Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

POESÍA, PSICOANÁLISIS, LOCURA

Conferencia Nº V

CALI-COLOMBIA -1979-

Procurando entender las conexiones que se habían dado entre el psicoanálisis, la poesía y la locura, durante las cuatro charlas anteriores, me quedaba claro, por lo menos a mí, que el sujeto se constituía en y para el lenguaje y que, sin embargo, esta estructura se fracturaba tanto en la poesía como en la locura.

Durante el transcurso de las conferencias anteriores hemos elogiado, alternativamente, el psicoanálisis, la poesía y la locura. Tratando de sugerir la interdependencia o bien el sojuzgamiento de unos términos a otros. Tratando de sugerir la imposibilidad teórica de delimitar el campo de la poesía del campo de la locura.

Banales demostraciones empíricas, un ejemplo oportuno, fueron mostrando algunas diferencias. Demostraciones que, por banales, no llegaron a ser en ningún momento suficientes, y que por empíricas más que de la poesía y la locura, hablaban de los límites que nuestro cuerpo (siempre pequeño y desorientado) impone a nuestra razón, en el encuentro con tanta belleza.

Fue, durante la semana, tan arriesgado el psicoanálisis, mostrándonos un hombre con la posibilidad de desentrañar el gran misterio poético, y el no menos grande misterio de la locura. Como fue arriesgada la poesía tratando de cuestionar, o de replantearse la posibilidad de que todas las ciencias contemporáneas no sean aquello de lo que presumen, haber dado cuenta del fenómeno religioso, sino solamente, por ahora, una fenomenología de lo que la religión ha producido.

Durante las charlas también tuvo su supremacía la locura. Se llego a decir que el psicoanálisis y la poesía eran un límite casi biológico frente a la pasión que querían encubrir, y la pasión que querían encubrir era la locura.

En otro momento se dijo que saber que la poesía era (como históricamente se comprendía) la que legislaba la vida de los hombres, y el psicoanálisis, la ciencia, que es capaz de dar cuenta de los mecanismos de dicha legislación, no era saber suficiente para galardonar a nuestros poetas y a nuestros médicos psicoanalistas, y encerrar en el manicomio a nuestros locos.

Pero si hubiese que decidirse, si alguien me invitara a decir si me quedo con la poesía, el psicoanálisis o la locura, primero, trataría de demostrarle la imposibilidad de elegir, como humano, lo que del hombre sólo es un efecto.

Y si no valiera mi argumento, elegiría, por fin, mediado por una desviación afectiva, la poesía. Para darme cuenta que sin la locura consecuente que desencadena el juicio poético, cuando su mirada se detiene en mi vida cotidiana, no habrá poesía.

Y si exageramos cuando dijimos que sin el descubrimiento del inconsciente la poesía sería otra de la que será, también dijimos que el psicoanálisis, en tanto ciencia, nos remitía al campo general de las ciencias, y ahí, el psicoanálisis, el marxismo y hasta las puras matemáticas, padecían el mismo mal, eran relativas, porque la Ciencia, no existe, existen las ciencias. Después también hablamos mal del todo.

Llegamos a decir que el poeta era muy ambicioso, en tanto buscaba encerrar dentro de un poema, al hombre. Dijimos del psicoanálisis que si sobrepasaba el límite, que su objetivo teórico imponía, tratando de explicar el mundo desde su visión relativa al mundo, se transformaba en ideología, carroña.

De la locura dijimos que había por lo menos dos formas visibles. Era tan loco ir a una oficina a trabajar ocho horas diarias, como llegar a su casa todos los días a la misma hora. Comer todos los días, así, como de costumbre. Tener relaciones sexuales con un solo fantasma. Amar a una sola mujer. Amar a un solo hombre. Todo tan loco como sentirse Napoleón en medio de una plaza, sufriendo a los gritos, haber perdido por una tontería, su última batalla. Y sin embargo dijimos que a pesar de la evidente locura en ambos casos, el que se sentía Napoleón, de
tal manera, iba a parar al manicomio, y el que vivía la vida denominada normal, vivía la vida, denominada normal. En el arrebato juvenil que proporcionan los encuentros de este tipo, llegamos a atribuirle a la locura un rango filosófico, altura, que nos dimos cuenta, al otorgarla, Ella, tenía, que se denomina locura a todo aquello que venga a perturbar los instrumentos de medida. A todo aquello que denuncia, al expresarse, una tiranía, un dogma.

No por nada la escuela francesa de psicoanálisis (todavía no sabemos, jugando para quién) termina diciendo (si bien en una confirmación de la ignorancia general del tema, un pedido cabalga en la ceguera para que de eso -la locura, la mujer- que nada se sabe se pueda saber algo) que el instrumental teórico que maneja, cuando da cuenta de la mujer, dice que Ella es una loca y que si no es totalmente loca, es porque la mujer no lo puede todo.

Digamos que loco es aquello que no tiene dimensión, no porque no la tenga, sino porque en su manera de aparecer pone en cuestión los instrumentos de medida vigentes.

La mujer es tan loca como la poesía.

Y ahora me gustaría volver a agradecer, por la posibilidad que agradecí el primer día, de haberme convocado a estas charlas, también en nombre de la poesía. Y si es posible, más allá de lo que dije hasta aquí, diría que el hilo conductor de nuestro encuentro fue poético. Que la locura no hubiese sido posible ni para mí, ni para ustedes, y no fue posible porque, de serlo, otros rastros hubiese dejado en nosotros. Que el psicoanálisis, para regular nuestro encuentro, hubiese requerido una especialización en el modo de la pedagogía imposible para este tiempo y espacio. Si antes no lo sabía y ahora parece que lo supiera desde el principio, lo único posible entre nosotros era el hilo conductor de la poesía. Siguiendo en cada sesgo la apariencia de un sentido.

Ya que la poesía, en el pleno desvarío de producirse, cuando su poder alcanza los límites de la transformación, no le importa si el sentido (nunca dado por ella sino simplemente sugerido) es bueno o malo, positivo o negativo, hacia ella o contra ella. Porque su deseo no es generar la dirección del sentido, sino -matriz generadora- generarlo.

Y en los vaivenes de esta imposibilidad, terminaré hablando lo escrito:

GRUPO CERO
PSICOANALISIS Y POESIA
ESE IMPOSIBLE

Giros de viento
ráfagas de pequeños corpúsculos acerados hacia la muerte, desviaron 
nuestro destino.

Somos,
desde hace años,
extranjeros a todo.
Iremos perdiendo con el paso de los días la calidez de nuestra
mirada,
aquel calor,
ardiente en nuestros ojos, cuando vivíamos en una tierra,
cuyos olores en plena primavera,
olían el olor de nuestro cuerpo.
Éramos,
antes de la catástrofe,
antes del estallido en mil fragmentos,
personas normales.
Médicos, amantes de la libertad.
Escritores,
amantes de la libertad.
En fin,
en general éramos,
sórdidos amantes de la libertad.
Señoras y señores,
padres e hijos de familia
y teníamos,
un porvenir asegurado.

Un poco de locura, nos decíamos, a nadie le hace mal.
Y nos encerrábamos en grandes alcobas solitarias,
para decirnos,
que la locura era contagiosa
y nos reíamos y buscábamos el sol,
entre las piernas de nuestras mujeres
y éramos felices.
Y mientras éramos felices nos dimos cuenta que buscar el sol,
era para encontrarse empecinadamente con la noche.
Amar el sol,
era también amar,
la terquedad de su dialéctica.
Aparecer y desaparecer.
Encuentros luminosos
para después,
sumergirse cada vez más profundamente en el vacío de la noche.

Alguna ausencia inesperada,
algún cuerpo
pudriéndose repentinamente bajo el sol,
marcaban el paso de los años.
De decepción en decepción,
nos fueron enseñando que nada teníamos.
¿Para qué hablar?,
entonces nos decían.
¿Para qué pedir?
Y nos fueron encerrando en nuestro propio cuerpo,
y en nuestro propio cuerpo
fueron marcando a fuego sus tablas de la ley,
y sujetados,
por la increíble ilusión de no morir,
casi nos matan.
Un fuerte y helado silbido nocturno,
para siempre.
Una incuestionable noche sin fin.
Una detención brusca y mortal
-insostenible para nuestro cuerpo-,
en manos,
donde habíamos entregado nuestra vida,
para no morir.
Ser esclavos,
quedaba claro,
no era suficiente.
Y entonces, fue el temblor,
un temblor cósmico,
más allá de nuestra razón,
más allá de nuestra locura.
Más allá de todas las palabras pronunciadas
y sin saber qué hacer,
temblorosos entre los escombros,
nos tocó zarpar.
Y zarpar fue,
estallar en mil fragmentos de oro líquido por el mundo.
Y zarpar fue,
no poder volver nunca al mismo sitio,
no poder volver nunca al mismo tiempo.
Si algo buscamos,
buscamos todo lo que nos falta.
No sólo el inconsciente.
No sólo,
los tibios perfumes de nuestra infancia.
No sólo,
el aleteo fugaz de un deseo prohibido.
Queremos tener entre nosotros,
toda nuestra vida.
Un cuerpo,
hecho a los avatares de los destinos.
Una palabra,
más cerca de la sangre que de las palabras.
Entre nosotros, queremos tener
-como la flor azteca creciendo en el desierto,
como una incierta luz,
en plena oscuridad-
algunos versos inolvidables.
Sabemos,
sin embargo que vivir,
siempre es un proyecto delirante.
Todo está bien y todo está mal.

La mujer,
el hombre,
debaten su ser entre las pocas palabras que conocen.
Una especie de pequeña oración en medio del tumulto.
Un pequeño dios a punto de morir,
contra la inmensidad de las partículas atómicas,
creciendo por doquier.

El sangrante búfalo de plata a punto de extinguirse,
última manada de luz,
al borde del fusilamiento,
al borde propio de pronunciar sus primeras palabras:
Estamos.
Fuimos lo que muere del hombre.
La soledad.
Y un resumen,
es también un pacto con alguien.
Una conciliación de la letra con la política.
Yo es cero,
no tiene explicación.
No se puede reducir a nada que termine.
Tampoco al universo.
Candado de apertura,
yo es cero,
es,
puesta en escena de lo que recién comienza.
Estamos en la época del temblor.
El que habla tiene una prenda.
El que escribe es un solitario.
Estamos en una edad,
donde lo verdadero se confunde con la acción,
el resto por ahora, debemos saberlo,
psicoterapia para las almas inexpertas,
para los que aún, sin quererlo,
y como soportando una desgracia,
sostienen la ideología dominante.
La gran ideología,
la que viene impresa en las proteínas de la leche.
Y acción querrá decir, entonces,
transformación radiante,
verificable en el campo de las relaciones sociales,
donde ya dijimos,
se desarrolla,
la ética de los poderosos.

En cuanto al psicoanálisis,
al marxismo,
a la poesía,
decimos,
que son sólo instrumentos de conocimiento.
Entre nosotros no es preciso que se salve nadie.
Los fusiles,
las religiones,
la pobreza,
son patrimonio de una dialéctica asesina.
Donde lo que se legaliza es la esclavitud
y la pena de muerte.
Y un amor,
codificado en el terreno de la fidelidad y la seguridad, 
hablan claramente, 
de los efectos sobre el hombre de una dialéctica, 
que no acepta,
ni aún en sus transformaciones, 
la existencia de más de dos términos.
Donde uno tiene el don
y el otro,
el deseo.

Una teoría,
construida por indígenas frente al descubrimiento
de la posibilidad especular.
Una religión,
construida sobre el miedo a la muerte,
da como resultado, una sociedad esclavista,
donde el goce tiene que ver siempre con la muerte,
porque el deseo lo tiene el que no sabe,
el que no tiene,
el que no duda,
en fin,
el deseo lo tiene un perfecto idiota,
condenado a muerte.
Donde el saber,
tiene que ver con el poder,
ya que el que puede, por poder, no desea y sabe.
Como vemos,
una teoría del dolor,
en todas direcciones.
Nos oponemos a todo.
La nada,
también queda cuestionada.
De las drogas,
aceptamos todavía algunos de sus usos médicos.
En general, las drogas,
prometen una resolución por vías más rápidas que las habituales.
Y si bien es cierto que lo habitual,
no tiene por qué ser modelo de vida,
también es cierto,
que no se conoce ninguna droga que haya solucionado el problema del tiempo.
Decimos,
que cualquier droga,
también el alcohol,
cuando trata de ser,
más que una escaramuza del saber,
se esteriliza, se pudre,
exactamente igual,
que la mujer amada muerta entre los brazos.
La necrofilia,
queda prohibida, en todos los casos.
Y de la sexualidad actual, pensamos,
que está organizada sobre los pilares de la oferta y la demanda. 
Heterosexualidad y homosexualidad,
Son claramente, formas de una dialéctica,
donde lo femenino y lo masculino
(en última instancia dos organizaciones sindicales)
rigen,
el destino de la humanidad.
El amor,
como vemos,
no existe.
Por ahora,
existen las reivindicaciones.
Al hombre,
a la mujer,
aún, no le ocurre nada.
Lo único que veo claramente,
es cómo la gente se mata por doquier.
Tomar una posición,
desde hace unos siglos a esta parte,
es decidir a quién se va a matar
o bien,
si uno es un simple ciudadano,
decidir, en manos de quién se va a morir.
Un mundo perverso,
insisto,
donde todo tiene que ver con la muerte.
Por ahora,
no quiero tomar ninguna decisión.
Matar o Morir,
dos formas de vida,
que tampoco me interesan.

38 años, y pongo nuevamente, mi vida en cuestión.
¿Cómo quiero vivir? ¿Qué es vivir?
y así voy por la vida,
sintiendo:
que no quiero ser un borracho,
y no quiero ser un drogadicto,
y no quiero ser un científico,
y no quiero ser un poeta,
y hombre y mujer,
me parecen,
demasiado poco para el hombre.
y las familias monogámicas me dan asco
y los putos también.
Defender, en general, no defiendo a nadie.
La religión se hunde entre cuantiosas cifras.
Las matemáticas desbordan su posibilidad de transformación de lo real,
con el paso de los años,
serán un dogma.
El sol se extingue.
La energía atómica escapa a todos los controles.
Hiroshima se olvida.
Rusia retrocede.
y los famosos tigres de papel,
están a punto de comerse, parte del arroz.
La humanidad toma un rumbo desconcertante,
y eso, 
me desborda.
Querer, quisiera,
llevarme bien con alguien
y sin embargo,
escribo
que el vaivén de la intersubjetividad,
es,
demasiado familiar para el gran mundo.
Eso me parece.
Prefiero confiar en mi fuerza de trabajo y sin embargo,
mi escritura es sanguínea,
vital,
difícil de vender.
La literatura no me interesa.
y la vida,
no sé bien lo que es. 
A veces pienso:
La vida todavía no ha comenzado.
Ser una brisa
o bien,
ser una ráfaga,
son, por ahora,
las tan naturales ambiciones de cualquier pasión.
El hombre se debate,
quiere ser y no puede,
Puede y cuando puede, ya no le interesa.

Los ojos,
la boca,
el ano,
un alma abierta
o bien,
un corazón cerrado,
son todavía los límites de dicha imposibilidad.
Agujeros demasiado pequeños,
para que el hombre, caiga por ellos en el ser.
Agujeros demasiado pequeños,
para que por ellos,
entre la humanidad en el hombre.
Sangre y vergüenzas,
leches marinas,
pechos turbulentos para las bocas más sedientas,
opulento semen ascendiendo por las nacaradas paredes de tu celda,
son todavía tan sólo,
onomatopeyas de lo humano.
Un intento,
vano como otros,
de capturar con el nombre lo nombrado.
Mi tiempo,
no responde a ninguna cronología.
Mi tiempo,
más que transcurrir,
estalla.
Más que transcurrir lentamente,
mostrándole al pequeño hombrecito, que la vida pasa,
el tiempo es
un invento de la crueldad del hombre,
contra sus propios sueños.
Un límite preciso:
la noche.
Un comienzo seguro:
la mañana.

Como si el tiempo fuera una figura
que puede dividirse.
Una forma posible,
y no,
vendavales y nieves oscuras,
hambre y cólera,
donde su existencia, es siempre lo que fui.

La realidad es sólo lo que digo,
y el tiempo,
una manera de seguir creyendo,
que la realidad
estaba allí,
esperándome,
-precisamente a mí-
desde ayer.

La imaginería del hombre no tiene límites.
Su locura infinita. 
Es capaz de creer que los secretos se guardan en el corazón.
Es capaz de creer que la verdad es más de lo que es:
instante,
en la producción de cualquier obra, de cualquier amor.
Tiempo de locos este tiempo,
donde ni yo existo.
Algebra marina,
álgebras,
y vientos del mar,
y pequeñas historias.
Pequeñas y misteriosas historias,
entre las que se oculta,
la cifra secreta de mi ser.
Mientras escribo,
siempre me acosa la misma preocupación:
escribir algo que se entienda.
Me miro y se me nota.
Soy exactamente una encrucijada.
Un tironeamiento visceral,
contra otro tironeamiento visceral.
En la misma mirada,
dos odios,
dos amores.
En el mismo fuego,
dos llamaradas,
dos cenizas.
Cuando la sangre acontecía,
era contra la propia sangre.
Tan roja,
una como otra.
Turbulentas manos,
Con un esfuerzo comparable a morir,
desarticulan el mecanismo:
el número dos no existe, es siempre,
un desdoblamiento de la imagen.

¿Escribir es parte de la farsa, o escribir es mi superioridad,
mi hombría?

Al borde del descuartizamiento,
un hombre debería gritar, pidiendo socorro
un hombre debería gritar, pidiendo
un hombre debería gritar,
un hombre debería
un hombre
y sin embargo,
un hombre también es, una caída estrepitosa,
un amante de su propia masacre,
un exquisito recuerdo de sus desgarramientos.
Una historia, que se viene repitiendo desde siglos.

Encuentros desesperados no tengo más,
en general no tengo encuentros.
Todo estalla.
Todo es sublime.
El cuerpo y la palabra,
así escritos son, debemos saber,
bordes de una dialéctica.
Y en esa endemoniada lucha, 
entre la existencia y la esencia, 
siempre triunfa:
la realidad.
La verdad.
El síntoma.
Hombres, mujeres
encaprichados, en las famosas y viejas relaciones,
entre libres y esclavos.
A mí, me gustaría comenzar todo de cero.
Frente a este vacío.
Frente a esta imposibilidad.
Humos y barbarie.
Y una lenta tarde donde todo transcurra como si fuera poco,
como si fuera lejano su transcurrir. 
Brisa marina, arcángel de la noche,
toco tu boca,
perfume y violencia entre las tinieblas.
Desencadeno en mi ser los ritos del amor.
Vendimia seca.
Florezco entre tus jugos.
Entretejo mi vida entre tus helechos.
Ancla y mar,
tus olores,
tus peces abiertos y desordenados.
Ojos de bestia.
Vaca.
Vaca de la soledad.

A veces pienso que lo mejor,
es beberse salvajemente los néctares.
A veces pienso que lo mejor,
es comerse salvajemente los frutos.
Tengo conmigo, lo sé, frutos y néctares,
para comerme y beberme salvajemente.
y sin embargo escribir,
siempre es,
una alegría para el corazón.
Emerger de las sombras,
emerger de las sombras del mar. Canguro acuático.
Horas de una vida siempre desesperada y viva.
Pequeñas palabras irán haciendo el mundo.
Tercos galopes,
irán cubriendo las distancias.
Entre bellezas marinas rasgo tu piel,
escenifico mi vida, en los contornos de tu ritmo,
te detecto imprecisa,
entre las leves hojas de papel.
Al viento.
Al tiempo.
A la poesía.
Tenaz entre tus muertos,
loca y viva, iridiscente ojo molecular,
llama de amor,
la poesía,
tenaz,
álgebra purificadora,
ardiente antiséptico,
contra los pequeños animalitos del bosque.
Nervio nocturno y luz,
músculos y masacre,
carnes,
vendimias de la carne,
la poesía,
tenaz,
en el futuro,
contra lo que pueda oler a podrido.
Al viento.
Al tiempo.
A la poesía.

Rosas ambarinas
y, también,
rosas de colores comunes
y espinas,
de rosas sanguíneas y carnosas.
Y también espinas salvajes de una perfumada rosa blanca,
-como alguna vez ocurrió-
antiguas y delicadas, espinas del amor.
Corona de espinas enamoradas sobre la cabeza del pequeño niño
dicelotodo.
El poeta,
fiel y empecinado corruptor del sentido.
Soldado de lo inevitable.
Sombra expectante sobre todo.
El poeta,
pequeño niño,
no se sostiene sobre sus piernas.
No sabe lo que quiere.
Es arrastrado por el afán social que pesa sobre él,
de denunciarlo todo.
Y en cada denuncia,
en cada encuentro con la verdad,
es todos,
vale decir, ninguno.
Su ser,
escandaloso y solitario a la vez,
vaga sin saber.
Hilo de agua,
tenue y vivaz entre las montañas,
horadando las piedras.
El poeta,
una vejez y su vértigo.
Una juventud y su decadencia.
Siempre un punto fijo,
una detención sublime,
para que el mundo,
gire por un instante,
enloquecido,
a su alrededor.
El poeta, añora la libertad.
Hay días en que quiere morir.
El brutal encadenamiento, sólo le permite,
pequeños
y, por qué no decirlo, reglamentados movimientos.
Entre la poesía,
diosa indiscutible
o, bien,
serpiente única capaz de ahogar mil páginas en un verso.
Metáfora ardiente de todo lo vivido.
Y el límite que impone lo social;
sumergirse,
entre las máquinas y sus desperdicios.
Hombres de plástico.
Gobernantes perversos.
Niños asesinados a patadas antes de nacer.
Pequeños navíos de la alegría
hundidos
antes de zarpar.

Y sumergirse, en toda la inmundicia que transcurre en las cloacas
y, también,
en los blancos hospitales,
en los dormitorios mejor arreglados,
y en el lento transcurrir de las horas.
En la serena tarde donde un crimen,
se hace pedazos contra el sol.
En los baños,
en los baños públicos donde el olor es,
lo que finalmente mata,
o bien,
en los baños de las iglesias donde la purificación,
cobra sus víctimas.
Y las inmundicias transcurren sobre todas las cosas humanas.
Y el poeta transcurre sobre todas las inmundicias.
Pequeño niño dicelotodo,
transcurre,
entre la mierda sublime de los grandes dioses 
o bien,
tenues cagaditas, 
de algún ave de paso.
Y lo social,
decíamos,
y el contenido arrasando con las formas.
Y las formas,
deteniendo en su precisión,
en su perfecto mecanismo de relojería,
los gritos deformes del hombre.

Meter en una jaula,
su propio corazón desesperado.
Fijar,
como se fijan después de muertos,
los órganos podridos.
Silenciar,
para siempre,
las inquietantes imprecisiones del amor.
El amor,
alegría y blasfemias,
pequeños dioses impotentes,
luchando vanamente contra demonios,
siempre invencibles,
cuando se trata del amor.
Fuego y luz.
Apocalípticos demonios de la sangre,
donde la palabra, pierde su poderío.
Demonios enloquecidos por el hambre,
devoran,
pequeños dioses preocupados en cuidar las formas.
Y todo es estallido,
cuando la magia nos acompaña hasta los confines del miedo.
Bajo el sol,
contra el sol
o bien,
un sol saliendo de mi pecho,
o multicolores soles acuáticos
y jóvenes
y arrogantes soles,
precisamente a causa de esa juventud.
Y un sol,
pequeño y fulgurante entre mis labios.
Incendio.
Luz.
Fuego entre los fuegos.
Vertiente incontenible de calor.
Cien mil grados, derritiendo a los pequeños dioses de la moral.
En mi cuerpo,
fríos metales caen.
Heladas nocturnas detienen por un instante,
su filo mortal.
El silencio se parte
y los espejos,
no pueden reflejar tanta luz.
Desierto y sed,
y los últimos barrotes de la cárcel,
-tu propia mirada-
ceden,
frente a lo que ya no se puede nombrar:
ha pasado el amor.
Yo también soy un hombre.
Dejo que el resto lo vaya produciendo,
una infinita conversación entre todos.
Blancos y corpulentos caballos,
sobre verdes praderas corriendo alegremente,
casi sin darse cuenta,
contra el viento.
Nunca un ser humano me hizo verdaderamente mal.
Estoy agradecido.
Estoy contento.
Soy,
un perfecto idiota entre la espesa niebla.

Mil ideas,
ya no necesitan,
ni siquiera de mí.

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