Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

POESÍA, PSICOANÁLISIS, LOCURA

Conferencia Nº 1

CALI-COLOMBIA -1979-

Parece ser, debo enfrentarme a un público hambriento de saber y un espíritu hambriento de saber, no ambiciona saber, sino leyes, para su espíritu desesperado. Orden significa, para estas almas, progreso, y progreso significa bienaventuranza, porque no todos pueden acceder a ese don.

Y si todavía no sé cuánto pagarán ustedes por este encuentro conmigo, estoy empezando a comprender, cuánto me tocará pagar a mí.

Haber perdido el rumbo, en plena América Latina, no es haber pagado poco, y sin embargo, eso sólo, no da la medida de mi apuesta. No sólo vine a comprobar lo que de beneplácito estoy comprobando, sino que, más bien haríais en no dudarlo, vine a comprometer en la conversación la dirección de mi vida.

Y si de poco valen mis palabras, estarán mis escritos y los escritos de mis escritos.

POESÍA, PSICOANÁLISIS, LOCURA.

Tengo toda la paciencia que tiene que tener un árbol perenne. Se imaginan esa solemnidad.

Y no soy, como dicen algunos de mis versos, un pájaro cantor, sino más bien, cientos de pájaros cantores anidan en mis propias entrañas. Soy, por eso, la madre de lo que canta en cada pájaro cantor. Y lo que crezco contra el tiempo hace efímero el vuelo de los pájaros, me llaman: POESÍA.

Tengo en mí todas las muertes y todas las vidas que de mí hicieron la eternidad. Hombre de piel y amianto, caricatura de un fuego contra sí mismo.

Y no ha de ser en vano a mi edad preparar un ciclo de conferencias. No está mal entonces que yo tenga mi posibilidad. Haciendo gala, y agradeciendo en este hacer al que, antes de mí, pronunció estas palabras, Osvaldo Ortemberg, de un saber no sabido, y que, precisamente, es a partir de él que yo os puedo decir: toda la diferencia se puede marcar en el uso.

Está claro, por ahora, que tengo que producir cinco conferencias y tengo entendido haber pedido lo que me habéis otorgado: cinco conferencias sobre PSICOANÁLISIS, POESÍA, LOCURA.

Y sabemos, porque somos hombres cultos de nuestra época, se me ha hecho acceder a un lugar desde el cual se puede impartir ideología. Y la ideología no tiene en cuenta de su transmisor ninguna otra cosa que la posibilidad de transmitirla.

Ella, la ideología, más que preguntar por el color, pregunta por los mecanismos. Todo lo que repite, todo lo que reproduce, hace su bien y su belleza. Sé, por lo tanto, que aunque brillante pueda ser en mí una exposición donde el método psicoanalítico atraviese la vida del hombre, y no sólo su poesía, que eso sería suficiente, sino también en estos tiempos que corren, su propia locura.

Que ahí, donde en mí se repita una palabra, en vosotros se cerrará un sentido. Y ahí, donde yo hable de mi conocimiento y no de lo que me siento capaz de saber frente a ustedes, ahí se abrochará en ustedes una definición, quiere decir: una vez más se cerrará, en ustedes, un sentido.

¿Quién, me pregunto, estará preocupado por la locura, sino quien la ha rozado? ¿Quién habrá de interesarse por la poesía, sino el blasfemo? El que todavía no pudo levantar sus faldas y hundirse en ella para siempre. El que no soportó el olor a vida de la poesía. Ese es el que está preocupado por ella.

Nuestra conversación goza de detalles que la hacen una conversación interesante, y no porque entre nosotros habrá dinero y su consecuente trabajo realizado, sino, más bien, estoy proponiendo dejar que hable en nosotros lo que de humano es capaz de hablar.

Y si damos este paso, no sólo las ciencias han quedado a nuestras espaldas, sino también, lamento decírmelo (porque yo soy su enamorado), habrá quedado a nuestras espaldas, también, la poesía.

Y si ha de ser algo bueno para vosotros que algunas de las piedras que se interponen en vuestro camino queden a vuestras espaldas, no ha de ser bueno para mí que quede a mis espaldas, precisamente, aquello que había de sostener, en mi discurso, frente a ustedes.

Porque poesía y ciencia son, quiero deciros, un límite casi biológico, frente a la dimensión de la pasión que quieren encubrir y que, hoy, ha traído un poco de ella el título de la conferencia, ya que de la locura se trata cuando queremos descubrir los límites de la creación, para que con este límite y sin más, encontrarle un sentido a ella, la locura, invitada hoy, más por sus honores que por los nuestros y, sin embargo, capaz de dejarse arrastrar como una cualquiera entre nosotros, para que hagamos de ella y precisamente contra ella, un modelo contable, que si no cura del todo al paciente, por lo menos curará un poco al psicoanalista.

Cuando hablamos de poesía, no hablamos de una poesía que nos descubra el centro del amor, sino de una poesía que produzca amor en los hombres. Más que una ciencia para descubrir sentidos, una ciencia que no deje tranquilo ningún sentido, ninguna verdad. Un método que más que revolucionar, se revolucione.

Y hoy no he venido a preguntarme por mi ser porque yo, es cero. Tampoco vine a preguntarme por vuestro ser, porque en vuestro ser anida la sustancia de mi carencia, y ese deseo de plenitud es vuestro ser. Y tampoco vine a preguntarme por los astros celestes que surcan el espacio a diario, porque no es de las posiciones que ocupamos en el espacio de lo que hemos venido a hablar, sino precisamente de lo que a todos sobrecoge y todos por igual, el tiempo de nuestra relación.

Y si del tiempo ha de tratarse, sabemos entonces que ha de tratarse, también, de desprenderse de algunas trabas, para que del tiempo pueda tratarse.

Y si del tiempo se trata, deberá saberse que habrá violencia en nuestras mentes y en algunos de nosotros habrá violencia en el corazón (que como se sabe no es una violencia aconsejada, porque produce daño en el propio corazón), porque el tiempo será, una irrupción brusca y desmedida en nuestra manera de ser que, hoy, precisamente, se nos está dando por confundirla con nuestra manera de pensar, que es por ahora, y hasta que no se demuestre lo contrario, lo único que tanto ustedes y yo estamos en condiciones de arriesgar. y si esto tendrá que ser un entrechocar de saberes, o bien, un entrechocar de retóricas, se irá sabiendo en la práctica de esta contradicción. Ahí donde la práctica, por tal, nos hará propietarios de un trozo de realidad y, ahora, por las palabras que ella ha pronunciado impunemente por nosotros, dueños y señores, tendremos que ser ese pedazo de realidad, y defenderla.

Quiero decir que es como psicoanalista que se me reclama en este territorio, ya que no es del saber que no se consume. Lo que parece no consumirse en este territorio es un psicoanálisis que arrase, no sólo la vida del psicoanalista, sino también la vida del paciente. Un psicoanálisis donde el psicoanalista, más allá de su condición de asalariado, no se someta hasta el límite de no poder cumplir ya con su función. Función que de devenir como tal, tendrá mi deseo en eso porque sólo el deseo de quien se ocupa de eso, desea la función.

Y si eso de ser la función, invade eso de no ser nada en mí, mi deseo será social cada vez que le cuadre expresarse. Y cuando digo social, quiero decir que en su expresión no me dará el ser que ambiciono en el movimiento sino, por el contrario, aquel otro ser temido, por ser deseo de Otro y que de ustedes ha partido porque la función, no habla; sólo desea. y sordo es el desear de la función, ya que ella, nada desea para sí, sino para la retórica que la crea como tal.

Que los poetas legislen con sus versos la vida de los hombres y que los psicoanalistas expliquen, diríamos, de una manera magistral, los mecanismos intrínsecos de dicha legislación, no son todavía pruebas suficientes para que sigamos galardonando a nuestros poetas y a nuestros médicos psicoanalistas, y sigamos recluyendo a nuestros locos en los manicomios, o sus sustitutos, no siempre diferenciados claramente de la fuente de la cual provienen.

Una manera de pensar inhumana genera una manera de pensar humana y esto, sin embargo, no le da al asunto status de verdad. Porque debemos decirlo: no es en la verdad de )a locura donde anida la humanidad, y por lo tanto, no es, precisamente, humanidad lo que ambiciona el discurso psicótico sino, más bien, una palabra que por su brusquedad interrumpa el flujo de lo que teniendo que ser deseo, todavía, es necesidad en él.

Palabra que por su imposibilidad de ser reducida a cosa alguna, sirva como ejemplo (porque de qué otra cosa se trata que de un proceso de identificación) para que el discurso psicótico pueda, para dejar de ser psicótico, separar la cosa de la palabra que nombra la cosa, o bien, en otro nivel, separar lo bueno de lo bello, o bien, si se trata de hablar de los diferentes niveles de locura, un hombre que pueda separar lo bello de lo divino.

Y si para semejante transformación habrá de ser necesario el cuerpo del psicoanalista, el psicoanalista tendrá que saber en todos los casos que nunca es el padre el que presta el cuerpo al síntoma, sino que es la anhelante y ambivalente madre la que presta su cuerpo, para que él, su cuerpo, acontezca en el lugar de lo cósmico y temido, por no ser, todavía, palabra. Y así, como todo cuerpo será cuerpo de Ella, toda palabra será palabra de El. Y sin tratar de saber si es demoníaco o divino que un psicoanalista oficie de madre, bien podremos decir que la verificación del cuerpo no da más garantía al símbolo, sino, por el contrario, pone en cuestión precisamente al símbolo. Porque el poder de curar está en el cuerpo. Porque si de curar se tratase, es de la eficacia simbólica de lo que se trataría y de ella, de la eficacia simbólica, es más capaz el cuerpo que la propia palabra.

Y si totalmente faltase el cuerpo, no tendríamos tampoco el símbolo en su belleza pura o, mejor dicho, no habría símbolo posible en esa debilidad. Esta manera de no poder no estar y tampoco poder estar, hace del cuerpo del psicoanalista una nube de polvo ardiente y helado a la vez que, en todos los casos, envuelve a quien por su boca habla en esa pasión.

Donde amar u odiar más que importantes por sus signos, son importantes porque de sí no expresan, más que lo que ella ordena como pasión expresar. A nada temo, dice el sujeto, sólo a mis propias palabras.

Me repito una y mil veces, el hombre puede más. Sin embargo en mi primera conferencia sobre Poesía, Locura, Psicoanálisis temo no poder, ni siquiera, lo que debería poder por ser humano.

Y si del saber se trata en esta oportunidad de que cuando uno sabe pueden saber todos, diría sin más que al descender del avión en el aeropuerto de Cali supe que yo era otro del que había viajado en el avión desde el aeropuerto de Madrid. Y ese casi doloroso saberme un otro de aquel, me permite pensar que cuando me vaya de Cali, ustedes serán otros de los que fueron durante mi estadía en Cali.

Quiero comenzar agradeciendo y explicaré por qué.

Sabemos que la locura tiene sus defensores, sobre todo cuando se trata del psicoanálisis. Quiero decir que en el sesgo donde soy psicoanalista, por el sólo hecho de haberme tenido que presentar ante ustedes como tal, ella, la locura, hubiese reclamado sus derechos entre nosotros, y nosotros aceptaríamos, sin más, haberla convocado. La poesía, en cambio, y sobre todo cuando se trata de las ciencias, no goza de semejantes derechos.

Agradezco, entonces, haber sido invitado a estas charlas, también, en nombre de la poesía. Esto me permitirá hablar sin tener los cuidados que normalmente se requieren para que ella no irrumpa, como tantas veces espero que ocurra en estas charlas, porque ella será la indiscutible dueña de mis palabras, más aún que la propia locura del simple hablar, en donde cada vez que pronunciamos una nueva palabra adviene en nosotros un nuevo sentido, aunque no lo sepamos.

Porque la poesía es la que legisla ese saber y ese no saber. Y es en la poesía donde el deseo y la locura plasman su ser. Se sabe de antaño que la poesía (mucho antes que las matemáticas dieran un nuevo rumbo a la humanidad) hablaba de una voz más acá de dios y, sin embargo, humana. A partir de ese momento, a la razón de las ciencias se le oponía lo que había sido su propia posibilidad de ser, la poesía. Y la poesía como sinrazón, como estallido sangrante en medio de cualquier vida, de cualquier frase, de cualquier historia. Aun, como sinrazón, cuando los más ambiciosos tratando de hacerla más aceptable la transformaban en filosofía. Quiero decir que mucho antes que la locura hablara por sí misma, la poesía habló por ella.

Si se tratara de una guerra entre la Poesía, el Psicoanálisis y la Locura, seguramente ganaría la poesía.

Cincuenta mil años son más que algunos siglos de locura y más aún que una ciencia, en sí misma, por ser ciencia, con menos de un siglo en su vivir.

Si se tratara de una conversación y sin entrar en tema todavía, trataré de delimitar el campo en cuestión, teniendo en cuenta toda la escritura de un grupo, en tanto que si algo de específico tiene ese grupo, es haber creado dicho campo. Y si el campo ha de ser, el del psicoanálisis y la poesía, así de juntos y vanagloriándose de estar juntos, si este campo existe, cosa que intentaremos tratar de construir, el grupo del cual estamos hablando, se denominará: Grupo Cero. Y si es la escritura la que condena al hombre a ser histórico, digamos que me quiero referir a un escrito del año 1971, donde por primera vez se firma como grupo. Palabras que, más allá de la cultura familiar de Buenos Aires, se proponían un acercamiento al hecho social desde la poesía, desde el psicoanálisis, desde el marxismo, y yo pienso desde cualquier otra magia o misterio que anduvieran por ahí tratando de ensanchar los límites de lo humano.

Y allí, tratando de ensanchar los límites de lo humano, estaba también la locura. No estaba en nosotros pero estaba en nosotros. No éramos los locos pero vivíamos con los locos. No dormían con nosotros pero cuando nosotros dormíamos con una mujer le hablábamos de los locos. Con el tiempo se fueron borrando aún más las diferencias. Fueron nuestros amigos y también nuestros enemigos. Llegamos a preguntamos qué diferencia hay entre los locos y nosotros. A veces la escritura toma rumbos que la palabra hablada no hubiese tomado jamás. Habíamos dicho que la primera conversación debería poder mostrarnos al psicoanálisis como una ciencia.

Es en el intento de mostrar el psicoanálisis como ciencia donde, en este primer encuentro, debe detenerse el tiempo. En esta primera conversación el intento será epistemológico, que no podrá ser otra cosa que materialista, porque materiales Son las estructuras lingüísticas de donde las ciencias sacan su provecho.

Y si la escritura habrá de ser la base material de las ciencias, éstas padecerán, más allá de sus padecimientos, el padecimiento que, por ser escritura, padece. Su verdad nunca coincidirá con el tiempo de su aparición. Y así es que el hombre sigue padeciendo una moral que ya se desmoronó en los libros. Palabra la del psicoanálisis que más que saber de sus alcances, sabemos de las resistencias que se oponen a sus posibles alcances. Una palabra que por atentar contra lo único que el hombre tenía de sí, su propia conciencia de sí y como sabemos la conciencia siempre es forjadora de poder, el psicoanálisis, en su desarrollo, tuvo que enfrentarse no sólo con la resistencia de sus practicantes a encontrarse con sus propios deseos inconscientes, sino también en su desarrollo, con los modos represivos de los estados. Hay algo en el psicoanálisis que, más allá del sujeto, nos habla del estado, que más allá de su poder en transferencia se atribuye como instrumento de conocimiento la capacidad de lectura de los modelos ideológicos.

Y si leyendo desde el sujeto en la transferencia se puede llegar -según se atribuye el propio psicoanálisis- a transformar los deseos inconscientes, en el sentido de una transformación de lo que sobredetermina o por lo menos un cambio de rumbo de lo que sobredetermina. Podríamos pensar entonces que a la posibilidad del psicoanálisis atañe también la transformación de los modelos ideológicos, que por inconscientes tendrán que ser construidos como tales desde los efectos, los cuales, por ideológicos, asentarán en el propio cuerpo del sujeto. Y antes que la poesía y la locura nos invadan definitivamente trataremos de poner en claro ciertas cuestiones.

Si la realidad es la metáfora de todo lo posible, las ciencias serán lo posible de ser determinado. Para que una ciencia se precie de tal, debe tener su objeto propio. Y su objeto propio no puede ser un objeto real, sino sólo provenir de un objeto real, mediante una transformación que de la cosa hace símbolo, cuyo procedimiento llamamos: trabajo teórico.
Objeto teórico, entonces, a partir del cual y según sus vicisitudes habrá método. Que tendrá que tener como condición la capacidad de modificar su propio ser, mediante lo que se le atribuye, es decir, la interpretación, cada vez que haya un obstáculo en el devenir del objeto teórico y cada vez que haya un obstáculo frente al objeto real a conocer, mediante la técnica que él mismo, el método, mediando entre la teoría y ella, determina.

Técnica que, más que cumplir los requisitos del objeto real, tendrá que cumplir, para que sea técnica científica, los mandatos de la teoría. Si el psicoanálisis se tratara de una ciencia, su objeto teórico, el inconsciente, es más inasible como concepto que como inconsciente, porque si bien como inconsciente no sabríamos de él más que la condena de ser sus propios efectos, por concepto sabríamos menos aún. Ya que el concepto designa material a lo no corpóreo y por lo tanto suprasensible. Y no es por lo tanto en mi propio cuerpo donde deberíamos buscar el inconsciente, sino en la malla que si bien material, incorpórea, invisible, tejen las palabras frente a un otro de mí, humano, que relativiza mi soledad y me da, como naturaleza de lo humano, otro humano.

Campo de la palabra que no es otro que el campo de la función humana.

Un síntoma anonadado por su propia presencia se hará palabra. Un resto animal en el hombre, antes del psicoanálisis, inconmovible, podrá ahora, después del nacimiento del psicoanálisis, acceder a humana presenciar. Toda ciencia es ciencia de una ideología. Toda palabra es muerte de una cosa. Todo saber finalización de una ilusión. Y es en el campo de la ilusión donde la ideología asienta su trono, y es en el límite de la certeza sensible hasta donde llega su poder. Y serán sus instrumentos, entonces, todo lo que en el hombre pueda captar sensiblemente lo real es decir, todo lo que el hombre pueda registrar como real cuando mira, cuando toca, cuando piensa en soledad. La ideología es el tiempo donde el hombre reconoce y desconoce a la vez las determinaciones de lo que le toca padecer como reconocimiento. Conocer parece ser otra cosa que sentir, parece ser otra cosa que ver, parece ser otra cosa que reconocer.

Conocer será interpretar lo reconocido, más que para alcanzar otro nivel de comprensión, para transformar lo visto y tocado (lo reconocido) en otra cosa. Porque la interpretación no está en los hechos, sino que los hechos sólo existen después de ser interpretados. Y sólo existen para transformarse en otros hechos, ya que la cadena significante no dejará de fluir. Porque si esto aconteciera, no habría de ser la interpretación una interpretación psicoanalítica. Si esto ocurre, podemos decir finalmente que alguien teme por las palabras que tendremos que llegar a pronunciar. Y que en todos los casos serán palabras que tendrán que ver con nosotros, porque del hombre sólo temo las palabras que de él me otorgan una medida de lo humano.

Y si ha quedado claro lo que debería ser una interpretación, no ha quedado clara la posibilidad de su fundamento o, para decirlo de otra manera, el fundamento de su verdad.

Y esto no es otra cosa que lo que brinda el trabajo teórico, el descentramiento acerca de la cuestión, para poder decir de ese vacío que reina en mí, cuando estoy unido a la cosa por los lazos de la ideología, que no son otra cosa que los lazos con los cuales, como científico, ato mi vida al mundo de los hombres. Pasaje espectacular, que sólo 
podrá ser nombrado por fuera de la cosa donde se produce la ruptura. Es decir, si lo que se rompe, se rompe también en mí, no deberé estar en la cosa para nombrarla. Parecería ser como si el hombre en estos últimos siglos tuviera que determinar un centro del sistema que nunca es él. Como si haberse podido descentrar para separarse de la cosa, para transformar el ábaco en la ley de los números naturales lo llevaran en todos estos descubrimientos a hablar de un sistema en el cual el hombre, por hombre, está excéntrico de él.

No es él, el hombre, el que determina las mallas de sus relaciones sociales, no es el hombre el que elige los modos de vida dentro de su inscripción social, él es elegido por el sistema social. No es el hombre, no soy yo el que decido las palabras que he escrito, ni las palabras que pronuncio frente a ustedes, sino que es él, el Otro, el que a mí me falta, el inconsciente, donde se generan estos pensamientos.

Antes de 1900 el pasado existía como determinante y lo que antes era un simple desplazamiento en el cuerpo de la paciente que Freud describía fenomenológicamente con la palabra desplazamiento, después de 1900 tiene detrás de sí el concepto de transferencia, es decir, la movilización de una carga de una representación a otra representación, por lo tanto un desplazamiento que veía, y hasta podía tocar, desconocía cuáles eran sus fundamentos estructurales de producción.

Es con La Interpretación de los Sueños que Freud pone no un límite vivencial, no un límite ideológico, no un límite de los sentidos a la interpretación onírica, sino un límite teórico y se llama ombligo del sueño. Cuando se llega allí se detiene la interpretación psicoanalítica, no es que el psicoanalista tenga ganas de seguir o que el paciente quiera recuperar lo que no pudo. Lo real inconsciente es imposible.

Que la técnica sea la transferencia y la asociación libre querrá decir que lo que se promoverá será la asociación libre y que la transferencia acontecerá siempre como resistencia a la asociación libre. El psicoanálisis comienza más allá de la transferencia, antes es el psicoanálisis de la transferencia, y el psicoanálisis de la transferencia es el psicoanálisis de las resistencias al psicoanálisis.

Si para conseguir formular el objeto teórico tuve que descentrarme, es decir, tuve que ser un otro de mi conciencia, cuando tengo que interpretar tengo que ser un otro de mí en tanto lo que tengo que interpretar tiene que ser para el paciente, el deseo del Otro, el deseo de su propio inconsciente y no del mío, querrá decir que cuando interpreto yo no tengo deseos, a menos que mi deseo sea ser la función, es decir, interpretar. No es la afectividad del psicoanalista la que determina, ni el grado de enfermedad, ni el tratamiento, ni la cura, ni el alta, es la teoría. Momento teórico, entonces, donde habrá que dejar de interpretar y esto no por la finitud del inconsciente, sino por los límites impuestos por la teoría psicoanalítica al sujeto.
Habíamos dicho que la ciencia es lo posible de ser determinado, un punto minúsculo, una visión estrecha del mundo. Que el psicoanálisis sea la ciencia del sujeto tampoco le da derecho de transformarse en una visión del mundo, en tanto ciencia.

Sin embargo esta operación de descentramiento que permite transformar la ceguera de la ideología en claridad simbólica no puede, aunque lo intente, terminar con la ideología. Puede, eso sí, interpretarla, rectificarla y hasta transformarla, pero no puede terminar con ella, porque ella es la propia vida del sujeto. Y la propia vida de los sujetos se desarrolla en el campo de la carne, campo infinito y cambiante, ya que cuando determinamos algo en el campo del cuerpo no es para precisar su muerte sino, tan sólo, su transformación. Y es así como un espacio de tiempo después del descubrimiento, y como del hombre se trata, hablamos de lo que hablamos, volveremos a sentir celos, envidia, egoísmo o cualquier otra tontería, que son esos sentimientos llamados humanos, reconociéndolos y en su real dimensión apasionada, en nuestro cuerpo y en nuestra propia vida, y sin embargo desconociendo no sólo la estructura que hace posible en cada sentimiento una verdad, sino también desconociendo los mecanismos de que dicha estructura se vale para realizar el trabajo de transformación.

A esto lo denominamos trabajo inconsciente, cuyo único destino es transformar el deseo inconsciente en verdad para posibilitar su expresión.

Y ahí donde el síntoma impera como verdad y como verdad impera la palabra, los actos fallidos, el chiste, los sueños, la ciencia, la locura, la poesía, allí es donde se inicia ahora un nuevo trabajo, que será el trabajo del psicoanálisis (no ya del inconsciente) el que, desde los efectos últimos de aquel otro trabajo, construirá ahora teóricamente la estructura determinante de dichos efectos. El hombre no tiene del inconsciente sino sus efectos, ya que su inconsciente no está en él, sino en la palabra de otro. Palabra que no lleva debajo su imagen iconográficamente representada, sino que lleva debajo otra palabra, que tampoco sabe nada de ella, sino en la reunión con otras palabras.

Cadena significante, donde el sujeto es, no lo que recorre la cadena, sino el que con su propia vida como sujeto, la funda. Y sé que nunca sabré el significado de las palabras que pronuncié, si no soy capaz, si no me atrevo a pronunciar otra palabra y otra y aún otra más, porque como humano debo saber que, para lo humano, no hay último sentido.

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