Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

POESÍA, PSICOANÁLISIS, LOCURA

Conferencia Nº II

CALI-COLOMBIA -1979-

Si alguien quiere hacer una pregunta para comenzar...
Para comenzar de alguna manera, recuerdo. Ayer habíamos dicho que deberíamos, de tener tiempo, en nuestro primer encuentro, poder ver, sino demostrar, el psicoanálisis como ciencia. Esto nos permitiría, habíamos dicho, establecer como mínimo, una de las posibles lecturas de la locura y de la poesía.

La segunda charla trataría de discrimar el campo de la necesidad, del campo de la demanda amorosa, del campo del deseo inconsciente. En el campo de la necesidad es donde se daba la psicosis, y hoy agregaría que cuando se establece la psicosis, la dominancia es la dominancia del campo de lo real. La neurosis se establecía en el campo de la demanda amorosa y hoy podríamos decir, que cuando se establece la neurosis, se establece bajo la dominancia del campo de la demanda amorosa. La poesía o el acontecimiento de la poesía daba, de por sí, la dominancia al campo de lo simbólico, al campo del deseo, y acabo de decir que sin deseo no hay símbolo, o viceversa. Parece que el campo específicamente humano es el campo del deseo.

Cuando dije que podíamos empezar hoy con una pregunta de ustedes, es para mí eso, una verdad, ya que ciertas preguntas que me hicieron al terminar la conferencia de ayer, me dejaban entrever que no había quedado claro aquello que les había tratado de decir. Una de las preguntas acerca de cómo era que yo, hablaba en favor de la locura, o bien, que le hacía una apología, o un elogio a la locura, desde la razón. Y yo, en ese momento contesté que no era lo que yo había querido hacer ese día, elogiar la locura, sino que, precisamente, había querido elogiar el psicoanálisis. Era el día del psicoanálisis.

En mi casa me pareció superficial la respuesta, en tanto me hubiera gustado contestarles que no sé si se puede hablar de locura. No sé si la locura es un saber. No sé donde la locura puede ser vista como una nosa, dentro de lo esencial del hombre, su cordura. O bien, que el hombre viviría permanentemente en dos mundos, en dos dimensiones. La dimensión de su razón y la dimensión de su locura. Me hubiera gustado contestar -cosa que después contesté en una reunión más íntima- acerca de que o existen muchas diferencias psicoanalíticas entre el delirio de un paciente que ha de ser internado y el delirio de cualquier proyecto de vida. Que los proyectos de vida, tenían el poder de haber sido determinados por los poderosos, pero eso no les quitaba, frente al psicoanálisis, condición de delirio.

Si el psicoanálisis era la ciencia que venía a subvertir la razón, quedaba claro, que no era bondadoso o que no podía ser bondadoso su discurso con la locura. Porque si la locura es polo diálectico de la razón, el psicoanálisis al subvertir la razón, subvertiría también la locura. Es decir que la locura perdería su razón de ser. El psicoanálisis vendría a decirnos (y no porque nos dice él, puede modificarlo) que hay un desarrollo humano dentro del propio desarrollo humano, que actúa en contra del desarrollo de la propia vida. El número irracional era lo irracional a la medida de la razón de los números, o de la ley de los números naturales. Era irracional en tanto la ley de los números naturales no los abarcaba en su ley. Es irracional la locura, en tanto la ley de la razón no abarca a la razón y a la locura, dentro de su ley.

Todo esto que dije fue tratando de explicar que en definitiva, yo no puedo hacer una apología de la locura. Pero podré leer un escrito del Dr. Sergio Larriera donde él intenta, desde su posición como psicoanalista de la locura, un elogio de ella, como posibilidad de fundamento del ser:

"Quieren las circunstancias históricas que la locura ocupe el sitio que le corresponde, es decir, un nuevo sitio acorde con los desarrollos de las ciencias de este siglo.
Si tomamos el problema de la razón y la locura por este sesgo, no podrá haber en nuestra exposición una pizca de humanismo. Vamos a hacer en nombre de la sagrada locura, una apelación a la razón. No es necesario ya, declamar las razones de una necesaria locura general, ni se trata tampoco de realizar la apología estetizante de lo que sobra en exceso en estos tiempos. La locura ha ganado su batalla, ocupando el sitial de honor por el que tanto ha bregado a través de los siglos.

Razón, locura, son dos categorías cuya relación trataremos de presentar hoy, despegada de los referentes concretos. El mal psiquiatra y el buen loco, constituyen imágenes de un teatro demasiado pobre para el drama de que se trata.

Las construcciones penitenciarias, denominadas manicomios, son cada vez más insuficientes para albergar a una muchedumbre psicótica, que clama más justicia social que tratamiento psiquiátrico. Tal vez, una política revolucionaria consistiese en abandonar los manicomios a su suerte, dejando de ocuparse de una psiquiatría que ya ha firmado su acta de defunción. Así, de manera tan simple, sin interferencias altruistas, se produciría el baño de sangre purificador resultante del encuentro de las fuerzas sociales que son la expresión grotesca de los dos polos del tema que nos reúne, razón y locura.

La locura, ¿es un insulto, una traba a la libertad?

¿Podemos considerar que hay una actividad psíquica libre, un epifenómeno de la base material orgánica que le sirve de sustrato? En tal caso, la locura es un hecho contingente de la fragilidad del organismo. Resultaría según este planteo, la locura una antiesencia que actuando como nosa, como desperfecto, corroe desde afuera a la esencia humana por excelencia, la razón.

Si nos ubicamos en un punto de vista menos psiquiátrico y aceptamos que la locura y la razón son dos estados de la vida psíquica, podemos concebirla de dos maneras radicalmente distintas. Diremos que la razón tiene con la locura una relación dialéctica, constituyendo ambas dos momentos del movimiento. Desde este enfoque, la locura resulta la negación de la razón, es un momento de ella.

Muy diferente es concebir razón y locura como dos dimensiones esenciales al ser del hombre. Hay en este caso movimiento, pero las dos categorías en cuestión no resultan ya momentos del mismo movimiento, sino la estructura misma de la existencia. Somos constitutivamente cuerdos y locos, pero no dialécticamente, sino en una experiencia que tiene luces y sombras. Entonces no hay dialéctica, hay permanente doble dimensión. La locura entonces, no es algo marginal, ni extraño a la realidad de la existencia. La locura es una condición y una posibilidad esencial de la existencia".

Y todo esto que estamos viendo, es la conversación que tendríamos que haber tenido ayer, todavía no entramos en la charla de hoy.

La otra pregunta que me hicieron fue acerca del descentramiento, o más que una pregunta, fue una observación, pero la observación me hizo preguntar por la importancia que yo quería darle a esa palabra. Descentramiento sería una posibilidad esencial del símbolo. Sería, por lo tanto, una posibilidad de la producción científica -habíamos dicho- y yo hice un paréntesis para agregar que el descentramiento era también una posibilidad de cierta sustancia llamada droga, y hoy podríamos agregar, posibilidad de la propia locura, de la propia poesía. La operación de descentramiento consistiría, entonces; en relación a lo que quiero producir, la existencia de un desdoblamiento, en tanto, a mí, me tiene que pasar lo que voy a leer, pero tengo que estar en un tiempo tal que además de que me pase, pueda leer.

Por ejemplo: La ideología no permite el descentramiento. El amor no permite el descentramiento. Las relaciones transferenciales intensas tampoco permiten el descentramiento. Los sistemas sociales no permiten el descentramiento. En cambio, la locura permite el descentramiento.

Hay una teoría, muy interesante, de la locura donde el loco sería la pieza más sana de la estructura familiar. Por eso enloquece. Por ser capaz, mediante el famoso mecanismo de descentramiento, de verse en la estructura familiar, en la verdad de la estructura, cosa que normalmente no puede hacer la familia. Y estas palabras no deben ser vanas, en tanto hay toda una corriente psiquiátrica muy importante de la cual diría yo que provenimos, que no trata al paciente psicótico si no se verifica simultáneamente el tratamiento de la familia y, a veces, el tratamiento de algunos amigos del paciente psicótico.

Se me ocurre una disgresión. Pensé en los niños. El psicoanálisis de niños es una cosa que se hace a menudo, que tiene muchas teorías que lo respaldan. Pero si nosotros dejamos correr las palabras, con las pocas palabras que pronunciamos acerca del psicoanálisis, evidentemente el niño no desea. Por lo tanto, no es el niño el que se enferma, aunque en su cuerpo estén los efectos de lo que desea, que no es él. Por lo tanto tendrá que haber psicoanálisis de padres y no de niños. Pero lo que cuesta con una teoría es ser consecuente con ella. Hay una frase que a mí siempre me impresionó por su violencia de verdad "O pervertimos la vida del practicante o pervertimos la teoría", y que al psicoanálisis le cuadra, yo diría, casi perfectamente. Es decir que toda ciencia da impulso, no sólo a su desarrollo como tal, sino que da como posibilidad, también, su ideologización. Que si bien un método científico, por ser método científico, tiene que estar en constante modificación (en tanto, es el método el que recibe el impacto de cualquier obstáculo que se presente, tanto en la teoría como en la práctica técnica) por lo tanto un método científico tiene que tener en sí mismo la capacidad de transformarse con lo que transforma.

No pasa eso siempre con el psicoanálisis, pero no es al único que le pasa, le pasa también a otras ciencias donde el método, si no se transforma, se enmohece y en su enmohecimiento, se hace ideología. Una concepción teórica, que después con el tiempo se demostrará que es ideológica, porque el proceso del desarrollo científico, no tiene porqué detenerse. Entonces, seguramente lo que hoy creemos científico, con el tiempo sabremos ideológico. Hasta ahora, nos podemos permitir pensar, que el hombre que somos no es capaz de resistir la teoría o los momentos teóricos que produjo. Ochenta años después, yo sigo teniendo algunas inhibiciones en hablar del psicoanálisis como una cosa conocida.

Trataba de decir que las teorías, que las ideologías, están encarnadas en la vida de los sujetos. Por eso es que la ciencia o lo que declama como ciencia, puede interpretar la ideología, puede rectificarla, puede transformarla, puede hacerla tomar otros rumbos, pero lo que no puede, es terminar con la ideología. Lo que no puede la ciencia es terminar con el campo donde ella se hace posible, que es el campo de la ideología. Donde el símbolo no puede ser más que lo imaginario en donde asienta su fundación. ç

Quiero decir que si nos metemos todos en la realidad -como decíamos ayer- que la realidad era la metáfora de todo lo posible, si nos metiéramos dentro de esa realidad, está claro que la ciencia no puede con la ideología y que la ideología no puede con la ciencia y que tanto una como otra mirada son miradas parciales del fenómeno de la realidad que, vuelvo a insistir, es la metáfora de todo lo posible.

Pero en el lugar donde ustedes y yo nos permitimos una reducción, y decimos que el psicoanálisis como tal, determina dentro del campo de lo posible su objeto propio, al que denomina de una propia manera, al que rodea de conceptos de sostén, entonces, podremos decir que en ese lugar, el psicoanálisis será ciencia de una ideología. Es decir de una ideología previa a su acontecimiento, en el mismo campo donde él acontece.

Llamamos ideología en el campo freudiano, a todos los intentos de Freud previos a La Interpretación de los Sueños. Sus contactos con la hipnosis, sus contactos con la histeria, sus contactos con la neurología o las leyes físicas de la época. Llamamos técnica ideológica a la que Freud desarrollaba con sus pacientes antes de La Interpretación de los Sueños, y la llamamos ideológica porque era una técnica que se iba modificando según las modificaciones y las transformaciones de sus pacientes, según las indicaciones de los pacientes. Es decir, según las modificaciones de lo real. Y el objeto real no es el objeto científico.

Si el momento de la producción teórica es un momento diferente al momento de producción técnica, tenemos que suponer en la producción teórica una especie de salto. No un cambio de nivel como habitualmente se dice, sino algo más que eso. Un cambio de mundo, un cambio de registro, donde ya no es el inconsciente de fulano de tal, no es el inconsciente de ella o de él, sino que es El Inconsciente, y ahora, no tiene nombre ni apellido. Mientras que el inconsciente de fulano de tal está articulado por las palabras, los discursos que lo formaron desde su nacimiento, El Inconsciente está sostenido por un conjunto de nociones que al articularse en él, como concepto, forman la teoría del inconsciente, que no tiene que ver ya con la mamá de nadie.

La ideología también tiene trabajo teórico, también tiene práctica técnica, lo que pasa es que es una práctica regulada desde lo real. La práctica teórica precisa estar regulada desde el aparato teórico. Es decir, si hay un obstáculo en la realidad, cambia la técnica, si mi discurso es ideológico. Si hay un obstáculo en la realidad y si la técnica es científica, cambia la teoría y no la técnica.

El psicoanálisis tiene la complejidad de que el método asienta sobre ese sujeto, sobre un sujeto del inconsciente, el psicoanalista. Entonces habría un lugar donde no solamente estaría la teoría psicoanalítica que el psicoanalista tiene en él, que puede, también, no ser la teoría psicoanalítica, por esas cosas del inconsciente que estamos tratando de explicar. Si yo soy capaz de mirarla a Usted y llegar a sentir en ciertas oportunidades de mi vida, cuando soy un hombre grande, que Usted es mi mamá, se da cuenta que Usted puede leer represión y en lugar de leer represión puede leer, apelación, y en el supuesto caso que Usted no se equivoque cuando lee, cuando eso entre en su imaginario, puede combinarse con lo que le corresponde o con lo que no le corresponde.

Generalmente se tiene una teoría del lenguaje donde a la palabra siempre le sigue y muy fluidamente, su imagen, casi como en los libros, la imagen gráficamente representada. Es decir, cuando yo pronuncio la palabra árbol, estoy acostumbrado a ver debajo de la palabra árbol, un árbol. Esa no es la teoría del lenguaje que el psicoanálisis precia tener. Esa es una teoría del lenguaje donde lo que separa el significante de su significado, es permeable. Cuando pronuncio la palabra árbol, caigo en la imagen de un árbol.

La teoría del lenguaje que utilizaría el psicoanálisis sería una teoría tal, donde la barra que separa el significante del significado, no es permeable. Que debajo de cualquier palabra que pronuncie, jamás encontraremos el significado, sino que el significado, la significación, se va a encontrar en la unión de significantes. Cuando yo aprendo las palabras, no las aprendo bajo ningún tipo de regla, es decir que para el inconsciente, metáfora de cualquier palabra puede ser, cualquier palabra. Porque en el lugar donde la barra que separa la palabra de lo que la palabra significa, es permeable, es en el campo de la conciencia. Esa barra en el inconsciente es impermeable.

En la lingüística estructural (que nace más o menos alrededor de La Interpretación de los Sueños, unos años después, 1905-1907) donde como categoría implícita aparece el símbolo, formado por significante y significado y la barra es permeable. Pero esta teoría del lenguaje no nos alcanza para explicar la Represión en psicoanálisis, porque lo que no deja pasar la significación entre significante y significado, es la barra de la represión, es decir, que lo que no permite encontrarme con lo que significa lo que hablo, es lo real, es el espacio de lo real. Siempre opaco, siempre diferente.

Hay algo en la palabra por sí misma, que le da a cualquier palabra la posibilidad de sugerir otro sentido, en tanto, no podemos con ninguna palabra capturar el objeto que nombramos. Cuando yo digo tiza, no puedo decir blanca, no puedo decir cortada por la mitad, no puedo decir cónica. No puedo capturar el objeto éste que capturo con mi mano, con la palabra que corresponde para nombrarlo. Por lo tanto cada vez que pronuncio una palabra, por esta característica del lenguaje humano, soy atrapado por un plus de sentido. No por la magia, sino por esta característica del lenguaje humano, de no poder capturar lo que la palabra nombra. Entonces, cada vez que nombro una palabra, entro en el campo de la sugerencia de todo lo que tendría que decir para capturar el objeto nombrado. Por lo tanto, una vez pronunciada la palabra, voy a ser atrapado en un sentido que yo no dije en mi palabra. Por eso se dice que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, en tanto cada vez que él se exprese, mostrará en su manifestación un algo menos de lo que es. Tampoco podrá el deseo capturar su objeto, en tanto es de lo que carece, y los más arriesgados llegan a decir que la captura del objeto del deseo es la muerte. Que cuando el deseo captura su objeto, lo que captura es su propia muerte como deseo.

Antes de entrar todavía en el tema de hoy, me gustaría decir dos o tres palabritas que dije ayer acerca de la palabra trabajo. Llamamos trabajo del inconsciente al mecanismo por el cual se transforma el deseo, como tal, para aparecer como verdad y hacer posible su expresión, habíamos dicho que la verdad en este caso, eran los síntomas, los actos fallidos, los sueños, y llegamos a mencionar a la locura, a la poesía y a las ciencias, es decir, lo que comúnmente se llama formaciones del inconsciente, que no son otra cosa que los efectos, producto del trabajo inconsciente. La categoría de trabajo, lleva implícita que el producto ha de tener una diferencia con aquello que fue utilizado para producirlo.

En el campo de la investigación psicoanalítica, podríamos decir que cuando se produce el objeto teórico, la materia prima son los sueños y los discursos de los pacientes, que el instrumental teórico con el cual Freud trabajó esa materia prima fueron las ciencias de la época, fundamentalmente las leyes de la física y las nociones, todavía ideológicas de sus últimos escritos. Que el producto de ese trabajo teórico es el objeto teórico inconsciente, que ya no es el inconsciente de ninguno de los Soñantes, ni es los instrumentos aplicados, sino otra cosa. Objeto desde el cual, ahora no ya como efecto producto de un trabajo, sino como instrumento, podré trabajar la materia prima que son los sueños o los relatos de los pacientes y producir conocimiento y transformación en el paciente.

Cuando se psicoanaliza un sueño, lo primero que ocurre es que las asociaciones del paciente nos van llevando a una red, formada por recuerdos cercanos y recuerdos lejanos. Esos recuerdos cercanos y lejanos, pertenecen a lo que el psicoanálisis llama preconsciente. No estaban en la conciencia pero eran posibles de ella. En tanto que, cuando el paciente comienza a recordar, los recuerda. Muchas son las causas que se nos aparecen en estas asociaciones como posibles de haber producido el sueño.

Por eso, que a este estado de la interpretación, podemos decir que corresponde el concepto de múltiple determinación, donde, en apariencia, todavía hay varias causas -que acabamos de construir mediante las asociaciones del paciente- que hubiesen podido determinar al sueño tal cual es. La transferencia como concepto, ocuparía el campo de lo que podríamos llamar sobredeterminación, o lo que es más conocido por otras ciencias, como determinación en última instancia.

Si la transferencia es el pasaje de energía de una representación a otra, si la transferencia es la fuerza de un afecto ligado a una representación que cambia su ligazón y se liga a otra representación y eso ocurre en el inconsciente, su acción deberá ser construida. El paciente no podrá recordarla nunca, porque no le pertenece como tal, es inconsciente. Por lo tanto llamamos trabajo de interpretación, no sólo a la asociación libre del paciente que nos llevará hasta el campo de la múltiple determinación, sino que llamamos construcción, también, a la interpretación del psicoanalista que mostrará la sobredeterminación, de esta multiplicidad de causas.

Queda claro que lo que acabamos de decir, tiene que ver y no tiene que ver, con lo que normalmente llamamos transferencia. Relación, se dice, que se va estableciendo entre el paciente y el psicoanalista y que, en su desarrollo desvía el sentido del encuentro. Ya que ahora la asociación libre esclavizará por un tiempo su sentido según el tono de la relación establecida.

Habíamos dicho que sólo levantando esta resistencia que se oponía al fluir del inconsciente, era cuando el paciente comienza a psicoanalizarse, es decir cuando existía la posibilidad de que más allá de lo que en su vida normal el paciente hiciera (que es lo mismo que hace con el psicoanalista) su palabra pudiera permitir la interpretación de aquello que sobredetermina su acción con el otro. Y eso está claro que es después del análisis de la transferencia centrada en la figura del psicoanalista.

Y ahora, para terminar, leeré un pequeño escrito denominado "La locura" para ver si la vez que viene podemos hablar del deseo inconsciente.

LA LOCURA

Y todo fue bien y todo fue mal. Y fueron desfilando por mi casa, seres de todos los tamaños, siempre con la misma misión oculta, eso sí, y aún para ellos mismos, de no
dejar crecer lo que crecía o por lo menos,
de no poder mirar lo que crecía o como mínimo,
olvidarse de no haber dejado crecer lo que crecía,
de haber mirado o de no haber mirado,
en fin,
olvidarse de todo. 
Y fueron desfilando por mi vida,
hombres y mujeres.
Ingenieros,
amantes de los mecanismos de relojería.
Enfermedades infecciosas de corta duración,
enfermedades de las cuales nunca se sabe
si son del corazón o, directamente, de la cabeza.
Médicos,
amantes de la carne que pensaban que el hombre era,
una combinación de algo con algo.
Psicoanalistas,
amos, dispuestos a malgastar su vida en liberarse.
En esta época el hombre era una cantidad de células incommesurable, 
desesperadas.
Una cantidad inconmensurable de palabras en cualquier dirección.
Y cuando la dirección tomada por el azar de las combinaciones era,
la dirección línea recta hacia la muerte,
alguien pronunciaba las palabras mágicas,
y bailando
y cantando,
una cama redonda no le hace mal a nadie,
y además,
entre los celos y el pecado, ¿quién se anima a morir?
Y lo creímos todos,
también yo,
que con nuestros sexos abiertos a los cuatro vientos,
o bien,
según las estaciones o el color de la tarde,
con nuestros sexos abiertos a los cuatro vientos y erguidos,
totipotentes y geniales,
deteníamos la muerte.
Y quiero decir antes de cerrar la cuenta con el psicoanálisis,
que todos nosotros, también yo,
llamamos a toda esa porquería relaciones múltiples.
Y todos nosotros, tuvimos la valentía de llamar a esos accidentes nuestra vida.
Poetas,
por mi casa desfilaron poetas,
hombres extraviados de tanto tener,
pensaban que el hombre, puede caber en un poema.
Y fueron desfilando por mi casa, los pequeños comerciantes y
las putas.
Gente que había sido siempre estafada. Les correspondía ser los estafadores.
Y todo fue en mi casa:
dejaron el dolor y me estafaron,
y todo estuvo bien y todo estuvo mal,
y desfilaron por mi casa,
una mujer,
y otra,
y aún otra más,
y en todos los casos dejaron su pequeña cagadita en un rincón
de la casa,
y en todos los casos fueron felices.
El error,
haberse llevado cuando huían, mi ritmo.
Se volverán locas.
Y no quiero nombrar lo que se nombra solo y que también desfiló
por mi casa.
Quisiera que cada uno sepa el horror que trajo a mi vida.
Que cada uno revise lo robado,
en mi casa también había horrores.
Y fuimos diciendo a todo que sí,
fuimos,
una maravillosa estación de servicio.
Y nuestras palabras,
nuestro semen,
y el flujo ardiente de nuestras amadas,
eran el combustible ambicionado para fortalecer esas pequeñas y desesperadas vidas,
para que pudieran ahora fortalecidas,
escalar, por la montaña hasta su cumbre.
Así decían ellos,
escalar la montaña.
Estaban todos locos.
Le llamaban montaña a conseguir un trabajo,
conversar con la gente
-otros humanos como ellos- 
beberse una cerveza en una tasca,
escribir un poema.
Y por mi casa desfiló también, mi propia locura.
Y yo también estuve loco.
Y yo también, veía montañas por todos lados,
y lo peor, no era verlas,
lo peor era desear fervientemente llegar hasta la cumbre.
Y no tenía pies.
Y no tenía manos.
Y mi mirada era un pozo ciego donde se ahogaba entre la mierda
el que no pudo ser.
Y mis genitales eran históricos y no se podían vender a ningún precio.
Y mi corazón, 
y mi cabeza,
breves lamentos de quien no había podido liberarse.
Así, me dije:
no se puede escalar ninguna montaña.
Lo decidí una tarde, 
las Montañas no existen.
Y las cumbres,
tienen que ver en todos los casos con dios.
Más allá del hombre,
me dije,
sólo podemos hallar otro hombre.
Más allá de la vida,
ningún goce,
más allá de la vida,
la muerte. 
Y me quedé tranquilo
y tuve,
también yo, mi porvenir.
Y si puede uno pueden todos,
y entonces cada uno,
tuvo su propio porvenir.
Y yo quiero hablar de todo,
y hablando de todo,
pidiendo de todo, 
escapándome luego de todo porque no tengo ganas para nada,
porque toda la energía fue hablar,
decir mis cosas. Y bien,
puedo entonces dejar correr mi voz, abrir mi boca a la soledad,
dejar salir de mí en vómitos radiantes,
los recuerdos,
el pus.
Ir tomando confianza.
Respirar alocadamente aunque no sienta nada.
El ejercicio hace bien,
el ejercicio es saludable.
Hagamos ejercicio mi querido doctor.
La palabra habla de mí y también habla de usted.
La palabra,
una especie de confabulación contra todos.
En esta historia no se salva nadie.
La mía es una historia sin fondo,
sin llegada.
Un volcán que dejó de rugir en el pasado.
Anímese doctor,
en mi interior no quedan,
ni explosiones,
ni ninguna lava hirviente en mis entrañas.
Mi sexo es de marfil.

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