Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

MOMENTO DE CONCLUIR

CAPITULO XIV. LA HISTERIA Y LA HOMOSEXUALIDAD

Sin olvidar que el sujeto se constituye por un discurso donde la mera presencia del psicoanalista aporta, antes de toda intervención, la dimensión de diálogo, comenzaremos recordando que hemos diferenciado entre frustración del objeto y frustración de amor, entre pérdida del objeto y pérdida del objeto de amor, en tanto habíamos planteado la bipolaridad, la oposición absoluta entre el objeto real, del cual el niño puede ser privado, es decir, el seno materno, y por otro lado la madre en tanto que ella está en posición de acordar o no acordar este objeto real.

Esto quiere decir que hay distinción entre el seno y la madre como objeto total. Podemos ver que de aquí parte Melanie Klein cuando habla de objetos parciales y de una madre como objeto total que puede crear en el niño su famosa fase depresiva. Pero lo que es eludido es que estos dos objetos no son de la misma naturaleza, en tanto la madre como agente es instituida por la función del llamado, es tomado como objeto marcado y connotado de más o menos, en tanto que presencia-ausencia. Es por esto que toda frustración realizada que se refiera a la madre como tal es frustración de amor. Todo lo que viene de la madre como respondiendo a este llamado, es algo que es don, es decir, otra cosa que el objeto.

Hay una diferencia radical entre el don como signo de amor y que como tal viene de la madre, y el objeto, que viene para la satisfacción de necesidades del niño, ya sean necesidades materiales o fantásticas.

Es por esto que diferenciamos entre frustración de amor y frustración del goce. En la frustración de amor está la relación intersubjetiva, el sujeto desplegado, en cambio, la frustración del goce no engendra ninguna realidad. No es simplemente porque el niño sea privado del seno de la madre que esto constituye algún objeto o fomenta la imagen fundamental.

Sabemos que es en el lugar del seno donde se sustituirá y superpondrá el falo, que lo que sucede a la frustración del objeto del goce en el niño, es algo que se mantiene en el sujeto en estado de relación imaginaria, en el cual se engancha al otro como tal, alrededor del cual se agrupan o desagrupan los sujetos como pertenecientes o no pertenecientes a la cadena humana, por lo cual hay que preguntarse cuál es la función del narcisismo en la constitución.

En el caso de la homosexualidad femenina, hemos dicho que ella tiene un pene imaginario desde el momento en que ella cuida a un niño.

Ella es homosexual y ama como un hombre, por eso la joven va a estar en posición masculina en la siguiente etapa, en su relación a la Dama real, en tanto el padre que estaba a nivel del Otro en la anterior etapa, está ahora a nivel del moi (yo), y la dama, el objeto de amor, ha sustituido al niño. El pene simbólico es lo que está más allá del objeto amado, lo que en el amor es amado, es decir, lo que él no tiene, pues es en tanto la dama no tiene el pene simbólico que es amada.

El padre simbólico ha pasado al imaginario por identificación de la sujeto a la función del padre, con lo cual consigue tener este más allá que es el pene simbólico, que se encontraba en principio a nivel imaginario.

Entre estas dos etapas (etapa 1 y 2) ha ocurrido que a nivel de la relación imaginaria se introduce la acción real del padre, este padre que estaba en el inconsciente como progenitor, ha dado realmente un niño, no a su hija sino a la madre.

La joven ha sido frustrada de una manera muy particular por el hecho de que el niño real proveniente del padre, en tanto que padre simbólico, ha sido dado a su propia madre.

El sujeto desplegado: S/, a, a', A y Es,-j, I, N. del P.

La constitución del sujeto y del objeto es sincrónica con toda la estructuración. Tomar parcialmente la estructura topológica es perder el sentido del análisis. Hay estructura pero no sin sujeto.

La introducción de lo real inconsciente a nivel del plano imaginario hace insostenible la satisfacción imaginaria a la cual la joven se confiaba y es por eso que el padre entra en juego, no ya como padre simbólico, sino que se instaura otra relación imaginaria que la joven completará como puede, y puede a la manera de la perversión, que como decimos es perversión de lo imaginario. Imaginariza lo real y reniega de lo real.

Esto culmina en una perversión y no por otra cosa comienza a articularse de una manera imaginaria. Es en este momento que la hija se identifica al padre, toma su rol y deviene ella misma el padre imaginario, y ella también guarda su pene y se engancha a un objeto (Dama real) al cual es necesario que ella dé este algo que el objeto no tiene. Hay en esto una necesidad de un amor, no sobre el objeto sino sobre lo que el objeto no tiene, algo que nos pone justamente en el corazón de la relación amorosa y del don.

Podemos decir que éstas son las paradojas de la frustración del lado del objeto. Ahora vamos a ver lo que da la frustración de amor y lo que ella significa.

En el primer tiempo la posición de la joven, en la pubertad, en esa equivalencia pene imaginario-niño, se instaura en una relación de madre imaginaria en relación a este más allá que es su padre, que interviene en ese momento en tanto función simbólica (inconsciente), en tanto aquel que puede dar el falo.

Podemos decir que ella está posicionada después de la declinación del complejo de Edipo y el padre, como aquel que puede darle el niño, es inconsciente.

Es entonces cuando el padre interviene en lo real y se produce la inversión: lo que está en el plano simbólico, la relación con su padre, pasa a una relación imaginaria, que es la de su relación con la dama.

Estos términos imponen una estructura, es decir que si cambiamos la posición de uno de ellos, debemos situar en otra parte todos los demás.

La significación nos es dada por el análisis y Freud nos dice en este momento crucial, que se cristaliza la posición entre él y la paciente, y de una forma no satisfactoria, en tanto Freud denuncia y afirma que en ese momento se rompe la relación analítica, aunque para Lacan los prejuicios de Freud están en que la situación se rompe, por eso nos dice que nos detengamos en lo que Freud nos enseña.

Freud lejos de tomar el sueño al pie de la letra no ve más que una astucia de la paciente y algo destinado a decepcionarlo, más aún para ilusionarlo y desilusionarlo a la vez.

Esto, señala Freud, puede hacer objetar: pero entonces el inconsciente puede mentir. Punto sobre el que Freud se detiene a responder retomando La Interpretación de los sueños y su distinción entre el preconsciente y el inconsciente, destacando el pasaje donde compara a propósito del deseo inconsciente, las relaciones entre el deseo inconsciente y el deseo preconsciente como las relaciones entre el socio industrial y el socio capitalista. Donde el deseo preconsciente es el industrial del sueño, pero el sueño no podría instituirse como representante de lo que se llama inconsciente si no hubiera socio capitalista, socio que corriera con los gastos, el deseo inconsciente. Aunque no tenemos que olvidar a quién se cuenta el sueño, en tanto sabemos que un sueño que se produce en el curso de un análisis tiene siempre una cierta dirección hacia el analista: se sueña en respuesta al lugar que el analista ocupa en la transferencia.

Sin duda en el sueño hay una dialéctica del engaño pero lo que se formula lleva al significante, en tanto viniendo del padre y al modo en que la sujeto recibe su propio mensaje bajo una forma invertida. Su propio mensaje bajo la forma de «tú tendrás un niño de mí». Y ésta es, en la entrada del Edipo y en tanto para la niña el Edipo no está resuelto, la promesa sobre la cual se funda la entrada de la hija en el complejo de Edipo, y de hecho encontramos en el sueño algo que se articula como una situación que satisface esa promesa. Es siempre el mismo contenido del inconsciente el que se revela, y si Freud vacila ante él, es precisamente porque no ha llegado todavía a una formulación enteramente depurada de lo que es la transferencia.

Sabemos que hay insistencia propia de la cadena simbólica como tal, esta insistencia no es por definición asumida por el sujeto, pero por formularse en un sueño, aún cuando en relación al terapeuta parece un sueño mentiroso, no es menos el representante de la transferencia en sentido propio, y es por eso que el sueño de esta joven podemos decir que es un sueño de transferencia.

Freud anota que en este momento se produce algo del orden de la transferencia, y Lacan nos dice que no extrae ni la consecuencia estricta ni el método correcto de intervención. Tal vez éste sea el prejuicio de Lacan.

En el caso Dora, nos dice Lacan, ocurre lo mismo, Freud comete el error exactamente contrario, por eso decimos que estos dos casos se equilibran, se entrecruzan el uno con el otro, pero no sólo por esta confusión de la posición simbólica con la imaginaria, y en el otro caso la confusión es en sentido contrario, sino porque en la constelación total esos dos casos se corresponden estrictamente el uno con el otro. Uno se organiza en relación al otro como el positivo al negativo, podemos decir que no hay mejor ilustración de la fórmula de Freud: la perversión como el negativo de la neurosis.

Tenemos en el caso Dora, en primer plano los mismos personajes: un padre, una hija, una dama (la Sra. K). Es en torno a la dama que gira todo el problema, también ha llegado a ser una situación intolerable y un intento de suicidio ha terminado por alarmar a la familia.

Su padre la presenta en la consulta de Freud como una enferma. Hasta hacía dos años, la situación se había mantenido en un equilibrio singular: el padre tenía a la Sra. K por amante, esta mujer estaba casada con el Sr. K. que corteja a Dora con el beneplácito del padre, podemos decir una relación formada por el padre y la hija, estando la madre ausente de la situación.

En el caso de homosexualidad femenina la madre está presente siendo ella la que quita a la hija la atención del padre, e introduce ese elemento de frustración real que habrá sido el determinante en la formación de la constelación perversa. Otra diferencia es que en el caso Dora es el padre el que introduce a la dama, mientras que en el caso de Homosexualidad es la hija.

Dora se rebela y acusa a la relación con la Sra. K. de que su padre le haya sido arrancado. Freud se da cuenta que eso contra lo cual se rebela es algo en cuya construcción también ella ha participado. Se lo dice a Dora y en efecto pone en evidencia que hasta el momento crítico, esta posición ha sido sostenida de la manera más eficiente por Dora misma, que se ha encontrado mucho más que complaciente en esta posición singular, que ella misma ha sido la que ha protegido la relación del padre y de la dama, por un lado sustituyéndose a la dama en sus funciones, ocupándose de los niños por ejemplo y por otro lado manteniendo un lazo con la dama absolutamente especial, en tanto era su confidente.

Freud se da cuenta que esto no era debido a la relación amorosa con el Sr. K. que él insistía a Dora que reconociera y a lo cual él suponía que se resistía, sino que era debido a la ligazón homosexual con la Sra. K., como Freud se da cuenta tiempo después, por après coup.

Y esto porque el Sr. K. ocupaba un lugar prevalente en tanto Freud sabía que las histéricas aman por procuración, en tanto la histérica es alguien cuyo objeto es homosexual y que aborda a este objeto homosexual por identificación con alguien del otro sexo.

Lacan va más lejos y nos dice que es en tanto el yo de Dora ha hecho una identificación a un personaje viril, es por intermedio del Sr. K. y en el punto imaginario que constituye la personalidad del Sr. K. que ella está ligada al personaje de la Sra. K. Incluso nos dice que la Sra. K. no es importante simplemente porque sea una elección entre otros objetos, sino que la Sra. K., como los sueños lo indican, pues es en torno a los sueños que gira el punto esencial del análisis, la Sra. K. es la pregunta de Dora, es la metáfora de Dora.

Dora es una histérica, alguien que ha llegado a la crisis edípica y que ha podido y a la vez no ha podido franquearla. Su padre, contrariamente al de la homosexual, es impotente (debido a enfermedad). Cuál puede ser entonces la función del padre como tal en relación a la falta de objeto, por qué la hija entra al Edipo, cuál puede ser la función del padre en tanto que donante.

La distinción entre el objeto, en tanto después de la frustración el deseo subsiste, en tanto el objeto es pertenencia del sujeto, en tanto que la frustración no tiene sentido sino porque ese objeto subsiste después de la frustración, en lo cual la madre interviene, en tanto ella da o no da, y en tanto ese don es o no signo de amor.

El padre que está hecho para ser aquel que simbólicamente da ese objeto faltante, aquí, en el caso Dora, no lo da porque no lo tiene, la carencia fálica del padre es lo que atraviesa toda la observación, como constitutiva de la posición.

Nos podemos preguntar si es respecto a esa falta que toda la crisis se establece o más bien nos tenemos que preguntar qué dimensión introduce en la relación de objeto por el hecho de que el objeto puede o no ser dado, es decir, si es el objeto lo que es dado. Aquí está la cuestión de la que el caso Dora es una salida ejemplar, pues a ese padre del que ella no recibe el don viril simbólicamente, queda muy enganchada, permanece tan ligada que su historia comienza en esta etapa de salida del Edipo, con toda una serie de accidentes histéricos ligados a manifestaciones de amor por ese padre, un padre herido y enfermo, un padre herido en sus potencias vitales. El amor que ella tiene por su padre está ligado a la disminución de su padre.

Esto es ejemplar para darnos cuenta que lo que interviene en la relación de amor, lo que es demandado como signo de amor, no es nunca sino algo que no vale más que como signo, es decir, no hay mayor don posible, mayor signo de amor que el don de lo que no se tiene. El don para serlo tiene que circular, por eso el don que damos es siempre el don que hemos recibido. Pero entre dos sujetos, ese ciclo de dones viene de otra parte, pues lo que establece la relación de amor es que ese don sea dado por nada, el nada por nada es el principio del intercambio, ese nada por nada que parece la fórmula misma del interés, y es también la fórmula de la gratuidad misma.

No hay efecto en el don de amor sino algo dado por nada, y que no puede ser sino nada, es decir, es en la medida en que un sujeto da algo de manera gratuita, en tanto detrás de lo que da hay todo lo que le falta, que se genera el don primitivo, tal como se ejerce en el origen de los intercambios humanos. Lo que constituye el don es que el sujeto sacrifica más allá de lo que tiene. Si no tuviera todos los bienes posibles, todas las riquezas, si el don viniera de un sujeto tal, el don no tendría el valor de un signo de amor.

Si es posible que los creyentes se imaginen poder amar a Dios aunque Dios es supuesto tenerlo todo, es porque en el fondo de toda creencia hay sin embargo algo que resta, en tanto hay algo que le falta, la existencia, por eso que no hay ninguna razón de amar a Dios si no es porque quizás él no exista.

En el caso Dora decimos que Dora ama a su padre precisamente por lo que éste no le da.

La situación entre el padre, la Sra. K. y Dora había subsistido porque toda la situación se instaura como si Dora se hubiera planteado la pregunta: ¿qué es lo que mi padre ama en la Sra. K.? La Sra. K. se presenta como algo que su padre puede amar más allá de ella misma, y aquello a lo cual Dora se engancha, es a aquello que es amado por su padre en otra, en esta otra en tanto Dora no sabe lo que es, en tanto para que el sujeto femenino entre en la dialéctica del orden simbólico es necesario ese don del falo. No puede entrar de otra manera.

Esto supone que la necesidad real que concierne al órgano femenino, a la fisiología de la mujer, no está dado de entrada en el establecimiento de la posición del deseo. Freud no niega que la niña sepa que tiene vagina, pero si lo sabe tendrá que denegarlo. El deseo apunta al falo en tanto debe ser recibido como don, por eso que la interrogación de Dora es: ¿qué es una mujer?

Y es en tanto la Sra. K. es su metáfora que Dora se sitúa entre su padre y la Sra. K., en la medida en que porque su padre ama a la Sra. K., ella, Dora, se siente satisfecha, pero a condición de que su posición sea mantenida, esta posición que está simbolizada de mil maneras, a saber que ese padre impotente suple el don simbólico, comprendiendo allí los dones materiales, que no lo realiza como presencia viril, y donde los regalos que el padre hace a la Sra. K. terminan en manos de Dora, vía el Sr. K. lo cual hace a Dora participar en esta posición simbólica.

Pero esto no basta a Dora, ella intenta una posición no frente al padre sino frente a la Sra. K., con la que intenta una relación triangular, y es así que interviene el Sr. K. en tanto es por él que puede cerrarse el triángulo pero en una posición invertida.

 

La Sra. K. es el objeto de la adoración de todos los que la rodean, y es en tanto Dora participa en esta adoración que finalmente se sitúa en relación a ella.

Dora tolera que su padre ame en ella y por ella lo que está más allá de la Sra. K., pero entonces para que el Sr. K. sea tolerable, es necesario que ocupe la posición inversa, es decir que Dora sea amada por él más allá de su mujer, pero en tanto su mujer signifique algo para él.

Por eso que cuando el Sr. K. le dice que su mujer no significa nada para él, Dora lo abofetea, porque ella entiende que él no tiene allí nada, él no tiene nada en su mujer, mi mujer no está en el circuito. Dora no puede tolerarlo, que él se interese en ella, que no se interese sino en ella, y al mismo tiempo la situación se rompe. Si el Sr. K. no se interesa sino en ella es que su padre no se interesa sino en la Sra. K., y en ese momento no puede tolerarlo más.

En las estructuras elementales del parentesco, Levi-Strauss nos dice que el intercambio de los lazos de la alianza consiste en esto: he recibido una mujer y debo una hija. Este es el principio mismo de la institución del intercambio y de la ley, lo que hace de la mujer pura y simplemente un objeto de intercambio.

Si ella no ha renunciado a algo, precisamente al falo paterno concebido como objeto de don, no puede concebir nada que reciba de otros, es decir, de otro hombre, en la medida en que está excluida de esta primera institución del don y de la ley, en la relación directa del don de amor, no puede vivir esta situación sino sintiéndose reducida al estado de objeto.

Por eso Dora en ese momento empieza a decir: mi padre me vende a otro cualquiera. Algo que en cierto sentido es cierto pues todas estas relaciones han sido toleradas por todos y mantenidas en penumbra. Hasta que el Sr. K. confiesa no formar parte del circuito, lo cual le hace pensarse a Dora como objeto del Sr. K. más allá de la mujer por donde ella se liga a él. Es en tanto se rompen estos sutiles lazos que Dora no encuentra más su lugar, por lo cual Dora se ve caída en el rol de simple y puro objeto, y comienza a entrar en la reivindicación de algo que estaba dispuesta a considerar que recibía hasta el presente, aunque fuera por intermedio de un otro, que es el amor de su padre. A partir de ese momento lo reivindica exclusivamente en tanto le es rehusado totalmente.

La diferencia entre Dora y la homosexual es que lo que es mantenido en el inconsciente de la homosexual es la promesa del padre: tú tendrás un niño de mí, y ella muestra en el amor por la dama el amor más exaltado, el modelo de amor más desinteresado, el amor por nada. Entre el padre y la hija todo ocurre como si la hija quisiera mostrar a su padre lo que es el verdadero amor, este amor que su padre le ha rehusado. Lo que ella le muestra es cómo se puede amar a alguien no sólo por lo que tiene sino por lo que no tiene, por ese pene simbólico que ella sabe bien no encontrará en la dama, porque sabe muy bien dónde se encuentra, es decir en su padre que no es impotente.

La perversión se expresa por alusiones, por eso que el modo es metonímico: hacer entender algo hablando de otra cosa.

Para Dora no es lo mismo, ella encuentra en su situación una especie de metáfora perpetua, en tanto la Sra. K. es su metáfora, pues Dora no sabe decir nada de lo que ella es, no sabe dónde situarse, ni dónde está, ni a qué sirve, ni para qué sirve el amor. Simplemente sabe que el amor existe, y encuentra una historia donde ella se coloca bajo la forma de una pregunta, aquella que en sus sueños se presenta como la caja de las joyas, el joyero, ¿el órgano femenino?

En cuanto al sentido de los suicidios en Dora y en la Homosexual también se diferencian en tanto en Dora se produce un embarazo y un parto histérico, donde está en juego una copulación metafórica, siendo una vez más el síntoma una metáfora, una tentativa de alcanzar lo que es la ley de los intercambios simbólicos con el hombre al cual se une o se desune.

Por el contrario en el caso de la Homosexual habíamos dicho que su intento de suicidio tiene el sentido de una pérdida definitiva del objeto, donde ese falo que le es definitivamente rehusado, tanto por parte del padre como de la dama, cae. Y que podemos decir es una mímica de un parto simbólico, donde lo metonímico se encuentra en que niederkommt lo indica metonímicamente.

Freud termina el caso Dora diciendo que del mismo modo que el primer sueño significa el desligamiento del hombre amado y el retorno al padre, o sea la huída de la vida y el refugio en la enfermedad, el segundo sueño anunciaba que Dora se desligaría de su padre, ganada de nuevo para la vida. De hecho se llega a casar con el joven ingeniero al cual aluden las asociaciones del segundo sueño.

Para terminar diremos que después de estos casos podemos decir que el amor se dirige siempre, sea hombre o mujer, a una mujer y esto es algo estructural, es decir algo distinto a la homosexualidad. También diremos que el padre es segundo y sustituye a la madre, lo mismo que decíamos que el falo es segundo y sustituye al pecho, por eso que podemos decir que el falo es la condición del goce y el padre es la condición del amor.

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