Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

INSTANTE DE LA MIRADA

CAPITULO II. INTRODUCCIÓN A LA CUESTIÓN DEL OBJETO

Hubo una época en la historia de la medicina donde si el paciente no podía ser diagnosticado, si no estaba descrita su enfermedad, no era considerado enfermo. Después pasamos a otro momento histórico de la medicina donde el ojo clínico del médico va más allá de la analítica, más allá de la mirada de la medicina. Pero en ambas, de lo que se trata es del diagnóstico, en ambas el objeto del deseo del médico y del paciente es el diagnóstico de la enfermedad, que por el hecho de que cualquier representación calma la angustia, tranquilizaba tanto al médico como al paciente. Así, el diagnóstico, transforma un estado indefinido en una afirmación al modo de: «Usted está deprimido, y la depresión es una enfermedad». «Usted es alérgico, y la alergia es una enfermedad», etc... En medicina teoría, método y técnica se suceden, por eso que el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento son tres momentos diferentes, que pueden variar dependiendo del tipo de enfermedad.

En psicoanálisis ya no se trata de diagnosticar en tanto el anudamiento de teoría, método y técnica, permite que diagnóstico y tratamiento sean una misma cosa, por eso decimos que el diagnóstico en psicoanálisis es a posteriori, en tanto tratar es diagnosticar. Y es por esto que padezca la enfermedad que padezca el paciente, al psicoanálisis sólo le interesa analizar, es decir producir un sujeto. Y ese sujeto será el que se haga cargo del porqué de sus síntomas. Algunos autores psicoanalíticos llegan a decir que la enfermedad se termina de constituir en el análisis, pero en realidad lo que se termina de constituir es el sujeto para el cual dejarán de ser necesarios los síntomas, pues si la metáfora paterna funciona en él, si hay padre simbólico no necesitará la fobia que ocupa ese lugar.

Freud llega a decir que tratemos a todos los pacientes como si fueran histéricos, en un momento donde nos habla de la psicoterapia de la histeria, quiere decir que apliquemos la misma teoría, el mismo método y la misma técnica.

Hay un sujeto que sólo se constituye en una experiencia analítica. Hay un sujeto del deseo inconsciente que sólo acontece cuando el sujeto habla sin saber, cuando acepta que hay un saber que no radica en un conocimiento sino en el hecho de ser un sujeto hablante, un sujeto deseante, es decir, cuando se encomienda a la deriva del lenguaje.

La distinción entre neurosis y psicosis Freud la hace desde la terapia psicoanalítica, desde el anudamiento de teoría, método y técnica, es decir bajo transferencia. Por eso que podemos decir que según el método que se utilice, sea psiquiátrico o psicoanalítico, se establecen diferentes relaciones entre las entidades clínicas. Así ocurría que durante un largo período de la historia se consideraba que cuando los síntomas transcurrían en el cuerpo se trataba de neurosis y cuando transcurrían en la mente se trataba de locura, es decir psicosis.

Freud descubre que aunque los síntomas transcurran a nivel somático o a nivel psíquico, los mecanismos en juego siempre son psíquicos.

Sabemos que el objeto del deseo humano es el objeto de deseo del otro y el deseo siempre deseo de otra cosa. Que en el centro del tratamiento y de la teoría psicoanalítica siempre encontramos los mecanismos del deseo y que con el nombre de libido Freud designa la energía psíquica del deseo.

Basta que hablemos de deseo genital en lugar de objeto genital para que la idea de libido ligada al objeto por una armonía preestablecida se haga menos evidente.

Lo mismo podemos decir de la transferencia pensada en términos de afectividad, que nos lleva a hablar de transferencia negativa y positiva, cuando deberíamos hablar de deseo sexual y deseo agresivo con respecto al analista y además comprender que no es eso toda la transferencia.

Es difícil entonces situar el deseo a partir de referencias puramente objetales.

Cuando habla del deseo y su interpretación Lacan nos remite a la Interpretación de los sueños donde Freud nos indica que el sueño tiene sentido después de ser interpretado, es decir que el deseo se produce después de ser interpretado. Podemos decir que el deseo no preexiste, como la energía que produce la presa hidráulica no preexiste en el río, sino que es la máquina y la interpretación, las que los producen.

En El deseo y su interpretación, Lacan introduce la topología de la relación del sujeto con el significante, donde el lugar de la palabra se sitúa en el Otro y en primer lugar en el Otro real de la primera dependencia.

El sujeto comprometido por la satisfacción de su necesidad en el desfiladero de la demanda, va desde una indeterminación hasta la primera realización de un Ideal que todavía no es el Ideal del Yo, pero que participa del lenguaje antes que el sujeto pueda hablar. Se trata de una demanda inconsciente que persiste en el sujeto, por eso el inconsciente deja subsistir en el sujeto el discurso del Otro. La cadena significante que es inconsciente y el encuentro de esta demanda con ella, designa lo que el sujeto no sabe, según lo cual el deseo del hombre es el deseo del Otro. Por eso decimos que el deseo se constituye como deseo de un deseo.

Para la constitución del sujeto es necesario haber adquirido el Nombre-del-Padre, pues más allá del otro es necesario que exista lo que da fundamento a la ley.

Para adquirir el Nombre-del-Padre es necesario que se produzca la metáfora paterna, es decir la sustitución de un significante por otro significante, quedando reprimido el significante sustituido, en este caso el significante del deseo de la madre. Pues en un primer tiempo el niño trata de identificarse con lo que es el objeto del deseo de la madre, al objeto del deseo del Otro. Y para la madre el deseo de falo es lo predominante, por eso el niño quiere encarnar ese deseo. Para agradar a la madre es preciso y suficiente con ser el falo. Todo transcurre entre ser o no ser el falo. Y el niño más que sujeto está sujetado al deseo de la madre.

En un segundo tiempo: momento del padre privador, padre imaginario que priva a la madre y al niño del falo, en esa relación de intercambio del falo imaginario. Al dirigirse al otro se encuentra con el Otro del otro, su ley. La fórmula es: "no reintegrarás tu producto", para la madre y "no te acostarás con tu madre", para el niño. La privación opera sobre la falta de objeto y el padre imaginario que surge en esta operación como agente, produce que la madre quede privada del objeto fálico. La madre simbólica o fálica deviene real.

Y un tercer tiempo donde el padre castrador aparece como padre donador, en tanto es el portador del falo, ni lo es ni lo tiene, siendo lo que conduce a metaforizar el Nombre-del-Padre. La madre fálica, deseante y pulsional, pasa de posición fálica, para el niño, a función fálica. De ser el falo se pasa a tener el falo y luego, ni se es ni se tiene, es el significante del deseo.

El niño depende del amor del Otro, de la presencia esencial del Otro exterior, de ese gran Otro primordial, lugar donde se constituye: y por otro lado y como consecuencia de lo anterior, de la constitución imaginaria y alienante de su yo, constitución que le convierte en el primer objeto privilegiado, objeto sobre el cual recae el amor, amor por la imagen de sí mismo, en tanto no es ningún objeto sino una imagen de sí mismo, que produce lo que conocemos como narcisismo.

En Introducción al narcisismo (1914), Freud nos dice que en toda relación amorosa uno se dirige al otro porque a través del otro uno se dirige a sí mismo, que la relación de amor está fundada en un movimiento de idealización del objeto, movimiento por el cual el sujeto ama en primer lugar lo que uno es, en segundo lugar lo que uno ha sido, en tercer lugar lo que uno quisiera ser y en cuarto lugar la persona que ha sido parte de su yo.

Freud plantea en el amor una equivalencia absoluta entre el objeto de amor y el Ideal del Yo, por eso en las elecciones amorosas del tipo neurótico siempre se llevan a cabo en una sobreestimación y una idealización máxima del objeto, indicando con ello que el narcisismo determina ineludiblemente las relaciones y que el principio de realidad queda subyugado, alienado, en el otro.

Freud distingue entre este tipo de elección amorosa y la elección anaclítica o conforme a la imagen de la mujer nutriz y el padre protector.

El individuo, nos dice Freud, tiene dos objetos sexuales primitivos: él mismo y la mujer nutriz, es decir dos tipos de elección amorosa: un amor al otro semejante, como otro imaginario, amor a lo mismo y un amor al Otro en su condición de gran Otro primordial, en su dimensión simbólica, el gran Otro como alteridad radical, que es siempre nuestra primera pareja.

La Ley actúa sobre la Cosa, que al mismo tiempo que pone distancia con la Cosa, funda la palabra y permite al sujeto el ingreso al mundo del lenguaje. Esto opera antes del Edipo, das Ding estaba ahí en el comienzo, pero sólo funciona con la Ley.

El niño por su prematuración necesita del Otro omnipotente que se encarna habitualmente en la madre, quien calma sus necesidades, satisfacción que queda inscripta como una experiencia mítica de satisfacción absoluta, experiencia de satisfacción, dirá Freud, que se transformará para el sujeto en el modelo de aquello que tratará de alcanzar en el futuro. Surge la imposibilidad de reencontrar ese objeto mítico originario. No pudiendo encontrarse este das Ding, el sujeto trata de repetir la experiencia dirigiéndose a otros objetos, las cosas, no la Cosa. Esta primera huella, este primer trazo de la satisfacción inolvidable, pierde su calidad de objeto y lo que queda de ella es la inscripción. Este Otro inolvidable, este Otro que en ese
momento es completo y omnipotente permite el surgimiento del objeto del deseo como diferente al objeto de la necesidad.

Freud en Psicología de las masas y análisis del yo, nos dice que la identificación primaria es la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona, identificación que no es del orden del tener sino del ser, pues el sujeto quiere ser como el padre y se lleva a cabo a través de un único rasgo, donde lo que está en juego es el sujeto y no el objeto, por eso esta identificación es posible antes de toda elección de objeto. Este padre, nos dice Freud, como es previo al reconocimiento de la diferencia sexual, equivale a los dos padres, pues sólo en la identificación secundaria, después de la elección de objeto que recae sobre el padre y la madre, se resignifica. Esta identificación por un único rasgo prepara el camino de la elección de objeto.

El campo del Otro se constituye como soporte del sujeto y lo que llamamos identificación primaria es intrínsecamente simbólica, pues está estructurada de una manera original por la presencia del significante, pues este único rasgo, que Lacan denomina rasgo unario, es en definitiva un significante. Identificación que forma el Ideal del Yo. El sujeto se identifica con un Otro, que es el Otro en tanto hablante, formación simbólica más allá del espejo, polo de identificación en tanto no es objeto de necesidad, ni de deseo, y que como nos dice Freud es del orden del amor. Esta necesidad de ser amado y de amar, ya no abandonará jamás al ser humano.

En El malestar en la cultura (1929), Freud nos dice que al no haber una facultad original que dé cuenta del bien y del mal de sus actos, el ser humano requiere de la participación de un elemento exterior que ejerciendo sobre él una gran influencia lo ayude a tal determinación. Freud se formula la pregunta de por qué el sujeto se subordina a esta influencia extraña y la respuesta es por su desamparo y su dependencia de los demás, por su miedo a la pérdida de amor. Textualmente nos dice: Cuando el hombre pierde el amor del prójimo de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo más poderoso que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo.

Podemos distinguir entonces el amor como pasión imaginaria y el amor como don activo, amor que apunta a la particularidad, más allá del cautiverio imaginario, y que se constituye en el plano simbólico, que no apunta al otro imaginario, al sí mismo, sino al Otro, ese amor que trata de conseguir del Otro una respuesta, respecto a qué objeto soy para el Otro. Amor del orden del dar lo que no se tiene a quien no es, amor como posibilidad de creación. Amar para seguir siendo amado, no amar para seguir amándome.

Freud plantea que en la posición masculina se está inmerso en la relación anaclítica, en la relación con el Otro, en la necesidad de amar para ser amado, mientras que en la posición femenina, que ya veremos que también es la posición perversa, se está inmerso en la relación con el otro imaginario, en la necesidad de amar, amarse, es decir amar para amarse a sí mismo. Y decimos posición masculina y posición femenina porque pueden ser posiciones propias tanto de hombres como de mujeres, en tanto son posiciones del sujeto.

Lacan en 1955, en la clínica neuro-psiquiátrica de Viena, había pronunciado una conferencia que titula La Cosa freudiana o el sentido del retorno a Freud en psicoanálisis, retorno que habla de una renegación, en el campo mismo del psicoanálisis que Freud funda y nos ha legado.

Es por eso que para Lacan se trata de despejar la Cosa freudiana, la Cosa analítica, donde se organiza la inaccesibilidad del objeto en tanto que objeto del goce. El objeto del goce es inaccesible.

Con Freud cambia el centro mismo del ser humano, que ya no estará en el mismo sitio que le asignaba la tradición humanista, pero también en la historia del movimiento psicoanalítico acontece que la producción freudiana queda enmascarada bajo otras concepciones. Aún cuando se habla de los términos que Freud habla. Y, también, cuando se termina pensando que son términos a superar. Se piensa que la castración puede ser superada, cuando se trata de una operación constituyente del sujeto.

En psicoanálisis no hay sujeto desde el principio, aunque desde el principio está sujetado al deseo de la madre, tampoco hay relación de objeto.

Antes de ser sujeto el significante nos anticipa, más que sujetos somos sujetados al deseo de la madre, y con los objetos nos relacionamos de tal manera que es como falta de objeto que se organiza la construcción del falo. Falo que organiza el mundo humano, pasando de padre a hijo o hija por mediación de la madre fálica. Es por eso que se ha de producir la castración simbólica del falo imaginario.

En Freud se trata de muchas cosas concernientes al objeto, por ejemplo la elección de objeto, en Tres ensayos para una teoría sexual, en el tercer ensayo La metamorfosis de la pubertad, nos habla de "el hallazgo de objeto", nos habla de un objeto que se constituye en dos tiempos del desarrollo infantil. En el período de latencia el objeto primero, éste de la madre, hace que, en toda elección de objeto, el objeto sea siempre un objeto reencontrado, objeto siempre marcado por el estilo primero de este objeto que introduce la división esencial y constituyente del sujeto. Es en torno a esta discordancia entre el objeto buscado y el objeto reencontrado que se introduce la primera dialéctica de la teoría de la sexualidad en Freud. Introduce la noción de libido en este funcionamiento, que permite pensar una memoria a espaldas del sujeto, en tanto introduce un objeto que viene a perturbar toda elección de objeto.

Freud no nos habla de la relación de objeto como algo que esté en el primer plano de la cuestión, sino que en todo caso en Freud nos encontramos que habla del objeto de una manera implícita cada vez que entra en juego la noción de realidad, y en toda elección de objeto. Y aún en una tercera forma, cada vez que está implicada la ambivalencia de algunas relaciones fundamentales.

Freud nos dice que toda manera para el hombre de encontrar el objeto no es sino una continuación de una tendencia donde se trata de un objeto perdido, de un objeto que se trata de reencontrar.

Diferencia entre el objeto estructurado por la relación narcisista y el estructurado por das Ding, en tanto hay una diferencia en la posición del sujeto como doble que como sujeto dividido, como sujeto que tiende a completarse que como sujeto siempre deseante.

Lacan diferencia entre frustración de amor y frustración del goce para mostrarnos que es diferente un objeto como don, que el objeto siempre inaccesible del goce, ya que el don está en el campo del amor y el objeto en el campo del goce. Diferencia entre el objeto de la necesidad, el objeto de la demanda y el objeto del deseo, en tanto podríamos decir que hay objetos que calman las necesidades y que en la relación con el Otro absoluto que es la madre simbólica para el niño, entran en la dialéctica de la demanda, donde además de calmar la necesidad entran en la dialéctica del don, en tanto son demandados, no en el orden de la necesidad sino en el orden de poner en cuestión la omnipotencia del Otro, en el orden del amor. Pero hay otro orden del objeto que es el objeto del goce, objeto siempre inaccesible. Objeto que se trata siempre de reencontrar, pues aunque se encuentran las coordenadas del placer no se encuentra el objeto, pues lo que se trata de encontrar es siempre el Otro absoluto del sujeto, y como nos dice Lacan, en La ética del psicoanálisis, no existe Soberano Bien, pues el Soberano Bien que es das Ding, que es el objeto del incesto, que es la cosa materna, es un bien interdicto, y no existe otro bien.

Das Ding, como excluido, como extranjero, como exterior, como primer extraño, ese Otro prehistórico, imposible de olvidar, ajeno a mí estando en mi núcleo, excluido en el interior, lo que denominamos extimidad. Para ser objeto de goce es necesario ocupar, para el otro, el lugar de objeto causa del deseo.

Freud diferencia entre el objeto que interviene en la idealización donde el mecanismo que está en juego es el de la identificación y el objeto que interviene en la sublimación donde se trata de la pulsión y en la pulsión, Freud nos habla de un objeto tal a través del cual la pulsión puede alcanzar su fin. Fin que siempre es la satisfación, el goce, siendo el objeto lo más variable de la pulsión, lo más contingente, no habiendo armonía establecida entre el objeto y la tendencia. Lacan señala que hablamos de objeto parcial porque sólo representa parcialmente la función de la estructura que es la pulsión.

Sería necesario distinguir entre acción específica que apunta a la experiencia de satisfacción, a reproducir el estado inicial, volver a encontrar a das Ding, el objeto, donde está en juego el displacer, el goce y lo que denominamos descarga motora que es del orden del placer, de la búsqueda de la cesación del placer pues el sujeto tampoco soporta el placer.

El acceso histérico no es una descarga sino una acción específica, pues todo está reglado, calculado, anclado en el Otro prehistórico, inolvidable, que nadie nunca más alcanzará después.

La conducta de la histeria tiene como objetivo recrear un estado centrado por el objeto, das Ding, que es el soporte de su aversión. En tanto el objeto primero es objeto de insatisfacción, y así se ordena la aventura específica de la histeria, en torno a la insatisfacción. En cambio, en el obsesivo el objeto en torno al cual se organiza la experiencia de placer, es un objeto que aporta demasiado placer. Por eso el comportamiento del obsesivo en sus laberintos diversos, en tanto siempre se regula para evitar lo que el sujeto ve como siendo el objetivo y el fin de su deseo. La motivación de esta evitación es porque el principio del placer en su funcionamiento evita el exceso de placer en demasía, tratando de mantener el deseo como imposible. En el paranoico lo que se pone en juego es la no-creencia, ante este objeto que es das Ding, no se produce aversión ni evitación sino que actúa como si no existiera, no cree en él. En ese primer extraño el paranoico no cree, por eso su relación con la realidad es rechazo de cierto apoyo en el orden simbólico.

En todo sujeto se trata de conservar su distancia con das Ding, que se constituye en un modo de relación anterior a toda represión, y será lo que regulará desde entonces toda la función del principio del placer. Esa realidad muda que es das Ding, realidad que comanda y que ordena, ese Otro en tanto que das Ding.

Das Ding está en el punto inicial, lógica y cronológicamente, de la organización del mundo en el psiquismo. Como el término extranjero en torno al cual gira todo el movimiento de la Vorstellung gobernado por el principio del placer. Das Ding determina los rodeos del principio del placer. Das Ding funda la orientación del sujeto humano hacia el objeto. Objeto que se trata de volver a encontrar, y que Freud califica de objeto perdido, aunque nunca fue perdido. Un objeto es algo que no se conquista sin haber sido perdido primero, por eso Lacan nos dice que en cuanto al objeto se trata siempre de una reconquista. Y es desde el encuentro que el sujeto se percata que había buscado, pero siempre hay una discordancia entre lo hallado y lo buscado.

La transferencia de la cantidad, de Vorstellung en Vorstellung, de representación en representación, de significante en significante, mantiene siempre la búsqueda a cierta distancia de aquello en torno a lo cual esta búsqueda gira.

El principio del placer gobierna la búsqueda del objeto y la interdicción del incesto es la condición para que subsista la palabra, que es lo que regula la distancia del sujeto con das Ding.

El principio de realidad es el correlato dialéctico del principio del placer. La realidad se plantea para el hombre, y en esto ella lo involucra, por estar estructurada y por ser lo que se presenta en su experiencia como lo que siempre vuelve al mismo lugar.

Freud nos dice que no hay moral natural ni maduración de los instintos y a pesar de ello es en torno a estas ideas que han girado durante años muchas de las reflexiones llamadas psicoanalíticas.

También debemos recordar que Freud nos habla de libido del yo y libido de objeto en relación a la diferencia entre el Ideal del Yo y el Yo Ideal, entre el espejismo del Yo y la formación de un Ideal, diferenciando entre el objeto estructurado por la relación narcisista y el estructurado por das Ding.

Freud habla de libido del yo y libido de objeto a nivel tópico y de pulsiones libidinales a nivel dinámico, siendo a nivel económico tanto las pulsiones del yo como las pulsiones de objeto, pulsión de muerte. La pulsión de muerte incide sobre la vida y sobre el sexo.


Das Ding es siempre inaccesible, por eso habría que preguntarse qué quiere decir Melanie Klein cuando en el lugar central del das Ding coloca el cuerpo mítico de la madre.

También, cuando el sentido está dirigido hacia la capacidad para el amor, en referencia a un objeto, nos alejamos de la categoría de goce y se termina hablando de alegría, de carácter fuerte y débil, se termina haciendo análisis de carácter. Como ocurre en Balint, heredero del pensamiento de Ferenczi.

Si diferenciamos frustración de amor, donde el objeto entra como don, y frustración de goce donde el objeto es inaccesible, siempre que planteemos la relación de objeto o la relación analítica donde los términos en juego sean de amor, queda eliminada la pulsión, concepto fundamental, y por lo tanto el goce. Para Lacan es lo único que puede ser rectificado en un análisis, pues el fin en cualquiera de las vicisitudes de la pulsión es siempre la satisfación, el goce, pero es distinto el goce, siempre inconsciente e imposible, que el goce del síntoma. Es distinto el goce del retorno de lo inconsciente, es decir, el goce de la repetición, que el goce del retorno de lo reprimido.

Otras Conferencias

 

C/ Princesa, 13 - 1º Izq. 
28008 Madrid - Telf.: 91 758 19 40
actividades@grupocero.info