y si considero, más allá de estar de acuerdo o no con lo que escribo, que en la palabra estructura podríamos hallar el espíritu teórico del título y en la palabra sexual su espíritu humano, nos quedaría por ver en la palabra familia el modelo ideológico desde el cual se imponen, para su propio desarrollo como modelo, que por moderno sea estructura y que por humano, ya que no queda otro remedio, sexual.

Y como todo modelo ideológico condena a repetirlo o revolucionarlo y si lo que está en cuestión es el sujeto familiar, debemos decir que en cualquiera de los dos intentos se le va la vida.

El modelo, por ser modelo, se repite o se transforma según condiciones sobredeterminadas y por ideológico se repetirá o se transformará sólo sobre el propio cuerpo viviente del sujeto.

Sin sangre no hay ideología.

El vicio que no llegué a mencionar cuando me era dable hacerlo fue la epistemología materialista. Un modo no de producir conceptos sino una manera de leer la producción de conceptos. Es decir, una visión del mundo determinada, una ideología determinada desde donde ordenar (porque la ideología siempre es ordenadora) la producción científica.

No somos, por lo tanto, una matriz elemental y sensible a todo, tenemos una cierta caída en nuestro discurso, un cierto color.

Decimos que los procesos de producción científica son diferentes a los procesos de producción ideológica. Y si bien sabemos que ahí en el magma de los ideales, en plena ideología, cuando el concepto nace concepto científico, nace radiante y puro de ideología en tanto es de ella de quien nos habla, también sabemos que su desarrollo o su muerte están estrechamente vinculados a los modelos ideológicos imperantes.

Un título que más que un título es en sus paradigmas a mi alcance, por lo menos dos ciencias. Donde en el encuentro con lo sexual la estructura se hace antropológica y en el sesgo donde lo sexual interrumpe su flujo para gozar o para morir, la estructura padecerá los defectos de la Ley que la Cultura impone a toda cosa hombre para poder nombrarse con su nombre y ser.

Si Edipo reina, la Ley prohíbe el incesto.

Y propone para semejante objeto: el inconsciente constituido como efecto de la prohibición, una ciencia: el psicoanálisis. De la realidad (metáfora de todo lo posible) las ciencias son todo lo posible de ser determinado.

Más que verdad, símbolo, más que progreso humano, cultura. Y cuando digo cultura, digo que desde su irrupción en el mundo terrestre hay en las ciencias algo que se repite.

Desde las milenarias matemáticas (y pido perdón por hacerles creer por un instante que las matemáticas tienen que ver con la familia) la ley de los números naturales nace entre un rosario de piedrecitas que se contaban y se descontaban y cada cosa tenía su correspondencia en lo real y los instrumentos de equivalencia nunca eran palabras. Ley que viene a nombrar la imaginaria cantidad que, desde su reconocimiento como imaginaria, mostraba precisamente en lo que regulaba (dos conjuntos de objetos reales) su desconocimiento de la ley reguladora de dicho intercambio.

Primer juego de pasiones registrado entre el símbolo y la cosa. Donde la cosa muere y el símbolo dueño ahora del nombre de la cantidad no recurre a la cosa para nombrarla.

Y entre un dios que tambalea porque trascender ya no es divino sino simbólico y un número que seguramente por ser generador de un modelo se mantiene ligado en el imaginario de la época a la cosa por un fino cordón umbilical y donde todavía nombrar uno era de alguna manera recordar una cosa y nombrar dos podía aparecer como recordando dos cosas, el acontecimiento del número irracional termina con el dominio de lo real y condena al hombre a que lo simbólico sea su última palabra.

Y queriendo insistir en esta detención, porque la creo imprescindible:

Antes del símbolo era la cosa contra la cosa y su regulación dependía del impacto que en el imaginario de los sujetos provocaba la cosa misma, por tanto su valor no dependía de nada determinable sino más bien que variaba con las variaciones de la realidad donde acontecía la operación y, como sabemos, esto se llama manipulación ideológica de la realidad.

Y así es como toda estructura determinada, y las matemáticas se precian de serlo, no sólo es producto histórico sino un movimiento de generación histórica. Y así es como en ningún otro lugar que en el vacío formal de las proporciones geométricas sin contenido, donde la física encuentra la estructura formal abstracta de sus primeras leyes.

Y no hace falta ir más lejos para decir que sin el desarrollo de las ciencias físicas no hubiese sido posible la revolución industrial y sin esa posibilidad de socialización universal no hubiesen sido posibles las ciencias donde el hombre cree ver, por fin, su propia medida como hombre.

Y así es como el hombre, en los últimos siglos, padece las heridas de saber y no ser, en nada de lo que se determine, el centro del sistema.

Sujeto, sujetado al paroxismo de leyes inviolables. Donde como persona no participa en la elección de la posición que le tocará ocupar en su vida por estar sojuzgado por ser hombre: a la tiranía del significante si se trata de la adquisición del lenguaje; a la tiranía de las relaciones de parentesco si se trata de la adquisición de la sexualidad (humana) o bien, y además simultáneamente, a la tiranía de los modos de producción (sea de mercancías o de sentidos) si se trata de la adquisición del ser social.

Y seguimos sin saber qué es una familia.

Hablar de lo que no sé siempre me resultó agradable y hasta diría, terapéutico. Nunca un descubrimiento íntimo le hace mal a nadie. Pero hablar, como en esta oportunidad parece que me ha tocado en suerte, de lo que nadie sabe me resulta, debo decirlo, temible.

Y si bien, como se sabe, no soy ninguna otra cosa que un escritor, en esta oportunidad temo más a las palabras que puedan aparecer sobre la hoja en blanco que a vuestra inquisidora mirada personal en un diálogo cuerpo a cuerpo, como si estuviéramos descubriendo nuevos horizontes y, sin embargo, cada cual estaría recordando, empecinadamente, a su propia familia.

La familia, quiero decir, permanece en la mirada.

Y l