Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

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CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

MOMENTO DE CONCLUIR

CAPITULO XII. LOS DISFRACES DE LA PERVERSIÓN: EL FETICHE COMO RECUERDO ENCUBRIDOR

La predisposición a la perversión no es algo
raro y especial, sino una parte de la
constitución llamada normal.
Sigmund Freud

...la masculinidad y la femineidad puras
no pasan de ser construcciones teóricas
de contenido incierto.
Sigmund Freud

Lacan nos aconseja no comprender demasiado rápido, por eso el que no pueda soportar la incertidumbre no podrá el psicoanálisis y tampoco la poesía, pues en ambos casos se trata de no caer en el espejismo que siempre nos propone nuestro imaginario, se trata de mantenerse en lo que no cesa de no escribirse.

Freud nos dice que cuando nos enfrentamos a un tema no se trata ni de huir ni de salir a su encuentro, sólo mantenerse a la espera.

Hemos dicho en el capítulo anterior que la perversión no era sin objeto a, que el objeto a era la condición absoluta del deseo, que en la sexualidad del perverso el objeto ocupaba un lugar primordial.

En la relación de objeto y las estructuras freudianas, Lacan comienza diciendo que antes de hablar de las estructuras freudianas no podía hablar de la relación de objeto, y que la fobia y el fetichismo le van a servir para mostrar que la relación de objeto tiene más que ver con la psicopatología que con la relación analítica.

Arma contra el deseo en el deseo prevenido del fóbico o presencia necesaria para el deseo detenido del perverso.

En la perversión encontramos la misma dialéctica de compromiso que en la neurosis: lo reprimido y el retorno de lo reprimido. El sujeto no quiere reconocer porque si reconoce algo, al mismo tiempo se verá forzado a reconocer una serie de otras cosas que le resultan intolerables, en tanto su enlace es el de una cadena significante articulada.

Es a través de los avatares y la aventura del Edipo, en el avance y resolución del Edipo, que debemos tomar la cuestión, el problema, de la constitución de toda perversión.

El deseo en el perverso es metáfora del amor, deseo de nada y por nada. Sabemos que en el amor lo que es deseado en el otro es justamente eso que le falta, y lo que le falta sabemos que es el falo. En el amor más idealizado lo que es buscado en el llamado objeto de amor es aquello que le falta, es decir el falo como objeto central de toda la economía libidinal.

La castración de la mujer, en la posición perversa, es afirmada y negada, y mediante el fetiche indica que ella no ha perdido el falo, pero al mismo tiempo, la deja en situación de perderlo, en situación de ser castrada. El fetichista vive a merced de que la cortina, de que el telón se desplome o se levante. Todo su trabajo es para mantener el decorado y el horror a la castración se presenta en esa creación de un sustituto. Podemos decir que el fetiche es un monumento al pene que la mujer no tiene. El fetiche es emblema con el que triunfa sobre la amenaza de castración y con el cual se salvaguarda contra ella.

Así como en la estructura neurótica podemos hablar de metáfora, en la estructura perversa podemos hablar de metonimia. El perverso se expresa por alusiones, entre líneas, es esa manera que se tiene de hablar de otra cosa pero estando en juego lo que se quiere hacer entender al otro. La metonimia es el modo de decir, de hacer entender algo, hablando de otra cosa, y esto tiene que ver con la perversión de lo imaginario.

Para ellos todo tiene sentido, no simbólicamente o alegóricamente, sino porque hacen resonar a distancia.

La función de la perversión del sujeto es una función metonímica. En cambio, en la neurosis decimos, por ejemplo en el caso Dora, que la Sra. K es su metáfora. Sabiendo que en la metáfora no hay comparación sino identificación, similitud de posición, condensación. En «su gavilla no era ni avara ni odiosa», podemos decir que la gavilla es literalmente idéntica al sujeto Booz, por su similitud de posición, se trata de la metáfora del sujeto, mientras que en la metonimia hay sustitución de algo que se trata de nombrar, podemos decir que estamos a nivel del nombre y que se trata de desplazamiento. Podemos decir que usando la técnica de la asociación libre, si le proponemos una palabra como choza, puede responder con un equivalente sinonímico: casucha, también puede responder con una metáfora: madriguera, por ejemplo. Pero también hay otro registro, si dice «techo», es decir una parte de la choza para designarla entera, como decir un pueblo de diez techos, para decir diez casas, entramos en la evocación, puede decir también «suciedad» o «pobreza», y todavía estamos en la metonimia.

Todo esto sin olvidar que Freud nos dice que el corazón de la condensación es el desplazamiento, es decir sin olvidar que el corazón de la metáfora es la metonimia.

Es por estar en el registro metonímico que lo que constituye el fetiche es algo de simbólico y es en la dimensión histórica que se fija como fetiche, es un momento de la historia que la imagen se detiene. Es una forma de nombrar, por alusión, el falo materno. Es antes de ese momento en que lo que es buscado en la madre, ese falo que ella tiene y no tiene, que tiene que ser captado en la connotación presencia-ausencia y ausencia-presencia, es el momento antes, en el cual la rememoración de la historia se detiene y se suspende.

Este momento tiene que ser entendido como un recuerdo encubridor, como un recuerdo pantalla, momento o recuerdo que no es solamente una instantánea sino que es una interrupción en la historia, un momento en que la historia se fija y se detiene, es decir una detención en la cadena. Por eso que hablamos de metonimia. Es un punto de represión. Y en tanto cubre lo real es una vía a lo real imposible.

Nos podemos preguntar por qué el velo o la cortina, por qué la pantalla es más precioso que la realidad, por qué el orden de esta relación ilusoria es necesaria para estos sujetos.

Freud nos dice que el fetiche es una defensa contra la homosexualidad, que el sujeto alterna su identificación a la mujer (una mujer cruel y colérica) y la identificación a ese falo imaginario, donde sus sentimientos son de destrucción, en tanto al identificarse con el falo destruye la completud de la madre. El análisis percibe la alternancia de sus posiciones. Es decir, la identificación a la madre y la identificación al fetiche.

Generalmente en los casos de fetichismo encontramos carencia de padre como presencia, un padre que viaja o que se va a la guerra, lo cual no quiere decir que si hay carencia de padre como presencia vaya a acontecer la posición fetichista sino que en los casos de fetichismo encontramos siempre esta carencia. Incluso se da un tipo de posición fantasmática que es el de una inmovilización forzada, que a veces se trata de una atadura del sujeto que realmente ha tenido. Como aconteció en un caso que por prescripción médica había sido impedido de caminar hasta la edad de dos años. Este sujeto era mantenido atado a la cama de los padres y el hecho de estar en extremo vigilado le puso en una posición ejemplar, donde librado a una relación visual sin reacción muscular hace que asuma la situación en un estilo de rabia y cólera que podemos suponer.

Esta posición también se da en el tipo de madres fóbicas que mantienen a sus niños a distancia de su contacto como si fueran una fuente de infección, posición donde prevalece la relación visual en la primitiva relación al objeto materno.

Otra cuestión es la adherencia libidinal al fetiche, fetiche que engloba toda serie de cosas, pero que a veces aunque parezcan de la categoría de fetiche se trata de otra cosa. Así ocurre cuando el sujeto está ligado al impermeable, que es diferente a los zapatos o el corsé que están en posición de velo, de recuerdo encubridor entre el sujeto y el objeto. Podemos decir que el impermeable no es un velo sino algo detrás de lo cual el sujeto identifica a la madre, pero a una madre que tiene necesidad de ser protegida por el envolvimiento. Esto hace que se produzca una transición entre los casos de fetichismo y los casos de travestismo.

Otra relación típica es la alternancia con el fetichismo del exhibicionismo, y donde el exhibicionismo acontece como reacción al fetichismo. Es decir siempre en el intento del sujeto de salir del laberinto en el que se encuentra, y esto siempre que se encuentra en posiciones de equilibrio inestable.

Pongamos como ejemplo un hombre que intenta en lo real estar con una mujer para mostrar que es capaz de tener una relación normal, y que lo realiza gracias a la ayuda de la mujer. Es a partir de entonces que se libra a una suerte de exhibición singular y calculada, que consiste en mostrar su sexo al paso de un tren internacional, de manera que nadie puede pillarle con las manos en la masa. Y todo esto porque el acto que iba a hacer era intentar mostrar y solamente mostrar, que él era capaz de tener una relación normal.

Esta especie de exhibicionismo reactivo lo encontramos en observaciones de fetichismo. También encontramos actos delictivos como equivalentes del fetichismo. Es el caso de un hombre que se casa con una mujer mucho más grande que él, de mayor tamaño, donde él era realmente la víctima, el cabeza de turco, y un buen día le dice que va a ser padre. Es entonces cuando se precipita a un jardín público a mostrar su órgano a un grupo de jovencitas. Podemos decir que no se trata de una perversión sino que lo que se precipita en este acto de exhibicionismo es lo inasimilable simbólicamente, es decir que ese hombre por no poder asumir, incluso no poder creer en su paternidad, es llevado a mostrar el equivalente del niño, es decir su órgano, en un jardín público.

Podemos decir que la dinámica del deseo perverso en el fetichismo no es un deseo terminado, un deseo con todas sus paradojas, y por lo tanto, un objeto con todas sus paradojas.

Es sobre el velo que el fetiche viene a figurar eso que falta más allá del objeto. En el polo opuesto del fetichismo, el travestismo, el sujeto se identifica con lo que está detrás del velo, a ese objeto al cual falta algo, es decir se identifica a la madre fálica en tanto que ella vela esa falta de falo. Las vestimentas no están hechas para ocultar lo que se tiene sino precisamente lo que no se tiene.

Respecto al sujeto y su relación con el objeto podemos decir que no es lo mismo que sea el sujeto el que lo aporte, 2) que sea que él lo dé, 3) que sea que él lo desee, o 4) que sea al cual él se sustituya.

Y esto porque por un lado está la potencia y por otro lado ese algo sin lo cual la potencia está desprovista de eficacia. Lo que falta a la potencia y lo que constituye el señuelo de su verdadera potencia. Algo que no es nada sino una falta, y es ahí donde se sitúa la omnipotencia. Omnipotencia que decimos no está en el sujeto sino en la madre, en el Otro primordial. Es el Otro el que es omnipotente, pero detrás de esa omnipotencia está esa última falta a la cual está suspendida su potencia.

Desde que el sujeto percibe en el objeto, del que espera la omnipotencia, esa falta, es que se hace a sí mismo impotente. Es ahí donde algo no existe al máximo, que en él es fragilidad, es ahí que él tiene el secreto, el verdadero resorte de la omnipotencia. Es ese sujeto que Lacan denomina tipo Mignon. El Mignon de su madre.

El sujeto posicionado como perverso es ese sujeto que cree en un mundo de espejismos, cree en las apariencias, busca imágenes concretas, cree que un hombre y una mujer son representaciones imaginarias, o roles. Habita en un mundo de espejos, entre imágenes reales e imágenes virtuales, sin tener en cuenta que incluso lo que sostiene las imágenes son los pactos, tratando de olvidar que la relación imaginaria está sostenida por la simbolización inconsciente, es decir, por lo real y lo simbólico.

Identificación y elección de objeto, ser y tener, en muchos casos se sustituyen uno a otro, con el más desconcertante poder de metamorfosis, aunque no por ello debemos dejar de mantener su distinción, en tanto no es lo mismo estar del lado del sujeto que del lado del objeto. Sabemos que si un objeto deviene objeto de elección, no es lo mismo que si deviene soporte de la identificación del sujeto, en tanto no es lo mismo querer ser como el padre que querer ser amado por el padre (querer tener al padre).

La metáfora paterna actúa en tanto la primacía del falo es instaurada en el orden de la cultura. Por eso que el padre simbólico no depende de la presencia del padre, sino que depende de que más allá del otro es necesario que exista lo que da fundamento a la ley, algo que responda a esa función definida por el Nombre-del-Padre.

En el primer tiempo del Edipo el niño trata de identificarse con lo que es el objeto del deseo de la madre, es deseo del deseo de la madre. Detrás de ella está el orden simbólico del que depende y ese objeto predominante en el orden simbólico: el falo. El niño está en una relación de espejismo, lee la safisfacción de sus deseos en los movimientos esbozados del otro, no es tanto sujeto como sujetado, y tanto mas sujetado a su madre en tanto él encarna su falo.

Es el tiempo donde para agradar a la madre es suficiente con ser el falo y es aquí donde residen las identificaciones perversas que al ser por vía imaginaria nunca es enteramente accesible, por lo cual se produce el polimorfismo de la perversión, los disfraces de la perversión. Así vemos en el fetichismo al sujeto posicionado en relación con el falo en una identificación imaginaria con la madre y en el travestismo se identifica con el falo en cuanto que no está bajo las vestimentas de la madre.

En un segundo tiempo interviene el padre en el discurso de la madre, el Otro del otro, su ley, por eso que el deseo de cada uno está sometido a la ley del deseo del Otro. Es en este tiempo que el padre aparece como privador, como padre imaginario que priva al niño del objeto de su deseo y a la madre de su objeto fálico. No te acostarás con tu madre y no reintegrarás tu producto, como doble prohibición. Este es el momento en que la madre dicta la ley al padre, que puede darse cuando el padre está muy enamorado de la madre, o cuando todos los mensajes del padre llegan a través de la madre, con lo cual el niño queda en una situación donde el pene real tiene un valor que se convierte en una característica exigible del compañero sexual. Un padre castrador, un padre que transforma el pene real en pene simbólico no produce homosexuales. También sabemos que el padre está lejos de estar ausente, pues detrás de las quejas que conciernen a la madre y que constituyen el texto manifiesto del análisis de un homosexual, está el padre como rival. A esta rivalidad el niño ha respondido, para acusar el golpe, identificándose con la madre que dicta la ley al padre. De ahí la pregunta que hace al homosexual todo compañero ¿lo tiene o no? En cuanto a su miedo de ver el órgano de la mujer es porque teme en la penetración el encuentro con el falo que supone ha ingerido. De aquí la importancia de la identificación imaginaria con el falo.

La posición homosexual es alcanzada cuando de tener o no tener el falo se vuelve a la identificación primordial donde estaba en juego el ser o no ser el falo. En cambio, en la posición psicótica ha acontecido una forclusión del tiempo lógico, de la identificación primoridal o primaria, donde se trata de ser el falo, objeto del deseo materno. En un caso hay renegación del nombre del padre y en otro forclusión.

En la posición homosexual se ha producido la inversión de la demanda, de la demanda al Otro a la demanda del Otro, de una dependencia vital a una dependencia de amor, de amor al padre. Decimos que el orden de la necesidad ha sido atrapado en los desfiladeros de la demanda quedando incluida en la demanda de amor, donde por hablar demanda y por demanda será demanda de amor.

En este tiempo si el sujeto no acepta esta privación del falo lo conserva por identificación, se posicionará en la disyuntiva de ser o no ser el falo. Esta posición va a depender del sometimiento de la madre a la ley, va a depender de que el niño sea metáfora de su deseo por el padre del niño o metonimia de su deseo por el falo. Si la posición del padre o si la ley es cuestionada por la madre, el niño queda sujetado al deseo de la madre.

En un tercer tiempo lógico denominado por Freud como la declinación del complejo de Edipo, momento desde donde se leen los anteriores tiempos, el padre interviene como aquel que detenta el falo y no como aquel que lo es, reinstaura la instancia del falo como objeto deseado de la madre y no como objeto del cual él puede privarla como padre omnipotente. El padre es preferido a la madre por el niño y la identificación culmina con la formación del Ideal del Yo.

Es en este momento que el padre para las niñas no tiene dificultad en ser preferido a la madre en tanto portador del falo, en tanto ella se reconoce como no teniéndolo. En cambio para el niño la cuestión es más paradójica, en tanto él mismo tiene todos los títulos, todos los derechos de ser un hombre. Pero va a ser por amor en tanto indisociable de la identificación, va a ser en tanto el padre es amado que el sujeto se identifica con él y encuentra la solución al complejo de Edipo.

Si quiere hacerse amar por el padre para conservar sus títulos, se corre el riesgo de pasar al rango de mujer.

Las posiciones perversas son maneras de posicionarse a sí mismos, en sus intentos de recuperar el objeto del deseo de la madre. Donde lo que predomina es la relación exclusiva del sujeto con la madre, ya sea que el sujeto asuma el falo bajo otras formas, ya sea que lo convierta en su fetiche.

En cuanto a la pulsión no podemos olvidar que la pulsión aparece separada de la perversión, aunque podemos decir que el perverso idealiza la pulsión. Así Freud esboza la distinción fundamental entre pulsión y perversión, en tanto en la pulsión se trata del empuje, el objeto (que contornea), la fuente y la meta (como satisfacción), y Freud nombra las perversiones donde se produce una fijación de la desviación respecto al objeto y habla de una exclusividad de la práctica en lo tocante a la desviación en relación a la meta.

En lo referente al objeto sexual Freud nos dice que la pulsión no debe ser definida respecto a él, por eso que llega a distinguir el objeto de la pulsión del objeto de amor. Para Freud la pulsión existe primero independientemente de su objeto y su aparición no está determinada por excitaciones provenientes del objeto. Freud concluye que no es el objeto lo que constituye el elemento esencial y constante de la pulsión. La pulsión es equiparable al flujo, constante para cada sujeto.

La pulsión no es un dato simple, sino que está formada por diversos componentes que se disocian en el marco de las perversiones.

Podemos decir que lo que es contingente (el objeto) en la pulsión, se hace necesario en la perversión, o bien lo que es imposible (la meta, el goce, la satisfacción) en la pulsión, se hace del registro de lo posible en la perversión.

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