El Yo y el Ello es una obra de Sigmund
Freud publicada en el año 1923, es decir, un cuarto de siglo después
de la publicación de «La Interpretación
de los Sueños». Una obra creativa, en tanto
Freud consigue producir nuevas formalizaciones. Pero no
es tanto una obra productiva como una articulación
en el sentido clásico de una exposición.
Freud va a mostrar que para poder concebir el aparato psíquico
como Yo, Superyó y Ello, va a tener que utilizar
descubrimientos producidos en otros sectores de sus combinaciones,
es decir, en libros anteriores.
Para decir que el Yo, también es inconsciente necesita
de circunstancias ajenas a la producción del texto
y que provienen de la práctica clínica, ya
que la noción de yo inconsciente se produce estudiando
las resistencias de los pacientes durante los tratamientos.
El superyó, en realidad, lo produce en Psicología
de las Masas y Análisis del Yo o bien el proceso
de identificación, que terminará uniendo
a la constitución misma del Super Yo, en realidad
lo estudia y lo produce en Duelo y Melancolía.
En la «Interpretación de los Sueños» se
inaugura un campo, pero en el Yo y el Ello se articulan
nociones que se fueron produciendo dentro del campo inaugurado, ésa
es la diferencia. Es decir, que si la Interpretación
de los Sueños se produce trabajando un campo aún
no psicoanalítico, lo importante del Yo y el Ello
es que el campo psíquico que se trabaja, se trabaje
con el instrumento psicoanalítico, la interpretación.
En la articulación de esas producciones es donde
aparece el Yo y el Ello. Freud sabe esto mejor que nosotros
en tanto los cinco puntos en los cuales divide el trabajo
son los siguientes:
1. Lo consciente y lo inconsciente. La Interpretación
de los Sueños.
2. El Yo y el Ello. Todo el proceso del Narcisismo.
3. El
Yo y el Superyó. Totemismo, Psicología
de las Masas y análisis del Yo y Duelo y Melancolía.
4. Las dos clases de Instintos. Más allá del
Principio de Placer.
5. Las servidumbres del Yo. Un collage expositivo que Freud
produce como articulación de todas estas investigaciones.
Sin embargo, Freud nos anuncia que no es exactamente lo
mismo. Trabajando lo consciente y lo inconsciente, nos
muestra que hay una latencia atravesando todo el texto,
entre saber y no saber. No es lo consciente y lo inconsciente
en el sentido descriptivo o tópico, sino lo inconsciente
en el sentido dinámico.
La pregunta del capítulo es la pregunta fundamental
por el método psicoanalítico: ¿Cómo
se hace consciente lo inconsciente?
Para Freud la conciencia es un órgano perceptual,
las representaciones duran poco tiempo en la conciencia
y la conciencia como tal órgano perceptual, percibe
incompletamente, los fenómenos externos e internos.
Hay un inconsciente tópico que es el inconsciente
que no está en la conciencia, pero hay un inconsciente
que puede devenir consciente. En un sentido dinámico
ese inconsciente no está reprimido, en tanto, puede
aparecer en la conciencia. En cambio hay un inconsciente,
que para Freud es el que debe interesarnos, que es el inconsciente
reprimido. De lo cual podemos desprender ya nuestra primera
ley: Lo reprimido es siempre inconsciente, pero lo inconsciente
puede no ser reprimido.
De cualquier manera el néctar del capítulo
no es la división entre consciente e inconsciente
o la nueva dimensión del sentido tópico o
dinámico, sino que lo más importante del
capítulo es la resolución entre saber y no
saber.
Freud nos dice: conocer sólo conoce la conciencia.
Si conocer sólo conoce la conciencia, los contenidos
inconscientes deben devenir conscientes para ser conocidos.
Pero no es, dice Freud de manera contundente, que los contenidos
inconscientes aparezcan en la conciencia, ni que la conciencia
chupe los contenidos inconscientes, sino que la diferencia
entre ambos contenidos es el enlace de cada uno a las representaciones
verbales. Freud concluye que la única manera de
hacer consciente lo inconsciente es por medio de la interpretación
psicoanalítica.
Freud, para ir diagramando el nuevo aparato psíquico,
rompe la dialéctica de lo consciente y lo inconsciente
y la transforma en la dialéctica del Yo coherente
y lo reprimido disociado de él.
Freud quiere hablarnos de algo que ocurre en el Yo y por
eso nos habla de las resistencias que él visualiza
en la práctica clínica, mas el concepto que
da cuenta de dicha resistencia, es el concepto de represión.
¿Qué quiere decir que la resistencia es algo
que se verifica en la práctica clínica y
que la represión es el concepto teórico que
da cuenta de la resistencia?
Claramente no quiere decir que porque hay resistencia se
elabora el concepto de represión, sino que porque
en la elaboración teórica el concepto inconsciente
-para serlo- necesita estar indisolublemente unido de manera
invariante al concepto de represión, es que ahora
vaya encontrar resistencia.
Hay resistencia para que el Yo no se ponga en contacto
con lo reprimido, por lo tanto, cuando realizo la práctica
psicoanalítica se va a producir resistencia, mas
ya lo sé teóricamente, no necesito que venga
ningún paciente a resistirse para saber que, cuando
se produzca el acontecimiento psicoanalítico, habrá resistencia.
El Yo se resiste porque su función es evitar el
contacto con lo reprimido. Entonces no es que me doy cuenta
que los pacientes se resisten y escribo la teoría
de la represión, sino que escribo la teoría
de la represión y, después, denomino resistencia
a una cierta actitud de los pacientes correspondiente al
designio de la represión: el Yo debe resistirse
a todo contacto con lo reprimido.
Estas resistencias se ejercen de manera inconsciente. Freud
aquí le llama inconsciente a que el Yo no tiene
conciencia de la resistencia que él mismo opone
a la tarea psicoanalítica. En este nuevo paso que
da Freud, el Yo queda dividido en consciente e inconsciente
y, además, lo reprimido disociado del Yo.
Si en 1900 en «La Interpretación de los Sueños»,
la relación era intersistémica entre el inconsciente
y el sistema preconsciente-conciencia, ahora 1923 en El
Yo y el Ello, las relaciones son intersistémicas
e intrasistémicas, tanto que el Yo se relaciona
con el Ello y el Superyó, pero además, con
una parte inconsciente de sí mismo. El Superyó se
relaciona con el Yo y con el Ello, pero además,
con un aspecto inconsciente del propio Superyó.
En el Yo y el Ello -segundo punto del capítulo-
Freud vuelve a plantear con verdadero entusiasmo, que la
diferencia entre el preconsciente y el inconsciente, es
la unión a las representaciones verbales. Freud
vuelve a plantearse que la única posibilidad de
una práctica psíquica son las palabras.
El Principio de Placer en el Yo queda ligado a la realidad
objetiva del Ello. El Yo a quien las sensaciones son lo
que para el Ello el instinto, también queda tocado
como el Ello por el poder de los instintos, en tanto el
Yo, nos dice Freud, es una parte diferenciada del Ello.
Por ser una parte diferenciada, las sensaciones son para
el Yo como el instinto para el Ello, pero por provenir
del Ello, también sobre el Yo recaen los deseos
del Ello, no solamente las sensaciones de la realidad objetiva.
Este Yo, en principio como el Ello, está regulado
por el Principio de Placer, Principio de Placer que en
la saciedad produce placer, quietud, inmovilidad, yen la
sobrecarga, en el desequilibrio tensional produce displacer,
produce movimiento.
Es decir, que si hubiese siempre placer no habría
movimiento. Para Freud la acción sólo es
posible cuando el principio de placer comienza a ser regulado
por el principio de realidad.
Para que haya acción tiene que haber discernimiento
y el discernimiento, es decir, la visualización
de las diferencias, acontece en el lugar de la represión.
Por lo tanto, el principio de realidad transforma lo que
toca con su mirada (desde la represión del goce
primordial con la madre) en acción, es decir, promueve
la vida humana.
«El Yo se conduce en la vida pasivamente y en vez
de vivir, somos vividos por poderes ignotos e invencibles».
Tomando esta frase de Groddeck ya Freud, comienza a pensar
que el deseo es algo que invalida todas las pretensiones
yoicas o conscientes de definirse como ser. El ser no pertenece
al Yo, en tanto el Yo es vivido por una fuerza que desconoce
y esta fuerza es el Ello.
En el primer punto del capítulo, habíamos
dicho que la latencia del texto era entre saber y no saber,
y que la diferencia fundamental que va elaborando entre
Yo y Ello, es la diferencia entre la reflexión y
la pasión. Freud asume que la pasión está en
el Ello y la reflexión está en el Yo, pero
el Yo proviene del Ello y tiene aspectos inconscientes,
lo que nos permite pensar, en ese juego donde la relación
es intrasistémica (entre yo inconsciente y yo consciente),
que habremos de observar pasiones del Yo. Y la pasión
fundamental del Yo será acumular la libido, restarle
libido a los objetos y acumularla en el Yo y a esta pasión
Freud habrá de llamar «Narcisismo Secundario».
Freud aprovecha en este punto, antes de entrar en el Superyó,
en cuanto al Yo inconsciente, para decir que en otras oportunidades
cuando le comunica a algún paciente que ha mejorado,
sin darse cuenta por qué, aparecen en el paciente
regresiones en el sentido de la enfermedad, en una palabra
el paciente que había mejorado, empeora. Freud atribuye
esto a un sentimiento de culpa inconsciente al que también
da las características de funcionar dentro del Yo
inconsciente. Es una instancia moral, nos dice y nos remite
a Psicología de las Masas y Análisis del
Yo, para ver la conciencia moral que normalmente es consciente
pero que, a veces, actúa de manera inconsciente,
es decir, como si estuviera incorporada en el sujeto.
Sin embargo, Freud no está contento del todo con
este nuevo aparato psíquico. Habíamos dicho
que en principio estaba lo inconsciente y la conciencia,
luego en el capítulo de El Yo y el Ello, tiene un
Yo coherente y lo reprimido disociado del Yo. Después
este Yo coherente no es tan coherente porque tiene un aspecto
de sí mismo inconsciente y, por último, lo
reprimido será el Ello y el Yo será la parte
más externa del Ello, Yo que por estar tocado por
el Ello, tiene que percibir la realidad exterior y estar
sometido a los instintos como lo está el Ello. Por
lo tanto hay un Yo regulado por el principio de placer
y otro Yo regulado por el principio de realidad. Toda la
batalla psíquica se da, también, reducida,
minimizada, en el Yo.
Estamos concibiendo la posibilidad de entender, de comprender,
de ver si podemos acercarnos a este texto de Freud, tan
fundamental, que es El Yo y el Ello. Habíamos visto
la diferencia que Freud plantea entre el Yo y el Ello y
remarcando que el Yo se identifica con la conciencia y
el Ello con lo Inconsciente, nos habla de lo fundamental
sobre el método psicoanalítico, ya que lo único
que puede conocer en el sujeto psíquico es la conciencia,
por lo tanto, y conociendo nuestra insistencia, si lo inconsciente
quiere ser conocido, tiene que hacerse consciente. Y no
es que el inconsciente pase a la conciencia o que la conciencia
robe los contenidos del inconsciente, sino que hay una única
manera de transformar lo inconsciente en consciente y es
mediante la interpretación psicoanalítica.
La diferencia entre las representaciones conscientes y
las representaciones inconscientes, es que las representaciones
preconscientes tienen libre acceso a la conciencia por
estar unidas a representaciones verbales, es decir, la
interpretación psicoanalítica sería
a la representación inconsciente como el lenguaje
común, el habla, es a las representaciones preconscientes.
Esto así planteado es muy importante porque nos
habla del fundamento del método psicoanalítico:
la interpretación, por lo tanto, si forzamos la
frase sin mucho esfuerzo comprendemos que el inconsciente
es la interpretación.
Quiero recordar en este momento, que lo real inconsciente
no es simbolizable, es decir, que el saber inconsciente
propuesto como consciente se transforma en conocimiento,
por lo que deja de ser saber inconsciente. Lo que no voy
a encontrar en la realidad material es lo real inconsciente,
en última instancia para decirlo de una manera académica,
lo que voy a encontrar en la conciencia, lo que voy a encontrar
en la realidad, son los productos efecto del trabajo inconsciente.
Y respondiendo a la pregunta que muchos se hacen si la
memoria visual puede ser considerada propiamente inconsciente
o siempre va ligada a representaciones verbales, recuerdo
de los capítulos de la Interpretación de
los Sueños el de regresión, donde se habla
de la existencia de un aparato perceptor que no puede ser
memoria, porque si fuera memoria, se llenaría, se
cubriría y no podría seguir cumpliendo con
la función de percibir. Esto hacía suponer
un pasaje del aparato de la percepción al aparato
de la memoria.
La impresión de percepción no era la huella,
porque la identidad de percepción tenía que
haber hecho un tránsito desde la percepción
a la memoria y en ese tránsito ya era otra cosa.
Entonces, y esto era lo propiamente psicoanalítico,
esa identidad de percepción, eso visto, eso, en
realidad, para el psiquismo no existió nunca, lo
que existe es la huella que es el pasaje de la percepción
a la memoria.
Freud en este libro ya no tiene esos problemas, el problema
que aquí le interesa plantear es del orden del saber
no saber, es decir el problema de la ignorancia que, después,
también, lo escribirá Lacan, en el sentido
que hay algo que se ignora si el sujeto está posicionado
frente a la verdad. Ese posicionamiento frente a la verdad
es lo que genera la ignorancia. Es el psicoanalista que
al posicionar al paciente en el sitio de la verdad lo hace
ignorante, antes no tenía esa ignorancia.
Freud ya está convencido de la existencia del inconsciente
y si lo vuelve a plantear es para preguntarse ¿la
realidad es conocimiento? ¿Y el conocimiento qué es? ¿conocimiento
es representación?
Si podemos decir que lo real inconsciente al ser consciente
se transforma en conocimiento, podremos decir también,
que nunca aparece en la conciencia en forma de real inconsciente.
Por otra parte la división tajante entre conciencia
e inconsciente está fijada desde el concepto de
represión, lo que aquí busca Freud es plantearnos
la segunda tópica, es decir Freud nos anuncia una
modificación estructural.
Lo que antes era dinámico (porque estaban los afectos
que corrían de un lugar a otro), tópico (consciente,
preconsciente e inconsciente) y económico (en tanto
ya había sido formulado el concepto de libido) aquí va
a ser estructural, es decir que a partir de este texto
el inconsciente será el sistema inconsciente, la
estructura inconsciente.
En la nueva tópica habrá relaciones intersistémicas
y habrá también relaciones intrasistémicas.
El Yo y el Superyó, se relacionarán entre
sí y con el Ello pero, además, con partes
inconscientes de sí mismos.
El Superyó del cual habla el psicoanálisis
en realidad es la repetición de alguna parte fijada
de la ley que, en realidad, es inadmisible para la propia
ley. Por ejemplo, el imperativo del Superyó es:
GOZA, como ustedes pueden ver para el sistema psíquico,
para la ley fálica, evidentemente, el imperativo
del Superyó, diciéndole al sujeto GOZA, es
la propuesta de un imposible, de algo inadmisible para
la dialéctica fálica que es la que regula
al sujeto.
El problema que plantea el acontecimiento del Superyó,
es que tiene que heredar en su constitución el Complejo
de Edipo, también desde esta perspectiva el superyó sería
la posibilidad simbólica del sujeto a procesar en
su condición de ser sujeto los cuatro sexos fundantes
del Edipo: Padre, Madre, Hombre y Mujer.
Con respecto al hombre y a la mujer, Freud nos dice que
no hay posibilidad de representación psíquica
de lo que es un hombre o de lo que es una mujer y que la
mayor altura que alcanza un sujeto psíquico para
ver cuáles son las diferencias y capturar psíquicamente
las diferencias entre hombre y mujer, lo hace bajo las
categorías de activo y pasivo que, en realidad,
no quieren decir nada.
Freud dice que hay dos situaciones invariantes que hacen
que el Complejo de Edipo sea, siempre, forzosamente inexacto,
que se geste siempre con error y estas dos situaciones
son: La bisexualidad del sujeto y la unión previa
de padre y madre, demostrando cada vez que el hombre se
reproduce por diferencia sexual.
Hay un lugar donde el Yo prefiere perder una parte de sí mismo
(para decirlo de una manera literaria) a perder el objeto.
Prefiere perder el yo, parte de su ser, a perder el objeto
amoroso, el objeto libidinal. En el lugar del yo que pierde,
que cede, cobija el objeto amoroso perdido, con lo cual,
aunque el objeto amoroso se haya perdido no se ha perdido,
porque el yo del sujeto ha cedido una parte de sí mismo,
para que en ese lugar mediante el proceso de identificación
viva el objeto perdido.
Freud nos dice que esto se ve claramente en la melancolía.
El autoreproche del melancólico, dice Freud, al
ser estudiado con calma y lentitud indica que las características
de la persona que se delinean en el autoreproche no coinciden
tanto con el sujeto como con las características
del objeto perdido. Es decir, que las constantes recriminaciones
que el melancólico, en apariencia, dirige a su propio
yo; el castigo, la autopunición que se aplica y
a la cual se condena, en realidad es el castigo que infringe
y al cual somete, al objeto perdido, que no está perdido
porque en su yo lo cobija.
Por este mismo proceso de identificación se ha de
constituir el Superyó, a expensas de la represión,
a expensas de la pérdida de la relación con
los padres. Mecanismo de identificación donde el
yo del niño prefiere que una parte de su yo se transforme
en superyó, es decir el niño prefiere que
una parte de su yo deje de serlo, para no perder, para
no dar por perdida la relación con los padres. A
esto que ocurre en esta identificación Freud lo
llama de dos maneras. Ideal del Yo y Superyó, diciendo
que en el interior del fenómeno hay una advertencia
y una prohibición. Siendo la advertencia: «Así como
tu padre debes ser» y la prohibición «Exactamente
como tu padre no debes ser» hay algo que le está particularmente
reservado.
Es bueno plantear aquí que tanto para Freud como
para Lacan, existe el procesamiento de una identificación
diferente de la que estábamos hablando ya que se
trata de una identificación que requiere antes de
establecerse que haya amor objeta/. Estamos hablando de
una identificación que se produce cuando el yo retira
la carga de objeto, el amor, la libido objetal, el yo la
desexualiza (paréntesis para decir que sexual quiere
decir siempre con el otro), porque cuando retiro la libido
del otro la llamo desexualizada, libido del yo, libido
no erótica. Con esta libido retirada de los objetos
es que catectizo el yo, mecanismo dice Freud que debe leerse
en todos los procesos de sublimación. La energía
de la sublimación, entiéndase, arte, cultura,
puentes, ingenio, provendría según Freud,
de energía libidinal amorosa de objeto, más
retirada del objeto, transformada en libido desexualizada,
en libido narcisística, en libido del yo, por eso
narcisística, que luego el yo entregaría
a la construcción de la sublimación, es decir
que la producción de la civilización, sería
imposible, sin el mecanismo de sublimación.
En el capítulo anterior Freud decía que el
yo es propiamente corporal, pero no la superficie del cuerpo
sino su proyección y esto tiene una gran similitud
con lo que Lacan plantea en la Fase del Espejo. El yo es
propiamente corporal, pero no la superficie del cuerpo
sino su proyección, es decir, evidentemente, para
Freud, no hay constitución del yo sin lo otro.
En la fase del espejo, Lacan se plantea un sencillo juego,
para demostrar que la fase del espejo es matriz de toda
futura identificación y que su tiempo es el recorrido
del sujeto desde la insuficiencia a la anticipación.
Tomando un espejo cóncavo, esos espejos que dan
imágenes reales y teniendo en cuenta que a diferencia
de las imágenes virtuales, las reales se dan dentro
del mismo campo donde se encuentra el objeto que la produce.
Si ponemos un florero vacío delante del espejo curvo
y debajo del florero las flores y luego enfrentamos el
conjunto a un espejo plano, veremos reflejada en un espacio
virtual una imagen donde las flores están dentro
del florero. Más, evidentemente, dice Lacan, si
hubiera un tramoyista metido en la experiencia no vería
la totalidad de la experiencia. El que hace la magia vería
las flores en un lugar y el florero en otro lugar, pero
un espectador que estuviera sentado fuera de la experiencia
vería las flores dentro del florero y no dudaría
que ambas cosas son reales (florero y flores) pero el tramoyista
no, el que está metido en la experiencia no ve eso.
Pero si al que está metido en la experiencia, dice
Lacan, le ponemos delante suyo un espejo plano, vería
la totalidad de la experiencia, en el espacio virtual que
genera el espejo plano, y que coincidiría con el
lugar del supuesto espectador. Y lo que se ve entero no
es el Ideal del Yo que es algo simbólico, que es
el acontecimiento de la vida simbólica que viene
a regular los procesos imaginarios, sino el yo ideal, el
yo primitivo, el yo real, corporal, como bien nos enseña
Freud.
El cachorro humano nace prematuro, es decir, nace en falta;
neurológicamente su sistema nervioso no está maduro
y, por otro lado, sin el auxilio de alguien previamente
humanizado no se humaniza. Su carencia es tal (para que
entiendan después lo que quiere decir una madre,
lo que quiere decir la función Madre) que si no
aparece la función Madre, el niño muere.
A los médicos en general les recomendamos que haciéndole
un favor a la humanidad, estudien con intensidad los procesos
que se dan en el recién nacido, en tanto el niño
al nacer es un niño incompleto. En realidad no se
nace cuando se nace. Se nace luego, se nace después,
se nace al tiempo de nacer, se nace cuando se puede constituir
las funciones, tanto biológicas (animales) como
simbólicas (humanas), antes el niño es un
animal enfermo.
El chimpancé a la misma edad del niño del
cual hablamos (seis meses a dos años) reacciona
con una capacidad instrumental, evidentemente, superior
a la del niño, esto quiere decir que el niño
es, en realidad, un animal enfermo. Por eso mismo hablará.
Porque es una animal enfermo que no puede cerrar el circuito
de lo necesario hablará, es decir demandará.
Si colocamos delante de un mono de seis meses un plátano,
el monito va a coger el plátano y se lo va a comer,
es decir recibe un estímulo desde el plátano
y cierra el circuito de lo necesario, en cambio el niño
recibe el estímulo y es incapaz de cerrar el circuito
de lo necesario. Ve su imagen en el espejo y a diferencia
del chimpancé, que por ser anterior a la imagen
le hace señas, el niño de seis meses se siente
posterior a su imagen, se siente impactado por la imagen,
queda subyugado por la imagen, como si su propia imagen
fuera realmente otro.
Queda hipnotizado por su propia imagen, y ese lugar de
la imagen se constituye como lugar de todo otro. Luego
durante toda la vida del sujeto, todas las personas que
vaya conociendo el sujeto ocuparán el lugar de su
propia imagen. Que todo amor tiene un revestimiento imaginario
quiere decir que todo amor caerá en el lugar de
mi propia imagen y si no, no será amor.
Teníamos al tramoyista despedazado, el tramoyista
veía el florero por un lado y las flores por otro.
El yo corporal del niño con el sistema nervioso
no totalmente constituido, es vivencia, interrogación,
despedazamiento. No sabe donde comienza, donde termina
su cuerpo, su cuerpo puede continuarse con una parte de
la cuna o el cuerpo de su madre.
Y por otro lado a los seis meses, evidentemente, ve lo
que no puede. Su mirada se anticipa a toda capacidad instrumental.
Con esa mirada ve su imagen en el espejo y ¿qué ve?
No ve ninguna otra cosa que un niño entero y es
entonces cuando Lacan nos dice que en ese ver ese niño
entero y a la vez, sentirse despedazado, en esa disparidad
entre lo que el niño siente y lo que el niño
ve, se genera la matriz de toda futura identificación.
Y como sabemos el niño de seis meses aún
no habla, mas si hablara, diría "Yo quiero
ser ese niño entero". Espero que todas estas
frases nos hayan servido para demostrarnos que el yo, al
sujeto psíquico le viene dado desde lo otro.
¿La dialéctica imaginaria, entonces, entre
el yo y su propia imagen especular, qué dialéctica
es?
La menciona, a mi entender, Hegel, y es una dialéctica
tal en donde a ese otro desde el cual me viene dado mi
ser, es decir, a ese otro que es el soporte de mi alienación
sólo quiero aniquilarlo. Como diría Lacan,
gracias a Dios somos seres parlantes o gracias al símbolo
podemos poner una palabra al registro imaginario. Porque
el registro imaginario es el lugar donde todo lo que soy
está en el otro y no sólo todo lo que soy
sino todo lo que quiero ser.
Estábamos en el Edipo y el proceso de identificación
y veíamos cómo el Superyó se constituía
por identificación a expensas de la represión
del Edipo que luego el Superyó de alguna manera
contenía.
Freud aquí, hace un señalamiento de que hay
una identificación anterior a toda carga de objeto.
Antes de atravesar por ese lugar donde desde el otro que
no soy me viene dado mi yo, antes de atravesar por este
lugar, dice Freud, hay una identificación primordial.
Si no soy capturado por lo otro no hay yo, por lo tanto
antes de la constitución del yo (por emplear los
términos freudianos), el Ello, directamente, establece
una identificación con el padre o con la madre,
indistintamente, porque esta identificación es previa
al objeto, es previa a la sexuación. Identificación
primordial previa a cualquier relación de objeto,
ahí donde las cosas no tienen sexo, por eso da lo
mismo el padre o la madre.
Esa identificación primordial es la base, dice Freud,
donde se va a formar el ideal del yo, es decir, sobre esta
identificación primordial, esa parte del ser que
ya no es él y si nos dejamos llevar por mis propias
palabras, una parte del Ello que ya no es Ello, sobre algo
que el se perdió para siempre en esa identificación
primordial, se genera el ideal del yo.
Como sujeto psíquico carezco de dos cosas fundamentales.
Una doble carencia padezco como sujeto psíquico.
Si el sujeto es lo que un significante representa para
otro significante, entonces por ingresar al mundo del lenguaje
habrá algo que siempre anticipe al sujeto. Habrá algo
de lo cual siempre carece y es en este tiempo del sujeto
donde podemos inscribir el Falo, que no es nada carnal,
es Falo. Un significante de lo que le falta al sujeto por
ser, ser del lenguaje, ser de la palabra. Por lo tanto
el Falo no ha de ser ni masculino, ni femenino y si ustedes
llegan (cosa que no se puede) a conclusiones teóricas
de la existencia de lo femenino o de lo masculino, el Falo
sería razón de esa relación establecida.
El Falo no se puede ni ser, ni tener. Todas las aproximaciones
a ser o tener el Falo son las enfermedades psíquicas.
Entonces en primer término carezco de que yo no
digo, de que soy dicho por el pensamiento inconsciente
y en el redoblamiento de carecer, carezco por ser de la
especie, por ser, ser viviente que se va a reproducir por
sexualidad, por haber perdido de esa manera la gracia de
la inmortalidad.
Para la especie el sujeto nace muerto, porque nace con
un destino marcado: Habrá de reproducirse por sexuación
y todo aquel que se reproduce por sexuación para
mantener su especie, muere. Por lo tanto, nace por definición
muerto.
Leyendo con intención a Freud, nos dice, el animal
no se da cuenta que tiene cuerpo, entonces es un animal
que está dentro del cuerpo, igual que el animal,
el hombre está dentro del cuerpo, pero el hombre
se da cuenta que tiene cuerpo.
Es fácil demostrar que los animales tienen imaginario,
toda danza sexual entre animales muestra que hay proceso
imaginario, que el movimiento es por Gestalt. Es decir
toda la cosa del exhibicionismo, travestismo y toda lucha
por el prestigio son cosas del imaginario animal. Los gallos,
las gallinas y otros animales más encumbrados en
sus danzas amorosas hacen todo eso, exactamente igual que
los hombres. Lo que pasa es que para los hombres, todo
esto es imperfecto: El hombre ve la imagen de lo que en él
desencadenaría el ritmo sexual pero, en realidad
no está mirando eso. Su mirada, disociada de su
vista mira otra cosa. En el hombre todo está trastornado
y bien podríamos preguntarnos, ¿por qué en
el hombre todo está trastornado?
Llegados a este punto decimos junto con Freud: la adquisición,
verdaderamente humana, es la pulsión de muerte.
Nos pasa lo mismo que a los animales que se reproducen
por sexualidad, macho y hembra y por lo tanto son mortales,
nos pasa lo mismo que a los animales, más nosotros
los humanos sabemos que nos pasa lo mismo que a los animales,
de esto nada saben los animales. Y este saber nos lleva
directamente a la investigación de la pulsión
de muerte; en tanto lo que se repite compulsivamente no
es el pasado, la repetición viene marcada desde
el futuro, es la muerte que se repite, no la primitiva
relación con la madre, lo que se repite es esa carencia
esencial constitutiva del sujeto psíquico sexuado.
Es por sexuación que nos reproducimos, por eso dice
Freud, no hay representación psíquica de
lo masculino y lo femenino. No hay representación
psíquica de lo masculino y lo femenino, porque lo
masculino y lo femenino son cosas de la especie, no es
algo del sujeto psíquico. Masculino y femenino es
fundamento de la reproducción de la especie humana.
En el psiquismo por lo tanto no hay ninguna representación
de masculino y femenino.
Mas preguntado Lacan qué sexo se encontraba al final
de un análisis, Lacan a su modo, siempre particular,
contestó: al fin del análisis si es mujer
que pueda serlo y si es hombre que pueda serlo, más
eso poco tiene que ver con lo que ustedes se imaginan como
masculino y femenino.
Y contestando a una pregunta que ya varias veces me han
formulado les digo que si no hubiese sexualidad gozaríamos
todo el día, un goce primitivo como en los brazos
de la madre, y luego moriríamos sin llegar a ser
sujetos, en tanto sexualidad es el acontecimiento del Nombre
del Padre, equivale a decir Metáfora Paterna (sustitución
del deseo de la madre por el nombre del padre), que permite
al niño dejar de estar sujetado al deseo de la madre
para pasar a ser, ahora carente, sujeto del lenguaje.
Lo que interrumpe el placer, la quietud, la tranquilidad,
es la sexualidad, porque la sexualidad siempre es un encuentro
que no se realiza, siempre es un encuentro a medias, como
la verdad, es un encuentro que falla.
Y a la pregunta de por qué buscamos lo que habrá de
fallar, ahora podemos contestar con sencillez: repetimos
la búsqueda, porque falla, porque falló desde
siempre, porque si hubiera sido entero sin fallas, inmortales
y fuera del lenguaje, nadie repetiría nada, nadie
buscaría ya más nada, no seríamos
sujetos psíquicos.
Entonces somos carentes por partida doble, venimos fallados,
sujetos al lenguaje y condenados a muerte, entonces la
sexualidad puede verse como el intento de reparar la cuestión,
vamos a decirlo así para decirlo sencillamente,
es el intento de llevar al sujeto a una completud nunca
habida, de llegar a una armonía imposible de realización,
entonces fracasa yeso, es la sexualidad: el intento fracasado
del ser en serlo.
La identificación primordial, dice Freud y Lacan,
también, insiste en eso, se fundamenta o se basa
sobre una identificación anterior a toda marca.
Es una identificación al padre, dice Freud, pero
hace una llamada al pie de página para decir o a
la madre, porque en este momento no hay aún constitución
de los sexos. No es como cuando en el Edipo, la constitución
del superyó, donde el sujeto atraviesa por el momento
de su sexuación. En el Edipo hay padre y madre;
en esta identificación, no hay padre y madre, hay
ser viviente.
Es decir que tendríamos que suponer, entonces, una
relación directa, según los textos freudianos,
del Ello en un proceso de identificación sin la
existencia del yo, cuando hasta aquí sabíamos
que las identificaciones son, precisamente, las que forman
el yo.
La identificación segunda, aquella por la cual el
superyó queda instalado en el sujeto como heredero
del Complejo de Edipo es el tiempo donde se forjan, podríamos
decir las neurosis. Algo así como preguntarse por
el sexo que prefiero o tengo: Soy hombre o soy mujer, pregunta
de la histeria. No soy ni hombre ni mujer o soy las dos
cosas, pregunta de la neurosis obsesiva, es decir claramente,
preguntas que sólo tienen argumento en el proceso
de sexuación del sujeto. En cambio deteniéndonos
en la psicosis, tendríamos que hablar del rechazo,
de la forclusión de un significante primordial,
de un significante más primordial que el falo. Podríamos
decir entonces que en la psicosis no hay constitución
del falo, porque no hay Otro, porque el falo es el significante
de la falta en el Otro, de la existencia del lenguaje,
de la existencia de la metáfora paterna. El psicótico
se preguntaría ¿soy un ser humano que se
reproduce por sexuación o soy inmortal?, mientras
que el neurótico eso lo tiene en apariencia resuelto
y su problema es saber si es un hombre o es una mujer.
No nos vendría mal en este momento dar una pequeña
opinión antes de seguir sobre la interpretación.
Si suponemos como lo veníamos demostrando que la
interpretación es la representación verbal
del deseo inconsciente, la interpretación no es
una metáfora, porque si la interpretación
es, como tal, el deseo inconsciente (errático metonímico)
la interpretación es metonímica, no ya como
se pensaba una sencilla sustitución de una verdad
por otra, sino un complejo deslizamiento de una verdad
a una verosimilitud.
El texto genera infinitas posibilidades que no tienen otra
manera de resolverse que la producción del inconsciente
en la práctica clínica. Es decir que no hay
recetas para el inconsciente de nadie, que cada psicoanálisis
es diferente al resto de los otros psicoanálisis
y cuando decimos que la única resistencia es la
resistencia del psicoanalista, decimos que ahí,
donde el psicoanalista no puede producir con su decir una
interpretación, aparece en el paciente una resistencia.
Freud, ahora, pasa en el texto a una pregunta que resultará fundamental
para la práctica clínica del psicoanálisis:
Qué tienen que ver el Yo, el Ello y el Superyó,
con nuestro viejo Principio de Placer (ya concebido en
el Proyecto de Psicología para Neurólogos
en 1985) y con el nuevo descubrimiento en Más Allá del
Principio de Placer, 1920; donde queda registrado con suma
claridad la existencia de los instintos de vida (eros)
y los instintos de muerte (tánatos). Es decir que
a partir de ahora hay un impulso de muerte, una pulsión
de muerte, o bien, como Freud formula rabiosamente «La
vida sólo ama descansar esperando la muerte».
Lo que plantea la pulsión de muerte, es que la pulsión
como tal tiene una fuerza, una fuente, un objeto y un fin
y puede confundirse, como ya se ha confundido, con impulso,
(suele traducirse: el impulso sexual de la pulsión),
cuando, en realidad, para Freud, la pulsión es una
fuerza pero constante. Por eso no se puede asimilar a ninguna
función biológica, porque toda función
biológica es rítmica.
Es decir, que las presiones del hambre y de la sed no son,
exactamente pulsiones, en el sentido freudiano, porque
suelen ocluirse con objetos precisos: Un trozo de pan para
el hambre, un vaso de agua para la sed.
Freud intenta destacar que la pulsión al encontrarse
con el objeto, a diferencia de la necesidad, se da cuenta
que no era eso lo que buscaba.
Freud se encarga de discriminar de una manera bastante
precisa la diferencia entre necesidad y lo que él
llama estímulo pulsional. Con respecto a la finalidad
biológica de la sexualidad (la reproducción
de la especie) no creo que nadie tenga ninguna duda, lo
que ocurre es que toda pulsión es pulsión
parcial, para Freud, porque nunca ninguna pulsión,
alcanza el fin biológico de la sexualidad que es
la reproducción.
La pulsión sería, para Freud, el montaje
mediante el cual la sexualidad interviene en la vida psíquica.
Es decir que la pulsión como tal para intervenir
en la vida psíquica tiene que someterse a la estructuración
inconsciente, es decir, a las leyes del significante.
El sujeto, dice Lacan, es en el campo del Otro, en el campo
del Otro es donde están los significantes y lo que
le opone, Lacan, al campo del Otro, el yo real de Freud,
Lacan lo llama el ser viviente sexuado.
El sujeto se presenta aquí, dice Lacan, con una
doble carencia.
La carencia, la falta producida por el desarreglo que se
produce en el sujeto al advenir al campo del Otro. Si un
sujeto ha de ser un significante para otro significante,
si un sujeto va a ser representado por significantes, debemos
entender y esto, es muy fácil de entender, que en
el campo del Otro estaban primero los significantes que
el sujeto.
En el campo del Otro, fuera del sujeto, estaban los significantes
antes que el sujeto. Por lo que la carencia, la falta del
sujeto en el advenimiento al mundo del símbolo,
es que va a estar tachado, por ser el significante primero
que el sujeto. Se va a producir lo que llamamos la afanisis,
que es la desaparición del sujeto.
El sujeto tiene una única manera de ser y es ser
representado por un significante para otro significante,
que en el momento que lo es le hace desaparecer como ser,
para transformarse en un significante para otro significante.
Esa es una falta, falta del sujeto al entrar al mundo del
lenguaje por ser anticipado por los significantes, falta
cuyo significante, cuyo concepto positivo de esa carencia
es el Falo.
El Falo es el significante de la falta del sujeto por su
ingreso al campo del Otro, al mundo del Otro, donde todos
estamos castrados desde siempre. Ese es el campo del Otro,
dice Lacan, pero, también, está el campo
del ser viviente y qué es lo que aporta el ser viviente
al campo del Otro. Lo que aporta el ser viviente al campo
del Otro es la pulsión.
Lacan intentando graficar la pulsión, lo que representa
es la circularidad de la pulsión. Es decir la pulsión
sale del sujeto, su fuente, bordea el objeto a, no lo toca,
y vuelve al sujeto (Ver y ser mirado, sadomasoquismo).
El ser viviente, entonces, aporta la pulsión, pulsión
que cumple su función como pulsión, por salir
del sujeto y realizar su fin, no cuando se encuentra con
el objeto que sólo bordea, sino cuando vuelve al
sujeto.
¿Por qué? porque lo que busca es algo definitivamente
perdido de sí mismo como ser viviente, al asumirse
como sexuado, en el sentido de que ahora se va a reproducir
por sexualidad (macho y hembra) quiere decir que ya no
es más inmortal. Por lo tanto eso que pierde el
ser viviente, eso que pierde por ser, ser viviente sexuado
es la inmortalidad y ese pedazo de ser viviente que se
perdió definitivamente es lo que la pulsión
busca encontrar en el mismo ser viviente.
La posibilidad que estas pulsiones intervengan en la vida
psíquica como sexualidad es función de la
libido. El significante primordial forcluído en
la psicosis tiene que ver, a mi entender, con ese ser viviente
de la pulsión. Freud comienza el último capítulo
diciendo «el Yo se halla constituido en gran parte
por identificaciones sustitutivas de cargas abandonadas
del Ello»,
es decir, por cargas de objeto el yo se forma por lo que
recibe del otro, el yo se forma a expensas del otro.
El superyó es el monumento conmemorativo de esa
primera debilidad del yo y de su dependencia. Por lo tanto
el superyó para el sujeto siempre es imperativo.
Por eso que en su momento deslindamos dentro del superyó,
aquello que es ideal y aquello que es prohibición.
Así como tu padre debes ser, mas así como
tu padre no debes, completamente, ser.