Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

TIEMPO PARA COMPRENDER

CAPITULO VIII. LA CUESTIÓN DEL PSICOANÁLISIS I

Diferenciar el objeto a de i(a) y de i'(a), quiere decir que en psicoanálisis se trata de ir más allá del Yo Ideal, pero también más allá del Ideal del Yo, incluso más allá del Superyó, en tanto en psicoanálisis se trata del deseo.

Podernos representar esta cuestión nos lo va a permitir el esquema de los dos espejos.

Es sabido que un espejo esférico produce, de un objeto, una imagen real.

Imagen que puede ser vista por el ojo en su realidad. Este es el caso de la ilusión llamada del ramo de flores invertido (Figura 1). Pero para que la ilusión se produzca, el ojo tiene que estar situado en el interior del cono.

Este modelo nos permite representar un sujeto en relación con el otro y nos permite distinguir la doble incidencia de lo imaginario y lo simbólico. Un sujeto pensado como el sujeto donde «ello» puede hablar, sin que él se entere, e incluso un sujeto que nada sabe de ello en cuanto que habla.

Imaginemos un florero dentro de la caja y que su imagen real venga a rodear con su cuello el ramo de flores (experiencia del florero invertido). Imaginemos un observador, $, entre las flores y el borde del espejo esférico, y coloquemos un espejo plano, en A. Esto nos permitirá pensar cómo se asume la imagen especular (Figura 2).

 

Las relaciones de las imágenes i'(a) e i(a) quedan establecidas. En i'(a) no hay sólo lo que se espera sino una forma del otro, pero condicionada por la ilusión de la imagen i(a) que hemos puesto en el punto de partida del modelo.

El modelo indica, por el florero escondido, el poco acceso que tiene el sujeto a la realidad de ese cuerpo, que pierde en su interior.

La antinomia de las imágenes i(a) e i'(a), por situarse para el sujeto en lo imaginario, se resuelve en un constante transitivismo. Pero el Otro no está ausente en esta relación de distancia tomada por el sujeto en relación con el otro. Este modelo de los dos espejos nos muestra que es tomado como punto de referencia I, Ideal del Yo, en su mirada dirigida al espejo A para obtener entre otros efectos el espejismo del Yo Ideal. El Otro es entonces el análisis, el lugar de la palabra, lugar donde el sujeto asume por iniciativa propia su discurso inconsciente.

Este modelo óptico, nos da una imagen de cómo la relación con el espejo, la relación imaginaria con el otro y la captura del Yo Ideal sirven para arrastrar al sujeto al campo donde se hipostasía en el Ideal del Yo. Pues $1 viene a ocupar la posición $2 en I, donde sólo virtualmente tenía acceso a la ilusión del florero invertido, pero cuya ilusión debe desvanecerse, en tanto, más que signos de límite deberán ser signos de atravesamiento.

Una vez que el ojo $ ha alcanzado la posición I desde donde percibe la ilusión del florero invertido, no por ello dejará de percibir la imagen virtual i'(a) del mismo florero, que invierte de nuevo, apareciendo en el lugar del florero escondido, cuya imagen real se opone a ella, como al árbol su reflejo en un agua le da unas raíces de sueño (Figura 3).

El cuerpo entonces se desvanece en la espacialidad, pues esos artificios que instalan en el soporte mismo de la perspectiva una imagen oculta, reevocan la sustancia que se ha perdido en ella.

Así, podemos decir que el florero real en su caja, a cuyo lugar viene el reflejo del espejo A, contenga las flores «a'» imaginarias, mientras que, hechas de una imagen más real, sea la ilusión del florero invertido la que contenga las flores «a» verdaderas.

La presencia misma, especular, del individuo ante el otro, aunque recubre su realidad, descubre su ilusión yoica a la mirada de una conciencia del cuerpo, a la vez que el poder del objeto a, hace entrar en el rango de las vanidades su reflejo en los objetos a'.

Esto permite la ilusión en el paciente de haber intercambiado su yo con el del analista, nos dice Balint. Mientras que Lacan nos dice: deseémosle que no sea así.

Más bien tendríamos que pensar que este es un tiempo preliminar en nuestra enseñanza, que nos permite desbrozar lo imaginario como demasiado apreciado en la técnica, y que hace que nos olvidemos del deseo. Deseo que, más que ninguna búsqueda de ideal, regula la repetición significante del neurótico como su metonimia. Más allá del cómo le es preciso sostener ese deseo como insatisfecho, en el caso del histérico, o como imposible, en el caso del obsesivo.

Este modelo no deja más esclarecida la posición del objeto a. Pues imaginando un juego de imágenes, no podría describir la función que ese objeto recibe de lo simbólico. Esa misma que le da su uso de arma en el puesto avanzado fóbico, contra la amenaza de la desaparición del deseo, o de fetiche en la estructura perversa, como condición absoluta del deseo.

a, el objeto del deseo, en el punto de partida donde lo sitúa el modelo, es, desde el momento que funciona, el objeto del deseo. Esto quiere decir que, objeto parcial, no es solamente parte, o pieza separada, del dispositivo que imagina aquí el cuerpo, sino elemento de la estructura desde el origen, si pudiéramos decirlo en el reparto de las cartas de la partida que se juega.

Por eso reflejado en el espejo no da sólo a', patrón del intercambio, moneda por medio de la cual el deseo del otro entra en el circuito de los transitivismos del Yo Ideal, sino que es restituido al campo del Otro en función de expositor del deseo en el Otro.

Esto le va a permitir figurar en el fantasma como aquello de lo cual el sujeto se ve abolirse, realizándose como deseo. Es como objeto a del deseo, como lo que ha sido para el Otro, cómo el sujeto está llamado a renacer para saber si quiere lo que desea.

El psicoanálisis es un campo donde el sujeto, con su persona, tiene que pagar sobre todo el rescate de su deseo. Y en esto es en lo que el psicoanálisis exige una revisión de la ética.

Para rehuir esta tarea, muchos están listos a todos los abandonos, incluso a tratar los problemas del asumir el sexo en términos de papel que desempeñar. Olvidan que se trata de la persona como máscara y no de la personalidad.

La función f significante perdido, a la que el sujeto sacrifica su falo, la forma f(a) del deseo masculino, A(j) del deseo de la mujer, nos llevan a ese fin de análisis cuya aporía nos ha legado Freud en la castración.

Una cosa es el Superyó, la voz de la conciencia, la voz que se hizo escuchar al pueblo acampado alrededor del Sinaí, y que no hizo menos necesarias las Tablas de la Ley. Tablas en las que nada está escrito, para quien sabe leer, sino las leyes de la Palabra misma. Se anuncia una nueva ética, por la avenida no del espanto, sino del deseo: y la cuestión es saber cómo la vía de encomendarse a la deriva del lenguaje, a la charla palabrera del psicoanálisis, conduce a ella.

Pero sabemos que el desbrozamiento del Yo no es lo que podemos proponer como meta.

Es por la palabra por donde toda realidad ha llegado al hombre y es por su acto continuado como él la mantiene.

Hay un funcionamiento del significante en el sujeto, que determina lo que dice, y lo que no dice, por eso que en psicoanálisis no vale desdecirse, sino que desdecirse es un indicador.

El hombre es el sujeto capturado y torturado por el lenguaje, es, podemos decir, un empleado del lenguaje, pero mientras en el neurótico esto acontece como saber inconsciente, en el psicótico acontece de forma consciente, es decir se ve poseído por el lenguaje, aunque no de manera menos inconsciente. Algo que como decimos es lo propio de cada sujeto.

En el punto de partida de la experiencia analítica está el registro de la palabra, palabra que por definición es embustera, pues es la que instaura la mentira en la realidad, y es porque introduce lo que no es que puede introducir lo que es. Antes de la palabra nada es ni no es, no hay verdadero ni falso, con ella se introduce la verdad, la mentira y muchos otros registros.

Hay una diferencia entre la palabra de un niño y la palabra de un adulto y es que la palabra al adulto lo compromete, le sirve para hacer contratos, le introduce en el mundo del trabajo, incluso le permite hacer un contrato psicoanalítico. Por eso que aunque la palabra es por naturaleza ambigua, se desarrolla según una regla de juego y en el orden simbólico. Es por eso que someterse al imperativo: Allí donde Ello era, el sujeto ha de llegar a ser, no habla de una ampliación del campo del ego, no es la reconquista por el ego de una franja desconocida, sino que es un verdadero vuelco, un desplazamiento entre el ego y el id. Es pasar de «yo soy» a «soy ello».

En el fin de análisis se trata de un ocaso imaginario del mundo. Pues sabemos que la significación remite a otra significación, por eso la pregunta ¿a qué realidad pertenece? no ha lugar, pues el surgimiento del símbolo crea un nuevo orden en las relaciones entre los hombres. Cuando estamos en el mundo del símbolo no podemos salir del mundo del símbolo, cuando estamos en el orden de la palabra todo adquiere función en ese mismo orden. Es a partir del orden simbólico que los otros órdenes, imaginario y real, ocupan su puesto y se ordenan.

Pero no olvidemos que para que una palabra sea palabra es necesario que alguien crea en ella. No es necesario que lo que ella dice sea verdadero, pues no se trata de creer en las palabras, pues la palabra siempre es un intento de representar lo no representable. La palabra aunque espejismo nos asegura que estamos en la dimensión de la palabra. Freud no está interesado en el sueño realmente soñado, sino en el relato del sueño.

Sin esta dimensión, una comunicación no es más que un movimiento mecánico, pero cuando hay alguien para comprenderlo, para interpretarlo, puede haber lenguaje hasta en los animales.

Así en la relación transferencial se trata de la palabra del sujeto frente al analista, situación que no tiene nada que sea actual, emocional o real, pero que una vez alcanzada cambia el sentido de la palabra. Por un lado el sujeto se da cuenta que su palabra no es más que palabra vacía, que carece de efecto y por otro lado se da cuenta que en psicoanálisis somos remitidos al acto mismo de la palabra en tanto tal y que es el valor de este acto (actual) el que hace que la palabra sea vacía o plena. En psicoanálisis el analista no remite al paciente a la realidad, ni le pregunta por la verdad de su decir, sino que le remite a que siga asociando, es decir al orden de la palabra.

Es por esto que Freud nos muestra, cuando nos habla de transferencia, Übertragung, cómo la palabra, o sea la transmisión del deseo, puede hacerse reconocer a través de cualquier cosa, pues no nos habla de transferencia en los escritos técnicos o a propósito de relaciones reales, imaginarias o simbólicas con el sujeto, no es en el Caso Dora, sino en el capítulo VII de La interpretación de los sueños, en "Psicología de los Procesos Oníricos", que Freud nos habla de transferencia y nos dice que es por medio de los «restos diurnos», Tagesreste, es decir por medio de cualquier cosa, con tal de que esté organizado como sistema simbólico.

Para Freud debido a que no existe traducción posible para cierto deseo reprimido del sujeto, lo que no es decidible, puede ser expresado por insignificantes restos diurnos, destituidos de su sentido propio y retomados en una nueva organización a través de la cual logra expresar otro sentido. El deseo inconsciente imposible de expresar encuentra un medio para expresarse en los restos diurnos.

Pero siempre hay un real imposible, algo que determina toda forma de experiencia, aún lo indecible.

Es por esto que Freud necesitó formular la Verneinung, la Verdichtung y la Verdrangung, porque lo que habla en el hombre llega más allá de la palabra, hasta sus sueños e incluso su organismo. La palabra es el tercer término que se introduce en la relación transferencial, para que no se la conciba de forma dual imaginaria, para que no se la conciba en espejo:

Es por eso que en el análisis no se trata del análisis del discurso, es decir del material, que terminaría siendo el análisis de las defensas, ni del análisis del yo, que terminaría siendo el análisis de las resistencias, sino que sería aquel donde se tiene en cuenta la transferencia.

En La interpretación de los sueños, Freud nos muestra con la condensación, Verdichtung, que a cada símbolo corresponden mil cosas y a cada cosa mil símbolos. Con la Verneinung nos indica que lo que no puede decirse a veces se dice como no, una manera de enjuiciar lo no dicho, lo que no puede ser dicho. Con la Verdrangung, que no es la repetición, ni la denegación sino que es lo no-dicho, produce una interrupción en el discurso, ahí donde el sujeto nos dice que le falta la palabra.

El significante es algo diferente de la significación. Distinguimos el orden del significante del orden de la significación. El mundo humano no implica sólo la existencia de las significaciones, sino el orden del significante. El complejo de Edipo introduce el significante, introduce el funcionamiento del significante. Es por eso que es necesario que el sujeto adquiera el orden del significante, que culmina en la formación del superyó. El superyó plantea la cuestión del orden de entrada de introducción del significante que es indispensable para que un organismo funcione. Organismo que no sólo tiene que vérselas con un medio natural, sino también con un universo significante.

La pregunta sobre la muerte, y sobre el nacimiento, son dos preguntas últimas, que carecen de solución en el significante. Esto da a los neuróticos su valor existencial. Pero no hay que confundir el dominio de la significancia y el dominio de la significación. La pregunta del psicótico es ¿Qué es... ? No sé. El Otro está excluido en tanto portador de significante. El mundo de las significaciones es como un laberinto donde nos podemos perder.

La autonomía del significante, es decir que hay leyes que le son propias, son difíciles de aislar porque siempre ponemos en juego al significante en significaciones. Pero el significante tiene, independientemente del significado, sus leyes propias. El sentido del descubrimiento psicoanalítico no es haber encontrado significaciones sino haber llegado hasta el significante. Desde entonces sabemos que las significaciones primordiales están sometidas, en su sucesión e instauración, a leyes que son las del significante.

Tanto el significante hombre como el significante mujer son algo distinto a la actitud pasiva y a la actitud activa, a la actitud agresiva y a la actitud a ceder, son algo más que comportamientos. Estos registros del ser están en las palabras, no en las palabras verbalizadas.

Para que el sentimiento de realidad sea guía, para que la realidad no sea lo que es en la psicosis, es necesario que el complejo de Edipo haya sido vivido. Pero este complejo sólo lo podemos articular en su declinar, en la introducción del sujeto en una nueva dimensión, en la medida que el sujeto es a la vez él mismo y los otros dos participantes, en tanto el término identificación no es otra cosa. A partir de ese momento hay intersubjetividad y organización dialéctica.

Hay una forma de defensa, además de la provocada por la tendencia o significación prohibida, esa defensa consiste en no acercarse al lugar donde no hay respuesta a la pregunta. No hacemos preguntas, así nos lo enseñaron y por eso estamos aquí.

Como psicoanalistas estamos aquí para esclarecer a los desdichados que sí se han hecho preguntas. Los neuróticos sí se han hecho una pregunta, los psicóticos no es tan seguro. Quizás la respuesta les llegó antes que la pregunta o bien la pregunta se formuló por sí sola.

No hay pregunta para un sujeto sin que haya otro a quien se la haya hecho. Así decía un paciente: "A fin de cuentas, no tengo nada que pedirle a nadie".

Lacan le dice que en todo caso, si tenía que pedir era forzoso que se lo pidiera a alguien.

El significante alrededor del cual se va a constituir el sujeto es el falo, de aquí la importancia de la fase fálica, momento fantasmático, esencialmente imaginario, de prevalencia del falo, donde en el mundo hay seres que tienen falo y otros que no lo tienen, es decir que se consideran castrados. El falo va a ser ese elemento imaginario por el cual el sujeto a nivel genital es introducido en la simbólica del don. Simbólica del don que es diferente a la maduración genital. No se va a tratar de una maduración genital sino del comienzo de la organización genital, es decir momento en que el significante falo, momento en que la ley fálica organiza la sexuación del sujeto.

El fantasma del falo, en el nivel de esta simbólica del don, a nivel genital, no tiene el mismo valor para éste que posee el falo, el niño varón, que para éste que no lo tiene, es decir para la niña. La niña es en tanto que no lo posee que va a ser introducida en la simbólica del don, es decir que es en tanto que ella facilita la situación, tener o no tener el falo, que ella entra en el complejo de Edipo. Para el niño es por aquí que sale, pues es sobre la simbólica del don que será necesario que él haga don de lo que tiene. La niña tiene que encontrarlo en el complejo de Edipo. Donde esto que no tiene es tan existente como el resto, por lo que ella entra con este menos.

Entrar con el menos o con el más, no impide esto de lo que se trata, que es necesario que haya algo para que pueda poner más o menos, presencia o ausencia, es decir que es necesaria esta puesta en juego del falo que constituye la puesta en funcionamiento del significante en el sujeto.

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