Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

INSTANTE DE LA MIRADA

CAPITULO V. SUJETO Y OBJETO EN LA HISTORIA
DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO III

Las dos vertientes, masculina y femenina, de la sexualidad, no son datos, como tampoco la propia muerte del sujeto es algo frente a lo cual el individuo se orienta fácilmente. La realidad con la cual nos enfrentamos está sostenida, constituida, por una trenza de significantes, y sabemos que el significante es la fuente de la significación. Cuando decimos que en la psicosis algo llega a faltar en la relación del sujeto con la realidad, nos referimos a la dimensión propia de la relación del sujeto con el significante. Se trata de una realidad estructurada por la presencia de cierto significante que es heredado, transmitido, por el hecho de que alrededor del sujeto, se habla. (El significante de la falta, el significante del deseo).

Decimos que no haber atravesado la prueba de Edipo, no haber visto abrirse ante sí sus conflictos y sus impases, no haberlos resuelto, deja al sujeto con cierto defecto en la realidad humana, en tanto la realidad implica que el sujeto entre a determinado juego de significantes. Por eso decimos que cuando en la estructura histérica la pregunta que está en juego es ¿soy hombre o mujer? decimos que tiene de todos modos la referencia. Podemos decir que el sujeto habita el lenguaje y toma la palabra sin saberlo. Así decimos que si el neurótico habita el lenguaje, el psicótico es poseído por el lenguaje.

La frustración introduce el automatismo de repetición, en esta operación, el sujeto habita el lenguaje. La noción de verwerfung, forclusión, indica que ya debe haber algo que falta en la relación con el significante, en la primera introducción, a los significantes fundamentales. Y no hay medio de captar, en el momento que falta, algo que falta. En el Presidente Schreber decimos que está en juego la ausencia del significante masculino primordial. Se desanuda.

Lacan nos dice en Una cuestión preliminar a todo tratamiento de la psicosis que «a falta de ser el falo que falta a la madre, a Schreber le queda la solución de ser la mujer que falta a los hombres», planteando que éste es el fantasma de la idea de «sería hermoso ser una mujer que está sufriendo el acoplamiento», que es el eje de su delirio. Y esto porque a los hombres los pensaba como a él, desprovistos de todo falo, por eso era necesario que él ocupara el lugar de La Mujer, sin barrar, de un Dios-Padre, con el fin de salvar a esa humanidad de hombres hechos a tontas y locas.

La lógica del fantasma lo que hace surgir o intenta suplir es la inadecuación del pensamiento al sexo o la imposibilidad de una subjetivación del sexo.

Ante la imposibilidad de saber sobre el sexo surgen las fantasías primordiales. Cuando decimos que Freud deja de creer en sus neuróticos acerca de sus experiencias traumáticas infantiles como hechos realmente acontecidos, también decimos que Freud los plantea como hechos fantaseados, con lo cual la fantasía pasa a un primer plano y con ello más que abandonar la teoría implica una generalización para todo sujeto. Decimos que el encuentro con el deseo del Otro es un momento mítico, que debemos suponer que siempre ocurre, pues se trata de una necesidad estructural.

Nada es más traumático para el sujeto que la ausencia de trauma y es por eso que todo comienza por una fantasía primordial, con lo que Freud denomina la primera mentira, la proton pseudos, como traza que borra lo que nunca estuvo allí. El a priori se reduce al a posteriori, y las fantasías surgen para borrar el mal-estar del recuerdo de la masturbación infantil.

En la historia del sujeto el valor de las teorías infantiles de la sexualidad están estructuradas alrededor de la noción de mito. Estas elucubraciones de los niños juegan un papel muy importante incluso en la determinación del tipo de sintomatología del sujeto. Así en el caso de El hombre de las ratas vemos que es bajo la teoría infantil del parto anal que se produce la equivalencia entre niños y ratas.

Decir que las teorías infantiles tienen carácter de mito es decir que se presentan como relatos, como tentativa de articulación de solución de un problema, en tanto así ocurre en lo que conocemos como mitos, ya sean mitos religiosos, folclóricos, etc. Las características estructurales del mito, que hacen a su estructura son el carácter de atemporal y su carácter de ficción, una ficción cuya invariable es la noción de estructura. El mito como la verdad tiene estructura de ficción y siempre tiene una relación con la verdad, por eso que mito y verdad no pueden estar separados. El mito es una articulación significante que no explica nada, su importancia es la articulación, su estructura.

Así como decimos que lo inconsciente es no representable y, sin embargo, la única vía de acceso al inconsciente es mediante la palabra articulada. Mito y palabra, respectivamente, no serán la verdad misma pero tendrán una relación determinada.

La eficacia del mito no es tanto por su contenido como por su estructura.

Lo que está estructurado, lo que da la categoría mítica, es un cierto tipo de verdad que marca la relación del hombre, no con la naturaleza, en tanto la naturaleza en relación al hombre siempre es desnaturalizada, ni en relación al ser que nos haría caer en la filosofía, sino en relación con los temas de la vida y de la muerte, de la existencia y la no existencia, del nacimiento; de la aparición de lo que no existe aún y que está ligado con su ser sujeto de un sexo, y muy especialmente el suyo propio. En esto el niño emplea su actividad mítica.

Los mitos pueden tener etapas, elementos que denominamos mitemas, con lo cual al descomponer los mitos se percibe una unidad entre los mitos más alejados. Así podemos decir que un incesto y un crimen, míticamente son equivalentes. Esto nos da una idea de la instancia del significante como tal, algo que en sí mismo no significa nada pero que porta todo el orden de significaciones, algo que donde mejor se muestra es en el mito.

Así, algo que está articulado por un sujeto pasa a otro sujeto en el estado de verdad recibida, donde está en juego la creencia, donde hay una sugestión implicada, concerniente a la autenticidad de la construcción de la que se trata. Se trata de una construcción recibida por el sujeto. Los elementos culturales de organización simbólica del mundo son algo que por no pertenecer a nadie, es algo que debe ser recibido, aprehendido. Así es como se transmite de padre a hijo lo que luego en el hijo va a funcionar como orden imaginativo, como carácter para inventar. Incluso podemos decir que según el carácter de la interrogación del padre las construcciones del hijo serán más o menos proliferas. Pero estimulada o provocada por una pregunta, la productividad del niño o, en el caso del análisis del paciente, la proliferación se manifiesta según sus propias estructuras.

Hay una necesidad estructural que preside la construcción de cada uno de los mitos infantiles, incluso su progreso y transformación, sabiendo que no es el contenido lo que importa, sino saber que todo niño pasará por el complejo anal y por el complejo de castración, y esto es algo que se puede prever, es decir que el niño pasará por estas constelaciones y por las resoluciones de estas constelaciones.

A veces ocurre que el sujeto avanza en sus conocimientos pero de una forma que reniega de ellos, donde se produce la intersección de lo simbólico y lo real pero sin intermediario imaginario, por lo que queda excluido en el tiempo primero de la simbolización. Es por esto que un sujeto puede tener acceso a la realidad genital y quedar como letra muerta para su inconsciente donde sigue reinando, por ejemplo, la teoría sexual de la fase anal. Este sujeto, nos dice Freud, de la castración no quiere saber nada en el sentido de la represión, con lo cual se produce una forclusión, una abolición simbólica.

Si Freud nos dice que para que el orden simbólico nos constituya, en tanto no se puede concebir como constituido, deberemos pasar por el proceso de la creación simbólica de la negación, en relación con la Bejahung (afirmación), querrá decir que será necesario que simbolicemos imaginariamente lo real, como condición primordial para que de lo real venga algo a dejarse ser. Pues lo que no es dejado ser en esa Bejahung, lo que no ha llegado a la luz de lo simbólico aparece en lo real, lo que no se produce como castración, lo que es sustraído a la posibilidad de la palabra, se alucinará como castración. Esto lo podemos ver en el recuerdo alucinatorio del dedo cortado en El hombre de los lobos, o en los fenómenos del «déjà vu» o «déjà raconté», o bien en el acting-out, fenómeno donde el sujeto actúa.

El sujeto no debe forcluir ninguno de los pasos del proceso donde el objeto a se produce, en tanto el nudo hay que serlo aunque luego sólo se trate de parecerlo. No se trata de tener una idea del ser para parecerlo, sino que se trata de un objeto del que no hay ninguna idea, y sin embargo tiene que ser operante en lo real. Y lo real dijimos que es lo que siempre vuelve al mismo lugar. Lacan nos dice que es justamente lo que no anda, lo que no cesa de repetirse para entorpecer la marcha de lo imaginario. Es por eso que no lo podemos instituir como imaginario sino más bien como lo que hace obstáculo a lo imaginario. Es por eso que no hay manera de alcanzar lo real por la representación. Por eso decimos que el símbolo de la serpiente no es exactamente sustituto del falo sino de lo que falta en su lugar.

Decíamos que era la ausencia del goce la condición para que se produzca el objeto a como plusgoce. Se tiene que producir el nudo de lo real, lo simbólico y lo imaginario para que se civilice el goce, es decir que es como sujeto hablante que el cuerpo va a gozar de los objetos.

El objeto a es entonces el primer referente del sujeto como falta en el origen y es el producto de las operaciones que son la causa de la falta. La pérdida del objeto es la hiancia abierta que constituye la falta a gozar. La pérdida de objeto es lo que permitirá el abordaje a ese lugar que es lo real, en tanto expulsado de lo simbólico, y en tanto el objeto a es an-objetal.

El goce está excluido del sistema simbólico en tanto real último del funcionamiento del sistema mismo que lo excluye.

Decimos que en el síntoma se trata de desenmascarar esta relación al goce, nuestro real, en la medida en que está excluido.

El goce en tanto está excluido.

El Otro como lugar donde ello se sabe.

El objeto a como efecto resulta de que en el juego del significante sea al goce a quien se apunta.

Decimos que lo real siempre se vuelve a hallar en el mismo sitio, está en el mismo sitio, esté o no esté allí el hombre. Decimos que el lenguaje pre-existe al niño, es por eso, que en un principio el lenguaje forma parte de lo real, por eso que será cuando pueda simbolizar que puede conocer lo real, y lo que no entre en lo simbólico va a irrumpir bajo la forma de lo visto o lo oído, lo ya visto, lo ya contado. Es por eso que decimos que el hombre piensa con ayuda de palabras y que la palabra tiene función creadora, es ella la que hace surgir la cosa misma. No su forma, ni su realidad, sino que hace que la cosa esté allí, aún no estando allí. Es decir, que presentifica la ausencia y ausentifica la presencia.

Es por eso que decimos que la interpretación psicoanalítica es del orden significante. También decimos que el sexo y la muerte en tanto dimensiones de lo real no tienen inscripción en el inconsciente. Por eso decimos que el saber se detiene ante el sexo. Hay una imposibilidad de conocer lo concerniente al sexo, no puede ni decirse ni escribirse, eso no cesa de no escribirse. Y esto es lo imposible mismo, lo real mismo, en oposición a lo posible que es lo que cesa de escribirse. El hecho de habitar el lenguaje deja trazos, y hay cosas que están cerradas para siempre en el inconsciente, para siempre como un agujero no reconocido.

Decimos que el mito del asesinato del padre primordial, el padre de la horda primitiva, es para Freud el episodio con que se inicia la cultura, en tanto después de muerto la interdicción del goce se instala como ley, es entonces cuando los hijos obedecen, en un a posteriori, es cuando se genera el sentimiento de culpa que creará los dos tabúes fundamentales del totemismo, que coinciden con los dos deseos reprimidos del Edipo, asesinato e incesto.

En el seminario "La relación de objeto y las estructuras freudianas", Lacan se interroga sobre este mito y nos dice que la muerte es necesaria para que los hijos se prohiban a ellos mismos el asunto, que este padre mítico habría sido muerto para demostrar que es inasesinable, en tanto es muerto para ser conservado. Todo el sistema totémico y las religiones van a ser un intento de reconciliación con el padre y de apaciguamiento de la culpa.

En El malestar en la cultura Freud plantea que el sujeto en los primeros años de su vida desarrolla angustia frente a la agresión de la autoridad externa, teme perder el amor y la protección y la consecuencia es que se instala la renuncia pulsional para conservar el amor. Será en la declinación del Edipo que Freud planteará que interiorizada la autoridad se instaurará el superyó, por lo que la angustia se presentará ahora frente a ese lugar, angustia frente a la conciencia moral, que es equivalente al sentimiento de culpa. Lacan llega a decir que la culpa es una variedad tópica de la angustia y que ambas se encuentran de forma consciente o inconsciente tras todos los síntomas.

Va a ser en el segundo tiempo, cuando se instaura el superyó que surge la necesidad de castigo, en tanto el superyó está en relación con el Ello y por lo tanto tiene acceso a los deseos prohibidos del sujeto, por eso que pensar mal o el actuar no son diferentes para la moral. En esto está, en el decir de Freud, la desventaja económica de la conciencia moral. No alcanza la renuncia a la satisfacción pulsional, pues esto no anula el deseo inconsciente, que persiste indestructible. De aquí, las paradojas de la moral, en tanto cuanto más santo sea un individuo mayores exigencias y sacrificios le reclama el superyó.

Es por eso que Lacan en La ética del psicoanálisis propone que la experiencia moral de que se trata en psicoanálisis tiene que ver con el imperativo original que Freud propone en la frase "Donde Ello era, sujeto he de llegar a ser". Donde más que seguir el imperativo de la instancia superyoica, imperativo extraño, paradójico y cruel de lo que Lacan dice figura obscena y feroz del superyó, la ética queda articulada en una construcción del real en el transcurso de la dirección de una cura. De aquí la importancia del acto analítico y el deseo del analista que soporta este acto.

Es en este sentido que Freud plantea la forma del fantasma «Pegan a un niño» ligado en la historia del sujeto a la introducción de un hermano o una hermana, en definitiva un rival en el amor de los padres.

Lo plantea en tanto mito y donde está en juego la construcción de lo real, en tanto necesario para que el sujeto entre en la economía del goce del Ello, del goce imposible de lo real, lejos del imperativo superyoico.

Podríamos decir que en psicoanálisis más que de una clínica del superyó, en tanto no se trata de corregir, o mejorar el imperativo superyoico, se trataría de una clínica del Ello, en tanto se trata de instalar un nuevo imperativo donde lo importante es acceder a lo real, (que no realidad) allí donde el orden simbólico nos preexiste. Allí donde el Ello era, el sujeto ha de llegar a ser. Es por esto que no se trataría de matar a los mayores para crecer sino de aceptar cuales son las vías de acceso al saber, en tanto acceder al deseo inconsciente es acceder a la verdad: que no hay sino saber inconsciente. No sólo no sé que sé sino que cuando se llega a «no sabía que lo sabía» también es inconsciente para el sujeto.

Podemos decir que en la neurosis, en la perversión y en la psicosis se trata de intentos en el acceso a lo real y en su constitución como real imposible.

Dar una forma discursiva a aquello que no se puede recordar: lo real, ésta es la enseñanza de Lacan.

Es por eso que la poesía es el fundamento de la historia. No es un ornamento, entretenimiento o fenómeno de la cultura, sino la esencia misma del lenguaje, como la interpretación es la esencia misma del deseo.

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