Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

TIEMPO PARA COMPRENDER

CAPITULO IX. LA CUESTIÓN DEL PSICOANÁLISIS II

Continuando con la cuestión del falo diremos que es el significante impar, el falo, cuya recepción y cuyo don son para el neurótico igualmente imposibles, ya sea que sepa que el otro no lo tiene bien que lo tiene, porque en los dos casos su deseo está en otra parte, su deseo es serlo, y es preciso que el hombre, masculino o femenino, acepte tenerlo o no tenerlo, a partir del descubrimiento de que no lo es.

Sabemos que el deseo es incompatible con la palabra, sabemos que es necesario poner a trabajar la transferencia para que un análisis sea posible. Es por eso que hoy vamos a comenzar hablando de la transferencia y cómo se la ha considerado a través de la historia del movimiento analítico.

Se ha hecho de la transferencia una sucesión o la suma de los sentimientos positivos o negativos que el paciente abriga con respecto a su analista, con lo cual se consideró al analista un sujeto. Esta concepción evitó diferenciar la transferencia al iniciar un análisis de la neurosis de transferencia, dos tiempos en el análisis.

Podemos agrupar en tres las particularidades de la teoría acerca de la transferencia.

Una que se denomina genetismo y que dirige lo esencial de este procedimiento hacia el análisis de las defensas. Teoría singular basada en la noción freudiana de yo inconsciente y que Anna Freud trabaja desde los mecanismos de defensa, pensados como una sucesión de fases, y donde se trabaja fundamentalmente basándose en la observación directa del niño.

Técnica que al dirigirse al análisis de las defensas elude la noción de transferencia.

Es con esta forma de pensar el análisis que se trabaja el caso de la fobia de una niña de dos años y cinco meses.

Otra de las teorías donde también queda hurtada la noción de transferencia es la que toma como eje la relación de objeto. Esta teoría como el genetismo tiene su origen noble, pues es Abraham quien abrió su registro y la noción de objeto parcial es su contribución original. Para Abraham la noción de transferencia se desprende de la capacidad de amar. Capacidad de amar que es considerada constitucional, por lo cual, se sabe con anterioridad el grado de curabilidad. Es, por esto, que se dice que fracasaría el tratamiento de la psicosis. Aquí la transferencia calificada de sexual está en el principio del amor objetal y la capacidad de transferencia mide el acceso a lo real.

En esta teoría se habla de la maduración de un objeto inefable, el Objeto con una O mayúscula que gobierna la fase de la objetalidad. Esta concepción lleva a la dicotomía que se formula oponiendo el carácter pregenital y el carácter genital. Pensado desde la idea del paso de la forma pregenital a la forma genital, donde las pulsiones «no toman ya ese carácter de necesidad de posesión incoercible, ilimitado, incondicional, que supone un aspecto destructivo. Son verdaderamente tiernas, amantes, y el sujeto es aquí capaz de comprensión, de adaptación al otro». Teoría donde «el Yo tiene aquí una estabilidad que no corre el riesgo de quedar comprometida por la pérdida de un Objeto significativo. Permanece independiente de sus objetos». Continúa diciendo que «su organización es tal, que el mundo de pensamiento que utiliza es esencialmente lógico. No presenta espontáneamente regresión a un modo de aprehensión de la realidad que sea arcaico. El pensamiento afectivo, la creencia mágica no desempeñan en él sino un papel absolutamente secundario. El estilo de las relaciones entre el sujeto y el objeto es de los más evolucionados». Esto es lo que les prometen a aquellos que «al final de un análisis logrado... se percaten de la enorme diferencia de lo que creían antaño era la alegría sexual y lo que experimentan ahora».

Podemos decir que es un himno absurdo a la armonía de lo genital y se maneja la idea de orgasmo perfecto, como si hubiera orgasmo que no lo fuera.

La tercera noción, donde la transferencia queda eludida, es aquella donde la transferencia es devuelta a la realidad de la que el analista es el representante. En ella se trata de hacer madurar el Objeto, pero no le queda ya al analizante sino un objeto que llevarse a la boca, y es el analista. Es la noción de introyección intersubjetiva lo que prima en esta tercera teoría, instalada en una relación dual.

Introyección en Ferenczi, identificación con el Superyó del analista en Strachey, trance narcisista terminal en Balint. En definitiva una consumación mística.

Es, en esta tercera forma de pensar la relación analítica, donde en la cura se concede importancia a la fantasía de la devoración fálica a expensas de la imagen del analista, donde se juega la distancia entre el paciente y el analista como objeto de la relación dual. Es la función privilegiada del significante falo lo que es ilustrado aquí pero en una experiencia que podemos llamar ciega, por plantearse como una relación dual.

Siendo desconocido lo simbólico y olvidando que está excluido lo real en psicoanálisis, no podrá reconocerse ya nada que no sea imaginario en lo que se produce. Lacan nos dice que no es necesario conocer los planos de una casa para golpearse la cabeza contra sus paredes: para hacerlo, es incluso bastante fácil prescindir de ellos.

Hacen de la distancia la dimensión única donde tienen lugar las relaciones del neurótico con el objeto. Demasiada, o demasiada poca, distancia al objeto, parecerán a veces confundirse. Y no es la distancia del objeto solamente, también la intimidad demasiado grande para el sujeto, es lo que caracteriza al neurótico, a los ojos de Ferenczi.

La cuestión es que la distancia es tomada como parámetro universal, siendo lo que regula las variaciones de la técnica para el tratamiento de la neurosis.

Hablar de perversión transitoria en esta restauración atípica del tercero, demasiado descuidado en la relación, puede satisfacer a un optimista activo, nos dice Lacan, porque a veces esa perversión no por denominarse transitoria deja de ser menos irreductible.

Así, poder oler a su analista apareció en un trabajo como una realización para señalar en ella el feliz éxito de la transferencia. En tanto el olor es lo que permite reducir a cero la distancia en lo real.

Así, encontramos a un paciente tratado con esta técnica, espiando a una mujer orinando, a través de una rendija de una pared de water, sin que nada le predestinase a ello, pues las emociones infantiles ligadas a las fantasías de la madre fálica habían tomado hasta entonces el giro de la fobia, bajo la angustia de ser escarnecido por su excesiva talla.

La analista publica este trabajo bajo el título: «Perversión sexual transitoria en el curso de un tratamiento psicoanalítico», en el Boletín de Actividades de la Asociación de Psicoanalistas de Bélgica.

Cuando el paciente sueña con un personaje con armadura con un Fly-tox para terminar con los insectos, ella le interpreta como un símbolo de la madre fálica. La psicoanalista se pregunta si no tendría que haberle hablado del padre, a lo cual se apresura a justificarse, por no haberlo hecho, alegando la carencia del padre real en la historia del paciente. Podemos decir que se sale del orden simbólico, olvida que en el orden simbólico hay padre aunque no se le conozca, y busca referencias en la realidad.

Sabemos que el objeto fóbico es un significante, para todo uso, para suplir la castración del Otro.

El supervisor de esta analista le indica volver a llevar al paciente a la situación presente real, por lo cual la analista, a diferencia de la reina de España, tiene piernas, pues ella misma lo señala cuando llama al orden a su paciente. Podemos decir que le indica llevar al paciente al presente y no a lo que denominamos presencia (significante) del analista.

La madre en este caso era la celestina, pues le había buscado al paciente un amor de mucha más edad que él mismo, amor con el cual continúa durante y después del tratamiento.

La analista cae en la estructura de la enfermedad del paciente y se convierte en celestina de la relación del paciente con su madre, olvidándose incluso que había sido su propio marido el que le había proporcionado el paciente.

Recordemos que para el niño la madre es objeto de amor, objeto deseado por su presencia, antes de la organización del mundo objetal del niño, antes que la falta de objeto organice su mundo.

La madre existe pero el niño todavía no ha hecho la separación madre y órgano de nutrición (seno), en tanto habíamos dicho que ocupaban lugares diferentes (objeto de amor y objeto de goce, agente y objeto), la madre existe pero esto no supone que haya en el niño algo que se llama yo y no-yo, es decir que la madre exista como objeto simbólico y como objeto de amor.

Sabemos que la madre es de entrada madre simbólica y que sólo la crisis de la frustración la introduce como objeto de amor, en tanto el niño toma la relación incluyéndose él mismo como objeto de amor de la madre. El ser amado es fundamental, sobre esto se va a ejercer todo lo que va a desarrollarse entre la madre y el niño, es la presencia que le indica al niño que él no está solo. Se trata de cómo aprehende lo que él es para la madre, de cómo aprehende que no está solo, no solamente porque hay otros niños sino porque coexisten la atribución fálica del niño respecto a la madre y el deseo de falo, el penis-neid para la madre.

El penis-neid es un término constante de la relación de la madre al niño y el niño se presenta a la madre siendo algo que le ofrece el falo en sí mismo y en grados y posiciones diversas, en tanto el niño puede identificarse a la madre, identificarse al falo, identificarse a la madre como portadora del falo, o bien presentarse a sí mismo como portador del falo. Y la persistencia en cada una de estas posiciones le llevará a posicionarse como neurótico, perverso o psicótico.

Una situación que en sí misma es estructurante puede llevar a una posición perversa o fóbica en tanto tal, pero esto porque el niño tiene que pasar por la situación donde tiene que imaginar, fantasmar el falo. El falo es el objeto pivote, el objeto central de la organización de su mundo. Es, aquí, donde aparece la angustia, cuando el sujeto está despegado de su existencia, ese momento en que el sujeto está suspendido entre un tiempo en que él no sabe dónde está, hacia un tiempo en que él no podrá jamás reencontrarse. Es por eso que en el momento que aparece una pulsión que afecta su pene real, es cuando comienza a aparecer como una trampa lo que hasta entonces era el paraíso de su dicha, es decir ese paraíso donde se juega a ser lo que no se es, donde se es para la madre lo que la madre quiere, y donde todo va a depender de lo que el niño realmente es para la madre.

El niño entonces tiene que pasar por ese momento donde está interesado en integrarse en lo que él es para el amor de su madre, pero en el momento que interviene su pulsión, su pene real, se da cuenta que es una trampa, que es incauto de su propio juego. Ante la encrucijada de satisfacer a una imagen y tener a la vez algo que presentar, puede ocurrir que lo que tiene para presentar sea algo miserable o algo asqueroso, como ocurre cuando la madre es alguien que habla del sexo como algo que es una cochinada y que para el niño es una referencia a su propio sexo. Es en este momento estructurante, donde el niño es puesto ante el dilema de ser el cautivo, la víctima, la presa fácil de las significaciones del otro. El niño está suspendido a la manera con que el partenaire indica todas sus manifestaciones, está suspendido en la demanda al Otro, en tanto es la madre como Otro que interpreta la demanda del niño como dirigida a ella, donde para él todas las manifestaciones del parten aire devienen sanción de su suficiencia o no suficiencia. Aquí se cruza el origen de la paranoia pues en la medida en que se prolongue esta situación, deja fuera el término del padre simbólico, que sabemos es en lo concreto necesario.

Pero prosigamos con ese otro niño, ese que no está en esta situación particular de ver y estar librado al ojo y a la mirada del otro, el paranoico futuro. El otro niño no tiene salida sino que el complejo de castración es de esto la salida. Complejo de castración que retorna sobre el plano imaginario todo lo que está en juego con el falo, por eso que el pene real tiene que ser puesto a cubierto, ante la intervención de orden que introduce el padre, por el hecho de que introduce el reino de la ley, algo que hace que el affaire salga de las manos del niño, en tanto es reglado en otra parte, donde ya no se trata tanto de ganar sino de aceptar la repartición de las apuestas.

El orden simbólico interviene sobre el plano imaginario, por eso la castración se refiere al falo imaginario.

En el futuro fóbico nos encontramos que el niño o la niña están en ese momento de reencuentro de la pulsión real y de ese juego de engaño imaginario fálico, con la madre.

En el momento de la frustración, en presencia del defecto de la madre, el niño se puede aplastar contra el pecho de la madre, es decir, en la satisfacción de la alimentación. Lo mismo que cuando él se da cuenta de su insuficiencia para ocupar ese lugar fálico, igualmente se apodera del seno para clausurar todos los problemas. En este momento, lo único que se abre ante él, como una abertura, es ser devorado por la madre. Este es el primer ropaje de la fobia. Es por eso que aparece el caballo o el perro que muerde, en tanto, el tema de la devoración es ubicable en la estructura de la fobia. Pero no olvidemos que la puesta al día de la castración termina con la fobia y esto nos indica que suple ese significante, que es el padre simbólico.

En el caso de la niña, que es tratada por una alumna de Ana Freud, vemos que acontece una doble decepción, decepción imaginaria, reconocimiento por la niña misma del falo que le falta, y enseguida, en un segundo tiempo, la percepción que a la madre, a esa madre que está en el límite de lo simbólico y de lo real, a esta madre le falta también el falo, y aquí la eclosión, el llamado de la niña para sostener esta relación insostenible y la intervención de este ser fantasmático que es el perro. Perro que interviene como aquel que es el responsable de la situación, aquel que muerde, aquel que castra, aquel gracias al cual es pensable, vivible, simbólicamente, el conjunto de esta situación.

Cuando éste atado de tres objetos imaginarios es roto, hay más de una solución.

En una situación edípica normal, es en una relación con el padre que algo podrá ser establecido, según su posición de hijo o de hija. Salen de esa situación donde niño o niña son tomados por la madre como símbolo de su falta de objeto, de su apetito imaginario por el falo. El niño recibe simbólicamente ese falo del que tiene necesidad pero del que para tener necesidad es necesario haya sido previamente amenazado por la instancia castradora que es la instancia paterna.

Todos estos pasos los vemos en el tratamiento de la niña de dos años y cinco meses, pues la analista más que pensar el tratamiento bajo transferencia, sigue la técnica de Ana Freud, lo que la lleva a observar el caso de cabo a rabo, pero sin comprender nada, sin una teoría que dé cuenta de lo que va sucediendo.

Nuestra observación del trabajo de la analista nos permite comprender que en un momento determinado la niña se ha dado cuenta que los niños tienen un hace-pipí, lo cual la lleva a rivalizar con ellos, es decir que ella hace todo para hacer como los niños, quiere hacer pipí de pie, quiere manipularles el hace-pipí a los niños. Se trata de una niña que está separada de su madre y cuyo padre ha muerto al principio de la guerra. La madre la visita, sus relaciones son exclusivas, se ve claramente su función de madre simbólica.

Cuando descubre el hace-pipí de los niños hace un drama pero no entraña ninguna consecuencia, sino que es cuando el perro aparece en el horizonte que hace eclosión la fobia. Y esto ocurre una noche que se despierta presa de horror a causa de la presencia de un perro que quiere morderle, que le hace salir de su cama y hace necesario meterle en otra. Ella dirá que los perros muerden las piernas de los niños malos y esto está en el origen de la fobia. El perro está aquí como agente que saca a la luz lo que de entrada ha sido admitido como ausente, más o menos, con el descubrimiento del pene real en los niños. Pero decimos que el perro tiene que ver con la instancia paterna en tanto permite que el niño reconozca su castración y también la castración materna, en tanto va a prohibir a la madre reintegrar su producto, va a castrar a la madre en ese lugar donde el niño es lo que suple su falta.

Lacan trae la observación de esta fobia para que percibamos que la fobia se ha manifestado un mes después de descubrir su afalicismo, para decirnos que ha sido necesario que pase algo en el intervalo. Y lo que ha pasado es que la madre ha caído enferma, ha dejado de ser madre simbólica, ha faltado. Después la madre vuelve apoyada en un bastón, débil, sin su jovialidad, sin sus juegos de aproximación y alejamiento que constituyen todo el lazo con la niña. Ha sido necesario que la madre aparezca no sólo como alguien que puede faltar, algo que pone triste a la niña pero que no es motivo suficiente para que la fobia aparezca, sino que ha sido necesario que la madre aparezca bajo una forma débil, apoyada sobre un bastón, enferma, fatigada, y es ahí que se desencadena, al día siguiente, el sueño del perro y la fobia correspondiente.

Y no solamente se desencadena la fobia cuando descubre que la madre carece de falo sino que es cuando la madre se casa de nuevo, y con un hombre con un hijo varón, es cuando aparece la instancia paterna que la fobia remite. Algo que es inexplicable para la terapeuta pues para ella sería un buen motivo para una recaída en la fobia pues su teoría del medio mental, teoría en la que se basa Ana Freud, en tanto es en la medida en que el yo (moi) está más o menos bien informado de la realidad, que las discordancias se establecen. Lejos de sentirse mal, frente al hermano portador del falo, ella se siente como nunca. La terapeuta nos dice que se debe a que ella es preferida por la madre en relación al niño. Pero lo que no podemos olvidar es que la presencia del padre es un nuevo elemento que está ligado a la función de la fobia, un elemento simbólico más allá de las relaciones de potencia o de impotencia con la madre.

Podemos decir que el animal castrador ha permitido a la niña atravesar la grave crisis en que ella ha entrado a consecuencia de la impotencia materna. Decimos que la fobia suple la falta en el Otro.

El padre y no la fobia, o en otros casos el fetiche, será el cuarto elemento que mantiene la existencia de los tres elementos, madre-niña-falo, como tales, en tanto no hay tres sin cuatro.

La observación de este caso nos ha permitido una lectura teórica del nacimiento de una fobia, es decir nos ha permitido ver la instalación y el mecanismo fóbico. El otro caso de fobia, donde decimos que la analista es concebida como real, nos va a permitir discriminar un tratamiento donde la transferencia es concebida como inconsciente, de un tratamiento donde todo, está concebido ahí y lo que cuenta es la manifestación motriz, y donde la técnica está sometida a la idea de regular la distancia del objeto interno.

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