Director

Miguel Oscar Menassa

ENSEÑANZA DEL PSICOANÁLISIS

 

Escuela de Psicoanálisis Grupo CeroFormación en PsicoanálisisEnseñanza del PsicoanálisisConferencia SemanalAgenda SemanalCongresos Grupo Cero 1987-2008
 

 

CONFERENCIA SEMANAL

DESEO DE NADA
-Fobia y Fetiche-

INSTANTE DE LA MIRADA

CAPITULO I. HISTORIA DE UN COMIENZO: LA CLÍNICA

INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA CLÍNICA

Si se considera la historia de la clínica, no es ninguna sorpresa señalar que desde la mirada clínica, que se extiende durante el siglo XVIII, y opera sobre los fenómenos patológicos, reconociendo entre la variedad de las apariencias la esencia específica, se pasa al modelo que se impone en el siglo XIX donde la mirada clínica, como en una operación química, aisla los componentes que permiten definir la composición.

Trabajando El nacimiento de la clínica de Michel Foucault podemos ver que desde Hipócrates se privilegia la observación sobre cualquier idea de sistematización.

La mirada que observa se guarda de intervenir, es muda y sin gesto, lo que busca no es lo invisible sino lo inmediatamente visible. Se trata aquí de apartar los obstáculos que suscitan a la razón las teorías y a los sentidos la imaginación.

En la clínica la pureza de la mirada está vinculada a un cierto silencio que permite escuchar. Todo se juega entre estos dos dichos: «Toda teoría calla o se desvanece siempre en el lecho del enfermo» y «hay que saber esperar en el silencio de la imaginación y en la calma del espíritu antes de formar un juicio». Todo tiene que callar alrededor de lo que ve. La oposición entre clínica y experimentación es que el observador lee la naturaleza y el que hace el experimento la interroga. Así, observación y experiencia, se oponen sin excluirse, pues para los clínicos la observación conduce directamente a la experiencia. Se trata entonces de una mirada que no modifica, que se sitúa en el límite de toda intervención posible, de toda decisión experimental. Debe reproducir en las operaciones que le son propias lo que ha sido dado en el movimiento mismo de la composición. La denominan «analítica» y, podemos decir que esta mirada clínica se puede definir como un acto perceptivo sustentado en una lógica de las operaciones y es analítica en el sentido que reconstruye la génesis de la composición.

La observación clínica implica lo hospitalario y lo pedagógico, en tanto la génesis de la manifestación de la verdad es también la génesis del conocimiento de la verdad, por eso, al no haber diferencia entre la clínica como ciencia y la clínica como pedagogía, se forman grupos constituidos por el maestro y sus alumnos, en los cuales el acto de reconocer y el esfuerzo por conocer se cumplen en un solo y mismo movimiento. La experiencia médica, en su estructura y en sus dos aspectos de manifestación y de adquisición, tiene ahora un sujeto colectivo, y a no está dividida entre el que sabe y el que ignora, sino que está hecha para el que descubre y aquellos ante quien se descubre. Podemos decir que el enunciado es el mismo: la enfermedad habla el mismo lenguaje a los unos y a los otros. Así en la clínica de Edimburgo, la observación consistía en cuatro series de cuestiones:

La primera sobre la edad, el sexo, el temperamento, la profesión del enfermo.

La segunda sobre los síntomas que éste sentía.

La tercera concernía al origen y al desarrollo de la enfermedad.

La cuarta iba hasta las causas lejanas y los accidentes anteriores.

En Montpellier, por ejemplo, consistía en un examen general de todas las modificaciones visibles del organismo:

Primero, las alteraciones que presentaban las cualidades del cuerpo en general.

Segundo, las que se observan en las materias excretadas.

Y tercero, las que son denotadas por el ejercicio de las funciones.

A ambas formas Pinelles reprocha ser ilimitadas, a la primera le objeta que en medio de tantas preguntas cómo aprehender los caracteres especiales y específicos de la enfermedad y a la segunda, que esa enumeración inmensa de síntomas es como lanzarse a un nuevo caos.

Vemos que las preguntas que deben plantearse son innumerables y las cosas por verse, infinitas. Estamos en un mundo de lenguaje con escucha y palabra, entre lo que está dicho y lo que se dice, pero no tiene fin ni organización. Sólo tiene límite si la interrogación y el examen se articulan uno sobre otro, definiendo en el nivel de las estructuras fundamentales el «vínculo del encuentro» del médico y del enfermo.

Ese lugar trata de determinarlo la clínica en su forma inicial por tres medios:

1. Tratando de definir los momentos hablados y los percibidos en una observación.

En el esquema de la encuesta ideal, trazado por Pinel (1818).

Se observa el estado actual en sus manifestaciones.

Se observan los síntomas que golpean enseguida los sentidos del observador.

Se interroga al enfermo sobre lo que siente.

Por último se comprueba el estado de las grandes funciones fisiológicas conocidas.

Todo está entre la palabra y la mirada, entre mirar y escuchar.

Se trata de un cuestionario con examen, por eso el cuestionario sin examen o el examen sin la interrogación estaban consagrados a una tarea infinita. Tenemos que tener en cuenta que tampoco se trataba de que el cuestionario o el examen colmaran las lagunas que el otro señalaba.

2. Otro medio, es tratar de definir una correlación entre la mirada y el lenguaje.

Surge la idea de cuadro clínico. Es posible integrar en un cuadro, en una estructura a la vez visible y leíble, espacial y verbal, lo que es percibido en la superficie del cuerpo por el ojo del clínico y lo que es oído por ese mismo clínico, del lenguaje esencial de la enfermedad.

Así, surge el ensayo de Fordyce. En abscisa, señalaba lo concerniente al clima, las estaciones, las enfermedades reinantes, el temperamento del enfermo, su idiosincrasia, sus hábitos, su edad, y los accidentes antecedentes, mientras que en ordenadas, indicaba los síntomas según el órgano o la función que los manifestaba (pulso, piel, temperatura, músculo, ojos, lengua, boca, respiración, estómago, intestino, orina).

Esta distinción funcional entre lo visible y lo enunciable y su correlación en el mito de la geometría analítica, no suponía ninguna eficacia en el pensamiento clínico.

Los cuadros trazados por Pinel son aparentemente más simples aunque su estructura conceptual es más sutil. Así, en ordenada son como en Fordyce, los elementos sintomáticos que la enfermedad ofrece a la percepción, pero en abscisa, indica los valores significativos que estos síntomas pueden tomar: así una fiebre aguda, una sensibilidad dolorosa en el epigastrio, una jaqueca, una sed violenta, pueden tomarse por una sintomatología gástrica, en cambio la postración, la tensión abdominal, tienen un sentido adinámico y por último, el dolor en los miembros, la lengua árida, la respiración frecuente, un paroxismo nocturno, son signos a la vez de gastricidad y de adinamismo. Así, el cuadro pasa a tener una función de análisis, pero la estructura analítica no está dada por el cuadro mismo, pues es anterior a él y la correlación entre cada síntoma y su valor sintomatológico es fijada a priori.

El cuadro no tiene otro papel que repartir lo visible en el interior de una configuración conceptual ya dada. No hace conocer más, simplemente permite reconocer.

3. Otro medio, se trata del ideal de una descripción exahustiva.

Lo arbitrario y tautológico de los cuadros, lleva al pensamiento clínico a una idea de una descripción enteramente fiel, donde no debe haber lagunas y donde en el lenguaje no debe permitirse ningún desvío. El rigor descriptivo será la resultante de una exactitud en el enunciado y de una regularidad en la denominación.

Es la descripción la que autoriza la transformación del síntoma en signo, el paso del enfermo a la enfermedad, el acceso de lo individual a lo conceptual. Al decir lo que se ve, se lo integra en un saber. Es aprender a ver, ya que se trata de dar la clave de un lenguaje que domina lo visible. El arte de describir los hechos es el arte supremo en medicina: todo palidece ante él.

Bajo el mito de una mirada que sería puro lenguaje, un ojo que hablaría, surge un esoterismo médico, pues en lo sucesivo no se ve sino porque se conoce el lenguaje, las cosas sólo se ofrecen a quien ha penetrado en el mundo cerrado de las palabras. Este nuevo esoterismo es diferente al uso que hacía hablar latín a los médicos de Molière, entonces se trataba sólo de no ser comprendido y mantener, al nivel de fórmulas de lenguaje, los privilegios corporativos de una profesión, ahora se trata de un dominio operatorio. La descripción en la medicina clínica, no tiene por sentido poner lo oculto al alcance de los que no tienen acceso a ello, sino hacer hablar a lo que todo el mundo ve sin verlo a los únicos que estén iniciados en la verdadera palabra. Por eso se enunciará cuarenta años después como evidencia: «La clínica médica puede considerarse ya como ciencia, ya como modo de enseñanza de la medicina».

Una mirada que escucha y una mirada que habla, pero todo reposa en la idea de que todo lo visible es enunciable y que es íntegramente visible porque es enunciable, y aquí encuentra su límite, por eso la descriptibilidad total es un sueño de un pensamiento más que una estructura conceptual de base. Ya que lo visible y lo decidible no están en una adecuación total.

Esta ambigüedad pesa sobre el método clínico, donde la experiencia era por derecho propio, ciencia y el conocer era aprender. La mirada iba paralela a la claridad de la palabra, donde dada por lo visible, esa palabra, sin cambiar nada, daba a ver. Pero esta forma generalizada de la transparencia, deja opaco el status del lenguaje que es a la vez su mayor instrumento. Tal carencia abre el campo a mitos epistemológicos que apaciguan la visibilidad y donde la mirada choca con la piedra negra del cuerpo.

El primer mito epistemológico es el que toca a la estructura alfabética de la enfermedad, donde se trata de combinaciones, ya que en cada caso nuevo se creería que hay nuevos hechos, pero no son más que otras combinaciones.

En el estado patológico se considera que no hay nunca más que un pequeño número de fenómenos principales. El orden en que aparecen, su importancia, sus relaciones diversas, bastan para dar nacimiento a todas las variedades de enfermedades.

El segundo mito es que la mirada clínica opera sobre el ser de la enfermerdad una reducción nominalista. Compuestas de letras, las enfermedades no tienen otra realidad que en el orden de su composición. Sus variedades se reducen a esos casos individuales simples y todo lo que puede construirse no es más que Nombre. La enfermedad no es más que un nombre, donde los síntomas son letras, y todas reunidas forman la enfermedad, y donde si falta uno de los elementos no es la enfermedad o, al menos, la verdadera enfermedad. La enfermedad como la palabra, está privada de ser, pero como la palabra, está dotada de una configuración. Por eso la reducción nominalista libera la verdad constante.

La mirada de los nosógrafos, hasta finales del siglo XVIII, trataba de reconocer en la variedad de las apariencias la esencia específica, mientras que en el siglo XIX se impone el modelo: el de la operación química, así, una clasificación no se funda sobre tipos específicos, sino sobre formas de relaciones. Del sentido casi lingüístico y el sentido casi matemático, se pasa a una significación química, donde están en juego las combinaciones más frecuentes, por eso interesará el aislamiento de los cuerpos puros y poner en cuadro sus combinaciones. Se pasa del tema de la combinatoria a la sintaxis y luego a la combinación. Y lo mismo que las combustiones no dicen su secreto sino en la vivacidad misma del fuego, al que es vano interrogar una vez apagada la llama, no es la réplica de la combustión mórbida lo que interesa saber al médico, sino la especie de combustión. Se esboza la estructura del «secreto» que modifica todas las significaciones de la clínica. La verdad sensible está abierta ahora, más que a los sentidos mismos, a una rica sensibilidad.

Se pasa de la idea de mirada clínica a la idea de ojo clínico, donde todo depende de un vistazo, de un instinto feliz, donde las certezas se encuentran más en las sensaciones mismas del artista que en los principios del arte. La armazón técnica de la mirada clínica pasa a términos de sagacidad y habilidad. Lo que constituía la mirada clínica es sustituido y, en un desorden aparente, por lo que va a constituir el vistazo. La mirada registra y totaliza, se extiende en un mundo de lenguaje, tiene que ver con la escucha y la palabra, tiene los dos aspectos fundamentales del decir, lo que está dicho y lo que se dice. El vistazo da en un punto que tiene el privilegio de ser un punto central. Mientras la mirada es indefinidamente modulada, el vistazo va derecho: la línea que traza con un movimiento, opera, en un instante, la división de lo esencial, va más allá de lo que ve, atraviesa las formas engañadoras de lo sensible, es por esencia destructor de los mitos. Desprende la apariencia, no se detiene en los abusos del lenguaje, el vistazo es mudo como un dedo apuntando y que denuncia. El ojo clínico es un nuevo sentido, que no es ya el oído tendido hacia un lenguaje, es el índice que palpa las profundidades, por eso la metáfora del tacto, el tacto clínico. La experiencia clínica se abre a un nuevo espacio, el espacio tangible del cuerpo, masa opaca donde se ocultan secretos, sede de invisibles lesiones y el misterio mismo de los orígenes. De la medicina de los síntomas se pasa a la medicina de los órganos, de las causas; una clínica enteramente ordenada para la anatomía patológica. Es la época de Bichat.

El psicoanálisis introduce una nueva concepción, pues para obtener una observación hay que comenzar por analizar, no hay observación válida que no sea bajo transferencia, que no sea después de ser interpretada, pues lo propio de la pregunta del neurótico es ser cerrada. La neurosis es una pregunta planteada por el sujeto a nivel de su existencia: ¿Qué es tener el sexo que tengo? ¿Qué quiere decir tener sexo?, o bien en la neurosis obsesiva: ¿Qué es existir? ¿Cómo soy en relación al que soy?

No se trata de hacerle preguntas al paciente sino de saber qué organiza una pregunta, saber qué pregunta es la planteada por ese sujeto. Por eso que en psicoanálisis se trata de decir. Pero que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha.

El sujeto hablante no sólo finge sino que finge fingir. La verdad tiene estructura de ficción, es mentira verídica. Como la carta robada, dejo marcada la huella, para hacer creer que finjo, cuando en realidad finjo fingir. Es en la broma que digo la verdad, es diciendo la verdad que hago creer al otro que miento. ¿Por qué me mientes al decirme la verdad? Un animal no finge fingir, no produce huellas cuyo engaño consistiría en hacerlas pasar por falsas siendo las verdaderas. Como tampoco borra sus huellas, lo cual sería para él, hacerse sujeto del significante. La Palabra miente para plantearse como verdad.

Yo, la verdad, hablo. Yo digo siempre la verdad. No toda, porque de decirla toda, no somos capaces. Decir toda es materialmente imposible, faltan las palabras. Es con el error que erramos, que andamos.

Por eso decimos que un sujeto comienza su análisis cuando se «encomienda a la deriva del lenguaje».

Cuando el paciente habla no se trata de creerle o no creerle, no es de ese orden, sino de esperar el fallido, el sueño, el chiste, el síntoma; eso que muestra, aunque nada demuestre.

Las técnicas de la palabra son muchas pero sólo es psicoanálisis cuando se trabaja con la transferencia.

Por eso Freud para hablar de la neurosis nos habla de la neurosis de transferencia, es decir bajo transferencia, o bien cuando nos habla de una entidad clínica, nos habla por ejemplo del Análisis de un caso de neurosis obsesiva, u Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia autobiográficamente descrito. O cuando nos habla de Observaciones sobre el amor de transferencia, o Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica. Es decir observaciones después de analizar, después de poner en juego la escucha analítica.

En psicoanálisis se trata de estructura y es por eso que va más allá de lo observable, pues la estructura como tal no es observable, incluso es transfenoménica.

En el capítulo Freud, Hegel y la máquina del Seminario II, Lacan nos enseña.

Freud descubre que el hombre no está completamente en el hombre. Freud es un médico, pero no como Esculapio o Hipócrates; es un médico del siglo XX, un médico que ya no pertenece a la tradición de lo que siempre fue el médico para el hombre.

Se dice que el hombre tiene un cuerpo, incluso Hegel llegó a identificar al hombre con su saber, planteado como un saber acumulado y localizado en un cuerpo. Pero desde que hay cuerpos y almas, desde que el cuerpo es mortal, la división está hecha sin remedio. Por eso los médicos de hoy en día no son aquellos médicos de siempre, excepto aquellos que se figuran que hay temperamentos constitucionales y cosas por el estilo.

Desde Bichat, frente al cuerpo, el médico tiene la actitud del señor que desmonta una máquina. De esta idea partió Freud, de hacer anatomía patológica y fisiología anatómica, intentando saber para qué sirve ese complicado aparatito que está ahí, y que denominan sistema nervioso. Esta perspectiva que descompone la unidad viviente tiene algo de escandaloso para los guestaltistas o para aquellos que quieren volver a la armonía preestablecida.

Y aunque nada pruebe que el cuerpo sea una máquina, lo importante es que la cuestión se aborde de esta forma, que se piense el cuerpo como una máquina. Para que esto ocurriera fue necesario que apareciera la primera máquina, una que no sólo marchara sola, sino que encarnara algo enteramente humano, como ocurre con el reloj y el tiempo que encarna. Antes de Hegel existían los relojes, pero él no se había dado cuenta, fue necesario que después de Descartes apareciera el péndulo de Huyghens. Y por más que digamos que este tiempo del reloj no es el tiempo verdadero, no es el tiempo del sujeto, la cuestión es que se va cumpliendo ahí en el reloj, que lo hace solo, como una persona mayor.

Máquina, no como contrario a lo viviente, o como simulacro de lo viviente, sino por el hecho de que se le ha fabricado para encarnar algo que se llama tiempo, y que existe desde que hay relojes.

La máquina no es un simple artificio, como se puede decir de las sillas o de las mesas y de otros objetos en medio de los cuales habitamos sin darnos cuenta, como nos dice Lacan, que son nuestro propio retrato. Con las máquinas es diferente.

Hegel desconoce la máquina de vapor, al igual que Napoleón, y sin embargo, ya había cosas que funcionaban solas. La máquina encarna la actividad simbólica más radical en el hombre, y era necesario que existieran para que las preguntas se plantearan en el nivel que el psicoanálisis las plantea.

En Freud se habla de algo que en Hegel no se habla, de la energía, y entre Freud y Hegel tenemos el advenimiento del mundo de la máquina.

La energía es una noción que no puede aparecer sino a partir del momento en que hay máquinas. No hallamos ningún ejemplo de cálculo energético en la utilización de los esclavos, por ejemplo. Fue necesario tener máquinas para percatarse de que había que alimentarlas, que había que mantenerlas.

Es a partir de aquí que aparece la biología moderna, que no recurre a la noción de vida, ya que el pensamiento vitalista es ajeno a la biología. Y es Bichat quien define la vida en relación con la muerte. El fenómeno de la vida sigue escapándosenos.

Hablamos de biología no porque la biología freudiana tenga algo que ver con ella, pues se trata de una manipulación de símbolos con miras a resolver cuestiones energéticas.

Energéticamente, el psiquismo ¿qué es? Freud no era biólogo pero puso el acento sobre la función energética a lo largo de su obra.

Mito energético que está implicado en la metáfora del cuerpo humano como máquina. Freud parte de una concepción del sistema nervioso, según el cual éste siempre tiende a volver a un punto de equilibrio. Ya en el Proyecto (1895), Freud se plantea edificar sobre una base teórica del funcionamiento del sistema nervioso, un cerebro que opera como órgano-amortiguador entre el hombre y la realidad, como órgano de homeostasis. Es entonces cuando tropieza con el sueño y se percata que el cerebro es una máquina de soñar. Y es en esa máquina de soñar que encuentra que es a nivel de lo inconsciente donde el sentido y la palabra se revelan y desarrollan en su integridad. De ahí pasó a La interpretación de los sueños (1900). Freud descubre el funcionamiento del símbolo en sus desplazamientos, retruécanos, juegos de palabras, bromas que funcionan por su cuenta en la máquina de soñar.

Veinte años después, en Más allá del Principio del Placer, se pregunta qué quiere decir esto en el plano energético, lo que le lleva a la noción de pulsión de muerte. Y es en esta reelaboración, que además de la referencia del hombre a su semejante, constituye el tercer término, donde se encuentra desde Freud el eje verdadero de la realización del ser humano. Por eso en toda relación de objeto nos encontramos con la relación intersubjetiva como base, donde el sujeto no sólo se relaciona con el otro imaginario, donde va al caer el otro semejante, sino con el Otro como lugar de la palabra, que va a determinar su relación imaginaria, desde donde le viene su propio mensaje en forma invertida, como si del otro viniera; Otro como sede de la pulsión de muerte, máquina que le llevará a la muerte por el camino más largo, el camino de la vida.

Es por eso que en Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina (1958), Lacan nos dice que la castración no puede deducirse únicamente del desarrollo, puesto que supone el lugar del Otro en cuanto lugar de su Ley. La otredad del sexo se desnaturaliza por esta enajenación. Por eso que hay que volver a la envidia al pene para observar que no se trata de una fobia o una perversión como nos dice Jones en dos momentos diferentes, pues ambas apreciaciones son falsas y peligrosas, ya que la una desvanece la función de la estructura ante la de desarrollo y la otra hace prevalecer la relación de objeto sobre la función del objeto, llegando a hablar de la rajadura, de la división del objeto, del splitting del objeto por no haber leído en la escisión del yo, la división del sujeto que lo acompaña. Así, se termina haciendo de lo bueno y de lo malo atributos del objeto y se termina hablando de la relación psicoanalítica como una relación dual, donde el psicoanalista puede tener que transformarse de objeto externo en objeto interno, o bien el paciente tiene que llegar a identificarse a ese perfecto yo que es el objeto psicoanalista. En los capítulos siguientes iremos viendo las diferentes concepciones de sujeto y objeto en diferentes corrientes teóricas y que Lacan analiza a lo largo de su obra.

Lacan, en El deseo y su interpretación (1958-1959), nos invita a que hablemos de deseo genital en lugar de objeto genital, para acabar con la idea de una libido ligada de forma armónica y preestablecida a su objeto.

El objeto del deseo humano es el objeto de deseo del otro y el deseo siempre deseo de otra cosa.

En el centro del tratamiento y de la teoría psicoanalítica encontramos el deseo. Freud encuentra en los mecanismos del deseo el resorte de los síntomas, de las inhibiciones, de la angustia, y con el nombre de libido designa la energía psíquica del deseo.

No podemos situar el deseo a partir de referencias puramente objetales, por eso Lacan introduce la topología de la relación del sujeto con el significante, donde el lugar de la palabra se sitúa en el Otro.

La pareja del sujeto no es la imagen narcisista sino el Otro, y más precisamente el objeto a, objeto causa del deseo.

En el análisis el psicoanalista instituye una situación de demanda, vía de acceso al deseo inconsciente, pues aunque el deseo no sea articulable, está articulado en la demanda. El sujeto en tanto sujeto hablante, por hablar, demanda, por eso el sujeto del análisis es ese al que se le conmina a decir, pues lo inconsciente aunque no es articulable sólo es accesible por el artificio de la palabra articulada.

Lo que caracteriza al significante no es que pueda sustituirse por un objeto sino por otro significante, lo que supone la estructura sincrónica significante. El significante siempre puede ser tachado, anulado, destituido de su función, incluso cuando anulamos lo imaginario o lo real, lo elevamos a la dignidad de significante. Así «el sujeto es golpeado» es signo de que «el sujeto es amado».

Se trata de una demanda inconsciente que persiste en el sujeto, por eso el inconsciente deja subsistir en el sujeto el discurso del Otro.

La cadena significante que es inconsciente y el encuentro de esta demanda con ella designa lo que el sujeto no sabe, según lo cual el deseo del hombre es el deseo del Otro. Por eso decimos que el deseo se constituye como deseo de un deseo. Deseo como margen de lo que hace surgir la demanda en tanto ella modifica la necesidad. El deseo se organiza en una retroacción de la demanda sobre la necesidad.

El síntoma para Freud va en el sentido del reconocimiento del deseo. Deseo disfrazado, ilegible sin análisis, sin transferencia. Pues se trata del reconocimiento del deseo pero por nadie y deseo de reconocimiento, reprimido, excluido, y en definitiva, deseo de nada, por eso que la intervención del analista es mucho más y mucho menos que una simple lectura.

Deseo que por ser disfrazado y reprimido marca su distancia con relación a cualquier objeto. El deseo no es deseo de un objeto sino deseo de esa falta que en el otro, designa otro deseo.

No sabemos qué es nuestra demanda para ese Otro al que la demanda nos somete, pues ignoramos su deseo. El Otro invocado cada vez que hay palabra, nos es dado como sujeto que nos piensa a nosotros mismos como su otro. Se trata de cómo acoge nuestra demanda. Si no responde más, el sujeto es remitido a su propia demanda. Esto es lo que ocurre en el análisis. Siendo el Otro el lugar del significante, significante que permite suponer un sujeto. Un sujeto no supone nada, es supuesto. Supuesto por el significante que lo representa para otro significante en el inconsciente. Podemos decir que la sugestión se sitúa en el nivel de la demanda que hace el analizante al analista y la transferencia se distingue de ella porque es inconsciente, es decir sólo puede ser interpretada, en tanto el sujeto sólo puede situarse en relación a su demanda como sujeto dividido, localizando su deseo como deseo del Otro.

Cuando se trata de poner distancia se trata de poner distancia con el deseo del Otro y no con el objeto, como algunas teorías, planteando una relación dual, remarcan tratando de poner una buena distancia entre el analizante y el analista tomado como un objeto.

Freud viene a decirnos que la ley fundamental, la ley primordial, aquella en la que comienza la cultura, es la ley de interdicción del incesto. Por eso que el deseo del incesto es el deseo esencial, por eso que Freud designa en la interdicción del incesto el principio de la ley primordial, todos los demás desarrollos culturales sólo son sus consecuencias. La ley actúa en el orden de la cultura, la ley tiene como consecuencia el excluir siempre el incesto. La ley del incesto se sitúa como tal a nivel de la relación inconsciente con das Ding, la Cosa. Deseo por la madre que nunca puede ser satisfecho pues sería el fin, el término, la abolición del mundo de la demanda, que es, habíamos dicho, el que estructura el inconsciente del hombre. Por eso decimos que la interdicción del incesto es la condición para que subsista la palabra. Por eso que la distancia de la que se trata es la distancia del sujeto con das Ding, con la Cosa, con la cosa materna, en tanto es la condición de la palabra.

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