Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

INSTANTE DE LA MIRADA

CAPITULO III. SUJETO Y OBJETO EN LA HISTORIA
DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO I

La dialéctica del placer es a la vez búsqueda y evitación de la zona interdicta. Zona interdicta que designaremos como campo del goce y del cual depende la distribución del placer en el cuerpo, cuyo límite íntimo Lacan designa como esta interdicción en el centro que constituye lo que nos es más próximo, siéndonos, sin embargo, exterior. Y para lo cual Lacan utiliza la palabra extimidad.

También sabemos que habría que diferenciar entre el objeto a como objeto real causa del deseo, de la fórmula del fantasma ($<>a) y el objeto a en su articulación con el goce, que como tal implica el cuerpo y que tiene que ver con la satisfacción pulsional.

Goce que también da cuenta de la satisfacción que el sujeto encuentra en sus síntomas. Recordemos que Freud nos habla del síntoma como una solución de compromiso, donde se produce tanto la satisfacción pulsional como el castigo por tal satisfacción, que también es un punto de goce. Es decir que en el síntoma se satisfacen dos puntos de goce.

Hemos diferenciado entonces deseo y goce, en tanto el deseo tenía que ver con el campo del Otro y el goce tiene que ver con lo real inaccesible, con la Cosa.

Es la ley de interdicción del incesto, la ley que prohíbe gozar de la madre y matar al padre, la que produce el deseo del sujeto como deseo del Otro.

En La subversión del sujeto (1960), Lacan nos indica que la castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo.

La castración es en todo caso lo que regula el deseo, en el normal y en el anormal, nos dice Lacan en este mismo texto.

Es por todo esto que se habla de la economía del goce, pues la economía siempre es economía pulsional, economía libidinal, lo cual quiere decir que es diferente la interdicción del goce autista que el intercambio propio del deseo.

Dijimos que "el deseo es deseo del otro", tiene que constituirse como "el deseo es el deseo del Otro", en tanto cuando se trata del deseo el Otro siempre tiene que estar implicado. El goce en cambio no remite al Otro, más bien se excluyen.

El goce es eso que hace falta que no haya.

Mientras que el deseo se articula con el falo como «común medida» el goce está fuera de toda medida, es por eso que el goce del síntoma, el goce de la autopunición está fuera de medida. Se trata entonces de la renuncia al goce autoerótico, en tanto el síntoma o el castigo dejan al sujeto en la soledad del mismo goce. Es decir, que en el goce no se trata de ganancia pues si hay ganancias siempre es un goce a solas. Se trata de un goce como perdido, lo cual incluye la relación del deseo con la muerte y el desasosiego consecuente, respecto a lo cual el sujeto no puede pedir ayuda a nadie, sino que se trata de vivir a pesar de ser mortal o más bien por eso mismo.

Nadie obliga a nadie a gozar, salvo el superyó. El superyó es el imperativo del goce. A este ¡goza! el sujeto sólo puede responder: Oigo, pues sabemos que el goce es lo que hace falta que no.

El superyó tiene la característica que cuanto peor nos va peor nos trata. Lacan llega a decir que el superyó persigue más al individuo en función de sus desdichas que de sus faltas, que se alimenta de las satisfacciones que se le otorgan, que es de una economía tal, que cuantos más sacrificios se le hacen más exigente deviene. Freud nos dice que aquel que se dedica a someterse a la ley moral encontrará reforzadas las exigencias, siempre minuciosas y crueles del superyó. El superyó exige el goce, una convocatoria a la no castración.

Es por eso que las intervenciones del psicoanalista tienen que tender a terminar con el goce, lo cual no quiere decir que la posición del analista sea la del que castiga, en tanto eso ya tendría que ver con el goce. Sabemos que es por la satisfacción, por el goce, que los sujetos penan demasiado y este penar de más es lo que justifica un análisis.

Se trata de llevar al sujeto a ese punto donde la satisfacción de la palabra responde al goce fálico, la otra satisfacción cuyo soporte es el lenguaje, en tanto se satisface a nivel inconsciente. Por eso decimos que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

Lacan nos dice que el único bien para el ser humano es el bien interdicto, ese que hace falta que no haya.

También nos dice que la realidad se aborda con los aparatos del goce y aparato no hay otro que el del lenguaje. Así se apareja el goce en el ser que habla.

En este capítulo vamos a trabajar cómo se produce el objeto a, cómo la organización objetal también depende de la organización fálica.

Objeto que se organiza como falta de objeto, en tanto es la falta de objeto la que produce la estructura de borde.

Es la falta de objeto, es por ejemplo el pecho en su función de objeto pero como falta de objeto, como agujero, que determina un borde pulsional. Es por esto que hablamos de pulsión oral, anal, escópica o escoptofílica, invocante o sadomasoquista y epistemofílica, donde el objeto a tiene más de una forma: pecho, excremento, mirada, voz y saber.

Son las operaciones lógicas de frustración, privación y castración las que van a producir el objeto a como resto de la operación de anudar lo imaginario, lo real y lo simbólico, donde la falta de objeto va a ir desde la falta en lo real que va a permitir la simbo1ización de lo real; al acceso a la falta en lo simbólico que va a permitir la simbo1ización de lo simbólico; al acceso a la falta en lo imaginario que va a permitir la simbo1ización de lo imaginario, hasta producir la introducción del funcionamiento del significante en el sujeto mediante la castración simbólica.

Si se pudiera decir, diríamos: Dime qué fantasma tienes y te diré qué principio de realidad tienes, dime cuál es el soporte de tu deseo ($<>a) y te diré cuál es tu realidad. En tanto la fórmula del fantasma es la fórmula del deseo y es el deseo el que habla en nosotros. El fantasma es el camino, la vía hacia lo real. La Cosa es lo real.

La introducción del sujeto en una realidad cualquiera no es pensable por la experiencia de la frustración.

En el campo psicoanalítico, a veces se olvida que la primera experiencia de satisfacción queda inscripta como huella, y se piensa desde el hecho de que en el sujeto hay una posibilidad de satisfacción alucinatoria antes de cualquier localización en la realidad, que hay una satisfacción alucinatoria de las necesidades antes de lo que efectivamente satisface sus necesidades.

Así Melanie Klein pensó en una forma de aprendizaje que se hacía en relación a la madre donde todo se ordenaba en una serie de proyecciones de las necesidades del sujeto y el aprendizaje de la realidad dependía de la constitución fantasmática de los primeros objetos.

En Melanie Klein se trata, no de la constitución del objeto a mediante las tres operaciones lógicas de frustración, privación y castración, sino de la constitución fantasmática de los primeros objetos, planteando la cuestión en términos de una castración precoz, en términos de agresividad y frustraciones, en términos de un pasado realmente acontecido y reparable, más que en términos de pasado que se constituye cuando es relatado, con lo cual más que reparable o cambiable es provisorio, es posible de ser transformado.

Otro autor, Winnicott nos habla de objeto transicional. Nos dice que si la satisfacción de las necesidades es alucinatoria, en la medida que la madre no las calma en el momento que se presentan, lo cual supone una madre que satisface la necesidad en el momento justo y oportuno, y para este autor esto impediría que el niño aprendiera a distinguir la realidad y la alucinación. Si originariamente alucinación y realidad son indiscernibles, para este autor, cuanto más satisfactoria sea la realidad menos constituye una prueba de realidad. Es por esto que plantea la desilusión, la frustración del goce por parte de la madre como método para que el niño aprenda qué es la realidad.

Estos planteamientos nos hacen pensar que cuando Freud nos habla de satisfacción a nivel alucinatorio en el sueño, por ejemplo el sueño de Anna Freud: Anna Freud, fresas, frambuesas, natillas, etc. creen que se trata simplemente de la satisfacción del hambre, cuando lo que está en juego es lo prohibido a la niña. Esto lo prueba incluso el carácter de festín, de exceso del sueño. Incluso en los sueños de los hambrientos no se presentan simplemente la comida necesaria sino comidas pantagruélicas.

En el delirio también podemos ver que no se trata simplemente de una ensoñación de satisfacción de necesidades sino de una cierta relación con el significante, como lo pone de manifiesto la alucinación verbal.

Podemos decir entonces que la introducción del sujeto en una realidad cualquiera no es pensable por la frustración, sino que se constituye el principio de realidad cuando entra en juego el significante. Además, antes del aprendizaje del lenguaje, ya hay un proceso de simbolización, como lo prueban los primeros vocablos emitidos por el niño en el juego que Freud presenta como ejemplar, el juego del Fort-Da, el juego de simbolización de la presencia y la ausencia.

Es este el momento de la frustación, que no lo debemos pensar exterior al complejo de Edipo, fuera del orden simbólico, sino que lo debemos pensar como el comienzo. Está ligada al primer año de vida y a un modo de relación que introduce lo real. A nivel de la frustración, la relación a un objeto real que es la imagen primordial del seno materno, nos dará la anatomía imaginaria del desarrollo del sujeto, momento autoerótico, donde no hay todavía relación al otro que sea concebible, pues va a ser el juego de repetición de Fort-Da, el que va a introducir a la madre. Es el juego con la pelota o el carrete, este juego de presencia-ausencia, lo que caracteriza la primera constitución del agente de la frustración en tanto la madre. El Fort-Da no es todo el orden simbólico pero nos muestra de ello el comienzo. Esto es lo que va a permitir la posibilidad de la relación a un objeto real con su escansión, las marcas que nos ofrecen la posibilidad de ligar esta relación real con una relación simbólica. El agente es el que participa de lo simbólico. Es la oposición presencia-ausencia, la connotación más-menos, lo que nos da el primer elemento y aunque no basta para constituir el orden simbólico es aquí que está el origen, el nacimiento, la posibilidad de un orden simbólico, la posibilidad de simbolizar la presencia y la ausencia, es decir, presentificar la ausencia y ausentificar la presencia, que es la posibilidad del significante.

Podemos decir que desde el principio hay real, imaginario y simbólico y que la falta de objeto para que se constituya como tal deberá ser constituida como real, como simbólica y como imaginaria.

Cuando el agente simbólico, la madre como tal, de la relación del niño con el objeto real, no responde, cuando declina, ella deviene real, ella deviene algo que introduce el comienzo de toda la realidad, en tanto ella deviene real y potente, y el objeto real deviene simbólico, el objeto pasa a ser un objeto testimonio del don proveniente de la potencia materna. El objeto a partir de ahora tiene dos órdenes de propiedad, en tanto satisface a una necesidad y en tanto simboliza una potencia.

Es por eso que decimos que es el niño quien deviene potente a la madre, pero es la madre quien es omnipotente a partir de una simbolización, el momento en que la madre puede dar, no importa qué. La madre entonces es algo que el niño realiza como potencia, algo que pasa de la primera connotación presencia-ausencia a algo que puede sustraer y que marca todo de lo cual el sujeto puede tener necesidad e incluso lo que, si no tiene de esto necesidad, deviene simbólico a partir del momento en que esto depende de esta potencia.

Si recordamos que en la organización de los objetos el falo imaginario tiene una función decisiva y que la madre tiene en su falta de objeto esencial, el falo, podemos pensar qué es lo que el niño espera. El niño espera algo de la madre a partir del momento en que la madre se ha introducido en lo real en estado de potencia. Es entonces cuando el niño aprehende la diferencia de los sexos; después de atribuir el falo imaginario a la madre, la madre pasa a carecer de este falo y por lo tanto pasa a ser deseante, esto quiere decir, no solamente otra cosa que el niño, sino deseante, herida en su potencia.

Esto es constitutivo del sujeto, por eso que no podemos pensar que la carencia fálica pueda enfermar al niño, por eso que no es la información acerca de la realidad lo que establece las discordancias.

Todo objeto introducido a título de frustración, no puede ser sino un objeto que el sujeto toma en esta posición de la pertenencia a su propio cuerpo. En la frustración hay una oposición absoluta entre el objeto real, del cual el niño puede ser privado, es decir, el seno materno, y por otro lado la madre en tanto ella está en posición de acordar o no acordar este objeto real. Distinguiremos entonces entre el seno de la madre y la madre como objeto total. Estos dos objetos no son de la misma naturaleza, pues la madre como agente es instituida por la función del llamado, en tanto presencia-ausencia, y por eso decimos respecto a la madre que se trata de frustración de amor, mientras que todo lo que viene de la madre como respondiendo a este llamado, es algo que es don, otra cosa que el objeto. Por eso decimos que hay una diferencia radical entre el don como signo de amor, que como tal viene de la madre y el objeto que está ahí para la satisfacción de las necesidades.

La frustración del amor y la frustración del goce son distintas en tanto la frustración de amor está en la relación intersubjetiva, mientras que la frustración del goce no está en ella. Por eso decimos que la frustración del goce del pecho materno no puede ser la que introduce la realidad como nos plantea Winnicott. Cuando el niño no tiene el pecho, tiene hambre, sigue llorando, produce el relanzamiento del deseo como mucho pero no produce ninguna constitución de objeto. No es que el niño privado del pecho fomenta la imagen fundamental ni ninguna especie de imagen, es necesario que esta imagen en sí misma sea tomada como una dimensión original, pues es al seno al que se sustituirá y se superpondrá el falo.

Es esta forma de conjunto, donde imaginario, real y simbólico están presentes, a la cual se engancha el otro como tal, por eso que lo importante es conocer cuál es la función del narcisismo original en la constitución de un mundo objetal como tal. La autonomía de esta producción imaginaria en su relación a la imagen del cuerpo, como este objeto ambiguo que está entre los dos, y a propósito del cual no se puede hablar de realidad ni de irrealidad. Producción imaginaria que conocemos como estadio del espejo.

Un ejemplo donde la noción de frustración es tomada como fundamental y como fundante de la relación de objeto es la teoría del Amor primario que plantea Balint.

Para Balint todo gira en torno a la noción de relación de objeto, planteando el objeto como objeto de satisfacción. Pero si sabemos que el objeto del goce es inaccesible, tenemos que pensar que plantea la cuestión en el orden de la satisfacción de las necesidades, por eso que hablar de un objeto que calma una necesidad no puede ser un punto de partida válido para explicar lo que acontece en el análisis.

Balint no tiene en cuenta el estadio que Freud plantea como autoerotismo. Autoerotismo que no quiere decir inexistencia de objetos, sino que es un momento donde se discrimina lo que proporciona placer y displacer, donde no hay objetos buenos o malos, benéficos o maléficos, sino objetos a (pechos, heces, mirada, voz). Los objetos que están en el campo del placer tienen una relación fundamentalmente narcisista con el sujeto, pero también los que están en el campo del displacer.

Balint habla de Amor primario, es decir de las relaciones del niño y la madre, marcando que lo específico de esta relación del niño con la madre es que la madre satisface todas las necesidades del niño. Y, aunque esto no ocurra siempre así, lo plantea como lo estructural en la situación del ser humano. Es decir, que lo plantea como semejante a lo que acontece en el mundo animal, en tanto presenta al niño coaptado a ese acompañamiento materno que colma cierta necesidad primitiva. Sin embargo, olvida que el niño lo está en mayor grado que cualquier otra especie debido al retraso de su desarrollo, incluso podemos decir que nace con cierto grado de fetalización, en tanto se puede hablar de nacimiento prematuro. Sin embargo, Balint no habla apenas de esto, aunque destaca esta relación, planteada como que la necesidad exige en ambas partes, en tanto ejemplifica con casos donde ante la necesidad la madre también puede llegar a engullir al niño. Relación esta de niño-madre que supone que si se realiza de una forma feliz sólo por accidente podrá haber perturbaciones. Todo se resume a un obstáculo en esa relación de a dos, relación cerrada.

La relación niño-madre es presentada como el punto de partida de una complementariedad del deseo. Olvida que la madre es un sujeto deseante, que en ella ya se ha producido la significación fálica, ya se ha metaforizado la función paterna, el Nombre-del-Padre, y el niño en ese mundo paterno está sujeto al deseo de la madre, que es fundamentalmente deseo del falo. Olvida que el niño ya está introducido en esa relación intersubjetiva, en esa relación de tres, madre-niño-falo, que existe porque hay un padre. Olvida que el niño tiene que pasar de ser sujetado al deseo del otro a ser sujeto del deseo del Otro.

Balint habla de amor pregenital o amor primario y de amor genital, haciendo surgir el deseo de una relación dual. Habla de estadio pregenital, donde no hay relación intersubjetiva, para hacerla aparecer en el estadio genital, es decir, hace surgir el deseo en el estadio genital, y lo hace surgir de la frustración. Muchos analistas han seguido este camino y de forma menos coherente y menos brillante que Balint, en tanto Balint plantea una teoría, un pensamiento, mientras que otros han llegado a hacer de la frustración el pivote de la teoría psicoanalítica: frustración primaria, secundaria, primitiva, complicada, etc.

Cuando Freud nos habla del desarrollo libidinal nos dice que el niño es perverso polimorfo, y antes de la organización genital infantil, que gira en torno al complejo de Edipo, el niño está entregado a una serie de fases, connotadas como pulsiones parciales. Se trata de sus primeras relaciones libidinales con el mundo.

No son los objetos lo que cohesiona al niño con el mundo, sino la libido. Libido que no busca objeto sino las coordenadas de placer.

La intersubjetividad está dada ante todo por la utilización del símbolo y esto desde el principio, recordemos el Fort-Da. Todo parte de la posibilidad de nombrar, que es al mismo tiempo destrucción de la cosa, pasaje de la cosa al plano simbólico, gracias al cual se instala el registro humano. Juego de presencia-ausencia donde es la ausencia la que constituye la presencia.

Al descuidar la dimensión intersubjetiva, la doble alteridad del sujeto, se cae en esa relación de objeto de la que no hay manera de zafarse y que conduce a callejones sin salida, tanto teóricos como técnicos.

En la relación intersubjetiva pareciera que cada sujeto es el centro único de las referencias, pero no podemos olvidar que la relación intersubjetiva no puede dejar de desembocar en una estructuración numérica: en el tres, en el cuatro, que en la experiencia psicoanalítica son nuestros puntos de referencia. Esto quiere decir que estamos en el plano del lenguaje, ya que fuera de él no puede concebirse numeración alguna.

Cuando decimos relación intersubjetiva queremos decir despliegue del sujeto en sus puntos significantes.

En psicoanálisis hablamos de estructura y no es ningún estructuralismo, y hablamos de funciones y no es ningún funcionalismo. Como también hablamos de subjetividad y no es ningún subjetivismo.

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