Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

INSTANTE DE LA MIRADA

CAPITULO IV. SUJETO Y OBJETO EN LA HISTORIA
DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO II

El objeto en psicoanálisis dijimos que se presenta siempre en una búsqueda del objeto perdido y de objeto como siendo siempre el objeto reencontrado. Esto se opone a la idea de un objeto como completante. Podemos decir que es distinto pensar un sujeto deseante en relación a un objeto tomado en una búsqueda que pensar un sujeto autónomo al cual nos lleva la idea de un objeto completante.

Planteamos el objeto a como plusgoce, como lugar de captura del goce, en tanto podemos decir que gozamos con el objeto a.

Planteamos al sujeto en una dependencia de la demanda, es decir ($<>D), con lo que distanciamos al sujeto de lo que es necesidad. En el hombre ni el hambre es puramente apetito fisiológico, en tanto al pasar por la forma significante está en posición equivalente a una demanda sexual.

El lugar del Otro como expulsado del goce no es sólo lugar vacío sino algo estructurado por la incidencia significante, que precisamente introduce allí esta falta, barra, abertura, ese agujero que distinguimos con el título de objeto a.

La intersección de A y S produce un objeto a que introduce al sujeto en el nivel de la angustia primordial, en tanto en el origen no hay relación de objeto sino angustia primordial.

El sujeto se hiende por ser a la vez efecto de la marca y soporte de la falta. Angustia necesaria, que no es sin objeto a, objeto a que mantiene la separación entre el goce y el deseo, en tanto decíamos que era necesaria la prohibición del goce, era necesario que se desprendiera el objeto a, el plusgoce, para que se produjera el sujeto deseante.

Podemos decir que el A tiene forma de a, en tanto el A queda marcado (A/) cuando se produce el a como resto. El falo es lo que le falta al a para ser A.

Objeto a que no pertenece al orden imaginario sino que es el lugar mismo donde se engancha lo imaginario, objeto a que es la puesta misma del sujeto en el campo del narcisismo.

En psicoanálisis hablamos de una falta inaugural para el niño que despierta cuando descubre con horror que su madre es castrada, esa madre que designa ese Otro que es cuestionado en el origen de toda operación lógica. La verdad de que no hay Otro, viene a desalojar al niño de una omnipotencia. Es por eso que S(A/) denominado significante de la falta en el Otro será el punto de partida en lo que concierne a la lógica del fantasma. Que el Otro está marcado es de lo que se trata en la castración materna.

Si ese Otro no existe nos podemos preguntar en qué queda suspendido el deseo cuando decimos que el deseo es el deseo del Otro.

En el caso del neurótico su deseo gira en torno a algo que no se puede articular de otra manera más que como demanda del Otro. Es por eso que el sujeto viene al análisis no en nombre de alguna demanda de la exigencia actual, sino para saber lo que él demanda, y esto le lleva a demandar que el Otro le demande algo. Son esos pacientes que nos dicen: pregúnteme usted doctor.

Decíamos entonces que el objeto a va a permitir la puesta del sujeto en el campo del narcisismo.

Ver esquema de la dialéctica intersubjetiva (Final del capítulo III/conferencia 26).

Campo del narcisismo que le permitirá constituir un cuerpo en tanto decimos que tenemos cuerpo porque lo podemos imaginar, aunque no por eso deja de ser inconsciente, no por eso dejan de ser los agujeros los que sostienen la imagen corporal, siendo el verdadero cuerpo, el cuerpo pulsional, los agujeros pulsionales. Imagen, más que constituida, constituyente y formativa. Yo, moi, que nos va a permitir posicionarnos como sujetos en relación al Otro y determinados por él en nuestro deseo. Así como nuestro fantasma dependerá de nuestro deseo, nuestro moi dependerá de nuestra imagen. Imagen que sólo si hay objeto a como falta podrá producirse.

Esquema del grafo del deseo:

En cuanto al perverso podemos decir que es aquél que se consagra a obturar ese agujero en el Otro, está del lado de que el Otro existe, cree en el Otro sin marca, reniega de la castración. Así como del psicótico podemos decir que no cree en él.

Si pensamos en un exhibicionista, ese que da a ver, nos hace olvidar que la pulsión escoptofílica pretende hacer aparecer en el campo del Otro la mirada. Hay un límite impuesto al goce por la función del principio del placer. Es el goce del otro lo que el exhibicionista vela. Es en el campo del Otro, en tanto que el goce ha desertado de él, en tanto que en él ya no hay goce, que el acto exhibicionista se plantea para hacer surgir allí la mirada.

Logra el goce del Otro y el otro no está allí más que para tapar el agujero con su propia mirada.

En el sadomasoquismo de lo que se trata es de la voz. El agujero se llena con la voz. Se dice que es la voz de la querida madre de voz fría y recorrida por todas las corrientes de lo arbitrario, que esa es la voz que viene a tapar el agujero y que no deja pasar la voz del padre. Es por eso que decimos que el masoquista ha organizado todo para no tener la palabra y que el sádico es el que repone la voz. En el masoquismo moral se trataría de la voz del superyó.

El sádico trata de completar al Otro despojándole de la palabra (suele aparecer en este tipo de situaciones el amordazamiento) y le impone su voz, «aquella voz».

Podemos decir que el goce para el Otro es el fin mismo de la perversión. A nivel del otro, interroga lo que falta en el Otro como tal. El perverso no goza, el goce del que se trata es el del Otro. Los neuróticos en cambio no se consagran a que el Otro goce. El perverso está interesado en el goce del Otro y en un otro que no está allí más que para tapar el agujero con su propia mirada, con su voz.

Tratamos el tema de la perversión porque si hablamos de perversiones en lo pregenital es necesario preguntarse qué es la perversión.

Otro orden de la perversión es que se despliega enteramente en la dialéctica imaginaria, en tanto en la perversión se trata de imaginarizar lo real imposible.

Para pensar la relación sádica, podemos recordar ese chiste que la muestra. "Pégame", dice el masoquista. "No", dice el sádico. Es decir, que no está tanto en la acción de pegar o ser pegado, sino en el acto de atormentar, ser atormentado, no tanto en ser un sujeto entre sujetos sino en ser un objeto entre objetos, podemos decir que en la perversión se trata de des-subjetivizar. Lejos de ser llevados al límite extremo permanecen en el umbral de la ejecución, jugando así con la espera, con el temor del otro, la presión, la amenaza, observando las formas de participación del compañero. La mayor parte de los perversos permanecen en el plano de una ejecución solamente lúdica. No estamos ante sujetos sometidos a una necesidad, sino al deseo del otro que es él mismo. En el espejismo del juego cada uno se identifica al otro. La intersubjetividad es la dimensión esencial.

Esto nos lleva a pensar que el objeto para el ser humano, se distingue de cualquier objeto porque es un objeto que nos mira. Podemos sentirnos mirados por otro cuyos ojos, ni siquiera vemos. A partir del momento en que existe esa mirada ya soy algo distinto, me convierto en objeto para la mirada del otro. En definitiva, soy objeto para la mirada del Otro, me hago ver. A partir de entonces esa mirada puede ocupar cualquier punto, el mundo es omnivoyeur.

En psicoanálisis no podemos olvidar el plano de la intersubjetividad. Intersubjetividad que está desde el origen, en tanto no hay transición entre el deseo animal, donde la relación es de objeto y el del reconocimiento del deseo. La intersubjetividad debe estar desde el comienzo, puesto que está al final. Si la teoría psicoanalítica califica al niño de perverso polimorfo es porque la perversión supone la dimensión de la intersubjetividad. Yo veo que el otro me ve y el tercero que interviene me ve visto. No hay dualidad, no sólo yo veo que el otro me ve, sino que lo veo verme, es decir que él sabe que lo veo. La vergüenza es una señal para el otro (Otro), para que el otro sepa que le veo verme. Siempre hay tres términos en la estructura, aún cuando esos tres términos no estén presentes explícitamente.

Freud en la relación niño-madre, desde el principio introduce el falo, desde el origen es una relación de tres.

Decir que el niño es perverso polimorfo no es ir a buscar en el niño la intersubjetividad del perverso, como tampoco se trata como piensa Balint que el niño sólo reconoce al otro en función de su propia necesidad.

La intersubjetividad del niño se manifiesta en el hecho de que pueda servirse del lenguaje. La intersubjetividad está dada ante todo por la utilización del símbolo y esto desde el principio, recordemos el Fort-Da. Todo parte de la posibilidad de nombrar que es al mismo tiempo destrucción de la cosa, pasaje de la cosa al plano simbólico.

Desde el principio para el niño están lo simbólico y lo real, la madre simbólica (fálica) y el pecho en su función de objeto. Lo imaginario, que es la frustración, parte de esos dos polos.

La frustración en su naturaleza de falta es daño imaginario, es en el plano imaginario que se sitúa, mientras que la privación en su naturaleza de falta es una falta real, es un agujero. Por eso decimos que la frustración es el dominio de la reivindicación, el dominio de algo que es deseado y que no es tenido, y que no hay ninguna posibilidad de tener, es el dominio de las exigencias desenfrenadas, de exigencias sin ley, el yo quiero eso porque sí, es por eso que produce un daño imaginario. La castración en cambio es una forma coordinada a la noción de ley primordial, es decir la ley fundamental en la interdicción del incesto y en la estructura del Edipo, por eso que la situamos en la categoría de la deuda simbólica.

La distancia entre deuda simbólica, daño imaginario y falta en lo real es lo que nos permite situar estas categorías de la falta de objeto.

Debemos distinguir entre el carácter imaginario del objeto de la castración y el hecho de que la frustración se trate de una falta imaginaria del objeto. Pues por imaginaria que sea la frustración el objeto que falta siempre es un objeto real, siempre es de una cosa real de la que se siente en defecto el frustrado.

El objeto de la privación es un objeto simbólico, lo que no está en su lugar. En tanto la ausencia de algo en lo real es una cosa puramente simbólica, pues es en tanto que definimos por ley que eso tendría que estar aquí, que un objeto falta de su lugar. Así ocurre por ejemplo con un libro en la biblioteca que podemos decir que falta de su lugar, también lo podemos decir de la carta robada del cuento de Poe, y esto porque se dice que lleva su lugar «en la suela de los zapatos», pues tanto el libro que falta de su lugar en la biblioteca lleva su lugar indicado como la carta lleva el nombre de su destinatario.

Por eso cuando hablamos de privación es de un objeto simbólico que hablamos y esto tiene su importancia en la constitución de la sexualidad del sujeto, siendo su importancia diferente para el hombre y para la mujer en la construcción del falo, en tanto las relaciones entre el hombre y la mujer no son relaciones entre sujetos y objetos sino que ambos tienen que establecer una relación con el falo para que pueda haber una relación entre sujetos deseantes, ya sean hombres o mujeres. Se tratará entonces de la construcción del falo.

El otro para el sujeto no es un objeto como tampoco la imagen del cuerpo puede devenir objeto, pues no podemos olvidar su naturaleza imaginaria, es decir que estas relaciones estarán determinadas por la relación simbólica, por la posición del sujeto respecto al falo, al goce fálico, respecto al campo del Otro, como sujeto deseante. Real, simbólico e imaginario forman un nudo tal donde uno no es sin los otros dos.

Van a ser las teorías sexuales infantiles las que marquen con su impronta todo el desarrollo y toda la historia de la relación entre los sexos, que llamaremos mitos infantiles y como todo mito en su estructura significante es una forma de presentación de la verdad, una forma de decir lo que no se puede decir, y esto en el plano imaginario en tanto hay una sola representación imaginaria del falo. Esto quiere decir que para el niño y para la niña no hay otra opción que una imagen viril o la castración, aunque esto no equivale a pensar el falo como pene, más bien pertenece al mito infantil según el cual todos tenemos el mismo sexo; no se ha planteado todavía la diferencia sexual, sino que en todo caso podremos decir que antes que se plantee la diferencia sexual, el significante funciona sobre el fondo de una cierta experiencia de muerte, y esto no porque tengamos ninguna experiencia de la muerte, en tanto no hay representación en el psiquismo de nuestra propia muerte sino porque desde niños nos enseñan a comportarnos de una manera esencialmente mortal y esto además ligado al cuerpo.

La importancia de las teorías infantiles y de la teoría de la libido en la organización genital infantil nos la muestra Freud fundamentalmente en Tres Ensayos para una Teoría Sexual de 1905 y las adiciones de 1915, en Introducción al Narcisismo de 1914 y en Organización Genital Infantil de 1920, donde el valor organizador de los fantasmas es algo que elimina la posibilidad de pensar una armonía preestablecida y natural del objeto al sujeto, y que nos permite pensar la constitución de la sexualidad humana en dos tiempos donde el rehallazgo de
objeto está marcado por el período de latencia. Por eso que es en torno a la noción de falta de objeto que debemos organizar toda la experiencia y en tres niveles diferentes de la crisis de esta búsqueda del objeto en tanto es en sí misma una noción de búsqueda crítica: castración, fustración, privación, donde su estructura central, lo que ellas son como falta, son tres cosas esencialmente diferentes.

En la castración hay una falta que se sitúa en la cadena simbólica, en la frustración hay una falta que se sitúa como daño imaginario y en la privación la falta está en lo real, aunque no es del todo algo que está en el sujeto, pues para que el sujeto acceda a la privación es necesario que él simbolice lo real, que conciba lo real como pudiendo ser otro que él. Esto elimina esa manera de pensar que el sujeto proviene de sí mismo, es decir no podemos pensar una psicogénesis como una araña que extrae el hilo de sí misma, donde toda la concepción del mundo la extrae de sí mismo. También elimina la posibilidad de pensar una maduración preestablecida del psiquismo.

Es por eso que decimos que en el mundo humano la estructura, el punto de partida de la organización objetal es la falta de objeto y que esa falta de objeto es necesario concebirla en sus diferentes etapas, no sólo a nivel de la cadena simbólica que le escapa al sujeto en su comienzo y en su fin, y a nivel de la frustración en tanto lo vivido y lo pensable, sino también esa falta la tenemos que concebir en lo real, pues cuando hablamos de privación no debemos referirlo a la necesidad, como ocurre en Jones que hace equivalentes frustración y privación, sino que la privación se refiere a algo que está en lo real completamente fuera del sujeto y para que lo aprehenda es necesario primero que lo simbolice. Habíamos dicho que la frustración era la operación lógica que introduce el orden simbólico. Por eso que decimos que no es el sujeto el que introduce el orden simbólico, pues el sujeto no está aislado, no es independiente. Podemos decir que si estuviera aislado, si fuera independiente sólo encontraría la muerte.

La frustración introduce lo simbólico, la privación lo imaginario y la castración lo real.

La privación parte de lo imaginario y lo simbólico, mientras que la castración parte de lo real y lo imaginario.

S I R Frustración (imaginaria) (simboliza imaginariamente lo real).

I R S Privación (real) (imagina realmente lo simbólico).

R S I Castración (simbólica) (realiza simbólicamente lo imaginario).

La castración está ligada al orden simbólico en tanto instituido; ligada a la posición central dada al complejo de Edipo que comporta la noción de la Ley.

Retomemos de nuevo la cuestión de la perversión en tanto estamos viendo el estadio pregenital como perverso polimorfo.

La mirada no se sitúa a nivel de los ojos, no es la cara de nuestro semejante, es también una ventana tras la cual suponemos que alguien nos está acechando, es el objeto ante el cual el sujeto deviene objeto. Si el masoquista no está a la altura de la situación, el deseo cae en la vergüenza. Sucede lo mismo en la escoptofilia, cuando es sorprendido mirando, todo cambia, se vuelve una mera cosa, un maníaco.

¿Qué es entonces la perversión? No es aberración respecto a los criterios sociales, anomalía contraria a las buentas costumbres o atipia respecto a los criterios naturales. Es, en su estructura misma, otra cosa. La perversión se sitúa en el límite del registro del reconocimiento, y es esto lo que la fija, la estigmatiza como tal.

Esta incertidumbre fundamental de la relación perversa, que no logra establecerse en ninguna acción satisfactoria es la estructura que confiere su valor a la perversión (es también uno de los aspectos del drama de la homosexualidad).

La perversión permite profundizar aquello por lo cual el hombre está abierto a esta división consigo mismo que estructura lo imaginario, es en esta hiancia del deseo humano donde aparecen todos los matices, desde la vergüenza hasta el prestigio, desde la bufonería al heroísmo, a través de los cuales el deseo humano está expuesto al deseo del otro.

En la homosexualidad femenina vemos que el deseo sólo se satisface en la captura inagotable del deseo del otro, donde el sujeto se agota en la persecución del deseo del otro, que jamás podrá capturar como su propio deseo, porque su propio deseo es el deseo del otro. Podemos decir que se persigue a sí mismo. En esto radica el drama de la pasión celosa que también es una forma de la relación intersubjetiva imaginaria.

La relación intersubjetiva que subyace al deseo perverso se sostiene en el anonadamiento del deseo del otro o del deseo del sujeto, en uno como en otro disuelve el ser del sujeto. El otro sujeto se reduce a no ser más que el instrumento del primero, que es el único que permanece sujeto como tal, pero reduciéndose él mismo a no ser sino un ídolo ofrecido al deseo del otro. El deseo perverso se apoya en el ideal de un objeto inanimado, pero no se contenta con la realización de ese ideal, apenas lo realiza pierde su objeto. Su apaciguamiento, por su estructura misma, está condenado así a realizarse antes del contacto, ya sea por la extinción del deseo, ya sea por la desaparición del objeto.

Hay una relación recíproca de anonadamiento, donde el deseo se extingue o desaparece el objeto.

Decimos que lo simbólico no se encuentra en una simple relación de sucesión con el dominio imaginario cuyo pivote es la relación intersubjetiva mortal donde la muerte nunca se experimenta como tal, nunca es real, no está estructurada como temor, está estructurada como riesgo, como apuesta, como una regla de juego. Es por esto que en todo análisis de la relación intersubjetiva lo esencial no es lo que está ahí, lo visto. Lo que es la estructura, es lo que no está ahí.

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